No creo que tarde en ir a dormir.
Si cerrara los ojos tan sólo un minuto aparecería ante mí una única imagen. Él. Siempre tan adorable, siempre tan guapo, siempre tan noble.
Esta tarde pensaba en lo mucho que me gustaría ir a tomar algo con él después del trabajo, perderme en su mirada perfecta una vez más, preguntarle por algo que tenga una respuesta larga y absorber todas y cada una de sus palabras.
A veces me pregunto qué porcentaje de lo que soñamos (no sólo con los ojos cerrados, sino también de lo que soñamos cuando estamos despiertos) se termina haciendo realidad. Si mis sueños se cumplieran tengo la felicidad asegurada por el resto de mis días. Es impresionante cómo una única persona nos puede dar todo, nos aporta lo mejor, nos regala tantísimos momentos especiales.
Y recuerdo su mirada el primer día que le vi. La atracción que llegó después. El desconocimiento sobre él y la curiosidad inicial. Todo eso se ha incrementado con el paso del tiempo y, es más, ha crecido otro sentimiento inesperado que no es otro que el amor. La atracción continúa hoy en día, mucho más palpable que entonces. Aunque ahora le conozco, sigo desconociendo muchas cosas de él, pero adoro el misterio que le rodea. La curiosidad se ha intensificado porque quiero saber todo de él, pero quiero saberlo por él. Aparte de todo eso, han crecido otros sentimientos: el deseo, la pasión, la confianza, la ensoñación, la magia y, por supuesto, el amor. ¿Quién iba a decirme que iba a terminar tan enamorada, que iba a caer rendida ante esa mirada en la que veo todo lo mejor del mundo?
Si alguien me preguntara qué haré dentro de dos minutos, no respondería que me voy a soñar, que me sumergiré en la oscuridad más profunda de la noche, no diría que voy a leer. Porque al final, mañana al alba, no recordaré ni los sueños, ni la oscuridad, ni lo que he leído. Lo que recordaré mañana es la dulce imagen que tendré en la mente cuando vaya a dormir. Sé que me quedaré dormida con una sonrisa en el rostro y, por supuesto, abrazaré la almohada pensando en él.
Si alguien me preguntara qué me gustaría hacer ahora, quizás no lo dijera, quizás me ruborizara, pero estoy segura de que me gustaría abrazarle y dormir a su lado. Pero no ahora. No podría conformarme con dormir junto a él una sola noche.
Si tocas el cielo de la mano de un ángel jamás desearás volver a la tierra.
Se me cierran los ojos, pero me agrada pensar en él. Me reconfortan sus recuerdos, su imagen e incluso todo lo que desconozco de él. ¡Cuánto le quiero!
¿Alguna vez has amado tanto que las palabras se terminan acumulando en tus labios porque no encuentras la palabra perfecta que describa eso tan intenso que sientes? Yo sí, lo siento cada noche. Y cada noche me voy a dormir pensando en que aún no se ha inventado la palabra perfecta que pueda dar nombre a tanto sentimiento. En realidad, sí que tengo la palabra perfecta, pero no la diré por aquí. Es un secreto, porque la palabra perfecta es su nombre. Porque si ahora susurrara su nombre regresarían de nuevo todos los recuerdos, todas las miradas, todas las sonrisas, todas las palabras, siento que la llama que arde dentro de mí arde con más fuerza e inevitablemente tengo que sonreír porque siento algo cercano a la felicidad.
Es una noche mágica...