Hoy hace cuatro años que mi tío fue intervenido quirúrgicamente en una operación de nueve horas. A mi tío le habían detectado una semana antes un cáncer con metástasis en la garganta; era fumador empedernido. Yo desconocía todo sobre aquella operación, también lo desconocía todo sobre esa terrible enfermedad que se lleva a tanta gente. Sólo empecé a convivir con ella cuando la tuve cerca, cuando descubrí en un ser querido los estragos de aquel mal que siempre estaba acechando.
Cuando escuchas la palabra "cáncer" por vez primera temes lo peor. Con el paso de los años he aprendido que en nuestros días se puede curar casi cualquier tipo de cáncer, sobre todo si lo han cogido a tiempo. También he aprendido que el peor cáncer es aquel que va acompañado de metástasis, pues es ésta la que hace que se reproduzca, es casi remotamente imposible erradicarla de raíz. Pero entonces no lo sabía. A mi tío le pillaron a tiempo la enfermedad, pero había metástasis, y eso no vaticinaba nada bueno. Pero, mientras hay vida hay esperanza.
En un principio, los médicos dijeron que posiblemente le cortaran las cuerdas vocales, pero finalmente hablaron con un eminente doctor en la materia -la de mi tío fue su última operación, pues se jubiló una semana después- sobre la posibilidad de dejarle las cuerdas vocales. En este tipo de operación, para acortar el tiempo en quirófano, suelen cortar las cuerdas directamente, sin tener en cuenta al paciente, que como si no bastara con lo que tiene en el cuerpo le dejan mudo. Sólo lo hacen por abreviar el tiempo, no porque sea necesario. El problema es que limpiar alrededor hace que la operación se alargue hasta nueve horas, cuando podría costarles la mitad. Pero el doctor se tomó su tiempo y operó sin cortar las cuerdas vocales.
Recuerdo mi primera impresión cuando vi a mi tío después de la operación.
-Parece que te han pasado por la guillotina, tío.
Lo cierto es que tenía un tajazo de lado a lado del cuello, algo impresionante para alguien que lo ve por primera vez. Mi tío se reía, aunque no podía hablar de momento. Así que se comunicaba a través de una pizarra que le habíamos llevado.
Recuerdo aquellos momentos, lo mal que lo pasó después de la operación, porque tenía que aprender muchas cosas de nuevo. Por ejemplo, tenía que aprender a tragar. En su primera comida sólida, no sé lo que ocurrió que me había quedado yo sola en la habitación con él. Llegaron dos enfermeras para explicarle cómo tenía que hacerlo. No le pasaba nada por la garganta. Yo intentaba animarle, pues sabía lo difícil que le estaba resultando. No me voy a detener en aquellos detalles escabrosos, porque la verdad es que no fueron muy agradables. Él me miraba, suplicante, pero las enfermeras le obligaban a tomarse un puré que no podía tragar. Y yo le miraba, intentando sonreír, pues sabía que tenía que dedicarle una sonrisa para animarle, que no sintiera lo afectada que yo estaba. Pero, como todo, aprendió a tragar.
A mí me afectó más lo del habla. También tuvo que aprender a hablar, y desde entonces, cada vez que quería decir algo, tenía que apretarse la nuez de la garganta. Al principio era incomprensible lo que decía. Yo siempre le respondía que no forzara la voz y que escribiera en la pizarra, pero él, lógicamente, prefería hablar. Llevaba muchos días sin hacerlo, y mi tío era un gran conversador.
Un mes después le enviaron a casa. Podía comer, podía hablar, podía hacer de todo. Se compró un reproductor de dvd's y ciertos aparatos para hacer más cómoda su estancia en casa. A menudo recibía las visitas de sus amigos y amigas. Mi madre era la que le preparaba las comidas, siempre blandas. Y le hacía flanes y natillas. Porque mi tío era muy goloso y con aquellos postres se chupaba los dedos.
Yo me había ido a Alemania para practicar el idioma y, cuando regresé, ya estaba en casa. Mi tío también era muy futbolero. Recuerdo que le traje dos camisetas de fútbol: una del Hertha de Berlín y otra del Stuttgart. También le traje unos bombones típicos de la Selva Negra. Sabía que eran cosas que le agradarían, por su afición al fútbol y por lo goloso que era.
El tiempo pasaba, los médicos veían con buenos ojos la rápida recuperación de mi tío. Yo iba a menudo a casa y no tenía tiempo para dejar la maleta en el portal e ir a visitar a mi tío. A veces llegaba y me invitaba a que le acompañara a dar un paseo.
Recuerdo de todo lo que hablábamos, de las ilusiones y esperanzas que tenía, de todo lo que quería hacer cuando se curara. Me preguntaba sobre secretillos que sólo compartía con él.
Había sido jubilado por enfermedad, y ahora tenía mucho tiempo libre. Nos cruzábamos con personas mayores que también iban de paseo, pero mi tío no era mayor. Por eso me fastidia tanto lo que llegó después.
Mi tío hacía vida normal. En la garganta tenía una canícula que debía limpiar varias veces al día. Sólo le vi el agujero en la garganta una vez. Siempre llevaba el cuello tapado, fuera la estación que fuera. Pero se le veía feliz. A principios de 2006 ya habíamos ido varias veces a Madrid, porque sin nada que amenazara a mi tío ya podían cerrarle la herida. Mi tío siempre dijo que prefería venir conmigo a Madrid, por mi sentido de la orientación.
La felicidad duró poco. En junio de ese año, el cáncer se reprodujo en el pulmón. Los médicos nos habían avisado de que se necesitaban cinco años para la recuperación completa del paciente; pasado ese tiempo, sería extraño que se volviera a reproducir. No habían pasado ni dos años. La enfermedad volvía a reaparecer en toda su crudeza. Durante meses tuvo que acudir a sesiones de Radio y Quimioterapia, que le debilitaban muchísimo. Los efectos secundarios eran atroces: vómitos, diarreas, mareos, dolores varios... En mi casa había palabras que eran tabúes: "cáncer", "Radioterapia", "Quimioterapia"... y cuando mi tío tenía que ir al hospital, iba a sus "sesiones", simplemente. Todos nos acostumbramos a no decir ciertas palabras como si el hecho de mencionarlas diera mala suerte.
A pesar de las sesiones, el cáncer se fue extendiendo lentamente. No se pudo hacer mucho más. En febrero del año pasado, una carta de la oncóloga nos notificaba la triste verdad. Pero nadie de mi familia dijo nada de la tragedia que se nos echaría encima. Una llamada desde mi casa me desmoronó aquel día, pues eran muy
malas noticias. Me derrumbé. Recuerdo a mi madre al otro lado diciéndome: "Debes ser fuerte, pero tienes que estar preparada para lo que ocurrirá". Pero nadie está nunca preparado. La muerte de una persona a la que quieres siempre es inoportuna, la pérdida de un ser cercano no viene nunca bien.
Las sesiones habían debilitado a mi tío muchísimo. La última vez que le vi había envejecido veinte años en varios meses. Sentía su fragilidad, su mirada triste, pero una energía sorprendente, unas ganas de vivir en él increíbles. Él jamás supo lo que le venía encima. Mi padre sabía que si se lo hubiéramos dicho cuando nosotros fuimos informados, le hubiéramos matado en ese momento. De esa manera aguantó con nosotros varios meses más, unos días mejor, otros peor.
Mi madre siempre decía que mi tío era como una vela que se iba consumiendo lentamente, hasta que un día terminara apagándose.
Quería ir, quería despedirme de él. Me quedaba un único examen y no me importaba no hacerlo (no lo hice, de hecho). Mis padres me dijeron que era mejor que me quedara con los recuerdos de Madrid, que le evocara en los momentos felices, porque yo no podría soportar verle así.
En la madrugada del
12 de septiembre mi tío partió para siempre. Yo hablaba a diario con mi familia. Sabía que podría ocurrir de un momento a otro, pero nunca estuve preparada. Ese día, cuando entré en el tanatorio para verle por última vez, mi hermano me tuvo que sujetar porque me desvanecía. El dolor me desbordaba. Cuando se es consciente de la muerte, es insoportable ese sentimiento de vacío y pérdida, algo te desgarra por dentro.
Viví esos días como en una especie de sueño, como si en cualquier momento fuera a despertar y sólo hubiera sido una pesadilla. Pero no, mi tío ya no está con nosotros. Maldito cáncer, que se lo llevó para siempre.