miércoles, febrero 04, 2015

Una semana


Hoy hace una semana que falleció mi tío. A medida que pasan los días ya puedo hablar del tema sin echarme a llorar. Es duro, la verdad. La pérdida de alguien es siempre dura. Sobre todo en el día a día.
Con lo que está nevando en las últimas horas he pensado en él, porque sé que a él le hubiera gustado ver la nieve. Le gustaba la nieve.
El dolor reaparece en muchos momentos del día. Hablo a menudo con mis primos y mi tía, con mi padre, y le recuerdo en cada situación, en lo que nos reíamos. Le recuerdo hace dos semanas, cuando me miró y yo no podía saber que no le vería más veces despierto. Recuerdo la intensidad de su mirada verde, la seguridad que había en ella, y esa despedida silenciosa. Cuando recuerdo ese instante entonces sí, entonces vuelvo a desmoronarme.
Hoy es miércoles, y cada miércoles iba a verle. A veces, sin pensar, me llega alguna idea de que tengo que ir al hospital y al minuto recuerdo que él ya no está, que no está en el hospital ni en ningún otro sitio. Son esas ráfagas de recuerdos que coletean por salir fuera. Es parte del dolor, es parte del día a día.
Me despierto varias veces por la noche, porque veo su imagen añorada y un estertor dentro de mí me informa que va a venir, entonces me despierto y comprendo que es tan sólo un suelo, que él ya no va a venir.
Es duro, sí. Hace veinte días, cuando aconteció la primera nevada -no tan intensa como la de hoy- grabé un vídeo y se lo envié a mi primo para que se lo enseñara. Sabía que le gustaría. A mi tío le gustaba la nieve, pero ya no está aquí para disfrutar de ella.

La imagen está hecha a las nueve de la mañana, cuando pasábamos por el puente sobre el río Oja, donde había nieve blanca en la superficie y hielo por debajo. Ahora parece que nieva menos. Miro por el cristal de la oficina y ha dejado de nevar. También veo el coche que tuve que dejar ayer aquí, con menos nieve que esta mañana, pero deseando poder llevarlo a casa y dejarlo a cubierto.

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