Mi novio y yo nos sentimos especialmente atraídos por lo que tenga que ver con el mar y los acuarios, así que no podíamos dejar pasar la visita al Museo Marítimo de Santander. De hecho, en la larga caminata que dimos el primer día pasamos por allí y decidimos volver por la tarde. Pero como la visita dura al menos una hora, cuando llegamos antes de las seis (hora de cierre) ya habían cerrado la puerta, así que regresamos al día siguiente. Es un museo precioso, digno de visitar.
Hay una larga escalinata desde la Avenida Reina Victoria, que nosotros bajamos y subimos. Pero al día siguiente fue otro cantar, porque un jubilado en el autobús nos dijo dónde teníamos que bajar y dónde se encontraban las escaleras mecánicas (junto al Palacio de Festivales).
Es imprescindible conocer la relación que, históricamente, ha mantenido -y mantiene- Santander con el mar. Y para ello se hace necesario visitar el Museo Marítimo del Cantábrico.
Los fondos del museo, cuyo edificio se alza frente a la bahía de Santander, recogen colecciones procedentes de instituciones relacionadas con el mar, y algunas se iniciaron ya en el siglo XVIII. Su carácter pedagógico e interactivo lo hace interesante para todos los públicos, sobre todo para los niños. El espacio museístico es un espacio de cuatro ejes -biología, historia, etnografía y tecnología- y muestra piezas de gran valor histórico, maquetas, impresionantes esqueletos de ballenas y espectaculares acuarios, donde se ha logrado representar la gran diversidad del ecosistema marino del Cantábrico.
El MMC nació de la necesidad de fundar en Santander un museo dedicado a la mar y un laboratorio oceanográfico. En mayo de 1972 se firmó el convenio para la construcción de dos edificios, uno destinado a laboratorio y otro, a museo. Las obras comenzaron en 1975 y las instalaciones fueron inauguradas, bajo la dirección de José Luis Casado Soto, en abril de 1981. A principios del 2000 se cerró para ampliarlo y remodelar el museo.
El museo muestra la vida marina y la relación entre la mar y el ser humano a lo largo de la historia. Su colección comenzó a reunirse en el siglo XVIII y fue aumentando gracias a la colaboración de importantes colectivos.
El museo se distribuye en cuatro espacios: La vida en la mar (naturaleza y biología marinas), Pescadores y pesquerías (etnografía pesquera), El Cantábrico y la mar en la historia (historia marítima) y Vanguardia tecnológica frente a la mar (tecnología marítima).
En el vestíbulo destaca el esqueleto de ballena de más de 24 metros de largo (roncual común encontrado muerto en las costas cántabras en el siglo pasado) y otros pertenecientes a ejemplares de delfines, cachalotes y orcas. También pueden contemplarse varios acuarios con especies vivas de pequeños tiburones, tortugas y pulpos, y algunas maquetas de barcos que reconstruyen la historia de la navegación.
La visita del museo comienza desde la planta superior, donde hay una terraza con magníficas vistas a la bahía de Santander. Pudimos disfrutar de la panorámica porque tuvimos la enorme suerte de que el día estaba soleado. En la planta superior también hay piraguas y barcas de pescadores restauradas.
En la segunda planta nos encontramos la parte didáctica y etnográfica donde nos habla del Cantábrico y la mar en la historia. Así nos encontramos con antiguos aparejos de pesca, formas de pesca, el oficio de la pesca, información sobre los antiguos balleneros, la vida del pescador.
También hay reproducciones del camarote de un barco, el rancho, la bodega o la tasca. Se pueden apreciar las vestimentas que llevaban los pescadores, en días de diario y en días festivos, las imágenes de santos a los que se encomendaban. Habla de las ciudades romanas del Cantábrico, donde Santander era conocida como Portus Victoriae Iuliobrigensium.
En la primera planta hay sellos, documentos, un facsímil del Fuero de Santander, y a medida que vamos avanzando -y avanzan las épocas- descubrimos las naos y carabelas que cruzaban los océanos.
A mí me gustó mucho la maqueta de la construcción de una carabela. Aparecen las armas y una reconstrucción a tamaño natural de la parte del barco donde se encontraban los cañones. Como hay espejos a los lados parece que el pasillo se alarga hasta el infinito. También hay una reconstrucción del despacho de un armador santanderino.
Terminamos el recorrido viendo partes de los barcos modernos, como el motor o el timón.
Y llegamos a la planta baja, donde encontramos inicialmente los botes donde en siglos pasados se guardaban especímenes animales en formol, que para mí es un tanto desagradable. Pasamos junto al enorme esqueleto de la ballena y llegamos al acuario.
Antes de entrar en el acuario hay un medusario, un laboratorio de cría de medusas. Adoro ver medusas, me parece ver pequeñas hadas marinas.
Me atraen desde siempre los acuarios, me relaja muchísimo ver a los peces en su hábitat natural. Y adoro ver tiburones. A mi novio siempre le saludan las mantarrayas, pero a mí me gusta observar a los tiburones. Aquí hay varios tiburones pequeños.
De aquí salimos encantados, porque es un museo que merece mucho la pena ir a ver.












No hay comentarios:
Publicar un comentario