jueves, mayo 10, 2007

Nunavut

Existen muchas tierras desconocidas y muy lejanas que, posiblemente, sólo conoceremos a través de las historias, y que quizás únicamente se nos muestran cercanas a través de Internet.

Una de esas tierras es Nunavut. Nunca había oído hablar de ese lugar, aunque sí de sus habitantes, los inuit.
Nunavut significa “nuestra tierra” en lengua inuktitut. Está situada en el Ártico y sus ciudades de hielo se han convertido en conglomerados de casitas de madera. Los inuit ya no hacen iglúes, pero siguen viendo como algo normal ese horizonte a lo lejos al anochecer, aquel horizonte donde durante seis meses al año el sol queda prendido sin desaparecer y la noche más oscura se torna de un recio color anaranjado o grisáceo.
Los trineos de los inuit ya no van tirados por perros, y en cierto modo se debe sentir en aquel lejano lugar una tierna nostalgia de todas aquellas tradiciones que, de alguna manera, les arrebataron. Pese a haber perdido muchas de sus costumbres la artesanía inuit es conocida mundialmente.
Ellos todavía creen en unos dioses emparentados con la nieve, el hielo y los animales. Y sus numerosas leyendas siguen corriendo de boca en boca.
Nunavut es un conjunto de islas al norte de Estados Unidos, que limitan al este con Groenlandia y que se convirtieron en el tercer territorio de Canadá el 1 de abril de 1999.
Su población no llega a los 30.000 habitantes. De ellos, el 85% son esquimales.
La capital es Iqualit, situada en la isla de Baffin.
Es una tierra desconocida incluso para los propios canadienses.

EL PUEBLO QUE DESAPARECIÓ
En noviembre de 1930 un trampero canadiense de la piel caminaba hacia la aldea de Anjikuni del lago. Todo se encontraba inusualmente silencioso.
Ese silencio no era normal. Generalmente aquella aldea que vivía de la pesca era un lugar bastante ruidoso debido al bullicio de los 2.000 esquimales que la habitaban. Los botes y los kayaks se encontraban amarrados a la orilla, pero no había nadie.
El hombre se adentró en la aldea. No había ni una sola persona por las calles. Visitó una a una todas las chozas y los almacenes de pescado pero no halló a nadie.
Dentro de las cabañas se encontraban los rifles de los aldeanos. A ningún esquimal se le ocurriría viajar sin ellos. Las ollas con comida mohosa se encontraban sobre los fogones, apagados hacía bastante tiempo.
Según parecía, a la hora del almuerzo algo había interrumpido su trabajo diario. La vida y el tiempo parecían haberse detenido en ese preciso instante. No había rastros de violencia, pero tampoco de vida.
El trampero se dirigió a la oficina del telégrafo y envió un mensaje a la Policía Montada de Canadá. De inmediato se enviaron oficiales a la zona de Anjikuni.
La partida de búsqueda fue intensa pero nunca encontraron a los aldeanos.
La Policía Montada dio con los perros de los trineos. Todos los perros que habían pertenecido a los esquimales habían sido enterrados a 12 pies bajo una acumulación de nieve situada en el campo, cerca de la aldea. Habían muerto de hambre.
Se produjo entonces un escalofriante descubrimiento. En el cementerio de Anjikuni descubrieron que los sepulcros de todos los esquimales estaban abiertos y completamente vacíos. Las tumbas habían sido excavadas aun cuando la tierra helada de alrededor era tan dura como el hierro.
La Policía Montada amplió su búsqueda. La investigación cubría todo el área de Canadá y continuaría durante años.
Aunque muchos creyeron que saldría a la luz una explicación racional, en la actualidad la desaparición total de los habitantes de Anjikuni todavía está sin resolver, aún después de tantos años.
Poco antes de que el trampero que se encontró la aldea vacía y silenciosa llegara allí, un cazador y su hijo vieron un extraño destello que surcaba el cielo. Aquel destello parecía dirigirse hacia el lago de Anjikuni. Los cazadores describieron el objeto como una extraña luz que cambiaba de forma por momentos: en un instante era cilíndrica y de repente parecía una bala enorme.
Actualmente la Royal Canadian Mounted Police niega que la historia sobre la desaparición en los años 30 de una aldea inuit cerca del lago Anjikuni sea verdad. Niega que una aldea con una población tan grande hubiese podido existir en un área tan alejada.
Sin embargo, en una carta enviada en aquel momento al periódico The Toronto Daily Star confirma la historia del trampero y la desaparición de los habitantes de aquella aldea.
Podría profundizar sobre los inuit, pero entonces esto se convertiría en algo demasiado extenso.

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