lunes, febrero 22, 2010

Alargando el regreso a casa

Creo que ya he alargado suficiente el regreso a casa. Podría dar mucho más de mí, porque si me meto de lleno con algo es imposible que me desconcentre. Pero no quiero que los móviles empiecen a sonar, ni que me digan que ya va siendo hora, ni tener que correr hacia el coche porque me dan pánico las solitarias calles.
Debería proponerme regresar a casa más temprano, pero al final se me echan las horas encima. Y cuando quiero darme cuenta me tengo que enfrentar a los fantasmas de la noche. Porque la noche invita a la reflexión, a pensar. De noche se ve todo más negro (y no hablo literalmente). Sólo cuando viene Morfeo las cosas cambian.
Anoche soñé con él. Y con pensar en ello vuelve el dolor.
Las noches son peores, porque durante el día siempre estoy ocupada, pero al oscurecer... todo se ve diferente. Pese a ello, mañana volverá a salir el sol.
No me imagino que llegue un día en que haya dejado de quererle. Yo creo que eso no ocurrirá nunca.

Otra vez a las diez

Me van a dar las diez aquí, aunque no sería la primera vez ni creo que sea la última. Pensaba que me iba a bloquear con la contabilidad, pero no ha sido el caso.
De vez en cuando levantaba el bolígrafo y me quedaba mirando un punto infinito del horizonte, aunque ese horizonte es una pared blanca. Y me he preguntado si seguirá aún, si saldré y me encontraré con su coche. Por una parte me gustaría verlo, aunque por otra... realmente no quiero cruzármelo, no de esta manera. De verlo me gustaría que se encontrara con la persona alegre y divertida que conoció. Aunque pensar en él a veces me hace esbozar una sonrisa, podría traer al presente cualquier recuerdo suyo y sonreiría, aunque luego se nuble todo. Ni siquiera puedo escuchar a Sabina sin que sus letras me lo traigan a la memoria. Creo que no quiero ir a casa, que pasar por aquel lugar inhóspito del sábado por la noche me estremece de una manera singular.

Reconfortante

Estoy pensando que me encantaría llorar en su hombro. Aunque no sé, no suelo llorar delante de la gente, sea quien sea. Tiene que ser algo muy malo para que dé rienda suelta a todo el dolor. Lo es, pero me lo guardo para mí.
Pero con él y en estas circunstancias, describiéndole todo esto, quizás sí que me terminaría derrumbando. Creo que sería reconfortante.

Sexo con X

Mi hermano es uno de los personajes más desprendidos a la hora de hablar de ciertos asuntos de los que el común de los mortales es reacio a hablar. A mí me intimida hablar de sexo, con él o con cualquiera. Y es que las intimidades no son para pregonarlas por ahí. A mi hermano, en cambio, le encanta hablar de sexo (y preguntar).
El viernes, después de sonsacarme a quién iba a ir a ver esa tarde, empezó a esbozar una lista interminable de preguntas: ¿es un asunto de trabajo? ¿es por un viaje? ¿adónde? ¿y qué pasa con Japón? ¿os habéis liado? ¿os habéis acostado? ¿cómo te vas a ir a Argentina con alguien que no sabes cómo es en la cama?
Grandioso. Respuestas que me guardo para mí; alguna contesté, pero al final opté por el mutismo. Que por mucho que sea mi hermano no tengo la obligación de contestarle, por mucha confianza que tenga con él.

Ejercicios prácticos de Contabilidad

A mí los únicos ejercicios matemáticos que me gustaban eran los de las cartillas Rubio, es decir, aquellas libretas amarillas de cuando estábamos en la escuela (hace siglos). Creo que ya desaparecieron.
Me tengo que poner con la Contabilidad ahora, pero me siento agotada mucho antes de empezar. Y tengo que presentar el test antes del miércoles. Me bajaré a tomar un café antes de comenzar con ello. Es que antes de irme hoy tengo que sabérmelo y debo haber enviado el test.

¿Por qué te fuiste tan pronto el sábado?

La eterna pregunta de hoy (y de ayer) es por qué me marché tan repentinamente y tan pronto el sábado por la noche. En esas situaciones buscas cualquier excusa con tal de desviar el tema. A mis amigos les extraña porque suelo quedarme la última y me termino perdiendo con otra gente muchos fines de semana.
Sin embargo, he sido incapaz de profundizar con nadie en ese tema. Por una parte, no me apetece hablar de ese asunto con nadie; por otra parte, posiblemente me echaría a llorar si lo hiciera, me duele pensar en ello. Ni siquiera a mi mejor amiga se lo he contado.
Los que estaban conmigo el sábado por la noche me notaron distante, pensativa. Realmente es sorprendente que dijera que me marchaba de esa forma tan fría, sin dar opción al "venga, quédate un poco más" o "vamos a echar la última". Y es que eso a veces funciona, aunque el sábado no hubiera funcionado. Me fui porque no podía estar allí, aunque realmente no quería estar en ningún otro sitio. Quizás también temía la posibilidad de encontrarme con él.
No sé. De repente sentí que no tenía ganas de fiesta. A mitad de camino paré el coche, porque no veía la carretera. Estuve veinte minutos llorando bajo las estrellas, hasta que me di cuenta de que podía haber salteadores de caminos, aunque mi coche es seguro, porque se cierra automáticamente a los pocos minutos de haber arrancado. Curiosamente no sentía miedo. Lo que me estaba desgarrando por dentro era mucho más potente que cualquier otro sentimiento.
¿Por qué me fui? Porque quería desahogarme y para ello necesitaba estar sola. Por eso me fui.

Hablando con franqueza

Lo que debería hacer es hablar con él, cara a cara, explicarle todo, pero no me siento con fuerzas para acercarme a él y decirle lo que está pasando. En el fondo de mí, quizás es que no quiero que me vea triste. Al fin y al cabo, ¿por qué debería fiarme de una conversación de otra persona de un sábado por la noche? No había nada extraño en ese intercambio de palabras, pues lo relevante no fue lo que se dijo, sino lo que no se dijo en la misma, lo que quedó entre líneas y capté perfectamente bien. Tan bien que sentí que el mundo empezaba a hundirse a mis pies, tan bien que necesitaba huir, huir de los bares, de la noche, de la gente..., quizás de él, aunque no estuviera.
Pero sé que no iré donde está él. Quizás porque intuyo que una conversación franca con él no serviría de nada, porque él posiblemente se mantenga en ese silencio, el mismo silencio que ahora me está matando.
Es curioso porque, con todo, me están preparando un presupuesto para Argentina. No he sido capaz de paralizarlo, quizás porque hasta yo misma me siento algo indecisa. Porque no estoy tan segura de la supuesta drástica decisión que tomé este fin de semana. Al fin y al cabo, él sigue teniendo la última palabra. Y yo no estoy segura de no querer hacer ese viaje: después de haber visto lo que tiene me atrae bastante aquel país.
Debería sentir ira o rabia, más bien al contrario, su imagen se superpone sobre toda la tristeza y veo su sonrisa angelical. Y hace dos minutos pensar así en él me ha hecho sonreír efímeramente. ¿Qué poder es ése que tiene sobre mí?

Buscando algo positivo

La semana pasada decía que en todo lo negativo siempre hay algo positivo. Aún estoy buscando algo positivo en las circunstancias actuales. Quizás lo haya: cuando estoy triste escribo como tres o cuatro veces más que habitualmente. Quizás la escritura es una manera de desahogo inconsciente, porque me sumerjo en otros mundos que distan mucho de la realidad. Si mi vida sentimental actual fuera susceptible de escribirse ya hubiera cambiado el final. Un final... es una palabra terrible cuando se habla en términos reales, cuando se refiere a algo que nos afecta profundamente en nuestra vida. Pero no se le puede llamar de otra forma. La única manera de que no fuera un final es que hubiera algún cambio, cambio que no ha de llegar por mis manos, ni creo que llegue por su parte.
Pero escribir... también se convierte en una tarea ardua, porque en todo lo que plasmen mis dedos mi alma dejará reminiscencias de todo lo que está pasando y en muchos párrafos será fácil encontrarle a él, aunque no diga nada de él.

El sol de media mañana

Mi padre me ha llamado para tomar un café; por teléfono me ha dicho que si me ocurría algo porque parecía triste, le he dicho que no, pero al responderle escuchaba una voz apagada, carrasposa, casi inaudible. En el espejo del ascensor he mirado a esa persona que me observaba con unos ojos sin vida, se percibía que había llorado no hace mucho y desviaba la vista hacia el suelo para no tener que enfrentarse a la tristeza.
Después he tenido que marchar a la calle M., por algo urgente, y, al cruzar, me he encontrado, enfrente, su coche. Se me ha rasgado el alma, caminaba mirando al suelo porque no quería mirar a la gente que pasaba por la calle. Entonces he recordado que he olvidado las gafas de sol en casa, y que sin ellas no puedo disimular, tapar parcialmente mi rostro.
Estoy controlándome para no llorar, para que la tristeza no pese tanto, y la única manera por la que no pensaré en nada es concentrarme en el trabajo.

Olvidarse de soñar

Cuesta mucho despertar cuando ante tus ojos no se ve color.
He soñado con sus sonrisas, con sus besos, con sus caricias... Pero los sueños se los lleva el viento. En la cruel realidad actual he decidido no volver a soñar, hasta que llegue un día en que se me haya olvidado hacerlo.
Desayunaba cuando me he dado cuenta de que ni siquiera he variado la calle a la hora de aparcar. Ni siquiera me he dado cuenta hasta que ya era tarde. Será la costumbre.

Gritos silenciosos

Cada vez que enciendo cualquiera de los dos portátiles que uso a diario, el primer recuerdo vuela a él: la contraseña son sus iniciales (la misma contraseña en los dos, y siempre que la cambio lo hago en los dos). Quizás mañana la cambie.
Este domingo ha sido el cumpleaños de una amiga. Al buscar su nombre para llamarla ha aparecido él también, porque la inicial del nombre de mi amiga es la misma que la de él.
Hay algo que me impide que me desquite, recordándomelo una y otra vez. Parece que los planetas nunca están en armonía cuando tienen que estar: el viernes no lo estaban, pero hoy me susurran su nombre al oído, y yo no puedo taparme los oídos.
También mi corazón se queja, quiere gritar porque no desea sufrir más. Si fuera tan fácil...

Debería intentar dormir.

La hora de ir a dormir

No quiero irme a dormir, pero si no lo hago mañana estaré hecha un guiñapo. La razón es que hasta que venga el sueño daré vueltas y vueltas, sentiré las punzadas del interior, posiblemente me vuelva a desmoronar.
No me gustaría quedarme en vela. Aunque duerma poco y mal, prefiero dormir y levantarme sin recordar lo que he soñado.

domingo, febrero 21, 2010

Cambiar el tiempo

Si pudiera mover el tiempo, volvería a un año atrás, cuando aún no le conocía. Me hubiera perdido magníficos momentos, pero tampoco hubieran existido estos días tan dolorosos. Los días hubieran transcurrido quizás vacíos de vida.
Pero yo no tengo el poder para volver atrás y, si lo tuviera, creo que no lo haría, porque conocerle fue una especie de regalo. No me hago a la idea de desasirme de todo lo que está relacionado con él.
Creo que, a pesar de la sal en las heridas, no cambiaría este último año ni le cambiaría a él. Quizás me haya roto el corazón.

No hay estrellas en el cielo

Esta noche se han esfumado las estrellas del cielo, me pregunto dónde se habrán escondido... Aquellas estrellas con las que anoche compartí tantos secretos, tanta tristeza... hoy no están para contarles cómo me siento... Aquellas estrellas que una noche también me llevaron a él y que hoy también me lo recuerdan.
No hay estrellas en el cielo. Quizás se hayan apagado.

Pánico al mañana

Me pregunto cómo será despertar mañana, de qué color será el cielo, qué canciones escucharé, con qué personas hablaré y dónde estará mi mente en cada instante. Me pregunto cómo ocultaré este dolor, cómo conseguiré continuar como si todo siguiera su curso, como si nada hubiera ocurrido. Pero es que sí que ha ocurrido algo.
No es algo comparable a lo que pasó en noviembre. Había tristeza, una tristeza que duró unos pocos días hasta que opté por asegurarme primero, pero al menos sabía a qué atenerme. Es que ahora no sé nada y ese silencio me mata.
Es difícil enfrentarse a una situación así. No se puede sacar a una persona de tu vida de un día para otro y mucho menos si sientes algo que a duras penas consigues controlar. Aunque tenerle cerca, mirar sus ojos, escuchar su voz sería una tortura por la que no quiero pasar.
Tengo pánico a lo que pasará a partir de ahora, a cruzarme con él por la calle, a verle en los bares... Y aún así, sé de antemano que no podré desviar los ojos de él, que en mi mundo, aunque estemos rodeados de gente, seguiré teniendo ojos para él porque sólo le veré a él.
Esta noche he sentido un frío glacial. Por mucho que me tapé no conseguí aliviarlo porque ese frío venía de dentro, como si se estuviera formando un témpano de hielo en mi corazón. Se que, cuando nos veamos, mi corazón seguirá latiendo muy fuerte cuando él esté delante, porque hay sentimientos que no mueren de la noche a la mañana, porque es imposible no quererle.
Hoy no me quedan lágrimas que derramar...

Haciendo puzzles

Hace unos años adoraba hacer puzzles. Ahora también, pero se requiere mucho tiempo para dedicarlo a la dichosa tarea de hacer un puzzle. Además cuanto más difíciles más me gustaban. Mi madre los terminó enmarcando y colgando en la pared de las escaleras.
Luego dejé de hacer puzzles, aunque tengo alguna caja sin abrir porque sé que si lo comienzo me llevará días y necesitaría un tablero y mucho espacio para colocarlo. Es cierto que cuando lo coja será con ganas, desconectaré de todo, perderé la noción de tiempo y sonreiré cada vez que una minúscula pieza encaje con el total.
Hace poco encontré por internet un juego de puzzles. Está bien, porque lo puedes dejar a medias sin temor a perder alguna pieza. Lo que me gustaría es que ese mismo juego permitiera escoger imágenes de fuera para poder hacer lo que yo quisiera, aunque es cierto que las opciones están todas modificadas para añadir dificultad.

Estoy pensando que mi vida sentimental en la actualidad es parecida a un gigantesco puzzle donde tengo que encajar todas las piezas. Pero siento cierto rechazo a comenzar a hacer ese puzzle, es como si en cierto modo no supiera muy bien por dónde empezar.
Ese puzzle será diferente mañana, porque a medida que vas colocando piezas ya nada es igual. Y no puedes volver a una situación anterior, ni siquiera a una igual. Puedes hacer el puzzle miles de veces, pero cada una de esas veces será diferente de la anterior.

¿Dónde está la luz?

Al despertar he sentido que miles de cristales se hacían trizas en mi interior. He intentado volver a cerrar los ojos para seguir durmiendo, pero no he sido capaz. He vuelto a desmoronarme, sin saber muy bien por qué.

(Pausa para comer).

Me resulta muy onerosa esta situación. Pensándolo fríamente creo que tengo un lío en la cabeza tremendo. Tengo que pensarlo. ¿Cómo voy a ignorarle sin más, si él no me ha hecho nada...?

Sal en las heridas

Siento que esto ya lo he vivido.
Me he agobiado tanto en los bares que no he llegado al tercero. ¿Quién sabe cuándo me recuperaré de ésta? He cogido el coche, las lágrimas han aflorado al exterior y ha llegado un momento en que he tenido que parar en medio de la inmensidad de la noche, bajo la observación expectante de las estrellas.
Quizás me han abierto los ojos, quizás ya los había abierto hace mucho tiempo: no hay mayor ciego que el que no quiere ver. Hoy he tomado una decisión bastante tajante, la conversación con G. ha servido de ayuda, para admitir lo que no quería ver. Me he tenido que marchar, sentía que se me rasgaban los ojos. De repente he notado el calor ferviente de la sangre de una herida palpitante, dolorosa, cruel.
¿Cuánto tiempo se puede esperar algo que nunca va a llegar? ¿Qué va a pasar ahora? ¿Cómo voy a desviar la vista de él con el desgarro que sentiré en mi interior? ¿Cómo le voy a ignorar ahora? No sólo me duele su silencio, sino también el vacío que empiezo a sentir. Me conozco demasiado para saber que no tengo término medio, que de un extremo voy a pasar a otro. Si no hablo con él jamás podrá leer en mis ojos la tristeza, jamás podrá preguntarme por qué no le digo nada aunque posiblemente dé con la respuesta. No soy tan fuerte para saludarle como si no pasara nada. Mi corazón me traicionaría, mi voz también, y mis ojos. Es mejor así, es preferible que tire la toalla ahora, antes de que sea demasiado tarde. Duele, claro que duele. No saber a qué atenerse porque no sabes lo que piensa es algo muy cruel. Desde julio (indirectamente) y desde diciembre (directamente)... es tiempo suficiente para decidirse. Podría decir muchas cosas, todo lo que siento en estos momentos, podría describir la magnitud del dolor, incluso podría pronosticar que haré lo posible por no cruzarme con él: si he de sacrificar fines de semana lo haré, si he de aparcar en otras calles lo haré, si he de mirar a otro lado lo haré. No puedo más.
Seguiré queriéndole en silencio, mi subconsciente me traicionará cada noche porque le buscará en los sueños, pero no le quiero cerca. Su cercanía, la que tanto me hacía sonreír hace tan sólo unas horas, ahora me duele más que nunca.
Al final esto lo tengo que vivir yo. Así sea el tiempo que dure el dolor así será la magnitud del amor que sentía (siento aún) por él. Hay cosas que están predestinadas a morir mucho antes siquiera de empezar.
Me duele también que ni siquiera me ha dado la oportunidad de conocerle, me duele que no se haya dejado querer... En esta aciaga noche me duelen muchas cosas, necesitaba desahogarme pero, al final, mi dolor me lo tengo que comer yo, cueste poco o mucho. Tengo una sangrante herida que escocerá en cada cosa que me recuerde a él, en cada momento en que le sienta cercano, en cada persona, en cada objeto. Cada vez la sal removerá esa llaga. Es un dolor inmisericorde, imposible de describir.
¡Cuántas ilusiones rotas! ¡Cuánto tiempo desperdiciado! No quiero ni pensar en los días que vendrán.

sábado, febrero 20, 2010

Antes de partir

Antes quedábamos siempre a las 22.30h. A medida que van pasando los años, cada vez salimos más tarde. Espero estar a las once en el bar tomando café, aunque la hora es indiferente. Al final, lo verdaderamente importante es saber dónde están todos en cierto momento.
Antes entraba a la ducha a las nueve para salir puntual a esta hora. Hoy aún sigo vestida con la ropa del día y, en cierto modo, me da algo de pereza ducharme, vestirme, pasarme las planchas por el pelo, maquillarme... Sólo que me obligo a hacerlo: nunca se sabe a quién te puedes encontrar por la calle.
Obligarse a hacer cosas... Esto tiene mucho para hablar. Es un tema único. Yo pocas veces me tengo que obligar a hacer las cosas, no suelo decirlo en voz alta, lo hago y punto. Pero no comprendo a la gente que dice que va a hacer algo y sigue sentada en el sitio, incrementando una dejadez y una desidia incomprensibles.
Cuando estaba en el Colegio Mayor, tenía una amiga que cayó en una crisis psicótica un tanto extraña: durante meses había estado contando mentiras bastante gordas y crueles a todas las personas que tenía a su alrededor. Un día, fui a verla a su habitación y estaba como dopada en la cama a las siete de la tarde. Le pregunté qué le pasaba, pero no supo contestarme o quizás no supo quién era. En ese momento no reconocí el avanzado estado depresivo en que se encontraba. Unos días después estaba recuperándose en casa. Recuerdo que la llamamos y nos pedía perdón. Yo aún desconocía el germen del problema: la cantidad de mentiras que nos había contado. Cuando lo descubrí no la juzgué, como hicieron otras personas que, decepcionadas, se apartaron de ella. Volvió e iba de victimista. Yo intenté animarla, hasta que me enfadé. Me enfadé porque la apreciaba, a pesar de su -si puede denominarse así- enfermedad. Recuerdo que me la encontré con otra chica tumbada en la cama, haciéndose la enferma. Reconocí que era un estado mental, descubrí en esos segundos que curarse estaba en sus manos y no en las que la rodeábamos, por mucho que intentáramos impulsarla a hacer cosas de manera positiva. Sólo le dije una frase: "Mari, si no pones nada de tu parte por curarte, jamás conseguirás recuperarte; nosotras no podemos hacer nada para ayudarte si tú no te ayudas a ti misma". Sin darle tiempo a responder, me fui. Pocos días después se encontraba mejor y me lo agradeció: se estaba obligando a recuperarse, porque nunca había dejado de ser un estado mental y no físico. Y se recuperó. En esa crisis perdió amigas, pero nunca perdió las que continuamos a su lado, en lo bueno y en lo malo.
Mari estudió Filología Inglesa y ahora es profesora de inglés de un colegio de la capital de su tierra. Nunca ha vuelto a emparanoiarse; no sé si cuenta mentiras o no, pero aquel peliagudo asunto quedó atrás.
Cuando digo que tengo que obligarme a prepararme esta noche no lo comento como una obligación en sí misma. Lo haré sin más, quizás mecánicamente, aunque con la mente volando en todas las direcciones. Y sí, es hora de ponerme a ello.
Pero antes... cerraré los ojos y repetiré un deseo vehemente, a ver si hoy tengo mejor fortuna que ayer.

Más gente que en la guerra

La verdad es que prefiero lavar el coche entre semana y a mediodía. Las últimas veces lo he hecho así y no tengo problemas por que los sitios estén ocupados. La única vez que lo lavé por la noche fue aquella vez, porque mis padres se iban de viaje al día siguiente temprano. Aquella vez que fue más para hacer tiempo... Me estremezco al recordar aquella tarde: ¿fue septiembre, octubre...? La primera vez que soñé que dormía con él ante la situación de encontrarme sola en casa.
Hace unos años lavaba el coche en sábado por la tarde y ya sabía que era un caos. Así que hoy sólo he podido lavarlo por fuera y he desechado pasar el aspirador por dentro (porque estaba ocupado y había gente esperando), aunque las alfombrillas las he sacudido contra los árboles que tengo a la entrada de casa. Es la última vez que voy a lavar el coche en fin de semana.