lunes, septiembre 21, 2009

Un pedazo del mundo, un pedazo de tiempo

Tengo una afición terrible a 'retratar' momentos de mis viajes, ayudada por la palabra y el dibujo. Sí, a mí se me daba bien el dibujo, sólo que en la actualidad apenas tengo tiempo. Estar un rato dibujando calma mi alma, pero en el día de hoy me resulta más sencillo describirlo con palabras.
Sin embargo, el hecho de estar 'fuera' y poder contemplar monumentos y edificios que quizás no vuelvas a ver nunca más hace que se detenga el tiempo. Si hay algo que me entusiasma es dibujar edificios. Muchos de ellos se han quedado plasmados sobre las diminutas hojas de mi pequeño cuaderno de pastas rojas, que nunca puede faltar en cualquiera de mis viajes. Y sólo para ello lo uso, de ahí que todavía no lo haya acabado. En el escribo mis impresiones, me conciencio de que estoy en ese momento en ese lugar. Y a veces dibujo. Nadie lo ha visto por completo. A mucha gente le sorprende porque desconoce mi afición por el dibujo, aunque las líneas cada vez me salen peor. Lo importante no es dibujarlo bien sino guardar ese pedazo del tiempo contigo y llevártelo de regreso.
Así... todo comienza en Alemania, mi segundo viaje al país, cuando visité la Selva Negra. El cuaderno de pastas rojas es alemán.

Corre el mes de agosto de 2004. Estoy tan extasiada con el viaje a la Selva Negra, que me veo con la obligación de "atrapar", de algún modo esos momentos. Ya había visitado Stuttgart, adonde había de volver para coger el avión de regreso a España.
Fue en Baden-Baden, de donde sólo guardo una fotografía de su plaza céntrica (Leopoldsplatz) donde encontré un cuaderno rojo. No podía ser de otro color. Llovía y me coloqué en una terraza en medio de aquella plaza mientras veía las gotas de lluvia caer y empecé a contornear las finas líneas de un balcón que se encontraba frente a mis ojos.
Después había de coger otro tren hacia ningún sitio, porque la siguiente parada sería en Villingen-Schwenningen, dos ciudades en una, separadas únicamente por un río. La parte en la que estuve era casi medieval, como así demostraban sus antiguas torres (Turm significa 'torre').
En ese mismo viaje me dejé caer en Freiburg, una ciudad impresionante y bohemia, con una multitud de edificios y callejuelas dignos de ver.


La ciudad más al sur que visité fue Konstanz, donde está el lago Bodensee, aunque aquí en la escuela yo lo estudiara como Lago Constanza. La ciudad alemana da nombre al lago, que baña las costas de Suiza, Austria, Alemania y Liechtenstein.
A mí la Schwarzwald (Selva Negra) me hechizó tanto que, en cuanto pueda, volveré. Aunque sólo regrese para comprar un reloj de cuco de los que se fabrican allí.

Ese mismo año, según tengo apuntado en el cuaderno de pastas rojas, en el mes de diciembre me fui a Barcelona con una amiga. Fue el grandioso viaje convertido en una odisea porque parecía que nunca llegaríamos a la ciudad condal. Anochecía cuando cruzábamos las puertas de la ciudad, suspirábamos cansadas y nos reíamos de todas las hazañas que contaríamos después de aquel día tan largo.

En el tren de vuelta, ya más tranquila, esbozaba el elegante perfil de la Sagrada Familia, obra inacaba del Maestro Gaudí.
(Obviamente, he tenido que borrar los comentarios subjetivos que hay escritos junto a ciertos dibujos).
Reconozco que, igual que Gaudí, yo también dejé inacabado lo que estaba haciendo, pero a mí no me pilló un tranvía, sino el cansancio del viaje.


El siguiente viaje fue en febrero de 2005, a París.
Tengo unos recuerdos magníficos de la Ciudad del Amor y de la Luz. Entonces era candidata, junto a Madrid y según escribí en aquel momento, a los Juegos Olímpicos de 2012.

En julio de 2005 me puse a trabajar en Salamanca. A los diez días me enviaron con un grupo de trabajo a Ávila, ciudad que no conocía. Allí me operaron de urgencia de hernia umbilical, y lo que había sido un viaje de trabajo se convirtió, finalmente y exceptuando los cuatro días de hospital (donde me trataron genial), en un viaje de placer, sobre todo porque aquel momento coincidía con las fiestas de la ciudad.

Dejando algunos dibujos entre hojas intermedias, llegamos a julio de 2006, el viaje a Roma. Esos dos momentos, cuando dibujaba sentada en la fuente de enfrente el Panteón y cuando me tomaba un expresso junto al Coliseo, podría revivirlos perfectamente los dos.
En el segundo recuerdo el calor después de haber recorrido el célebre anfiteatro entre tanta gente, con un coche que me llamó la atención justo al lado de la terraza donde tomaba el café, tipo Seiscientos y colorado, muy sugerente. Recuerdo que pensé que parecía haberme sumergido en una película de Fellini, muy romano ochentero todo.
En el Panteón de Agrippa, que estudié en Historia del Arte, unos niños me miraban y se sentaron a mi lado. De repente, empezaron a hablar, no en italiano ni en cualquier idioma, sino en español. Recuerdo que levanté los ojos hacia ellos y les regalé una de mis sonrisas, pero seguí en silencio.
En abril de 2007 fui a Granada y Córdoba, coincidiendo con la Semana Santa. Granada, ciudad que deseaba conocer ante todo, me decepcionó bastante. Igual era la forma de ser de los granaínos y su malafollá. De repente, me acordé de uno de los célebres dibujos en la Alhambra de Don Federico (García Lorca) y me imaginé desde dónde lo hubiera hecho él. Y me senté en una piedra milenaria para plasmar sobre el papel los legendarios muros que tenía frente a mí.
Donde disfruté de verdad fue en Córdoba, ciudad a la que llegué coincidiendo con mi cumpleaños. No creo que lo olvide nunca. Los cordobeses son más abiertos que los granadinos y la ciudad me encantó con sus callejuelas adoquinadas, con casas encaladas en blancos y amarillos, sus patios llenos de flores y azulejos, incluso con fuentes y otros adornos, las rejas y las barandillas de los balcones, y sus paseos en caballo, las gitanas junto a la Mezquita echándote la buenaventura (yo huía de ellas y no me atrevía a mirarlas, que soy quien piensa que si las miras te echan un mal de ojo)... Y ese olor a azahar por toda la ciudad...
El viaje de Oporto fue en septiembre de 2007. Me fui porque quería ver el mar, para reflexionar sobre la vida y la muerte, para tranquilizar mi espíritu, para desconectar... Fue uno de los viajes más melancólicos y tristes de mi vida, por todo lo que me llevaba para no traerlo de regreso: la ausencia de una persona que ya no volvería más. Fue muy duro.

En 2008 no me fui a ningún sitio importante. Supongo que fue un año intensivo. Si hubiera tenido ganas de viajar lo hubiera hecho.

Es una pena que no se me ocurriera esbozar un cuaderno así cuando empecé a salir de España. Me quedan tantos lugares por retratar que ya conozco... Aunque me quedan muchos más aún por conocer. Estoy pensando que mi siguiente destino puede ser Malta o Cerdeña.
De Bélgica traeré otro pedazo de tiempo plasmado en el cuaderno rojo que, de momento, da mucho de sí.

21 de Septiembre: San Mateo

Comienza el Día Grande de las fiestas de San Mateo en Logroño. Nunca he estado en el pisado de la uva y, sin embargo, la Historia que hay detrás es interesante.

Las fiestas de San Mateo derivan del extraño mestizaje entre la época medieval y la cosecha del vino.
Su origen está en el siglo XII, pues Logroño contaba con la categoría de Villa, lo que le otorgaba el privilegio de celebrar en ella una feria anual. Esto la convirtió en una sede importante del comercio. A medida que pasaba el tiempo, estas ferias fueron adquiriendo mayor relevancia y se celebraban con más frecuencia e iba ganando en importancia el carácter festivo y divertido en ellas. Es entonces cuando el vino, fruto de la tierra riojana, se introduce en los mercados medievales de la villa logroñesa.
La feria más famosa se festejaba durante el día de Acción de Gracias, en el mes de septiembre, por la que los riojanos agradecían la cosecha recogida. La feria se fija el día 21 de septiembre, día de San Mateo, santo que había sido recaudador de impuestos, convertido en patrón de los mercaderes. Estas fiestas representan además el comienzo de la vendimia.
En la actualidad, en las fiestas de San Mateo y de la Vendimia los riojanos ofrecen el primer mosto a su patrona, la Virgen de Valvanera, y celebran el inicio de la vendimia pidiendo a la Virgen que el resultado de ésta sea excelente.

domingo, septiembre 20, 2009

Esta noche no quiero soñar

Si pudiera elegir mis sueños, me centraría en historias alegres, donde salga gente de mi círculo cercano.
El sueño de la noche pasada, al releerlo, me aporta una tristeza infinita. Si pudiera pedir un deseo, pediría que eso fuera un recuerdo. La diferencia entre un recuerdo y un sueño es que el primero ha ocurrido realmente y el otro no.
Duele. Intento no pensar en ello, pero es complicado.
Por un lado quisiera no soñar, eso dice la cabeza; por otra parte... es otra historia. Pensar en él me aporta tranquilidad, serenidad y alegría y el corazón no desea que su imagen desaparezca sin más. Aunque ahora al releer los secretos que guarda mi almohada he sentido que mi interior se encogía, esta mañana al escribirlo me sentía plenamente feliz. Si pusiera en una balanza a los dos, sé que pesaría más el segundo.
Al menos, desearía no soñar con él sólo por esta noche. Porque, de una manera u otra, estos sueños derivan en ilusiones que, en un futuro, podrían herir de manera drástica. Y no quiero pasarlo mal.

Mañana

Manneken Pis
Mañana podría tomarme el día libre, pero trabajaré por la mañana. Por la tarde y tranquilamente haré el equipaje y me marcharé a Logroño, donde muy temprano el martes cojo un tren para Madrid.
En el último viaje al extranjero, que fue a Oporto -si mal no recuerdo-, me dejé el pijama. ¿Es que quién se acuerda del pijama en una época en que no se utiliza?
En cierto modo, tengo ganas de irme, pero por otra parte empiezo a notar los primeros nervios en el estómago. Me llevo un poco de uVe conmigo, y no es vino. Pero si lo dijera con todas las letras no tendría sentido decirlo, se perdería toda la magia.
Mañana no creo que tenga la cabeza sobre los hombros en el trabajo. Estaré más fuera que dentro, como es lógico, aunque tengo que hacer cuatro cosillas antes de irme.
Estaba pensando que pisaré una tierra que en el siglo XVI era de dominio español, Flandes. Pérez-Reverte ha escrito mucho sobre eso. Recuerdo ahora que en los libros del Capitán Alatriste éste iba a la guerra de Flandes, concretamente en el libro de El sol de Breda. Y la película de "Alatriste" tiene su comienzo en la tierra hostil flamenca.
Por cierto, todo el mundo me dice que no deje de ver el Manneken Pis como atracción turística principal. Seguro que es una estatua enana, tipo la Sirenita de Copenhague o La Gioconda en el Louvre. Para mí Bruselas tiene otro tipo de atracciones turísticas más interesantes, sin olvidar que es una de las sedes de la política europea.

La maleta... casi preparada

Pues soy consciente de que más me vale empezar a hacer la maleta. El otro día, como desconozco las medidas del equipaje de mano que puedes subir a bordo del avión, me compré una maleta, en la que venía expresamente marcado que cumple la normativa europea para poderla subir contigo a los aviones.
De momento está vacía, con las etiquetas puestas, tal y como la traje.
Aún me quedan por comprar frascos pequeños para meter en el neceser, aunque quizás me los compre allí, al menos los que no son tan imprescindibles, muchos sobre todo porque de ellos nos abastece el hotel. Pero lo que sí tengo que comprar es espuma, porque no quiero llevar las planchas, por lo que tendré que dejar que los rizos rebeldes aparezcan de nuevo. También tengo que hacerme con un frasco de perfume CK de corte minimalista. Creo que no hay, a no ser que me lleve alguna muestra. Tampoco me preocupa.

Mañana a estas horas estaré loca por marchar, con mi maleta roja (no podía ser de otro color) preparada ya y los frascos diminutos repiqueteantes en el neceser.
Sólo me queda mirar el tiempo que va a hacer la próxima semana allí arriba.

Siempre una canción

Desde que me he levantado llevo tarareando una canción de Joaquín Sabina. Es que hay letras que... tienen mucha razón. He aquí el estribillo de Contigo:

Los secretos que guarda la almohada

La almohada es un cofre de secretos. Si la mía hablara me ruborizaría. Ella es la que guarda por las noches los sueños que no cuento, las ilusiones que jamás se destruyen, las esperanzas que están en vilo, los pensamientos latentes, incluso las imágenes que no quiero olvidar.
Hoy me ha contado al oído que he soñado, que he tenido un sueño de una belleza insólita, y era así porque aparecía él. Es difícil que un sueño donde esté él no se vea inundado de belleza, delicadeza y dulzura. Pero sigue siendo un sueño, sin más.
He soñado que estaba dormida, con el rostro hacia la ventana, y que entonces llegaba él, se metía bajo las sábanas y se adhería a mi espalda, con sus manos frías recorriendo la piel de mi estómago y sus pies helados subiendo por mis piernas. Un escalofrío. Y ese contacto entre el calor y el frío me despertaba para darme la vuelta y mirar sus ojos brillantes en la oscuridad, besarle en esa especie de duermevela que aún era dueño de mí, y...
Lo que viene después me lo guarda la almohada bajo llave.

Algo que me gustaría hacer antes del martes

En estos momentos hay algo que me gustaría hacer y sé, de antemano, que no lo voy a llevar a cabo.
Me gustaría decirle a alguien que me voy unos días a Bélgica, no para informarle, sino para contagiarle mi entusiasmo y mi ánimo previo a cualquier viaje, me gustaría decirle que le escribiré una postal (que nunca llegará, aunque la escribiera) e incluso que le traeré chocolates típicos belgas.
Podría escribirle un email, pero la última vez me dije que sería la última vez. Así que tendré que irme sin poder contarle nada.
Y cuando vuelva regresará la rutina, como si jamás me hubiera ido. Regresaré con la cabeza despejada, con un millón de historias, con las retinas cargadas de otros paisajes, otras gentes, otra cultura. Pero el deseo de él no se habrá difuminado (si acaso, será más fuerte). Estoy segura de que la ilusión de encontrármelo a la vuelta de la esquina no habrá desaparecido, por mucho que desconecte o intente desquitarme.

Más allá de Ezcaray

Y más allá de Ezcaray, por la carretera que lleva a las pistas de esquí, Zaldierna, Azárrulla, Posadas y San Antón.
Nuestro viaje acababa en Azárrulla, una aldea de casas de piedra escondidas entre los árboles, calles en altura y sin asfaltar, rebaños de vaquitas como ya no se ven más que en lugares recónditos y muy rurales.
Y las montañas. Encontrarse rodeados de montañas, respirar la naturaleza pura, sentir la grandeza del mundo ante tus ojos. Unas vistas magníficas y un lugar idílico, de ensueño.

sábado, septiembre 19, 2009

Fin de semana de descanso

Necesitaba un fin de semana de descanso. Ante mi decisión de no ir a la cena de esta noche, porque no tengo ganas de machacarme en Logroño y con un ligero dolor en un oído, que me lleva matando toda la tarde, he optado por el relax.
Están todos fuera. Mis padres se han preocupado por el dolor de mi oído antes de marcharse, pero les he asegurado que no es para tanto (se aguanta bien). A mí lo que me preocupa es que tengo que coger un avión el martes, que posiblemente incrementará ese ligero dolor. Creo que ha surgido después de un rato con la ventanilla de ese lado del coche abierta. Espero que durmiendo se pase.
Hoy me hubiera gustado salir por Santo Domingo, donde al mediodía se veía buen ambiente. Pero, con la cena, todos mis amigos -o casi todos- se han ido a Logroño.
Yo cenaré pronto y después me pondré una película y la veré en la cama (sólo que cuando hago esto me suelo quedar dormida antes de que termine la película). He visto anunciar en Vía Digital (en el Canal de Cine Español, que le gusta a mi madre) las de "Plata quemada" y "Secretos del Corazón". Creo que las buscaré luego para ver al menos una.
Igual me estoy volviendo casera. Pero disfrutar de la soledad en casa... a veces se agradece.

La admiración

¿Cuál es el truco de la admiración?
Puedes admirar a alguien por su obra, por su vida, por su ideología y/o por otras muchas cosas.
En el plano de la realidad, de las personas que conoces, no es tan diferente.
¿Y si admiras a alguien sólo por haber intercambiado con esa persona algunas ideas, unas palabras, unos instantes? A mí me ha pasado, así que será posible.

Y esas manos de terciopelo. He perdido la cuenta del número de veces que he soñado que me acariciaban. Dejémoslo estar y haré como que no me acuerdo de lo que sueño.

viernes, septiembre 18, 2009

Entre aldeas de montaña

Mañana tengo reunión en una aldea de Ezcaray. He visto fotos de ese lugar idílico. Las casas son de piedra, están rodeadas de montañas y tengo la ligera impresión de que allí arriba hace mucho frío.
Tengo que madrugar, aunque después de las últimas horas se me ha concedido carta blanca para ir con el tiempo justo. Es decir, que a las nueve aún seguiré en cama.

Me gusta muchísimo la montaña. Cuando estábamos en Marianistas me apuntaba a todas las acampadas. La primera fue la peor, en el sentido de que no estaba acostumbrada a aquellos hábitos: levantarse con el sol, tomar un cola-cao frío junto a los muros de Valvanera, subir al San Lorenzo con medio metro de nieve, hacer vivac en la ladera del Aneto, que se te eche la niebla en la Laguna Negra y no veas nada a dos palmos de tus narices... ¡Y tantas que no recuerdo!
Si algo echo de menos de mi colegio son aquellos fines de semana invernales en que nos íbamos a un refugio solitario en medio de la montaña, aislados del mundo real, durmiendo alrededor de un fogón que estaba encendido toda la noche, la pereza de salir del calor del saco cada mañana; aprender a montar una tienda en un camping a un kilómetro de Benasque, las veladas junto al fuego en las noches pirenaicas bajo un cielo estrellado de verano, las relaciones con tanta gente amante de la montaña, respirar ese aire fresco que te llena los pulmones y tocarte los dedos, hinchados después de varias horas monte arriba, para llegar a casa en el clímax del verano y encontrarte con unas marcas tremendas en las piernas de los shorts y los calcetines.

Y, si miro unos años más atrás, recuerdo el extraño sentimiento de estar en el fin del mundo cuando mi padre nos llevó a un lugar intermedio entre Valvanera y Ezcaray, a una altura que quitaba la respiración, donde los ojos no alcanzaban a ver los lejanos y profundos valles, ocultos por la espesa niebla, mientras los montes seguían tocando el cielo a nuestro alrededor. Sentías una grandeza digna de dioses, te podías sentir la dueña del mundo con la tierra y el cielo bajo tus pies. Sí, es una sensación intensa, magnífica, irrepetible.

El olor de la montaña es diferente del que estamos acostumbrados. Mañana me dejaré llevar por las frescas fragancias de añejos árboles en proceso de extinción (debido a los últimos incendios de la zona). Es todo un abanico de aromas, de sensaciones extrañas, como si estuvieras invadiendo un lugar que no te pertenece, hasta que se produce esa conexión con la naturaleza de la que hoy, por desgracia, carecemos, motivados quizás por el frenesí y la aceleración de los tiempos modernos.
En la montaña nuestro espíritu se siente libre.

La montaña tiene algo de magia, un encanto especial. Sobra decir con quién me iría en estos momentos a un refugio de montaña, aislado del mundo moderno, a miles de kilómetros de la civilización, sin ningún aparato eléctrico ni baterías con que cargar otros utensilios de los que podemos carecer (excepto del lavavajillas). Nada, sólo naturaleza pura y dura.

Budapest sin el Danubio

Hoy me he acordado de mi visita a Budapest. Para mí, fue uno de los viajes más maravillosos que he tenido nunca. Hace ya algunos años. Desde entonces se ha vuelto más turístico, seguro que no es como lo recuerdo.
Uno de los momentos más románticos fue el crucero nocturno a lo largo del Danubio, bebiendo champán, escuchando Danubio Azul de Strauss de fondo. A un lado, Buda iluminado con miles de ventanas de gente que se dispone a ir a dormir; al otro lado Pest, con los edificios a oscuras, los bulevares llenos de oficinas y próximos a la magnificencia del Parlamento.
Recuerdo los restos del comunismo, el sabor amargo de un país que ha pertenecido a la órbita rusa y que, por aquel entonces, empezaba a despegar económicamente; el aeropuerto que parecía construido en cartón-piedra, como si fuera el decorado de una película, con un único policía en la salida que ni siquiera te miraba el pasaporte; las idílicas callejuelas que transcurren entre iglesias y sinagogas, pisando el trayecto de miles de tranvías que osábamos no pagar; la tranquilidad de la isla Margarita, en medio del Danubio; asomarse al Puente de las Cadenas y sentir el vértigo recorriendo tu espina dorsal, mientras el aire húmedo del río azota sus mejillas; las conversaciones en los autobuses; la majestuosidad de la Plaza de los Héroes, allí donde rodaban una película histórica que transcurría varios siglos atrás; el Bastión de los Pescadores, en lo alto, desde donde se veía la cinta plateada de aquel río que en tantos libros de Historia estudiamos; los bailes húngaros, cargados de una belleza tal que cortaba la respiración, en un restaurante típico donde cenábamos carne asada, con esos redondeles de pan que parecían haber salido de un barreño de agua, todo rebañado con salsa paprika...

Es inolvidable. Me gustaría volver a visitar todo aquello.

Peripecias para sacar un billete

¿Quién necesita un mes para preparar un viaje? ¡Qué digo, un mes! Más bien son tres meses.
Siempre me he despreocupado de todo a la hora de viajar hasta los cuatro días de antes. Y siempre me han salido las cosas bien.
Ya comenté en una ocasión que tenía la bandeja de entrada del correo llena de emails sobre el viaje, esto es desde hace más de un mes.
Que cómo vamos a ir a Madrid, que qué vamos a hacer a la vuelta, que dónde reservamos hotel, que si haremos noche en Brujas, que si hay que elegir el asiento a bordo del avión...
No sé. No me he visto preocupada. Sólo ahora, cuando intento sacar el billete a Madrid, me veo atada de manos, en el sentido de que el cajero me puso unas claves que no funcionan. Tampoco me preocupa, porque sacaría el billete el lunes, sólo que me arriesgo a no tener asiento. Pero entonces buscaría otro medio de transporte.
Mi amiga M. se ha enfadado, incluso me ha amenazado con no ir al viaje, porque ella quería ir en autobús con otra amiga suya, a la que no conozco, pero que también va al viaje. Yo desde el principio le dije que iría en tren. Y hoy, después de dos emails iguales donde me dice cómo iremos a Madrid, le he dicho que ahora mismo iba a sacar el billete. No será ahora mismo, pero en una hora lo tendré ya impreso. También depende de la competencia del cajero. Yo creo que tengo bloqueadas las claves porque no uso mucho la tarjeta para realizar compras por internet. De hecho, sólo para sacar billetes para los viajes.
El problema del CIP (código de identificación personal) es que no sé cuáles son ceros y cuáles son Oes. Lo he intentado varias veces hasta que me ha bloqueado la tarjeta.
He echado mano a la segunda tarjeta, con otro banco. Y como no tengo activada la banca electrónica no puedo sacar el billete hasta el lunes. Genial.
Al final le he dado carta blanca a mi amiga M. para que saque el billete que quiera y que me lo saque a mí también. Aun así me ha escrito para volverme a preguntar en qué vamos. Lo doy por imposible.

jueves, septiembre 17, 2009

Pequeños placeres de la vida

Siempre me ha gustado leer en la cama, sobre todo si hace frío. Más por la noche. Estos dos meses casi perdí la rutina de leer un rato antes de dormir, pero la he vuelto a recuperar. A más frío más predispuesta estoy a meterme bajo el edredón con un libro en las manos. Con la gelidez que hay en mi habitación, me imagino lo placentero que sería estar así. Sin más. Sólo tengo que imaginármelo para hacerlo.
También disfruto de los días festivos, esos en que la noche anterior has venido pronto a casa, en que te despiertas pronto y no te apetece dejar el calor de la cama. También entonces cojo el libro de la mesilla. A veces incluso lucho contra el frío y me acerco a la ventana para levantar la persiana y que entre la luz blanca del invierno.
Me resulta placentero leer en la cama. Más por las noches porque puedo estar horas, siempre que no me entre el sueño. Por la mañana siempre tienes que levantarte por alguna obligación.
Eso haré.

Un 'encuentro' casual

Si antes hablo del Universo antes hubiera ocurrido que todas las fuerzas se alinearan para que ocurriera algo como lo de hoy.

Llovía esta tarde torrencialmente y yo estaba deseando descalzarme y descansar en casa. Ya había arrancado el coche cuando me ha sonado el móvil por primera vez. He tenido que volver a aparcar y contestar, ya que en ese coche no tengo conectado el manos libres. La llamada ha durado un rato. Cuando he colgado, me ha llegado un mensaje de que alguien me había llamado, así que me he puesto a marcar. Otro rato hablando. Ya he desconectado el contacto del coche y las luces. Al colgar, otro nuevo mensaje. He llamado y me han instado para que me pasara por una oficina a recoger unos papeles, todo sin bajarme del coche. Entonces el móvil no ha sonado más. He arrancado y entonces ha pasado por delante de mí; él iba en coche. No sé si me ha visto o sólo estaba mirando que iba a salir. Yo sí que le he visto a él. Estaba empezando a ser una especie de espejismo, pero he comprobado que no lo es. Es real.
Y luego ha pasado caminando. De lejos y desde el coche le he saludado.
Ni que decir tiene que he sentido los calores en el rostro durante todo el trayecto a casa, el corazón me latía tan rápido como incontrolable y entonces me he dado cuenta de que me sentía feliz. Un minuto suyo y de lejos me ha devuelto la vida. Tampoco es exacto: ya tenía vida, pero luego se ha visto multiplicada por tres. ¿Adrenalina?
Iba guapo. Tímido, como siempre. Me pregunto cómo hubiera ido la cosa si se hubiera acercado.

Cambiando de tercio, quería llegar a casa para descansar y, sin embargo, acabo de venir ahora de ver un garaje inundado. He estado dos horas fuera, intentando arreglar algo que no se puede reparar a las once de la noche. Menos mal que no ocurren percances de estos todos los días. Tengo unas ganas de quitarme durante unos días el móvil de urgencias... Lo cierto es que deberíamos turnarnos, pero lo cogí yo y no lo solté. Me sentiré libre, que llevar dos móviles encima es horrible.

Podría decir muchas cosas. Después de la de esta tarde me siento feliz. Y sólo eso con haberle visto y saludado. Imagino que si hubiera habido algo más, por ejemplo una conversación -por decir algo-, me sentiría como en el cielo. Me pregunto por qué unas personas nos aportan tanto con tan poco y otras lo intentan sin éxito y no consiguen siquiera rayar ni un poquito nuestra superficie.

Cada momento es una historia

Puedes estar leyendo a la hora del café un libro de colores vistosos, un ladrillo muy pesado para llevar todos los días contigo, y que el hombre que está a tu vera se quede mirando mientras devoras las páginas. No sabe si interrumpirte o no, pero al final, picado por la curiosidad, lo hace: "¿Qué estás leyendo?". No le conoces de nada y, sin embargo, es el inicio de un diálogo donde dibujas en el aire tu opinión respecto al libro que tienes ante ti. Acabas de mirar a los ojos a un señor que tiene algo en común contigo: el deleite de una buena lectura. Vuelves a tus páginas y una frase te llama la atención: "Cada momento es una historia". Piensas entonces en ese momento concreto, respiras a fondo, piensas en la taza de café medio llena (por un optimismo puro; aunque estuviera casi vacía, yo no diría que está medio vacía).
Piensas en otros momentos del día que, sea por la razón que sea, se han marchado formando olas hacia el sendero de los recuerdos y del instante que ya ha pasado.
Un cuarto de hora antes caminaba por la calle. He mirado de reojo a mi derecha para observar cómo dos jóvenes -a los que conozco de vista-, uno moreno y otro calvo, entraban en un portal. Entonces los pensamientos sobre él vuelven a fluir, rápidos, concisos, esporádicos: aquella noche en que estuvimos allí mismo sentados, el día que estaba tomando una cerveza y le vi pasar, imagino las veces que ha caminado bajo el balcón de piedra... Sé de dónde venían, porque hoy es jueves.
Otro momento ha sido aquél en que mi padre me ha invitado a tomar café. Me ha dicho que iba muy abrigada. Y es cierto. Yo soy de las que van en manga corta cuando hace frío, pero creo que puedo estar destemplada. Y es que hoy tengo frío.
Me toco las manos y las tengo heladas. Volviendo a mi padre, él siempre dice eso de "manos frías, corazón caliente".
Y tantas cosas que decir.
Cuando desglosas momentos del día, que no tienen que ser especiales, aunque sean únicos, porque no volverán, te das cuenta de que el momento presente es la vida misma.

De

Hace unos meses conocí a alguien, le llamaré De. Empezamos a coincidir por las mañanas en la cafetería, a la hora del desayuno. De no es de aquí, pero trabaja aquí. Habla por los codos y, enseguida, me di cuenta de que perdía un poco de aceite.
Cuando mis compañeras de trabajo empezaron a lanzarme sonrisitas disimuladas y a soltar perlitas como que era posible que yo le gustara a De, cuando él empezó matemáticamente a decirme cada mañana lo guapa que estaba (hasta que le corté de una manera muy sutil), cuando decidió invitarme a una comida por su cumpleaños (a solas, aunque también conoce a mis compañeras; a ellas no les dijo nada de susodicha comida) y me inventé un calendario que no coincidiera nunca con sus días libres... empecé a evitarle.
Seguimos coincidiendo a desayunar, aunque yo últimamente me concentro en el periódico o incluso en un libro. He comprobado que se pone nervioso si no le hago caso. Es que verdaderamente pierde aceite y es un poco maruja. Y algo que no soporto es que intenten husmear en cosas de las que no quiero hablar.
Esta mañana me ha dicho que hoy al mediodía nos veríamos pero ahora me he marchado de la cafetería como alma que lleva el diablo. Es un buen tío, pero es muy ansioso, habla hasta por los codos (más que yo, que ya es decir...) y me pone algo nerviosa. Es que no.

Contando los minutos

Como hoy no iré a comer a casa, me puedo permitir unos minutos de ociosidad antes de bajar a la cafetería a tomar un bocado rápido.
Se me ha pasado volando la mañana. Cuanto más ocupada tengo la cabeza más breve es todo. Cuando te quieres dar cuenta ya es hora de comer.
Mañana aquí es fiesta, aunque yo sé que vendré un rato. No como el resto de días, sino más tarde. Sobre las 10, como muy tarde las 11. En cierto modo, me apetece salir esta noche. Tendré que quedar con algunos amigos que están en mi pueblo a ver qué se cuece esta noche.
El sábado además tenemos cena en Logroño. Pocas ganas tengo de ir. Lo que yo necesito es un fin de semana de descanso total. No caerá esa breva...

El Universo se ha puesto en contra

Estaba pensando que si tuviera que elegir un compañero de viaje no lo dudaría ni un segundo. No es que no vaya a disfrutar con la gente que voy (yo sé que sí)... Es, simplemente, algo distinto. Quizás no necesitaría viajar muy lejos si fuera con esa persona, porque estaría más pendiente de él que de lo que hubiera a nuestro alrededor.
Hoy he visto su coche, por dos veces. A él nunca le veo. Es como si el Universo se hubiera puesto en contra para que no coincidamos en ningún sitio. También yo pongo mi granito de arena acudiendo a la cafetería una hora antes en el café de media mañana, a no ser que se me haga tarde y no me dé cuenta. Creo que en realidad tengo miedo a un encuentro con él, sea durante la semana o sea en fin de semana. La pregunta obvia es: ¿Por qué surge este miedo?
Sólo yo tengo la respuesta. Hacía tanto tiempo que había perdido el interés por el sexo opuesto que cuando ha llegado alguien que me ha interesado de verdad, como es el caso, no sé muy bien cómo reaccionar. Este chico me gusta de verdad. Ésa es la certera respuesta a todas las preguntas que han surgido los últimos meses.
Si no fuera así, no habría temores, el río de la vida seguiría fluyendo de manera normal, no habría tantos altibajos, no soñaría reiteradamente con él, cualquier objeto o situación no me lo traerían a la memoria cada dos por tres y un largo etcétera.
La situación real es que apenas le conozco. Claro que me gustaría conocerle, pero de momento me encuentro ante una puerta herméticamente cerrada. Me gustaría mirar por el agujero de la cerradura de vez en cuando y, sobre todo, me gustaría tener las claves (llaves) para abrirla. Quizás nunca ocurra.