martes, marzo 11, 2025

Viaje a Santander: Los Baños de Ola



Todos los veranos, a mediados de julio, los canotiers, las sombrillas, las pamelas, los barquillos y los bañadores de rayas hacen acto de presencia en Santander. La tradición de los Baños de Ola, que recrea el esplendor de la ciudad en el siglo XIX, es una fiesta que entusiasma a los santanderinos, que se vuelcan en la multitud de actos que se programan.

Como otros grandes eventos de la civilización occidental, la moda de los baños comenzó por recomendación médica. La que aquellos profesionales que, siguiendo las doctrinas higienistas que se impusieron a lo largo del siglo XIX, prescribían a sus pacientes una buena dosis de sol, agua y aire para recuperar y preservar la salud, ya fuera en la alta montaña o junto al mar. La alta burguesía pronto encontró un nuevo motivo de deleite en lo que hoy llamamos la talasoterapia y entonces se bautizó, más elegantemente, como baños de ola. La playa del Sardinero, con una ubicación privilegiada y en la que hasta entonces sólo se aventuraba algún que otro excéntrico, pronto fue colonizada por la nueva tribu de bañistas, muy diferentes a los de hoy.



En 1847 aparecieron en la prensa los primeros anuncios para promocionar los baños de ola en el Sardinero; años después, el Ayuntamiento promovió la construcción de casetas aptas para que los bañistas pudieran cambiarse, y en 1861 el veraneo en Santander casi pasó a ser una obligación de los vips de la época cuando Isabel II y la familia real en pleno acudieron al Sardinero para afrontar las olas del Cantábrico. Y eso que darse un baño no era cualquier cosa: para preservar la moral y el decoro, los bañadores eran oscuros y de pesada lana, para que no se pegaran al cuerpo y revelaran tentadoras curvas. Vestirse y desvestirse eran complejas operaciones que se ejecutaban en las casetas, equipadas con toallas, sábanas, palanganas y jarras de agua dulce, cepillos y otros adminículos. Hoy muchos se apañan con unas chancletas y un pareo, pero para no olvidar aquellos primeros tiempos que convirtieron a Santander en un destino turístico de primer orden, cada verano el Ayuntamiento organiza las fiestas de los Baños de Ola, en las que se recrea el espíritu decimonónico, quizá demasiado puritano, pero también chic.



A Santander le sobran encantos que justifiquen esta tradición. Los arenales de la ciudad cubren prácticamente todas las necesidades del amante de la playa, y es que no sólo del Sardinero viven los santanderinos. Hay playas amplias con numerosos servicios para el bañista -incluso adaptadas para personas con dificultades de movilidad-, como la de la Concha, la de la Magdalena, la Primera y Segunda del Sardinero, la de los Peligros o la de Bikinis; las hay más resguardadas, como la del Camello; más agrestes, como la de Molinucos, e incluso hay alguna que aparece y desaparece, según decida la marea, como la de Mataleñas.

Todas ellas, las nueve con las que cuenta Santander, tienen en común la magnífica calidad del agua, la arena blanca y fina, y un espectacular entorno natural. Estas características fueron las que atrayeron a los primeros aficionados a los baños en el mar, y hoy constituyen uno de los principales reclamos turísticos de la ciudad.

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