
La primera vez que lloré por alguien tenía 19 años. Ya antes había llorado por otras cosas, pero nunca por amor pues hasta entonces no me había enamorado de verdad.
Gerardo es el único ex novio al que tengo cariño de verdad. Pues él tenía algo que no tenían los demás: su bondad. Le considero además el primer novio, a pesar de que antes salí con otros tanto que nunca me demostraron algo que mereciera la pena de ellos como para seguir con esa pantomima, así que enseguida me olvidé de todos.
Un día conocí a Gerardo. Tanto él como sus amigos nos llevaron a mis amigas y a mí a un pueblo en fiestas. Y alguno debía conocerme y conocer por tanto a mi padre pues en la comida dominical lo primero que se le ocurrió preguntar a mi padre fue: "Bueno, dime, ¿dónde estuvísteis ayer?". Sabía que si me preguntaba eso era porque alguien le había contado que no habíamos estado en el sitio donde él pensaba en principio que nos íbamos a quedar toda la noche.
Volví a ver a Gerardo varias veces más. Y un día nos liamos. Ahí empezó mi primera relación más o menos seria. Gerardo, como bien he comentado, era bueno, quizás demasiado bueno. Me trataba como una reina, era cariñoso y adorable, aparte de que estaba buenísimo y era guapo. Sólo algo le fallaba, pero a mí no me importaba. Tenía una nariz aguileña inmensamente grande, tanto que cuando le besaba a veces tenía que separarme de él, no podía mover mi cabeza con normalidad mientras nuestras lenguas se entrechocaban. Pero no me importaba.
Gerardo fue el primero que me enamoró de verdad. Me reía mucho con él. Me encantaba tocarle el pelo rubio, cosa extraña cuando siempre me he decantado más por los morenos. Él tenía algo especial... Era demasiado especial.
Pronto me di cuenta de algo. Gerardo no tenía personalidad, se dejaba llevar por sus amigos, tanto que cuando me reencontraba con él venía borracho como una cuba. Y los amigos me miraban y se encogían de hombros.
Recién sacado el carnet de conducir y sin haber tocado casi un coche, mi padre me permitió sacarlo por primera vez de noche. Me dijo que no saliera de la ciudad donde acostumbramos a ir de fiesta y me puso hora. No recordaba la última vez que me habían impuesto el toque de queda a la hora de volver a casa. Comprendí que mi padre no pegaría ojo en toda la noche hasta que no supiera que yo dormía en mi cama.
Ocurrió que fui al bar de un amigo de Gerardo y le pregunté si le había visto. Casi todos los bares estaban vacíos. Yo me había tomado dos copas, suficiente para que me diera positivo en un control de alcoholemia. Cuando me enteré del pueblo que estaba en fiestas y sabiendo que Gerardo estaba allí dudé. Una fuerza me impulsaba a coger el coche y marcharme hasta allí, la parte sensata de mi mente me susurraba y me alentaba a quedarme en esa ciudad semimuerta por las dos copas que llevaba encima, dos copas que no habían hecho mella en mí.
Le pregunté a Almudena si le apetecía quedarse o marcharse. Ella me comentó que prefería estar en el pueblo en fiestas, pero que era algo que tenía que decidir yo pues era la que llevaba el coche. Me encontré con Tamara, Laura y Esther, mis tres mejores amigas del colegio. Hacía mucho tiempo que no las veía. Cuando les conté mi duda respecto a marcharme o quedarme fueron las que me convencieron. Con ellas y Almudena llené el coche.
Nunca antes había estado en ese pueblo, ni había conducido sola (se entiende, sin el profesor de la autoescuela o sin mi padre) tantos kilómetros (de 25 a 30), ni siquiera sabía dónde estaba ese pueblo. Notaba algo pesado en el estómago. Tenía miedo que me parara la Guardia Civil. Sabía que ese pueblo tenía tres accesos. En dos había control de alcoholemia, pero mi buena estrella hizo que esa noche entrara por allí donde no estaban los guardias parando a todo el mundo.
A la hora de aparcar lo hice junto un hoyo negro que no vi mientras paraba en la parte alta del pueblo, y al salir y ver el parachoques encima de ese agujero negro pensaba que quizás tenía una estrella sobre mi cabeza.
La plaza del pueblo estaba abarrotada (me ha salido así pero si no recuerdo mal es una de las frases típicas de Martes y Trece). Cuando digo que estaba llena me quedo corta. Allí había demasiada gente. Todos los garajes de las casas estaban habilitados como barras temporales, cosa que no se ve a menudo en la Rioja Alta.
Encontrarme con Gerardo allí sería como buscar una aguja en un pajar, así que decidí pasármelo bien. Miraba la hora a cada poco rato pues quería volver a casa a la hora impuesta por mi padre, por lo menos para darle unas horas felices de sueño.
Me encontré con mi hermano y me preguntó cómo había llegado. Abrió los ojos inmensamente cuando le conté que había conducido hasta allí. Me encontré con la gente a la que suelo ver todos los viernes y sábados.
A las 4 nos empezamos a alejar de la plaza y fue ahí donde vi pasar a un amigo de Gerardo. Me empecé a reír pues el otro no estaría muy lejos. Y así fue. Empezaron a pasar delante de mí mientras me reía en alto. Y me vieron, claro. Gerardo me cogió. Nos besamos. Le dije que debía irme pues me habían puesto hora en casa.
Fue gracioso ver cómo los amigos de Gerardo hablaban con mis amigas y les decían: "Ellos que se vayan juntos y vosotras os venís con nosotros, aunque sólo tenemos un sitio en el coche".
No podía dejar a mis amigas, además el tiempo jugaba en mi contra. Me tenía que ir.
Y nos fuimos.
Llegué diez minutos más tarde a casa. Entré en la habitación de mis padres para dejarle en la cómoda las llaves del coche a mi padre y, como había supuesto, él no dormía. Le dije dónde había estado pero no me dijo nada, ni en ese momento ni al día siguiente.
Debió pensarlo y unos días después me dijo: "Muy valiente fuiste para ir a ese pueblo con el carnet recién sacado", pero no era una reprimenda sino que lo decía con orgullo.
El tiempo pasó. Me cansé de las borracheras de Gerardo, me di cuenta de que él prefería estar con sus amigos (yo también adoraba estar con mis amigas) y un día le dije que lo dejábamos porque no quería estar con nadie. Él me clavó la mirada, supongo que me tanteaba, pero aceptó mi decisión. Seguimos liándonos después, durante mucho tiempo.
Después de dejarlo, el arrepentimiento pudo conmigo. Sé que podía decirle de volver y volveríamos a estar juntos, pero no quise... por orgullo, supongo, porque me hubiera contradicho. Me tumbé en la cama y lloré durante horas por la estupidez que había hecho, porque me di cuenta de que le quería mucho.
Un doce de octubre, muchos años después, le llamé. No estaba en su casa. Su madre me preguntó qué Ana era y me saludó efusivamente cuando le hablé. Parece ser que la familia de Gerardo me conocía demasiado bien. En mi familia nadie le conocía.
Varias horas después volví a llamarle y por fin pude hablar con él. Hablamos de muchas cosas y me dijo que le iba bien, que se alegraba de la llamada y de que no se me hubiera olvidado su cumpleaños. Es cierto, siempre me acuerdo en todos los Pilares de él, aunque no tengo fotos con él no he olvidado los rasgos de su cara. Es posible que se haya echado otra novia y sea feliz. Ese doce de octubre fue la última vez que supe de él, pues nunca más volví a llamarle. Él nunca tuvo mi teléfono para hacerlo, además nunca estoy en casa, ni aunque lo encontrara en la guía telefónica sabría de mí.
Me gustaría volverle a ver. No sé cómo sería ese reencuentro, pero estoy segura de que me echaría una mirada picarona y me atraería como un imán. Quizás tenga una barriga incipiente y empiece a caérsele el pelo, pero la nariz seguirá en su sitio, y aunque sólo viera eso le reconocería a mil kilómetros de distancia.
Es triste cómo todo el mundo va y viene, pasa por nuestras vidas, y llega un día en que terminan desapareciendo casi por completo, por mucho que les queramos. Los recuerdos que tengo de Gerardo son sublimes, perfectos. Él era especial. Y el hecho de que la gente pase sin parar por nuestra vida y quizás terminen marchándose para siempre está en nuestras manos, pues podemos retenerlos si queremos. Yo podría haber seguido en contacto con Gerardo si hubiera querido. Pero algo me impulsó a no hacerlo. De lo que estoy segura es de que no quiero perder a más gente a la que quiero en accesos de ira o en un alarde de locura y orgullo.
Sí, va por ti, no quiero perderte y haré todo lo que esté en mi mano porque no se pierda ese contacto.