martes, agosto 24, 2010

Corazón, ese reloj humano que nunca para…

De un tiempo a esta parte me sorprende estar buscando imágenes de corazones, incluso los dibujo inconscientemente cuando estoy hablando por teléfono. Esto es hilarante cuando no me gustan los corazones, al menos aquellos que simbolizan el amor. Realmente debería decir que no me gustaban, ahora no sé. Los busco con motivo de unas palabras que jamás he dicho a quien debería habérselas dicho, los busco para ilustrar lo que escribo día a día.

Para mí el corazón era tan sólo una válvula que regía la vida interna del cuerpo humano. De repente me encuentro ante un corazón con una parte material que sigue bombeando sangre y con una parte inmaterial que rige las emociones. Ambas partes se entremezclan, por ejemplo, al verle, cuando siento que el corazón late muy deprisa, al sentir que no me cabe en el pecho, que se hace tan grande en presencia de esa persona que no puedo detenerlo.

El corazón nunca para. Podría decir que, de unos meses a esta parte, le he dado mala vida, sobre todo cuando me dan vuelcos tan terribles que parecen destinados a dejarle en los huesos, pero no, mi corazón disfruta amándole, es como si se le ofreciera savia nueva cada vez.

¿Acaso es malo dibujar corazones cada vez que alguien me está diciendo algo al teléfono? La cuestión es que es algo inconsciente. Porque cuando hablo por teléfono, estoy a la conversación, no a lo que hacen mis manos. Pero después, cuando cuelgo y me encuentro con el resultado, me sorprende ver los dibujos que han salido de mi pluma.

Que nunca pare, que nunca pare el regocijo que siente mi corazón ante su dulzura…

lunes, agosto 23, 2010

Se busca...

Todo ser humano busca la felicidad, se pasa toda la vida buscando la felicidad, sin darse cuenta de que la felicidad está delante de sus ojos, pero vive tan obcecado que se encuentra ciego ante lo que tiene ante sí.

Cuando miramos a veces hacia atrás, al pasado, encontramos momentos felices. Y sí, es cierto que no volverán. Aparece esa especie de nostalgia que es difícil hacer claudicar. La felicidad es este momento.

Hace mucho tiempo que comprendí que la felicidad proviene del interior, incluso en los momentos más dolorosos, tristes y problemáticos de nuestra vida. No tenemos que buscar algo que ya tenemos. Supongo que el truco es que nunca nos conformamos con lo que nos brinda la vida: buscamos un amor que nos haga un poco más felices, deseamos obtener una casa, un coche, una familia que nos brinden momentos de felicidad, perseguimos nuestros sueños hasta conseguir cumplirlos. Y sufrimos mientras buscamos la consecución de nuestros deseos. La felicidad es ahora, cuando te conformas (eso sí, momentáneamente) con lo que te brinda la vida, cuando saboreas esos momentos de paz. Felicidad es recordar y sonreír, pero también disfrutar del presente para seguir engrosando el cofre de recuerdos que atesoramos a lo largo de nuestras vidas. Felicidad es amar a alguien con locura y ver toda una vida en sus ojos, aun no teniendo a esa persona, pero reconocer que amándole a él amas todo lo que te rodea. Felicidad es observar el cielo, con sus nubes, su sol, sus estrellas y sus relámpagos y ser consciente de tu existencia en el mundo, saber que el cielo se volverá gris y que volverán más primaveras… y todas las estaciones volverán a ser diferentes de la actual. Felicidad es sentir la brisa fría del aire fresco en sus mejillas, las gotas cálidas de una lluvia inesperada mojando tu ropa, escuchar cómo crujen las hojas otoñales bajo tus botas, el olor de después de una tormenta, tocar los pétalos de una rosa recién abierta…

Felicidad es mirar unos ojos que te transportan al séptimo cielo en cuestión de segundos. Felicidad es escuchar las notas celestiales de una voz cuyo sonido te pone la piel de gallina. Felicidad es sentir en tu piel su tacto suave y reconocer que te estremeces con ese sutil roce.

… Cuando comprendí que la felicidad estaba dentro de mí me propuse ser feliz siempre…

Ahora bien, la felicidad actual podría incrementarse a la enésima potencia si el amor que siento se consumara. Soy feliz igualmente. Podría estar mejor, pero también podría estar peor; son las dos caras de una misma moneda.

Supongo que nunca nos conformamos, que siempre hay algo que nos quita algo de esa felicidad.

Hoy soy más feliz que hace unos años. Creo que el aumento de felicidad se vio incrementado al ser consciente de que amaba, y que al amar amaba todo lo que me rodeaba.

Y a veces lloro, a veces soy infeliz, a veces me desmorono, a veces estoy triste, a veces me enfado. ¿Y qué? Si incluso las tormentas más rebeldes terminan pasando. Él seguirá ahí, viviendo su vida, y yo seguiré en mi nube, disfrutando de una felicidad que si no es plena es, al fin y al cabo, felicidad.

Yo soy feliz porque hace mucho tiempo me propuse no buscar la felicidad, sino disfrutar de la felicidad que nos rodea y que, la mayor parte de las veces, no conseguimos ver. Y he descubierto que pensar en él también me lleva a la felicidad.

Hoy he leído un cuento sobre la felicidad. Y me he puesto a reflexionar. En la balanza de mi vida siempre han pesado más los momentos felices. Y hace algo más de un año conocí a alguien que me aporta mucho con muy poco. Últimamente me pregunto si me he enamorado. Yo creo que no, que no puedo abrazar al aire. Pero él está ahí. Nuestra mente recrea las situaciones con la persona que amamos con tal perfección que a veces nos sentimos desbordados.

Debería darle las gracias por tantas cosas… Es que él no sabe que apareció en mi vida en un momento crucial. Es como si hubiera aparecido un jardinero y hubiera estado regando una flor que se estaba marchitando, siendo el jardinero él, con esa personalidad misteriosa y magnética que tiene, y mi corazón la planta que se estaba ajando. Pero yo jamás podría decirle esto, porque entonces surgirían más preguntas cuyas respuestas prefiero obviar. Si yo hace dos años tenía mermada la capacidad para amar, ¿cómo es posible que ahora ame tanto y con locura? Será que en este tiempo he conocido a un ángel.

Hora de marchar

Es un buen momento para marchar. Algunos de mis amigos están jugando al póker en las piscinas. Otros disfrutan de una cerveza bajo la sombra de los añosos árboles de la ermita, donde pronto llegarán los mosquitos. Así que tengo para elegir.
Lo que realmente me apetece es tumbarme en un mullido césped, no importa dónde, con esa persona especial. Y sentirme en paz con el mundo.
Creo que iré a las piscinas.

Nuages


Las nubes están muy blancas hoy y el cielo es muy azul. Nunca se suelen ver las nubes tan definidas como se pueden observar hoy. Dan ganas de levantar los brazos y tocarlas.
Mi padre dice que está de cambio. Y seguramente todo terminará en tormenta. Hoy se podrían encontrar figuras en el cielo, aunque yo siempre vería lo mismo. Y no es que se me haya acabado la imaginación; sino que cuando miro al cielo, sea de día o de noche, me acuerdo de la misma persona encantadora de siempre.

Cuanto menos le veo más le quiero

Debe ser algo así, que me acuerdo mucho más de él si no le veo. Y siento que le quiero, no más, sino cada día un poco más. Quizás cuando le vea no le reconozca, quizás se haya cortado el pelo, quizás esté cambiado. Pero algo no habrá cambiado: de sus ojos seguirá emanando esa fuerza, esa nobleza, esa tranquilidad...
Lo de no reconocerle sería imposible. Es un decir. Eso me ha recordado a mi novela preferida: El conde de Montecristo de Alejandro Dumas. A rasgos generales, la novela trata de una pareja, Edmundo Dantés y Mercedes, que están a punto de casarse. Son muy felices. Él es un marinero noble al que le van a dar un puesto de mando en el barco donde trabaja, pero alguien le tiende una trampa porque le envidia. Su mejor amigo, Fernando Mondego, que pertenece a la aristocracia local, desea a Mercedes, envidia que Edmundo sea tan noble y tan querido por todos y, gracias a su peso social, Edmundo es 'enterrado' en vida en la prisión de la isla de If, de donde nadie sale con vida. Pasados quince años (no lo recuerdo bien, pero fueron muchos), Edmundo consigue escapar. Ya no es el jovencito que ingresó, pero en la prisión ha descubierto el tesoro de un fraile a quien tomaban por loco, por lo que llega a la isla de Montecristo y, a partir de ahí, se autodenominará "conde de Montecristo". Se prepara para su terrible venganza. Y, cuando, varias décadas después, regresa a Francia convertido en un noble del que todo el mundo habla pero a quien nadie ha visto, sólo una persona le reconoce: Mercedes.
Con esto quiero decir que a él le reconocería aunque mis ojos no le vean. Pues mi corazón sí que siente su cercanía. De todas formas, le echo de menos. Echo de menos no decirle algo cuando me acuerdo de él, echo de menos no haberle contado que en noviembre visitaré Grecia, echo de menos no tomarme una copa con él, echo de menos no mirarle a los ojos y aprenderme de memoria esa mirada angelical, echo de menos no verle pasar con el coche, echo de menos su voz, sus manos, su sabiduría. Le quiero demasiado.

Anhelo

Hoy tengo ganas de verle, como casi todos los días. Es como si necesitara de él, de su magia, de sus ojos, de su risa.
Dicen que si deseas mucho algo finalmente se termina cumpliendo. Espero que sea así, porque hoy necesito de su magia. Y eso que me siento algo feliz. Sólo que tengo un nudo en el estómago porque hace mucho tiempo que no le veo.

El día después

Ayer, cuando llegué a casa, sólo atiné a ducharme y tumbarme. Cuando me he despertado eran las 6.30h. y no he conseguido volver a pegar ojo. Ahora tengo una hora para levantarme. Ya que, obviamente, si esta tarde tengo una reunión no voy a ir a las ocho para no poder salir a las seis.
Esta noche he soñado con él. Y ahora estoy sonriendo.

Hoy son los 'caparrones' en la Cruz de los Valientes. Irá quien pueda ir...

domingo, agosto 22, 2010

Patatitas

En un rato empezarán a repartir las patatas. Aquí hay más gente que en la guerra, se mire hacia donde se mire. Y el tiempo acompaña, que es de agradecer.
BlackBerry de movistar, allí donde estés está tu oficin@

sábado, agosto 21, 2010

Los colores olvidados y otros relatos ilustrados


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A veces simplemente apetece hacer una pausa para tomar entre las manos libros que se saborean en cuestión de poco tiempo y cuyas enseñanzas se disfrutan. Ayer me llegó un paquete de la Casa del Libro con varios volúmenes que me apetece leer y cogí el de relatos ilustrados. Algo dentro de mí me impulsaba a leerlo, a disfrutar de los dibujos de su interior y a desconectar un poco de todo.
Es un libro que tiene quince relatos cortos que se leen de un tirón. Se disfruta porque está escrito con ilusión y esta ilusión es contagiosa.
Uno de los relatos, el que da título al libro, Los colores olvidados, es uno de los mejores, porque el optimismo que emerge de esos párrafos te llena de vida. Los colores olvidados se refiere a las ilusiones perdidas. Carmesina es una niña que nace en un mundo sin color con unos ojos azules como ya no tiene ningún bebé. Ella será la elegida para devolver los colores al mundo y, por tanto, para hacer renacer las ilusiones de los hombres.

Es uno de los magníficos relatos que ilustran este libro. Merece la pena leerlo, sobre todo porque todos los relatos están cargados de optimismo. Y es fácil que nos hagan sonsacar una sonrisa.

En fiestas de Gracias

Aún no había amanecido cuando regresé a casa, creo que el reloj marcaba las seis. Hoy toca más fiesta. Y el tiempo acompaña. La primera vez que he abierto los ojos ha sido porque mi hermano pequeño ha dicho: "¿Las doce son aún?". Me he dado media vuelta en la cama y he seguido durmiendo. Pero sentía una quemazón por dentro que me ha obligado a levantarme: esta mañana me hubiera bebido todo el agua de la piscina.

Esta noche más.

viernes, agosto 20, 2010

Tantos treses

Llegué a casa a las tres de la madrugada. Varias horas después sonaba la alarma. Mejor no recordar cómo llegué, pero cogí el inicio de fiestas con muchas ganas. He dormido tres horas y media y esta mañana me dolía la cabeza un poco. Cuando salga a las tres me echaré una siesta infinitamente larga, lo suficiente como para descansar y levantarme con nuevas energías antes de cenar. Aunque estoy pensando que quizás me vaya antes de las tres, porque hoy hay vermout.
En fin, a las 6.30h. se oía la música en la carpa y a la gente. Mi hermano pequeño no había llegado aún cuando yo me he marchado. Es lo que tiene. Y además el tiempo acompaña, lo que es de agradecer.

jueves, agosto 19, 2010

Deseo imperante


Sólo hay que pararse un instante a pensar en nuestras vidas y en las vidas de las personas que están a nuestro alrededor. Reflexionar por qué cada día se quiebran relaciones. Por qué el amor ya no es lo que era.
La falta de compromiso impera en nuestro tiempo. La gente ya no se compromete, no asume responsabilidades, tiende a lo efímero, a lo fugaz. Crece la superficialidad. Hay enormes lagunas y mayores vacíos. Vacíos de todo. No sólo no hay compromiso en las relaciones sentimentales o sociales, sino que ha desaparecido prácticamente en todos los niveles. Por supuesto, hay excepciones.
Me entristece observar cómo la mayor parte de la gente, más o menos joven, ya no cree en el amor. Yo misma había dejado de creer en el amor, hasta que he vuelto a sentir sus alas en carne propia de un tiempo a esta parte y no puedo negar la evidencia.
Pero en ese sentido hay un egoísmo creciente. La gente ya no sabe compartir y ni siquiera se digna a aprender cómo se hace. Ha desaparecido la fidelidad, la lealtad a una única persona. La gente no sabe querer… Hoy en día impera el sexo. Todo es sexo.
No se profundiza en nada. Pero hay más. Existen los sentimientos. El amor ya no es lo que era, aunque siempre hay excepciones.
Observando mi trayectoria sentimental desde hace unos años, creo que soy una de las últimas románticas que quedan en el mundo. Y encima él no lo sabe y supongo que tampoco quiero que lo sepa.
Existe el amor en el momento en que una persona es consciente de que existe. Es uno de los pocos sentimientos que nos brinda una extraña energía que no podemos abarcar.
Aún queda esperanza. Si existen cuatro personas en el mundo que crean en el amor, aún queda esperanza. Queda la esperanza de que el amor no está aún en vías de extinción.

No sabes cómo necesito tu voz;
necesito tus miradas
aquellas palabras que siempre me llenaban,
necesito tu paz interior;
necesito la luz de tus labios
¡¡¡Ya no puedo seguir así!!!
Ya no puedo...
mi mente no quiere pensar
no puede pensar nada más que en ti.
Necesito la flor de tus manos,
aquella paciencia de todos tus actos,
con aquella justicia que me inspiras
para lo que siempre fue mi espina,
mi fuente de vida se ha secado
con la fuerza del olvido...
me estoy quemando;
aquello que necesito ya lo he encontrado
pero aún ¡¡¡te sigo extrañando!!!

(Mario Benedetti)

Lo que más deseo en el mundo es conocerle. Pero no de una manera superficial. Quiero saber quién es él de verdad.
Poder confiar en él con la certeza de no fallarle y sernos sinceros el uno al otro. Aspiro a crecer con él, a que me contagie su grandeza, a que le contagie mi optimismo ante el mundo.
Amarnos..., sin reservas, incondicionalmente.
Vivir intensamente cada instante con él y compartir con él todos los días especiales.
Tener siempre sus abrazos, sus besos y sus miradas y que él tenga los míos.

Él es lo que más deseo en el mundo, sin lugar a dudas.

En la orilla de piedras de un río cualquiera

Con el aire plagado por el olor dulzón que precede a la tormenta, me encuentro pensando en algún lugar que tenga un río de piedras. En el pasado he estado a orillas de muchos, y recuerdo haber cogido piedras de un río de Santurde hace ya muchos años. Me imagino con él, caminando descalza entre las piedras y pensando en lo incómodo que es. ¿Quién no prefiere caminar sobre la suave arena? Pero las huellas en la arena muy pronto se terminan borrando. Como se borraron las huellas que otras personas dejaron en mi corazón. Por eso, si tuviera que caminar con él, preferiría hacerlo por la orilla empedrada de un río en ninguna parte. Porque la dureza de esas piedras es tan profunda como lo que siente mi corazón por él. Casi imposible de romper.
Una vez leí que dos personas iban caminando descalzas por un camino lleno de guijarros y de tierra. Uno de ellos mantenía la compostura, porque ya lo había hecho antes, y por tanto no le afectaba nada de lo que rozaban sus pies. La otra persona sentía el dolor, las heridas abiertas en las plantas de los pies, hubiera dejado de caminar, pero el acompañante le conminaba a seguir, hasta que llegó un momento, varias horas después, en que dejó de sentir el dolor.
No venía al caso. Una tarde como la de hoy, aunque llueva, me gustaría compartirla con él, perdernos entre las hayas que pueblan las riberas de los ríos de esta tierra y caminar descalzos sobre miles de guijarros.
Es curioso, porque la dureza de las piedras puede dar lugar a variadas versiones. Depende de cómo lo interpretemos cada uno. Duros son algunos corazones, por ejemplo, que no sienten, que no aman. Pero para mí es más interesante la metáfora que he utilizado al principio: sentir algo tan fuerte que está como tallado en piedra.

¡A saber dónde está! Podría encontrarse a mil kilómetros de distancia y sentirle tan cercano como cuando me imagino caminando con él junto a las piedras que se ven mojadas por las aguas inconstantes de un río. Y no sabría dónde está. Tanto da que se encuentre a mil kilómetros de distancia o que se encuentre a dos calles, porque siempre llevo su recuerdo muy cerca del corazón.
Igual está de vacaciones. Es agosto. Casi todo el mundo que conozco coge vacaciones en agosto. Y además nunca le veo, por lo que crecen las posibilidades de que esté en otro lugar. A veces me dan ganas de decirle algo, pero me acuerdo de ‘algo’ y tan sólo eso, que es bien poco, sirve para que cambie de idea.
Sigo teniendo ganas de verle, de escuchar su voz reconfortante, de mirar esos ojos tan dulces…

Ahora puedo soñar que camino con él junto a un río de piedras. Es lo que trae el aire tormentoso de esta tarde.

Al encuentro de la noche

No hay nada como irse a dormir con una sonrisa en los labios y saber que soñaré con un ángel.

"El amor no es lo que nos dicen las canciones románticas; el amor ES".

La odisea de las mañanas

Ella se levantaba temprano para sentarse durante una hora delante del espejo. Se miraba a los ojos y se concentraba en la tarea de convertir su rostro de ojos somnolientos en una cara que sonriera al nuevo día. Se maquillaba lentamente, como quien no tiene otra cosa mejor que hacer. Nadie podía verla sin los ojos perfilados de negro ni los labios pintados de carmesí.
Una melodía sin letra salía directamente desde su garganta, inconscientemente, como aquella que disfruta de lo que está haciendo.
Se ponía sus mejores ropas, siempre lustrosas, siempre con vivos colores.
Después se atusaba el pelo dorado, debilitado por mil tintes, y se lo recolocaba lentamente. Se levantaba para ir al joyero y buscaba las joyas que hicieran juego con su vestimenta.
Nunca sabes a quién puedes encontrarte un día.
Esa mujer pasaba de los 80, tenía el rostro surcado de cientos de arrugas que han conocido tiempos mejores, algunas disimuladas por el maquillaje. Siempre tan coqueta, aunque la mano tenía principios de párkinson, siempre iba arreglada desde primera hora de la mañana. Al hablar, guardaba mucho las formas (aunque comenzaba a tener principios de locura).
Yo conocí a una señora así. Ya murió. La admiré, en serio. Me pareció admirable que, pese a su avanzada edad, ella siguiera maquillándose como si tuviera veinte años, que fuera tan coqueta como una niña y es que, en verdad, a sus ochenta y tantos, seguía siendo una niña.

Seres solitarios

El ser humano es un ser solitario por naturaleza, es el ser más solitario que existe porque tiene capacidad de raciocinio para pensar en esa extraña soledad. Nacemos solos y morimos solos. Pero también somos seres sociales, necesitamos comunicarnos con otros seres humanos, con nuestro entorno, necesitamos aportar nuestro granito de arena al mundo…
Desde el primer momento estamos rodeados de gente, desde que somos recién nacidos, aunque no seamos conscientes de ello. Nos vemos arropados por nuestra familia; a medida que crecemos nos socializamos a través de la escuela, donde se sientan las bases de las mejores amistades; después nos concienciamos de nuestra sexualidad y llega una época en que comenzamos a sentirnos extraños encerrados en un cuerpo en perpetuo cambio, llegan los primeros amores y quizás la rebeldía de quien no asimila esos cambios de los que está siendo objeto. Es el momento en que percibes que te estás convirtiendo en adulto, en que empiezas a tomar responsabilidades. Experimentas, vives, ríes, lloras, bailas, sonríes, hablas, trabajas… Incluso amas. No estamos preparados para vivir solos.
A veces se necesita mucho más que toda la gente del mundo para llenar algo que no comprendemos. Una persona que supla al mundo entero. Una persona a quien contar todos los secretos del corazón sin necesidad de decir en alto una palabra. Una persona con quien compartir todo. Es complicado esto último.
La vida no es para vivirla en solitario. Pero nadie nos ha enseñado a vivir. Porque se aprende a vivir viviendo cada día, igual que se aprende a amar amando cada día.
¡A saber los trenes que dejamos pasar cuando nuestros ojos se ven deslumbrados por una única luz!
Tengo una amiga que dice que un clavo quita otro clavo. Me río cuando lo dice. Quizás es que ella lo consigue. Yo creo básicamente otra cosa: que hay que quitar primero un clavo para meter otro. Necesito tiempo para meditar. Pero yo no quiero sacarle de mi corazón. Ése es el problema, que le quiero demasiado como para dar la espalda a todo lo que siento por él. Y es que sólo tengo que pensar en sus ojos, cargados de una bondad infinita, y no puedo dejar de quererle. Es complicado.
Creo que prefiero seguir siendo un ente solitario antes que perderle.

De todas formas, los seres humanos siempre estamos buscando una especie de amor que a veces tendemos a idealizar. Lo que realmente buscamos es a una persona que esté en consonancia con nosotros (o nosotros con la otra persona). A partir de ahí surgen una serie de sentimientos que, en conjunto, pueden denominarse (o no) "amor". Es posible que pensemos que ya hemos encontrado a esa persona y es posible que estemos equivocados y no sea esa la persona a quien llevamos buscando toda una vida. ¡Yo qué sé! Es un tema delicado y complicado.

miércoles, agosto 18, 2010

A ver si acaba agosto

Agosto es un mes que pasa raudo y veloz. Se ve un exceso de gente en todos los sitios. Vayas donde vayas: la plaza está llena, el frontón está lleno, las piscinas están llenas, la ermita está llena... En los miradores hay gente. Y a cualquier hora del día, aunque yo ni siquiera estoy aquí para comprobarlo, pero lo sé.
Dos amigas, de vacaciones que están, han venido a buscarme a la oficina a las 18.01 h. de la tarde. Muy cucas ellas, pues yo acababa de mirar el reloj viendo que ya terminaba mi jornada laboral y entonces he escuchado la puerta y he mirado al cielo: siempre aparece alguien cuando te tienes que marchar. Pero esta vez eran mis amigas. Ellas saben mi horario actual, así que han venido cuando acababan de dar las seis. Sabían que, hiciera lo que estuviera haciendo, hoy podía esperar y que me terminaría marchando, primero a tomar algo y luego a ver los partidos (que han brillado por su ausencia).
Huele a fiesta. Mañana a esta hora estaremos a punto de escuchar el cohete de fiestas.
Realmente tengo ganas de que termine agosto. Y eso que el 29 cojo otra semana de 'vacaciones'. Sigo prefiriendo la rutina del resto del año, aunque ver tanta gente me alegra, pero también me gusta un poco la tranquilidad de siempre, ver las mismas caras de todos los días, y verle a él, claro. He perdido la cuenta de los días que no le veo. Es que acabo de recordar que en agosto del año pasado no le vi en ningún momento (creo), que pasaron dos meses hasta que volví a encontrarme con él.

Futbito

El primer partido no se celebra porque no se ha presentado el equipo rival. Hasta las ocho no tenemos el siguiente partido. Las gradas están llenas. Estamos de pre-fiesta.

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Los colores del día


Esta mañana, cuando venía en el coche, iba haciendo fotos del paisaje que me rodeaba. Cuando me he levantado el sol era un disco de color rojo que hacía daño a los ojos, pero cuando venía ya había aclarado el color y era anaranjado. Me encanta mirar el paisaje actual, con la sensación de pulcritud que queda después de la cosecha. Y entre los colores dorados, a veces resaltaban los campos verdes de las plantas de patatas o quizás el amarillo intenso de los girasoles.
Y, mientras tanto, venía pensando. Sonriendo...

martes, agosto 17, 2010

Notas de música en las paredes del frontón

Cuando he llegado a las piscinas había una multitud de coches. Se nota que estamos en vísperas de fiesta. Demasiada gente que empieza a llegar, pues durante el año esperan a venir al pueblo durante estos últimos quince días de agosto. No vienen en otras épocas. Sólo estos días.
Se disfrutan varias cervecitas en las piscinas, descansando del día.
Cuando, al volver, nos dejamos caer en el frontón allí también hay numerosos coches de los torneos que se están disputando. Mañana juega uno de los equipos de mi pueblo a futbito, entonces mañana ya no iremos a las piscinas, sino que estaremos en el frontón.

"También conozco el frontón". Tantas cosas me llevan a él... El frontón no es ya tan importante porque mañana jueguen amigos míos, sino en función de que él también ha estado allí, también ha jugado a frontenis en ese lugar, también ha pisado esos mismos bloques de hormigón.
Es como caminar por las mismas calles a destiempo, cuando este destiempo se refiere a que cada uno pasa por ahí a diario sin coincidir, dirigiéndose a sus tareas habituales, sin ser conscientes de quién puede pasar por allí unas horas después o quién pasó el día anterior.
Lo mismo ocurre con los lugares. Me pregunto cuánto tiempo hace desde que él venía a jugar al frontón. Quizás hasta hayamos coincidido alguna vez en el pasado. Entonces yo tenía una raqueta rosa y blanca, que me gustaba porque me la vendieron según la altura y, por tanto, la manejaba bien. Tenía las cuerdas transparentes y nunca quise otra raqueta. Creo que era una Converse, pero no lo recuerdo exactamente. Aún puede estar en mi casa, seguramente metida en una caja retirada llena de duras pelotas de pelotari, alpargatas con cintas de colores de danzador, unas castañuelas, un platillo volador, mi flauta de madera metida en su caja, dos órganos...

Con nueve años me regalaron mi primer órgano. Era uno de estos en los que tecleabas una melodía que se iba repitiendo en una especie de cinta que venía incluida en el órgano. Dos años después tocaba de oído el Cumpleaños Feliz. Cuando comprendí que la flauta se me daba bastante bien, pero viendo que la flauta no molaba tanto como instrumento musical, todas las canciones de flauta las empecé a tocar en el órgano (de oído). Entonces le regalaron a mi hermano pequeño otro órgano más grande y para mí fue un lujo. Cuando saqué el Himno de la Virgen de mi pueblo, con lo complicado que es, me di cuenta de que, en lo que se refiere a música, prefería más escucharla que crearla. Pero si aún cogiera la flauta, inconscientemente tocaría canciones, así como si me pusiera delante de un órgano... algo saldría. También quería tocar la guitarra. Siempre he querido aprender a tocar la guitarra. Hice mis pinitos durante un tiempo, pero luego, debido a variadas circunstancias, dejé la guitarra a un lado.

Música... sigo prefiriendo escucharla cuando la tocan otros. Siempre digo que tengo mal oído, lo cual es cierto en lo que se refiere a letras y cantar, pero el fondo, el instrumental... es otro cantar. Ése se me queda grabado. Pienso en una canción al piano (por ejemplo, 18 de Moby) y noto la calma a mi alrededor, y entonces vuelvo a pensar en él.