
Camino a la ermita de mi pueblo había en las orillas muchas zarzamoras donde era inevitable no pararse a ponernos morados a moras, valga la redundancia. Ahora, con la carretera arreglada, hay que meterse entre los árboles para coger las ansiadas frutas silvestres.
Por otro lado, en mi pueblo había un hombre que tenía un patio con una morera. Las moras que crecían del árbol eran muy grandes. Siempre nos invitaba a entrar y comer moras. Cuando salíamos las ropas llevaban el pringoso color rojo que delataban dónde habíamos pasado la tarde. Aquel hombre lo hacía deliberadamente; era consciente que nos ponía la miel en la boca y también de la tunda que nos iban a dar en casa porque aquellas manchas destrozaban las ropas, ya que no se quitaban fácilmente. Aquel hombre era el abuelo de mi amiga I. Con nueve décadas a sus espaldas, hoy ha partido para la eternidad.
He hablado con mi amiga I., pues mañana no podré estar a su lado. Mis mejores deseos para ella y su familia en estos tristes momentos.
Por otro lado, en mi pueblo había un hombre que tenía un patio con una morera. Las moras que crecían del árbol eran muy grandes. Siempre nos invitaba a entrar y comer moras. Cuando salíamos las ropas llevaban el pringoso color rojo que delataban dónde habíamos pasado la tarde. Aquel hombre lo hacía deliberadamente; era consciente que nos ponía la miel en la boca y también de la tunda que nos iban a dar en casa porque aquellas manchas destrozaban las ropas, ya que no se quitaban fácilmente. Aquel hombre era el abuelo de mi amiga I. Con nueve décadas a sus espaldas, hoy ha partido para la eternidad.
He hablado con mi amiga I., pues mañana no podré estar a su lado. Mis mejores deseos para ella y su familia en estos tristes momentos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario