Cuando era pequeña me gustaban los saltamontes. Recuerdo las noches de verano, aquellas en que a medianoche habíamos de estar en casa, sentados un grupo de niños-adolescentes bajo la luz anaranjada de una farola, contando historias, cuando nos veíamos avasallados de saltamontes que venían a la luz.
Les veías saltar y saltar, y me fascinaba verlos.
Adoro cada noche antes de dormir, cuando hago un repaso del día, y mi pensamiento para en el recuerdo de esa voz tan sensual que tantas cosas buenas me depara a lo largo del día. Lástima que el tiempo pase tan rápido con él. Me encanta compartir todo con él.
Así estaba, pensando en él y en la conversación tan relajante que hemos tenido esta tarde, cuando he visto al pequeño saltamontes en mi cortina. No sé cómo echarlo, pero es posible que mañana el saltamontes aparezca en mi nariz, o saltando por todo el dormitorio buscando una salida. Si el perro no le encuentra antes.
Hoy es una noche mágica. Pese al frío.

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