martes, septiembre 25, 2007

Que no te puedo matricular...

Día: 25 de septiembre
Hora: 12.15 h.
Una hora en secretaría para regresar con todos los papeles y sin haber hecho la matrícula. Si nos dicen que las Actas se cerrarían el 20 de septiembre, ¿cómo es que no me pueden matricular porque hoy estaban cerrando Actas y hasta que no estén cerradas no pueden matricularme?
El caso es que siempre me quejo de la nulidad de las secretarias, sin embargo, esto es cosa de los profesores que se demoran en corregir exámenes... En fin, el viernes a primera hora tengo que volver a ver si hay más suerte.

Como piel de serpiente en pleno cambio

No hay un solo día en que mis pensamientos no vuelen hacia recuerdos de mi tío. Quizás al tener la mente ocupada en el viaje se sobrellevaba mejor, pero al volver, al intentar dormir ahora la mente vuelve a dar vueltas y hoy he vuelto a llorar. Los recuerdos son más intensos, en el sentido de que comienzo a asimilar la pérdida, en el sentido de que dentro de mí se ha creado una especie de diamante muy brillante a modo de recuerdos que debo guardar y conservar cual tesoro.
Me siento como si estuviera cambiando de piel, aceptando dolorosamente algo que no tiene vuelta de hoja, pero con la ferviente creencia de que mi tío sigue cerca de mí.
Sé que volveré al refugio candoroso de las sábanas y empezaré a dar vueltas como hace un rato, sin poder dormir. Y solo cuando hable con mi tío, como si me escuchara, será tan reconfortante como para terminar vencida por el sueño.
Mañana cumplirán dos semanas y parece que los últimos quince días se han hecho eternos, con una intensidad insólita. A veces me pregunto si en este tiempo he dejado de lado otras cosas, aunque sé que no...
Antes hablaba mucho con una persona. De un tiempo para aquí hemos dejado de hacerlo, o más me valdría decir que se ha distanciado. Me siento enfadada con este tema, cuando te das cuenta de que las relaciones humanas no dependen únicamente de una persona, de ti; cuando te das cuenta que preservar una amistad está en dos personas, no solo en ti; cuando te das cuenta de que estás cansada de decirle a la otra persona que sobrevives, de dar tú siempre el primer paso y cuando te das cuenta de que finalmente parece como si el otro se sintiera obligado a hablar contigo. Sí, estoy cansada. Y este vacío es nimio en comparación con el que he sentido en los últimos días. Sin embargo, ése se ha llenado de una tranquilidad inmensa, de una paz interior que me reconforta, que me hace cerrar los ojos y ver a mi tío sonriendo, hablando, bromeando. Y ahora solo ansío proteger esos recuerdos, porque es una de las pocas cosas que me quedan y que quiero mantener vivas. No tengo más ganas de hablar...

lunes, septiembre 24, 2007

Oporto: Primeras impresiones (viernes 21 de septiembre)

Viajar de noche nunca me ha gustado, pero pensaba que si cogía un autobús de madrugada, podría dormir en el viaje y aprovechar todo el día entero. Sin embargo, lo peor que te puede pasar en un autobús lleno de portugueses es que te den la chapa durante todo el viaje y que no te dejen dormir. Y eso es lo que me pasó. El que se sentaba a mi lado se llamaba José, era de un pueblo a 45 kilómetros de Oporto y llevaba trabajando tres años en Madrid. El autobús venía desde Madrid y terminaba en Oporto, haciendo varias paradas en su recorrido. Intenté dormir, pero mi compañero de viaje no paraba de hablar, y además me costaba entenderle, pues aunque llevaba unos años en España no se dignó a hablarme en mi idioma, sino que hablaba en portugués, por lo que muchas de las cosas que dijo se me escapaban. Junto a la gran perorata del portugués, hubo otra cosa que influyó bastante en mi insomnio. A partir de Ciudad Rodrigo estuvimos acompañados por una gran tormenta que daba bastante pavor, ya que en las llanuras de la meseta se iluminaba la noche de un modo impresionante.
En una hora estábamos en Fuentes de Oñoro, junto a la frontera, donde paramos un rato. Solo llevaba encima la cartera porque me obligaron a dejar la mochila en el maletero. Suelo llevar bolso, pero para los viajes prefiero la mochila, puesto que siempre la termino llenando y prefiero llevar todo a la espalda en vez de cargarme las manos con bolsas. Por eso no tengo fotos del trayecto de ida. Nada más cruzar la frontera, todo el mundo cambió la hora. Yo seguía con la hora española hasta que llegué al hotel. El autobús hizo tres paradas más: Guarda, Viseu y Albergaria. En esta última localidad la carretera se divide hacia Porto (hacia el norte) y Aveiro (hacia el sur).
Antes de avistar Oporto llegamos por la otra orilla del Duero, la zona donde están la mayoría de Bodegas (Caves) del Oporto. Esa ciudad se llama Vila Nova de Gaia. La panorámica al cruzar de noche el río es impresionante.

El nombre de Portugal deriva de la unión de los topónimos de las dos localidades que separa el Duero justo antes de rendir sus aguas al Atlántico: Vila Nova de Gaia, la antigua Cale, en la margen izquierda, y Porto, Portus, en la orilla derecha. El portus de Cale, que los romanos utilizaban para enlazar los dos sectores de la calzada que iba desde Braga a Lisboa, acabó por fundirse en Portucale. Después fue un condado que fue ampliándose hacia el sur, terminando convirtiéndose en lo que hoy conocemos como Portugal.
No me enteré de que habíamos llegado hasta que me dijeron que ya paraba el autobús. Oporto no tiene estación de autobús, o al menos, a nosotros no nos pararon en una. Enfrente de un local donde ponía InterNorte terminamos el trayecto. Aquello ni era estación ni era nada, pero habíamos terminado el viaje.
De allí cogí un taxi hasta el hotel. Debo hacer una apreciación al respecto: el hotel no era tal, sino un hostal, aunque te viene en un listado de hoteles tal cual. Claro que por el precio no se podía esperar otra cosa.
En mi reloj eran las 7 de la mañana cuando llegamos a Oporto, claro que allí eran las 6. Solo quería dejar la maleta en el hotel, deseando que tuvieran una habitación libre para poder ducharme. No fue el caso. Supuestamente yo debía entrar en el hotel a partir de las 12 del mediodía, y no a las 6 de la mañana. El recepcionista era un viejo sudoroso que no paraba de tocarme la cara. Se apiadó de mí y me dijo que me sentara en una especie de salón que tenía mullidos sofás. El hombre no paraba de hablar. Mi primera impresión de aquel lugar fue de lo peorcito. El motivo no era más que me había parecido ver un ratón por detrás de los sofás. Estaba deseando marcharme. La cháchara despertó a unos cuantos inquilinos. Un catalán que estaba en una habitación cercana salió a los sofás y estuvimos hablando. Después vino otro hombre discutiendo con el recepcionista, momento en que el catalán y yo aprovechamos para irnos a tomar un café. Encontramos una cafetería abierta después de dar vueltas y observar los edificios descascarillados que nos rodeaban.
Sin darnos cuenta, habíamos llegado a una de las arterias principales de la ciudad, la Rua de Santa Catarina, una calle en cuesta larguísima, donde abundaban los comercios, y que bajaba hasta el río. El catalán volvió al hotel, pero yo decidí ir a visitar la ciudad. Así que comencé a bajar por la concurrida calle, encontrándome con todo tipo de edificios. Una de las cosas que más me llamaron la atención –aunque ya lo sabía- era la multitud de monumentos recubiertos de azulejos.
La Capela das Almas, en plena Rua de Santa Catarina era un ejemplo. El azulejo es muy típico allí, tanto en exteriores como en interiores.
Por fin encontré una parada de metro, Bolhão, y terminé en Aliados, sabiendo que me dirigía al centro neurálgico de la ciudad. Lo primero que te encuentras nada más salir del metro es el edificio Paços do Concelho, el Ayuntamiento.
Dominando desde las alturas, ciertamente impresiona. Más cerca se pueden observar las esculturas, de grandes dimensiones.
También las vistas desde el Ayuntamiento son impresionantes, ya que toda la Avenida dos Aliados, hasta el fondo, donde está la Praça da Liberdade, poseen edificios señoriales y bastante cuidados. Junto al Ayuntamiento hay una oficina de turismo, donde no dudé en entrar para que me dieran un plano e información sobre la ciudad.






Llegando a la Praça da Liberdade se observa un ambiente muy triste, ya que apostados junto a las paredes hay multitud de gente mendicante, limpiazapatos, pedigüeños y personas pobres.
Y como en otras muchas ciudades aquí también existen las esculturas a tamaño real en medio de la calle. Ésta me llamó la atención. Tanto buzones como cabinas telefónicas llaman la atención por su color rojo. Al final de esta plaza nos encontramos casi de frente con uno de los lugares más frecuentados: la estación de São Bento, la estación central de trenes. Impresiona su estructura exterior, no solo porque se trata de un edificio llamativo sino porque está construido en cuesta.

El hall interior, antes de llegar a las vías, está recubierto de azulejos ¡cómo no!

El techo del hall de la estación tiene dos palabras bien diferenciadas, Miño y Duero, los dos ríos principales del norte de Portugal.
En mi paseo por el centro de Oporto ansiaba ver el río, aunque sabía que todas las calles desembocaban en él. Llegué entonces a una gran calle que bajaba directamente. Era la Avenida Vimara Peres. Aunque me paraba a observar el estado de dejadez de los edificios. Y terminaba haciendo fotos a las fachadas. Quizás es que me llamaba mucho la atención tan peculiar estado de abandono.

Aquí me pasó una cosa curiosa.
Había una calle que subía y me pareció muy turística, en el sentido de que había puestos de ropa al comenzar la subida. Anduve unos 200 metros y me di cuenta que la gente se me quedaba observando. Mujeres mayores, ajadas por el tiempo y el trabajo, mendigos... En fin, no me gustó aquello. Después me enteré de que esa era una de las zonas más peligrosas de Oporto, donde se vendía droga y donde se concentraba la gente de mal vivir. Volví a la calle principal y me di cuenta de que me perseguía alguien. Una mujer entrada en años bajaba detrás de mí, cada vez más rápida. Aceleré el paso. No me dejaría pillar por una mujer que me triplicaba la edad. Miré dos veces para atrás y ella se debió dar cuenta de que me había coscado de su persecución. La calle por la que bajábamos estaba muy concurrida y si hubiera querido robarme la cartera allí no habría podido hacerlo. Al final, dejó de perseguirme. Y yo respiré tranquila.
Por fin se veía el Duero al fondo, aunque antes debía visitar algo que, según el mapa, estaba próximo: el Palácio da Bolsa. Llegué a una plaza donde un edificio rojo metálico llamó mi atención: el Mercado Ferreira Borges.
Estaba cerrado y desde las cristaleras solo se veían las columnas que sostenían la estructura del edificio. No había nada más. Y por fin encontré el Palácio da Bolsa, en la Praça do Commercio.
El Palácio da Bolsa es uno de los lugares que más me gustó. Cuando llegué me dijeron que en media hora empezaba la visita guiada en español. Así que me fui para volver después, pues bien merecía aquel lugar que nos explicaran sus rincones escondidos. Me aconsejaron que fuera al edificio de detrás, la iglesia de S€ao Francisco, pero estaba en la zona de Ribeira, junto al río, y preferí pasear por allí y, de paso, tomar un café.
Pasear junto al Duero cuando el tiempo acompaña es una gozada. Los barcos rabelos, típicos de Oporto, se enseñorean sobre las aguas, llamando la atención del viajero.
Son bellas barcas fluviales que gozan de mucha gracilidad. Tradicionalmente eran utilizadas para transportar las barricas de vino desde las heredades hasta los puertos de embarque o cais. Su vela latina y su alargado timón acompañan la ligereza de líneas.
En la otra orilla se levanta Vila Nova de Gaia, que debe su prosperidad a uno de los vinos más peculiares y apreciados del mundo, el Oporto, elaborado con las uvas que los rabelos transportan desde los viñedos situados aguas arriba del Douro. Se aprecian con cierta facilidad los nombres de las bodegas en toda la ribera de Vila Nova.
El Palácio da Bolsa se construyó sobre las ruinas del ala monacal del antiguo convento de São Francisco, de lo que hoy solo se conserva la iglesia anexa al Palácio. Se sube por una impresionante escalera de granito hacia unos salones donde la madera y el estuco dominan la decoración. Dos grandísimas lámparas metálicas cuelgan del techo. Cada una pesaba dos toneladas, pero tiene su propio engranaje para subir y bajar las lámparas y cambiar las bombillas. Allí están los salones de juntas, la corte del antiguo tribunal comercial, la sala dorada y otras habitaciones, en las que la mayoría de los muebles se conservan sin restaurar, en bastante buen estado. Pero hay una sala que llama la atención por encima de todo: el Salón Árabe, que en la actualidad se sigue alquilando para dar banquetes.
La decoración es oriental, y los constructores visitaron la Alhambra de Granada que tomaron como inspiración, pero se construyó en el siglo XIX, de ahí que sea de estilo neo-árabe.
Desde el Palácio da Comercio hay una impresionante vista no solo del río Duero sino también de la parte más alta de la ciudad: la (catedral) y el antiguo Palácio Episcopal.
Junto al Palácio da Comercio está la Igreja de São Francisco.

Se trata de una iglesia gótica con una impresionante ornamentación interior, a base de tallas de madera dorada con muchos elementos propios del barroco: angelotes, sarmientos, racimos, hojas de parra, volutas, molduras y representaciones de animales. El abigarramiento interior, que transmite la sensación de haber penetrado en una gruta revestida de oro, parece poco acorde con la sobriedad de la regla franciscana. Fueron necesarios más de 200 kg. de polvo de oro para cubrir todos los rincones. En una capilla abierta a la derecha está la imagen de un tosco San Francisco, en granito policromado, y a la izquierda se levanta una impresionante capilla donde una talla de madera representa el árbol de Jessé. Son dos obras de arte que merece la pena visitar.
Era la hora de comer así que, como es habitual, debía probar la gastronomía típica. Ya me habían informado en la Oficina de Turismo qué comer. La verdad es que hay mucha diversidad de platos. Lo curioso es que mezclan mucho las comidas, es decir, que es muy típico en ellos meter muchos ingredientes en las comidas.
Las tripas à moda do Porto era una especie de fabada, y sabía muy parecido a las alubias con chorizo y morcilla. Se mezclaba con arroz cocido.
Después de la comida estaba que me caía de sueño. Por una parte me apetecía visitar la catedral, pero mi cuerpo llevaba muchas horas sin dormir y demasiado ajetreo, así que opté por ir al hostal a que me dieran la llave y echarme una siesta. Sabía que si lo hacía perdería toda la tarde, porque cuando me levantara iba a tener el tiempo justo para ir al centro y la noche se me echaría encima.
Dormí dos horas, pero como había previsto, entre la ducha, vestirme, acicalarme y demás se me hizo tarde. Llegué a Aliados cuando anochecía. La plaza estaba preciosa de noche.
Mientras anochecía estuve viendo allí mismo un espectáculo sobre el tranvía. Y llegué a São Bento de nuevo. Había poco movimiento para ser el centro.

Estuve en las calles cercanas al Ayuntamiento, y al final me metí en un inmenso restaurante turístico, donde las mesas de alrededor estaban llenas de españoles. Allí de nuevo acudí a otro plato típico, pero era demasiado pesado como cena.
Se trataba de la francesinha, un plato picante a base de embutido y diferentes tipos de carne, recubierto de queso que se deshacía con el calor de la salsa.
Al volver al hotel me sorprendió un cartel luminoso, que indicaba un colegio.
Me pareció simplemente extraño que un colegio se marcara con luces de neón.

De vuelta

Botellas de Oporto
De nuevo toca habituarse a la rutina de Salamanca. Vengo con los hombros y la cara colorados porque me cogió el sol en la playa. Tengo bastantes anécdotas que contar. Sin embargo, lo dejaré para otra ocasión.
Cuando una va a Portugal ya sabe lo que se va a encontrar. Los síntomas de dejadez que he encontrado en Oporto (Porto) son más intensos que los que encontré en el pasado en otras ciudades portuguesas. Te puedes encontrar un edificio en buen estado y, junto a él, varias fachadas derruidas, casas abandonadas, ventanas abiertas, cristales rotos y grandes muestras de polvo. Y algo muy típico, las ropas colgando justo por encima de tu cabeza.
De todas formas, dejando de lado esas cosillas y teniendo en cuenta que las comparaciones son odiosas, Portugal, y en concreto Oporto, no dejan de tener su encanto.
Había mucho turista, sobre todo españoles, en especial gallegos, pues no les pilla lejos. Entenderse no es difícil. Siempre que he ido a Portugal entiendo perfectamente cuando me hablan, aunque a veces tengo que pedir que hablen más despacio. Del mismo modo ellos me entienden a mí a la perfección, así que el idioma no es obstáculo.
No es una ciudad que esté bien comunicada. Me explico: el metro es novísimo, pero las líneas que cruzan la ciudad van juntas, desde el norte, donde se unen haciendo las mismas paradas cruzando de oeste a este la ciudad y todas terminan en el Estádio do Dragão. Solo una línea perpendicular cruza el resto, por lo que la mayor parte de la ciudad está incomunicada y tienes que coger los autobuses (autocarros). Un único tranvía surca la orilla del Duero (Douro) desde la Ribeira hasta la desembocadura. Ya contaré más cosas en los próximos días, que este viaje ha dado para mucho.
Anoche estaba deseando llegar a Salamanca.

jueves, septiembre 20, 2007

Horas...

Me quedan horas para ver los Rabelos (barcos típicos).
Me quedan horas para ver el océano (Atlántico).
Me quedan horas para degustar el Oporto (típico).

Apetece, ciertamente. Lo importante es que mi mente vendrá cambiada.

miércoles, septiembre 19, 2007

Con un pie en Oporto

Como ya tenía intención de hacer unos días en verano y, por las circunstancias, no pude moverme, ahora, a unos días de que comiencen las clases y con una necesidad imperante de despejarme por todo lo ocurrido últimamente, aparte de que veré el mar... me voy a Oporto mañana por la noche. Ya tengo el billete y el hotel, así que no hay vuelta de hoja.
Veré la desembocadura del Duero y disfrutaré de ese vino dulce que da renombre a la ciudad (aparte de traerme alguna botella).
De Portugal solo conozco Lisboa y Coimbra, y tengo buenos recuerdos de ambas ciudades. Además los portugueses son buenos anfitriones, eso lo sé a ciencia cierta.

Siete crisantemos

Si alguna vez he dado más de lo que tengo, me han dado algunas veces más de lo que doy, se me ha olvidado ya el lugar de dónde vengo y puede que no exista el sitio adónde voy.
A las buenas costumbres nunca me he acostumbrado, del calor de la lumbre del hogar me aburrí, también en el infierno llueve sobre mojado, lo sé porque he pasado más de una noche allí.
En busca de las siete llaves del misterio, siete versos tristes para una canción, siete crisantemos en el cementerio, siete negros signos de interrogación.
En tiempos tan oscuros nacen falsos profetas y muchas golondrinas huyen de la ciudad, el asesino sabe más de amor que el poeta y el cielo cada vez está más lejos del mar.
Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adición; ayer quiso matarme la mujer de mi vida, apretaba el gatillo... cuando se despertó.
Con siete espinas de la flor del adulterio, siete carreteras delante de mí, siete crisantemos en el cementerio, siete veces no, siete veces sí.
Me enamoro de todo, me conformo con nada; un aroma, un abrazo, un pedazo de pan y lo que buenamente me den por la balada de la vida privada... de Fulano de Tal.
Siete crisantemos en el cementerio, siete despedidas en una estación. Siete crisantemos en el cementerio, siete cardenales en el corazón.

martes, septiembre 18, 2007

¿Por qué nos vuelve la fe?

Quizás el hecho de perder a mi tío me ha hecho agarrarme inesperadamente a algo.
Hacía siglos que no pisaba una iglesia y en celebraciones especiales prefería siempre quedarme en la puerta, alegando que no había sitio.
Sin embargo, necesito creer en algo, y si antes no practicaba ahora vuelve a mí una fe inaudita.
Tras el entierro comenzó la novena por el alma de mi tío y, estando en casa, tuve ocasión de ir dos días a misa. Ayer, con el viaje y todo (fui a la facultad a que me dieran cita para la matrícula) se me olvidó ver los horarios de la iglesia de San Pablo que está cerca de mi casa. A las 8 de la tarde me acerqué y un señor me dijo las horas.
Hoy he ido. Me ha extrañado que no pasen cepillo ni haya velas que encender. Me ha gustado la sencillez de la capilla y la voz calma del sacerdote. Seguiré acudiendo a misa, todas las tardes hasta que se cumplan los nueve días, y después ya veré. He salido con un sentimiento de paz inmenso, y a veces me han salido inevitablemente las lágrimas. Pero ahora me siento un poco mejor.

lunes, septiembre 17, 2007

No me digas adiós sino hasta luego

Una mirada atrás

Con inmensa pena por dejar a mis padres tal y como están, esta mañana he vuelto a Salamanca. Cuando pasaba con el autobús, los ojos se me han desviado irremediablemente hacia el horizonte, hacia el cementerio. Mentalmente me estaba despidiendo de mi tío, hasta que vuelva, que será dentro de poco.
Desde mi casa se ve el camposanto donde reposan en paz los restos de los difuntos. No hay un solo día que no me haya asomado y mirado hacia el ciprés grande, tras el cual se encuentra mi tío. Cuesta volver a la rutina, sabiendo que te falta alguien, que ya nada será igual...

domingo, septiembre 16, 2007

La vida sigue

A medida que van pasando los días se siente más el vacío. Cuando bajo al jardín es inevitable acercarse a la valla y mirar el cementerio. Ayer comenzaron los nueve días de misa por mi tío. Un pequeño temblor recorre mi espina dorsal cuando el sacerdote pronuncia su nombre.
A veces pienso que solo se trata de un mal sueño y que enseguida despertaremos y todo volverá a ser como antes. Pero sé que ya no volverán esos momentos, ni que escucharé reírse a mi tío. Pero siento su presencia muy cerca. Él sigue con nosotros.
Mañana me iré, volveré a recuperar la rutina, volveré con un hueco inmenso, un hueco que nada ni nadie podrá llenar, un agujero sin fondo que por mucho que intentara jamás se llenará, pues ese es el lugar que ocupa mi tío. De ahí salen los recuerdos, las sonrisas cuando le recuerdo, el dolor cuando le echo de menos, el concienciarse de que ya no está en cuerpo presente, aunque siento que sigue aquí.
Duele, duele este vacío. Un vacío diferente al choque emocional de cuando nos despedimos de él hace unos días. Ahora es el paso de los días, el día a día que nos hace evocar, cada rincón que mi tío ocupó, un detalle, un objeto... La huella que ha dejado en nuestro interior...
A medida que pase el tiempo intentaré hablar menos de él, pero que no hable de él ni exprese lo que pienso mediante palabras no quiere decir que no siga presente.

sábado, septiembre 15, 2007

Homenaje póstumo

Ayer recopilé todas las fotos que tenía de mi tío. Por la tarde estuve en su casa con mi madre. También cogí fotos de cuando era joven, esas fotos en blanco y negro que parecen sellos con los bordes espigados -por decirlo de alguna manera-. Me senté en el sofá donde le vi por última vez sonriendo. Y lloré, justo debajo de sus fotos y en su sofá, sentía su presencia en aquel salón que ayer estaba vacío.
Recogimos sus medicinas, que no eran pocas. Pero a la hora de recoger su ropa, mucha que se había comprado y no se había llegado a poner... yo no pude. Fue mi madre la que la recogió. Yo me echaría a llorar de nuevo porque recordaría momentos en que le vi con este traje o ese jersey, o cuando le traje camisetas de equipos alemanes de fútbol.
Cuando por las noches voy a la cama solo consigo dormir cuando pienso que él todavía sigue entre nosotros, ahora es él quien nos cuida desde arriba. Ayer le pedí que cuidara de mi padre, que está muy malito por su marcha.
Ayer también nos trajeron el libro de firmas y el tarjetero. Hubo tanta gente... Todos los días recuerdo el silencio que reinaba en la plaza cuando llegamos detrás del féretro, el dolor, el abrazo a mi padre en la iglesia, y cuando le eché una flor junto a puñados de tierra que tiraba la gente entre suspiros. Jamás olvidaré ese día, ese sentimiento profundo de pérdida, el ser consciente de que ya no le podremos ver.
Desde mi casa veo el cementerio, su nuevo hogar. Ahora miro hacia allí con un respeto profundo. Sé que él está mejor allá, donde Dios quiera que esté.
Cuando vuelva a Salamanca le haré un cuadro homenaje con fotos de su vida, un cuadro que le regalaré a mi padre con todo el cariño del mundo. No soy partidaria de llenar las paredes con fotos de los que se marchan. Pero un cuadro que recopile momentos felices me parece el mejor homenaje que le puedo hacer, sabiendo que a mi padre le gustará tener algo así.
Y bueno, la vida sigue. La huella que nos ha dejado mi tío es muy profunda, una huella que no se borrará nunca. Mantengo la esperanza de que sigue entre nosotros, y mientras siga pensando que él ahora vela con nosotros y que allí arriba se ha reunido con sus padres y está arropado, seré un poquito más feliz.

Los días pasan muy lentamente.

viernes, septiembre 14, 2007

Ilusión de vivir

Nunca le dijimos a mi tío la verdad, lo que ocurriría, ni que era inevitable. Mi padre sabía que si le contábamos el final le perderíamos en dos días. Y el hecho de no decírselo le hizo aguantar dignamente más de lo que esperábamos, familia y médicos.
A las 6 de la tarde del 12 de septiembre mi hermano y yo entrábamos en la sala donde le veríamos por última vez. Para mí fue un choque emocional. Antes de verle me derrumbé. El brazo protector de mi hermano me dio fuerzas. Todos estaban bastante enteros, mucho más que yo, pues le habían visto apagarse. Pero yo no, no me esperaba que se fuera tan pronto. Deseaba que pasara con nosotros un cumpleaños más, otro 20 de octubre. Ansiaba porque pasara con nosotros la próxima Navidad.
No pudo ser.

Daba la sensación de estar dormido, de que podría despertarse en cualquier momento, pese a saber que ya no lo haría nunca más. Con su traje impecable, y negro, mi tío estaba guapísimo. Rebosaba paz y tranquilidad. Estaba igual, solo que su corazón había dejado de latir. Fueron dos días de intensas emociones. Intenté ser fuerte, dar ánimos a mi padre.
Siempre recordaré los últimos instantes de ayer, antes de que lo trajeran al lugar donde ahora yace. Sé que está entre nosotros, que solo ha muerto su cuerpo, pero su alma sigue entre todos nosotros. A veces me da la sensación de que le escucharé subiendo las escaleras y poco después le daré un abrazo mientras le cuento qué tal todo. En mi mente le escucho reír, le escucho hablar, siento que está ahí, que en cualquier momento podría aparecer, aunque sé que no lo hará.
En todos los sitios hay un trozo de él que me trae recuerdos. Mis pensamientos en estos días están plenamente volcados en él.
Quería hacer un corral para pollos cuando se curara. Él jamás hubiera pensado que se iría tan pronto. En esa huerta que ahora lleva mi nombre (ojalá no lo llevara) se hará lo que él quería. Cumpliremos su deseo porque él lo quería así.
Miro el móvil, la agenda de teléfonos, sus números, como si aún le pudiera llamar.
¡Qué dolor! No puedo seguir.

miércoles, septiembre 12, 2007

Se ha ido...

Hace diez minutos he recibido una llamada de mi casa. Sabía lo que me dirían. Mi tío ha partido esta madrugada. Seguro que ha ido a un lugar mejor. A las 8 cogeré un tren a Logroño, al tanatorio. Necesito ser fuerte, pero era inevitable que me derrumbara. No puedo seguir.
No me hago a la idea, no me puedo imaginar que ya no podré contarle secretos, que ya no podré ver su eterna sonrisa. No concibo que ya no esté con nosotros. Su vida se ha apagado, como una vela.
Estoy muy nerviosa, no puedo hablar. Sabíamos que esto llegaría, pero es demasiado duro, demasiado cruel.

Descansa en paz, tío. Ya has dejado de sufrir. Saldré a la oscuridad de la noche para buscarte entre las estrellas. Sé que estarás allí, observándonos y luciendo esa vieja sonrisa, vieja y conocida sonrisa.

Soy de Barça. Yo, pero también mis hermanos y uno de mis primos. Desde pequeños mi tío Juli nos inculcó esa admiración por el equipo blaugrana y nunca hemos cambiado nuestros colores por ningún otro equipo. Con el paso del tiempo, a medida que crecimos, siempre fue el tío Juli el preferido entre todos los tíos, quizás fue por esa vitalidad, por esa energía, por esa fuerza. Deportista y soltero siempre aparentó menos edad que la que tenía. No puedo hacerme a la idea de que ese calor, esa integridad física yazcan ahora en una caja fría, que se hayan convertido en un cuerpo inerte. Sé que aunque su corazón haya dejado de latir el mío y los corazones de mi familia laten más fuerte, porque en el fondo sabemos que no se ha ido, que tiene su hueco en nuestros corazones, que está en nuestras mentes. No, no concibo que se vaya. Para mí siempre estará con nosotros, con ese vigor y con esa sonrisa eterna que lucía en incontables ocasiones.
Esto no es una despedida, no voy a decirle "adiós", porque algún día nos encontraremos allí arriba, con las estrellas. Hasta luego, tío. Te echaré mucho de menos.

martes, septiembre 11, 2007

Momentos de lucidez

Cartel colgado en una de las casetas
Entre el maremágnum de cosas que he intentado hacer sin éxito he creado un espacio dedicado a Alemania, un lugar para enriquecerse con otras costumbres y conocimientos. Se llama Deutschland.
Al final he conseguido dormir dos horas, incluso he comido. Estoy despejada porque, aún en pijama, me ha sonado el teléfono para que fuera a dar una vuelta por las casetas. Mis ojos parecen dos globos encarnados. No pensaba que había llorado tanto. Mis acompañantes me lo han notado y, por educación, han preferido no preguntar. Y aunque estaba ahí, junto a una clara y un pincho, mi mente estaba muy lejos. No sé cuántos días más podré soportar así. Nos hemos sentado junto a la casa de Unamuno, lejanos al ajetreo de la fiesta, viendo cerrar las últimas casetas.
Cuesta aceptar ciertas cosas, incluso cuesta creerlas. Son momentos. Ahora me siento algo más relajada, pero sé que en cualquier momento volverá a estallar el llanto, demasiado desgarrador para que yo pueda controlarlo.
Agradecimientos para todas aquellas personas que están ahí presentes, que me escuchan e intentan consolarme como buenamente pueden, y agradecimientos a todos aquellos que, pese a las circunstancias, son capaces de sonsacarme una sonrisa y consiguen que momentáneamente llegue a evadirme.
Con ciertas reservas, acepto lo que tenga que venir, acepto lo que hay. Porque no tengo otra opción. Empero... me cuesta.

lunes, septiembre 10, 2007

Quedan tantas cosas en el tintero...

He conseguido dormir dos horas. Al final el cuerpo pide reposo y tenía que caer. Y ahora, como un regalo divino, tengo a gente esperándome abajo para tomar algo en las casetas. No tengo ganas, pero no tengo alternativa. Me servirá para despejarme, aunque parece que me han pegado sendos puñetazos en los ojos.

Carta a J.

De alguna manera sé que mis palabras llegarán a ti. No me preguntes cómo, simplemente lo sé.
No sabes la culpabilidad que tengo por no estar allí a tu vera, porque no te veré partir. ¿Quién iba a decir, tío, que tú...? Te recuerdo tan fuerte, tan sano, tan enérgico, dedicando tus horas de ocio al fútbol y a la caza, tus aficiones, y tus horas de duro trabajo... ¿Quién iba a imaginar que la vida iba a dar este revés?
No quiero que te vayas, tío. Sé que alguien ahí arriba te tiende la mano para que le sigas. Pero ¿sabes? Aquí abajo también te queremos, y te necesitamos. ¿Sabes lo que será tu pérdida para mi padre, tu hermano? ¿El tremendo vacío que dejarás en todos nosotros? No puedes marcharte todavía, tío. Esto va a ser un duro golpe para todos.
No te imagino en esa cama de hospital. Mi madre me ha dicho que recuerde momentos felices del pasado, pero me estremece pensar en aquella alegría.
Siempre has luchado por todo, tío. Esta vez no pudo ser. ¿Qué va a ser de nosotros cuando vayamos a tu casa y solo tanteemos motas de polvo? ¿Te imaginas descubrir vacío el sillón donde te has sentado los últimos meses? Yo no.
Estoy desesperada, tío. Sé que si me vieras llorar como ahora me regañarías. Nunca te han gustado esos alardes de tristeza, así que no te gustaría verme así. Pero no puedo sonreír, esta vez no.
De todas formas, sé que no hay vuelta de hoja, que te estás preparando para ese viaje, que ya has comenzado a caminar hacia no sé dónde. No tengas miedo a cruzar el umbral. Irás a un lugar mejor. Que yo sé que cuando, en el futuro, te evoque en mis recuerdos es porque estarás cerca de mí.

Insomne

Llevo más de 24 horas sin dormir. Me resulta imposible pegar ojo. Ojalá pudiera pensar en algo más satisfactorio, ojalá pudiera evadirme hacia un mundo infinito. Pero no puedo. No puedo dormir, no puedo comer, no puedo leer, no puedo ver películas, no puedo estudiar... En mi cabeza solo hay hueco para una persona. Es como si se hubiera hecho eco de todo lo que me rodea, es como... es como si estuviera sintiendo, en cierto modo, el desenlace.
Nunca he perdido a nadie tan cercano como para sentir algo tan desbordante como esto.
No te vayas, tío, no te vayas...