viernes, septiembre 24, 2010

En busca de la siesta

Debería echarme la siesta, pero ahora, que estoy en el momento adecuado y en el espacio correcto, se me ha quitado el sueño.
Supongo que leeré un rato hasta que los ojos se me empiecen a cerrar. O hasta que sienta los brazos invisibles de un ángel...

Una visita inesperada


Hoy ha venido MS y nos ha endulzado la vida. Aunque mi vida está llena de dulzura últimamente, y esa dulzura proviene de donde proviene.
Posiblemente nos vayamos a tomar una caña en un ratillo.

MS es... como si fuera una hermana.

Todo es magia

Hoy no le he visto y le he echado de menos. Aunque la aureola de magia del día de ayer aún sigue parpadeando en todo lo que hago. ¿Quién sabe...? Si siempre me lo encuentro cuando menos lo espero.
Todo es magia.

Me viene a la mente el mito del rey Midas. La primera vez que lo escuché se había adaptado la leyenda como cuento infantil, aunque es un mito griego. Aquel rey que todo lo que tocaba lo convertía en oro...

Pues el ángel que yo conozco no convierte todo en oro, sino que hace que todo sea especial, mágico. Es tan adorable...

Sensibilidad

Amar hace que todo sea perfecto, que el mundo que nos rodea sea mágico... Yo amo y el mundo a mi alrededor es de una belleza sublime. Se siente todo mucho más, como si una de las capas de nuestra piel se hubiera desprendido y hasta el aire que respiramos nos hiciera cosquillas.
Y esa persona, que te sonsaca una sonrisa cada mañana, es única, es especial. Él es un ángel...

Había olvidado cómo era sentirse así.

Despertar el día

Anoche me costó dormir. Eran las dos y aún tenía los ojos abiertos... y pensaba en él, en su magnificencia, en su nobleza. Imaginaba que me asía a su cuerpo y que me quedaba dormida entre sus brazos. Ni que decir tiene que con un pensamiento así al final terminé quedándome dormida.

Está terminando septiembre. No sé qué haré este fin de semana, pero es muy posible que haga vida de eremita, en cuanto que un eremita se dedica a la vida tranquila. Ayer, al marchar a casa, me encontré con una amiga y tenía los mismos sentimientos que yo respecto a San Mateo. Tanta gente...

Está amaneciendo.

Todo un mundo...

Se hace tarde. Dentro de seis horas, cuando aún la noche no haya dado paso al alba, abriré los ojos. Lo primero que me vendrá a la mente, como la mayoría de las mañanas, será la imagen de alguien muy especial y sonreiré...
Imaginaré sus ojos y veré todo un mundo en él, un mundo perfecto. Imaginaré su rostro y lo redescubriré de nuevo.
Y simplemente sentiré que mi alma se encuentra feliz al pensar en él.

Mañana más.

jueves, septiembre 23, 2010

El mejor de los mundos posibles

El mejor de los mundos posibles es…

Cuando entro en un bar y mis ojos se encuentran con los suyos, siento el alborozo interior y me dirijo lentamente en su dirección, queriendo alargar siempre ese momento compartido con él…

Cuando subo esas escaleras con el corazón convertido en mantequilla derretida, sintiendo el temblor de mis piernas y martillazos acompasados en mi pecho, para encontrarme con ese dulce rostro en el que se encuentra toda la bondad del mundo…

Cuando voy por la calle y aparece caminando delante de mí, se da la vuelta lentamente y me espera, y seguimos caminando al mismo ritmo, convirtiendo el tiempo que hace en objeto de una conversación que se convierte en única…

Cuando me tomo el café y siento que un hilo invisible le busca a él en ese mismo rincón, sin poder mirarle directamente, pero siendo consciente de su presencia tan cercana…

Cuando me voy a casa y me encuentro con su coche y siento que miles de mariposas revolotean y hacen dibujos imaginarios con sus alas invisibles…

Cuando le miro a los ojos y me tiembla la voz sin poder evitarlo, sabiendo que él me escucha y no me dice nada, pese a que también se da cuenta…

Cuando al otro lado escucho el timbre sensual de su voz cargado de una sabiduría interminable, empapándome en sus palabras, absorbiendo sus conocimientos y meciéndome en la sensualidad de su voz…

Cuando le observo trabajar, con el pelo recogido, concentrado en lo que está haciendo, contemplando yo la delicadeza con que trabaja…

Cuando me acerco a él y me emborrachan los pensamientos, porque en ese momento me encantaría estrecharle entre mis brazos, besarle hasta que grite el cielo, acariciarle hasta que me ardan las yemas de los dedos…

Cuando le aparto el pelo de la cara, le miro y comprendo que cada día está más guapo, y susurrárselo a él, decirle lo guapo que está…

Cuando cierro los ojos cada noche y sueño con él… noche tras noche, para levantarme cada mañana rozando la felicidad…

(...)

En el mejor de los mundos posibles siempre aparece él.

Aquel que te hace sonreír sólo puede ser un ángel

Siempre he sido una persona muy risueña. Pero últimamente siempre estoy más risueña aún. Quizás es porque últimamente me siento más feliz.
Sonrío a menudo, pero cuando me encuentro con él sonrío mucho más. Es como si él me entregara una alegría especial, como si me regalara una sonrisa cada día. Es mirar a sus ojos y sentir que mi rostro se tranquiliza y los labios se curvan inevitablemente.
No se puede hacer otra cosa más que querer a una persona que te da tantas alegrías. Aparece él y siento el regocijo interior, la sonrisa externa, la calma al saber que él está tan cerca.
Tantas veces besaría esos labios, tantas veces abrazaría ese cuello, tantas veces acariciaría su pelo, tantas veces quisiera perderme en esa mirada tan dulce…
No puedo imaginar un solo día sin él. Y no me refiero al hecho de no verle (esto a veces ocurre), sino al hecho de no dedicarle un solo minuto. No podría.
¿Cómo no querer a esa persona especial que tantas alegrías me brinda cada día?

Y yo... con él tan cerca... no tengo tiempo para estar triste.

La magia del momento... y a quién debo darle las gracias

Debería marcharme a casa. Me he liado, pero tenía algo pendiente que hacer y no he parado hasta que lo he terminado. Sin embargo, aún no me voy a marchar, ya que necesito escribir... Tengo esa vital necesidad de relatar, de algún modo, la perfección de un día perfecto.

Lo que hace ese ángel con su presencia es algo indescriptible. Magnífico. Sublime. Sencillamente perfecto.

Y hoy es uno de esos días en que debería decirle 'gracias', aunque él no comprendiera el motivo de ese agradecimiento. No me importaría explicárselo, aunque me ruborizara.

Escribiré hoy, aprovechando la magia del momento. Y me temo que tengo ganas de escribir.

Los colores del otoño

El otoño tiene un color especial. Es una época del año entrañable. Yo desconozco qué ponerme cada mañana, porque, aunque los rayos de luz se entrevean por la ventana, quizás termine lloviendo.
Aún no se ven muchas hojas en el suelo. Adoro hacerlas crujir bajo mis pies. Me encantaría caminar con él en esta época del año por las calles de esta ciudad.
O irnos a un bosque y bañarnos en una charca cubierta de hojas secas, mientras el cielo se oscurece.

Me pregunto si habrá alguna cosa que no haría yo con él. Porque me doy cuenta de que todos los pequeños placeres (y también los grandes) me gustaría compartirlos con esa persona tan especial.

La imagen de la charca llena de hojas en medio de un bosque la he visto de pasada en la televisión, y me ha parecido idílico.

A veces todo es simplemente perfecto

Hoy es uno de esos días que simplemente son perfectos.

Él aparece una y otra vez, sutilmente perfilado con una dulzura y una delicadeza propias de un ángel, sus rasgos dibujados con esa belleza que emana de él.

Su voz suave, tranquila, serena, en la que me pierdo de una manera demasiado entrañable para describirlo. Su sabiduría, didáctica quizás, aportándome cosas que desconocía.

Su rostro sereno, sus ojos profundos, su mirada cargada de bondad… Es el mismo rostro que todas las noches ansío acariciar, que todas las noches sueño con besar y perderme en el abismo tranquilo de su mirada perfecta.

Hoy es un día perfecto porque él le brinda la magia que falta. Es tan adorable...

Deseaba tener un momento de paz para perderme en esos instantes mágicos, especiales, esos instantes de él…

¿Dónde estará...?

Creo que la luna llena tiene una enorme magia. ¿Es posible que alguien me dijera alguna vez que si pides un deseo en una noche como ésta se cumpla? ¿O lo habré leído en algún sitio?
Tengo tantos deseos que pedir… Pero sé que sólo pediría uno, único, especial. Me pregunto si se cumplirá.

Anhelo darle un abrazo muy fuerte, anhelo cubrirle de besos, anhelo escuchar su voz antes de irme a dormir, anhelo desearle dulces sueños, anhelo quedarme dormida en sus brazos…
Debería ir al encuentro de los sueños, esos sueños donde siempre (que los recuerdo) aparece él.

Se me empiezan a caer los párpados. Creo que no tardaré mucho en entrar en esa duermevela previa al sueño.

En el coche había una canción que decía: “Que alguien le cuente que le estoy buscando por toda la ciudad”. Ella ha perdido su corazón y se pregunta dónde está. A veces me siento un poco así, como si mi corazón se fuera tras de él cada vez que lo veo, pero sólo es una parte, porque la otra queda aquí. Aunque esa frase de la canción me ha llevado a pensar dónde estaría él en ese momento. Me imaginaba que iba a tomarme algo con él en ese preciso instante. Aunque yo dejé de buscarle una noche de verano. He aprendido que cuando no le busco es cuando le veo. Y le veo mucho más ahora. Y cada día le veo más guapo, más noble, más especial, más bueno, más encantador… más ángel.
Con este último pensamiento, puesto en él, como casi todas las noches, es un buen momento para irse a dormir.

La calma nocturna

Hoy no tengo prisa por marchar. Y eso que el día ha sido largo. No tenía intención de quedarme a comer y, sin embargo, en una decisión de último momento he ido al Gambrinus. Si mañana apareciera una hora más tarde en la oficina, no pasaría nada. Pero sé que, como mucho, me retrasaré diez minutos.

Me pregunto si él estará durmiendo ya, y si habrá visto la luna. Esté donde esté, sigue siendo el mismo ángel que hace que mi corazón palpite más deprisa.

miércoles, septiembre 22, 2010

Hay luna llena

Me siento cansadísima, pero contenta. Es la satisfacción de las cosas bien hechas. La dulzura agradable de alguien. El sentimiento inabarcable e indescriptible. La luna llena. Las estrellas que me llevan al recuerdo...
Me he puesto a escribir. He elegido el color naranja. Quizás porque es cálido, quizás porque da alegría. No he parado. Tenía tantas cosas que decir al mundo hoy...

Las noches de luna llena son mágicas. Hoy cierro los ojos y me descubro besando ese rostro tan amado...

A las siete

A las siete debo marcharme y antes he de tomar algo en la cafetería. En un cuarto de hora no me da tiempo a escribir mucho, aunque, cuando esta noche llegue a casa, seguramente buscaré hojas de colores y me pondré a escribir(le), aunque esté muy cansada.
Sé que algo me llevará a pensar en él.
Me gusta Ezcaray por la vida que tiene, pero entre semana no creo que haya mucho, aunque yo estaré muy cerca del centro.
No me apetece nada conducir hasta allí. Tengo un rato para pensar en él mientras me acerco a la montaña.

Tardes que se alargan

Esta tarde tengo que ir a Ezcaray a una reunión. No me apetece nada, sobre todo porque, al pensarlo, sé que volveré de noche. Y el día se está poniendo gris, pero no es tan gris...
Los días no son grises cuando veo a esa persona tan especial, que hace, quizás sin saberlo, que todo tenga magia.

Diario de 'a bordo'

A propósito de lo que escribía anoche, recordé ese espíritu viajero que me impulsa a cambiar de aires de vez en cuando. Durante un tiempo, estuve pensando en irme a Alemania. Me imaginaba trabajando allí y viviendo allí, pero algo me decía que no podría ser eternamente, porque yo amo mi país. Soy de esas personas que siempre volverán a sus raíces.
No quise entrar en los viajes, de los que tengo recuerdos muy agradables, porque hubiera sido larguísimo de contar. Cada lugar nuevo deja en mí una huella muy profunda, bien sea a través de sus gentes, bien sea a través de algunas anécdotas que ocurrieron allí, bien sea a través de un objeto de culto que me inspira una emoción nueva... Pero siempre volveré aquí, y al volver aquí volveré a él, porque él está aquí.
Y es que la tierra siempre tira. Durante mucho tiempo eché de menos las montañas, el otoño y la primavera que de repente habían desaparecido del calendario, y a mi gente. Tenía que estar fuera para valorar lo propio, pues no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Y yo realmente no había perdido mis raíces, sino que simplemente las echaba de menos; no era más que una pérdida temporal, porque yo sabía que había de regresar. Y ese regreso, el regreso definitivo, me llevó a conocer a una persona especial. Entonces esta tierra, si antes era especial, ahora lo es mucho más.
Puedo traer al presente infinidad de momentos que aún hoy, pese a que haya pasado mucho tiempo (y no tanto), me siguen emocionando de una u otra manera.
Me encuentro caminando por las calles empedradas de San Vicente de la Barquera, entre casas encaladas, cruzadas con enormes vigas, y escudos de armas en piedra sobre las fachadas. Y recuerdo aquella anciana vestida de negro con un moño gris a la antigua usanza. Sería un milagro que aquel rostro surcado de un millón de vivencias aún siga abriendo los postigos de su ventana para ver pasar a los turistas venidos de todo el mundo. Ese es el mismo día que conocí por primera vez las cuevas de Altamira. Varios meses después haríamos una excursión con el colegio y las volvería a visitar. Cerradas en la actualidad al público, creo que fui una privilegiada que pudo verlas dos veces cuando aún se encontraban abiertas.
Me encuentro mojándome entre los chorretones de agua que habían colocado por todas las avenidas colocadas en la Exposición Universal de Sevilla, colarme en los pabellones por la puerta de salida para no tener que esperar filas.
Me encuentro caminando entre las aisladas casitas que surgían entre los árboles de un pequeño pueblo francés, Retjons, y decir un Bonjour! a todos los habitantes que nos encontrábamos en el camino. Y es que muchos pueblecitos franceses ocupan mucho de extensión, pero sus casas están desperdigadas por el campo. En el centro hay pocas casas, generalmente el Ayuntamiento, Correos, la escuela y un supermercado que tiene de todo. Después, para encontrar algunas casas necesitabas un mapa porque podías adentrarte perfectamente en uno de los frondosos bosques de Las Landas.
Me encuentro sentada en las enormes cadenas que circundan el magnífico Parlamento de Budapest, en Pest, junto al Danubio. Y recorriendo el Puente de las Cadenas, no muy lejos de allí, y bajando a la isla de Margarita en medio del río, un lugar de ensueño...
Me encuentro observando a un músico callejero en el puente de Carlos IV en la magnífica capital de la República Checa, subiendo a la zona del castillo, paseando por sus casas multicolor y traerme una magnífica licorera de cristal de Bohemia, donde en mi casa se sirve el whisky.
Me encuentro desayunando en la Grand Place de Bruselas un gofre que no me gustó con un café aguado que me despejó poco, mientras tenía al frente la magnífica portada del Ayuntamiento de la ciudad.
Me encuentro en un barco por el Rin, para ver aparecer la magnífica catedral de Colonia, iluminada al atardecer, junto al Ayuntamiento y otros edificios interesantes de la ciudad. De hecho, mis mejores cruceros siempre han sido al atardecer, coincidiendo siempre con la última salida del barco, porque siempre terminas viendo variar las horas y las luces del día. Colonia es una ciudad realmente impresionante.
Me encuentro pisando la baldosa del kilómetro cero en París, justo a unos pocos metros de la entrada a Notre Dame, y admirando la ciudad de las luces.
Me encuentro en una chupitería en el Bairro Alto de Lisboa, tomando chupitos sin parar...

Estoy pensando que esto podría durar horas, y que me dejo mucho. Lo importante es no perder el rumbo. Estar donde estoy ahora, más cerca que lejos de ese ángel que esta mañana estaba guapísimo. Estar aquí, la tierra que me vio nacer, adonde siempre retornaré.

Nos quedan tantas cosas por conocer, tanta gente con la que hablar, tantos lugares que pisar, tantos museos que ver... Y me encantaría compartirlo tanto con él...

La gran instantánea


La memoria guarda instantáneas de nuestra vida, que a veces son tesoros de valor incalculable, pequeños esbozos del pasado que a veces nos traen una sonrisa y a veces nos traen un estremecimiento de nostalgia, un baúl de recuerdos a veces oxidados por el paso del tiempo. Recopilamos recuerdos y, curiosamente, la mayoría son los mejores momentos de nuestra vida. Al menos, mi memoria no retiene aquellos instantes en que pataleé, lloré, lo pasé mal… A veces sí. No se borran los recuerdos tan fácilmente, pero personalmente prefiero no empañar el presente con recuerdos tristes.
Los primeros recuerdos son extraños, aparecen entre una espesa niebla. Por lo general, a la edad de siete años es cuando empezamos a ser conscientes de la vida, porque es en esa época cuando aparece la capacidad de raciocinio (no lo digo yo, lo dicen los psicólogos, filósofos, médicos y demás expertos sobre el crecimiento –no sólo mental sino también espiritual-). A veces tenemos recuerdos anteriores que, si aparecen, se tratan de momentos muy desagradables o de instantes muy felices. Bien, yo tengo de los dos. El peor recuerdo y, para más inri, quizás el primero es de un médico, una aguja y un hospital. Recuerdo tanto mejor la enorme aguja que mis gritos nada más verla. Es un recuerdo horrible para que se trate del primer recuerdo de la vida de una persona. Tenía cuatro añitos. Así que como no quiero que ese sea mi primer recuerdo, lentamente lo desplazo por otro (aunque es posterior, uno o dos años más tarde) más feliz. Era una playa llena de gente, un sol enorme, un islote al frente; un bañador rojo con unas cerezas que llevaba yo y otro azul con un barco que llevaba mi hermano, y nos perseguíamos entre las innumerables hamacas y sombrillas de una de las playas más soleadas de este país: la playa de Levante en Benidorm.
Durante años siempre íbamos a Benidorm o a Peñíscola. Todos los años en fiestas de Gracias (agosto) de mi pueblo, fiestas que yo no tuve ocasión de conocer hasta que entré en la adolescencia, época en la cual mi hermano y yo preferíamos quedarnos a fiestas.
Recuerdo mi primer amor, personaje que se casó con veinte años y que ahora está divorciado. Le vi hace unos meses y me costó reconocerle. Recuerdo los primeros besos, inocentes, extraños…
Recuerdo el primer día en la universidad, el choque de mentalidad, el despertar de la libertad. Cuando hablo de ‘choque de mentalidad’, me refiero no tanto al hecho de darte cuenta de que estás madurando, sino a que el contraste de dónde yo venía y adónde iba era abismal. Pues Salamanca es una ciudad con una mentalidad muy abierta, demasiado liberal y todo el mundo va a su bola. Por mucho que me pese, en mi tierra, o más bien, en el pequeño mundo que yo conocía hasta entonces, veía la forma de pensar demasiado rígida, demasiado cerrada… Por explicarlo de otra forma, quien se haya leído El mito de la caverna de Platón sabrá que hay unos esclavos encadenados en una caverna. Están a oscuras y sólo escuchan los ruidos que entran por una grieta. Pero no han conocido otra cosa, así que siguen encadenados en su caverna. Un día, uno de ellos consigue liberarse y sale de la caverna, encontrándose con un mundo nuevo y, por ende, mejor, algo diferente a lo que había conocido hasta entonces. Vuelve a la caverna para contarles a sus compañeros de cautiverio lo que ha visto en el exterior, pero ninguno le cree, ninguno quiere salir, todos temen ese mundo nuevo (si es que existe). Es la base filosófica en la que se fundamenta todo el hilo argumental de la famosa película de Matrix.
Los primeros meses en Salamanca yo me sentía un poco como ese esclavo que consigue salir de la caverna. Ese contraste es muy duro. Finalmente terminas descubriendo que si las personas que has conocido siempre no se arriesgan a salir fuera nunca conocerán nada más que lo eternamente conocido (y ‘arriesgarse’ en este contexto es una palabra ‘arriesgada’, ya que en ese riesgo está la capacidad de elección de cada uno). Y no es malo. Son dos mundos paralelos. Ahora lo he asimilado, pero al principio fue un choque emocional tremendo.
Recuerdo la extraña sensación que tuve la primera vez que subí a un avión. Una mezcla entre éxtasis y miedo. Iba en dirección a Londres y pensaba que me quedaría allí arriba, volando siempre entre las nubes. Y, de hecho, cada vez que me subo a un avión es como si fuera una primera vez. Disfruto con esas sensaciones (aunque ya no exista aquel miedo inicial a volar).
Recuerdo muchas otras instantáneas: cuando se me cayó un diente comiendo una manzana mientras veía el Un, dos, tres…; las mañanas heladas en que esperábamos el autobús que nos llevaría al colegio; la primera vez que pisé el acelerador de un coche; cuando el profesor de literatura me confiscaba libros escondidos bajo el pupitre (yo no leía a los clásicos, excepto a Lope de Vega, porque tanto me atrajo su vida, que me picó la curiosidad; lo que entonces leía eran novelas negras y policíacas)...
Y recuerdo el día en que le vi por primera vez, que no es exacto, porque ya le había visto los días previos. Me refiero a la primera vez el día que me miró fijamente y me sentí 'atrapada', hechizada quizás, de tal forma que sentí tal atracción hacia él, que desconozco aún de dónde surgió. Recuerdo una camisa color melocotón. Recuerdo su perfil plateado cuando le observaba de reojo una noche que me traía a casa. Recuerdo el sonido melodioso de su voz. Recuerdo cómo se exalta mi corazón cuando mis ojos se cruzan con los de él en cualquier bar. Recuerdo el día que le aparté el pelo de la cara sólo para decirle lo guapo que estaba. Recuerdo los esbozos desdibujados de mis palabras escritas para él en cualquier lugar del mapa…
Recuerdo sus instantáneas, más cercanas en el tiempo, como si fueran verdaderos tesoros. Y todo de él lo recuerdo con un afecto y un cariño especiales… También lo anterior, porque al fin y al cabo son fragmentos de mi vida. Pero él… sus recuerdos tienen otro tipo de magia especial, diferente. Es lo que tiene amar a un ángel.

martes, septiembre 21, 2010

Un minuto de felicidad

Si una persona despierta en ti sensaciones tan placenteras como nunca nadie había despertado en tu interior, esa única persona es especial y sólo por eso es digna de admiración.

Al final del día me encuentro pensando en él y en esa dulzura que emana de él, dulzura que me contagia siempre que me encuentro con él. También me hace sonreír y, de hecho, la alegría dura casi eternamente.
Me brinda un minuto y soy feliz todo el día...

¡Qué no daría yo por poderle aportar tan sólo un poco de lo que él me aporta a mí cada día!

Azul...

Cuando he venido empezaba a llover. Me estaba mojando pero no me importaba, porque estaba subyugada por el aroma de la lluvia. Adoro ese olor a mojado.
Se ha quedado una tarde agradable, una de esas tardes en que apetece salir a la calle y caminar sin rumbo fijo. Cuando pienso a sí no me veo caminando sola... sino con ese ángel cargado de dulzura. Cualquier situación agradable me la imagino siempre con él.

Hoy voy a escribir en azul. Azul como el cielo que ahora da un color especial a esta tarde. Azul como el mar en calma. Escribiré y me marcharé a disfrutar del resto de la tarde.
El azul me recuerda a un poema de Bécquer, aquel que decía: "Tu pupila es azul...". A mí me dicen más los ojos oscuros, o al menos esos ojos oscuros. Trayendo a Bécquer del recuerdo, entonces preferiría aquel otro poema que decía:
"¿Qué es poesía?, me dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía... eres tú".

Claro... Él es poesía. Cuando escribo pensando en él no me cuesta encontrar las palabras que a veces describen algo indescriptible. Siento la magia cuando pienso en él y mis dedos escriben movidos por una energía que sólo reciben cuando él está cercano, tanto en mi mente como en mi corazón.