Pasan lentamente los días. Duros, fríos, negros, vacíos. A veces me obligo a no pensar, una parte de mí se niega a creer que él ya no está. Intento evadirme de todo en el trabajo, con gente, tomando unas cañas. Y en cada silencio está su recuerdo. No soporto la cruda realidad, aprender a vivir sin él.
Sigo pensando en los momentos en que estábamos como el perro y el gato, que no podíamos estar separados pero juntos tampoco, no éramos precisamente polos opuestos.
Hay momentos en que me obligo a no recordar, porque los recuerdos me están haciendo daño, porque lo peor de todo (parafraseando a Joaquín Sabina) es cuando al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos.
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