El título de este libro no me gustaba, de ahí que cuando, hace unos meses, comencé a verlo por blogs, lo ignorara. Llegó un momento en que un cartel junto al libro lo calificaba como “uno de los mejores libros de 2019”, y en cosas así me pica la curiosidad...
Cuando lo he terminado debo reconocer que es un libro que merece mucho la pena. Al final, nos hace reflexionar sobre nuestras vidas, que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.
Manuel -nombre inventado- es un joven con una capacidad innata para los aparatos eléctricos. Ha teñido unos trabajos de poca monta para conseguir el dinero suficiente para independizarse y comprarse un coche de segunda mano.
Un día, cuando sale del portal de la calle Montera, donde vive, un antidisturbios le ataca y Manuel le clava un destornillador en el cuello. Mira hacia un rincón y descubre una cañará, así que huye hasta la casa de su tío, también en Madrid, al que le cuenta el percance. Será su tío el que cuente la historia de Manuel.
Entre tío y sobrino preparan una huida, de tal forma que no puedan seguirle y encontrarle. Manuel coge su coche y sale de Madrid con las provisiones y el poco dinero que le ha suministrado su tío. Después de muchas horas llega a una aldea abandonada, al que ponen el nombre imaginario de Zarzahuriel.
El tío consigue que le suministren productos desde un supermercado, e incluso le consigue un trabajo en el que sólo tiene que hablar en español con extranjeros. Para salvar el problema de la electricidad, Manuel coge unas placas solares que había visto en la carretera que suministraban luz a unas señales luminosas de tráfico. Como es un manitas, enseguida prepara que el circuito de luz entre en su casa.
Manuel es feliz en su madriguera, subsistiendo con libros de la colección Austral, hasta que un día una inmobiliaria arrenda la casa a Joaqui, una señora que comenzará a venir a la aldea todos los fines de semana, con su prole y los amigos de éstos. Manuel, evadido de la justicia y en una posible busca y captura, se esconde en su casa de viernes a domingo. Él los llama los mochufas.
Manuel cada vez está más nervioso porque tiene que tener cuidado de que no le pillen, y además ahora viene una señora de la limpieza semanalmente. Un día ve que echa las llaves en el buzón, y entonces allana la casa, de tal manera que comienza a poner comida escondida en algunos lugares para que se pudra, productos olorosos en las cañerías, e incluso manipula la sala de calderas con el fin de producir un incendio.
El jueves que Joaqui le pilla cortando leña y se hiere en la pierna acabará toda la farda. Irá al hospital, pero nadie le arresta, y Joaqui intenta alquilarle la casa, pero cuando se incendia la suya se echa atrás y desaparece.
Así, Manuel poco a poco vuelve a su situación anterior, mezclándose con la naturaleza y despareciendo para todo el mundo.
EL AUTOR:
Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964) vive en una aldea de Segovia. Allí busca leña, se hace cafés y churros, construye maquetas y, sobre todo, escribe.
Después de estudiar imagen y guión en la Universidad Complutense y dirección escénica en la RESAD, creó la productora El Lápiz de la Factoría, con la que dirigió cortometrajes como el aplaudido Manualidades, un título que daba pistas de su afición a la artesanía pretecnológica y a las maquetas imposibles. En 1995 produjo Caracol, col, col, que ganó el Goya como Mejor Corto de Animación. Dos años después se empeñó en estrenar Mamá es boba, la historia palentina de un niño algo alelado, pero a la vez muy lúcido, acosado en el colegio y con unos padres que, a su pesar, le provocan una vergüenza tremenda. La película pasó a la historia como uno de los filmes de culto de la comedia agridulce, y con ella fue nominado, para su sorpresa, al Premio FIPRESCI en el Festival de Cine de Londres. En 2001 abrió, junto a Mer García Navas, Lana S.A., un taller dedicado al diseño de escenografía y decorados con el que hicieron tanto muñequitos de plastilina para el anuncio del euro como la prisión que aparece en una de las entregas de Torrente. En 2007 estrenó Un buen día lo tiene cualquiera, donde volvía a elevar la historia de una persona para explicar un problema colectivo: la incapacidad, afectiva e inmobiliaria, para encontrar un sitio en el mundo (o un piso en la ciudad, para el caso). Harto de los tejemanejes del mundo del cine, decidió cederle sus ideas a la literatura. Desde entonces, todo han sido alegrías. Con Los huerfanitos, tres hermanos que odian el teatro pero que deben montar una obra para salvar sus vidas, la crítica se rindió a su talento y el público lloró de la risa y rió para no llorar. Al calor de ese aplauso, Blackie Books rescató en tapa dura y dorada la maravillosa Los millones, novela con un gancho cómico y un golpe más bien trágico: a uno del GRAPO le toca la Primitiva; no puede cobrar el premio porque carece de DNI. Lorenzo se volvió a adentrar en la precariedad tragicómica en Las ganas, donde Benito, un tipo más bien feo pero sobre todo desgraciado, lleva tres años sin sexo, por lo que desarrolla un síndrome de abstinencia que influye en cada una de las parcelas de su desdichada vida.
Los asquerosos es su cuarta novela, la más pura, política y lírica, sobre un tipo que, como él, vive aislado en una aldea en medio de la nada.
EL LIBRO:
Título original: Los asquerosos
Autor: Santiago Lorenzo
Editorial: Blackie Books (14ª edición, en octubre de 2019)
Número de páginas: 221
ISBN: 9788417059996
Valoración: 8/10
RETOS:


No hay comentarios:
Publicar un comentario