
Con diez Goyas en sus espaldas en el último certamen cinematográfico más importante de nuestro país, tenía ya ganas de ver "La isla mínima". Está bien, pero tampoco me ha parecido un fenómeno del cine. Sin embargo, sí me atrae el germen de esta historia llevada al cine, sobre todo porque hoy se publica un artículo de las fotografías en las que se basa la película junto a los fotogramas mismos.
Fotografía de Atín Aya, que recuerda a un fragmento de la película (cuando dos labradores encuentran los cuerpos de las niñas)
Atín Aya fue un fotógrafo que supo retratar en blanco y negro los años más sórdidos de la Transición. Andaluz de nacimiento, ahondó en las almas de la gente de las marismas, en los pobladores que superaban las calamidades de las zonas agrestes. El fotógrafo falleció en 2007 a los 52 años, dejando una impronta de la que surgiría la semilla de esta película.
Es septiembre del año 1980 en un pequeño pueblo de las marismas del Guadalquivir. Dos policías de la capital, Juan (Javier Gutiérrez) y Pedro (Raúl Arévalo), son destinados allí, a fin de descubrir el paradero de dos hermanas adolescentes de las que no se sabe nada desde el día de la feria. Allí se encuentran con unas personas muy cerradas, chocan con el caciquismo local, con una mentalidad que aún se inserta en el franquismo y le cuesta creer que el país se haya convertido en democrático de la noche a la mañana. Cuando descubren los cuerpos sin vida, mutilados y vejados, de las dos muchachas, los dos policías son instados por su superior para que resuelvan el caso antes de que comience la cosecha. Sólo tienen las pistas de un Dyane 6 y que no sólo estas muchachas, sino las desaparecidas en los años anteriores, conocen a Quini (Jesús Castro), el guaperas del pueblo. La madre de las víctimas, Rocío (Nerea Barros), cree que su marido Rodrigo (Antonio de la Torre) tiene algo que ver con el asesinato de sus hijas. Finalmente, las pistas les llevan a un coto que se alquila en las afueras del pueblo y a un lugar que se conoce como "la isla mínima".
Que Nerea Barros haya ganado un Goya por sus ¿diez minutos? de aparición resulta un tanto ilógico. Ahora bien, una de las cosas que me han gustado son las imágenes tomadas desde el aire. Es algo peculiar. En cuanto a la recreación de los años 80 está lograda.
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