viernes, mayo 18, 2007

Cuando las cosas no son como eran

La mirada que me atravesó hace unos meses era suplicante, de remordimiento, de arrepentimiento, pero a la vez de desprecio. ¿De desprecio a mí, mi propio tío? ¿Qué le he hecho yo? ¿Qué le ha hecho mi familia? ¿Dónde ha dejado la dignidad de antaño?
Con asiduidad recuerdo esa mirada. Mi tío C., hermano de mi padre, fue incapaz de saludarme. No era la primera vez ni será la última. Pero no tendrá más oportunidades de volverme a mirar así porque no seré yo quien me digne ni siguiera a dirigir mi vista por donde sus pasos caminan. Pasos equivocados, en cierto modo.
Y recordé una mañana, muchos años antes, cuando mis padres no estaban en casa y me dirigía con unos pantalones recién comprados para que mi tía me cogiera los bajos. Muchos podrían preguntarse por qué mi madre no lo hace. Y es que mi madre suele coser en contadas ocasiones, siempre a mano porque nunca necesitó una máquina de coser y porque generalmente tiene una modista que le cose todo. Pero cuando se pone a la tarea, aunque le cueste más, lo hace bien.
De camino a casa de mis tíos, me encontré con mi tío C. Y al verme los pantalones me echó en cara por qué no lo hacía mi madre. Entonces debí haberme echado atrás, pero no comprendí entonces lo que ahora veo con bastante claridad.
Mi tío siempre que has ido a pedir un favor te echaba en cara que si en tu casa no había tal y cual. Siempre era la misma historia de mil formas diferentes. Pero él jamás se daba cuenta que el mayor favor de su vida se lo deberá siempre a mi padre, que si él salió del atolladero donde estaba metido recién casado fue gracias a que intercedió mi padre.

Dejad que ellos sean ciegos de envidia, pero no permitáis que la ira tape vuestros ojos porque entonces perderéis la cordura.


Mi padre tenía ocho años cuando perdió a su madre. Cuatro tenían sus hermanos pequeños, mellizos, a los que siempre protegió y sacó para adelante, incluso en las peores situaciones. Convertido en hombre siendo todavía un niño, un día decidió su futuro. No quiso quedarse a vivir de la tierra y aprendió un oficio, un oficio que aprendió demasiado bien pues prosperó con creces, por encima de sus hermanos.
Uno de ellos, mi tío J., optó por trabajar para mi padre y, soltero, se aseguró el futuro. El otro, mi tío C., prefirió quedarse a vivir del sustento que le brindaba la agricultura. Se casó. Y ése fue su gran error. Mi tía es el gran veneno que cierto día entró en mi familia. Su maldad ahora es capaz de manipular a mi tío de una manera indigesta.
Cuando éramos pequeños íbamos mucho a casa de mis primos. Yo un día no quise volver. Mi tía fue capaz de levantarme la mano, lo que jamás hubieran hecho mis padres. Las veces que volví, ocasiones en que nunca más estaba más de media hora, me sentía incómoda, y enseguida estaba deseando salir de allí.
Pero el mal va haciendo mella. Mi tía empieza a meter cizaña, y ya ha conseguido lo que tanto ansiaba: romper la familia pues mi padre no se habla con mi tío C., mi tío J. no se habla con mi tío C.

Es posible que todo empezara muchos años antes. Es posible. Sé cómo es mi padre y sé cómo son mis tíos. Y mi padre ha sido un hermano ejemplar, es un padre ejemplar y estoy segura de que también es un marido ejemplar.
Un día, cuando todo explota, te das cuenta de que la envidia es cosa de muchos años atrás, ya desde que se echaron a suertes los lotes tras la muerte de mi abuelo, cuando a mi padre le tocaba el lote que mi tía ansiaba, tanto lo ansiaba que consiguió que lo echaran a suertes varias veces, siempre con el mismo resultado.

Dicen que los gemelos tienen una conexión especial, tan especial es que lo veo en mis tíos. Los dos están enfermos. Mi tío C. soporta, desde hace años, una enfermedad crónica, la enfermedad del Kron. Mi tío J., del que hablo muy a menudo últimamente, tiene cáncer.

La verdad sale a la vista por los derechos de las tierras. Mi tío le llevó las tierras a mi padre durante muchos años sin que éste le cobrara las rentas. Eran hermanos, eso lo justificaba todo para mi padre. Mi tío jamás se lo agradecería.
Hace relativamente poco tiempo que salió el tema de los derechos de las tierras por el que los derechos pertenecían a aquél que había llevado esas tierras durante X años y no al propietario. Sin los derechos esas propiedades, sobre todo a la hora de vender, estaban desvalorizadas y valían una tercera parte de lo que costaran con todos los derechos. Mi tío negó esos derechos a mi padre. Ese fue el principio del fin. No entraron a razones. En aquella época además no hacía ni siquiera un año que habían operado a mi otro tío de la garganta. Mi tía se cebó con él, le hizo sentirse culpable.
Durante los meses que mi tío J. estuvo en el hospital, mis tíos un día vieron su testamento por el cual el máximo beneficiario era mi hermano R. Eso desató la envidia, los reproches y todo lo demás.

Llega un momento en que la manipuladora esa, la única de mi familia (entre cursiva porque no la considero mi tía) que ha llegado a levantarme la mano, la que habla de más e intenta meterse donde no la llaman, la que lee testamentos ajenos sin fijarse en la letra pequeña, la que intenta cambiar las cosas... llega un momento en que me da asco.
Porque por su culpa un día dejaré de hablarme con mis primos, porque su cizaña está haciendo una herida demasiado grande y no se da cuenta de que el peor parado es su marido.
Un día mi tío C., cuando la enfermedad del Kron, acabe con él pedirá perdón... pero ya será demasiado tarde.
¡Ay, tío! ¿Qué has hecho que estás tan ciego y tan perdido?

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