Dos personas no discuten si una no quiere. En mi trabajo y en el día a día es algo que tengo muy presente. Hoy dos personas han discutido delante de mí. No he querido meterme. Creo que cuando dos personas discuten tienen que arreglar sus problemas entre ellas. Sin terceros.
Cuando empecé a trabajar como administradora de fincas, cuando aún no tenía tablas ni el título que me saqué un tiempo después, me llevaba los problemas a casa, los problemas ajenos se convertían en propios, así que muchas veces dormía poco y mal. Llegó un momento en que conseguí desvincular trabajo y vida personal. Y ahora, cuando sé de lo que hablo cuando explico algo, tras muchas reuniones a mis espaldas, sé que hablando se entiende la gente, y no por mucho que uno levante la voz más va a tener la razón. Lo que ocurre es que una comunidad de propietarios es como el lienzo de un museo, sujeto a tantas interpretaciones como personas vayan a verlo, y por tanto hay opiniones para todos los gustos. Lo complejo de mi día a día es encontrar el equilibrio, siendo consciente de que no siempre llueve a gusto de todos.
No es un trabajo agradecido, pero también es cierto que hay gente que viene deseando hablar contigo o buscándote para tomar un café. Ayer una persona con quien me llevo bien -aunque suelo llevarme bien con la mayor parte de las personas que entran en mi oficina- me gritó por teléfono y hoy ha venido exclusivamente a pedirme disculpas. Le he dicho que no importaba, y es que en realidad yo sabía que él vendría a hablar conmigo tarde o temprano.
Generalmente hago algunos favores que no me competen, como redactar cartas a algún organismo público, y esa persona me pide que le cobre, pero lo disfruto y nunca pido nada a cambio. Supongo que son pequeñas buenas obras a lo largo del día, pequeñas cosillas que nos hacen sentirnos satisfechos.
Y algunas personas me traen regalos por esas pequeñas acciones.
Nunca levanto la voz a nadie. Nunca. Con el paso de los años he aprendido a tener paciencia. Y tengo que mediar a veces entre las personas que están conmigo en la oficina.
Podría escribir un libro con las cosas que ocurren a veces en la oficina.
Sí que recuerdo con cariño una anécdota que no tiene nada que ver con el trabajo, aunque empezó ahí. Una tarde entró un niño por la puerta. Cuando digo que era un niño no es algo real, porque es un joven con mentalidad de niño. Entonces me encontraba yo sola y le pregunté si deseaba algo. Me dijo que le atara los cordones de la zapatilla. Inmediatamente comprendí que ese muchacho tenía algún tipo de retraso. Cuando le até el cordón, le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Guillermo. Desde entonces, siempre le saludo. Me resultaba extraño que estuviera solo, pero lo cierto es que el joven vive muy cerca.
En marzo de 2013 estaba preparando un viaje a Milán cuando me encontré con Guillermo. Llevaba la camiseta blaugrana y me dijo que se iba a ver al Barça, que jugaba con uno de los dos equipos de Milán (no recuerdo cuál). Le dije que yo marchaba a esa ciudad en unos días y le pregunté si quería que le trajera la camiseta del Inter de Milán. Me dijo que sí, pero que me tenía que apuntar la talla, para lo cual fue a buscar a su madre para que le dejara un bolígrafo y una libreta. Su madre se acercó y me dijo lo que le había dicho su hijo y que pagaría la camiseta. Le dije que no, que sería un regalo.
Como habitualmente suelo traerle una camiseta de fútbol a mi hermano pequeño, no era algo que me supusiera mucho esfuerzo: en vez de una traería dos. Y me sentí genial cuando recorría el subsuelo de Milán buscando el metro que me llevaría al hotel con una bolsa de papel de una tienda de deportes y en su interior... ¡las dos camisetas!
Cuando regresé a casa aún estuve unas semanas sin ver a Guillermo, pero en la oficina tenía en una bolsa de papel con palabras italianas la camiseta para mi amigo. Hasta que un día le vi y le invité a entrar. El joven no cabía en sí de gozo. Me sentí hechizada con su sonrisa de oreja a oreja.
Unos días después una señora vino a la oficina preguntando por mí: era su madre. Me traía un regalo. Me explicó que habitualmente la gente no trata bien a su hijo y que yo era una de esas pocas personas que, desde el principio, le traté amablemente, que casi nadie tenía detalles como el que yo había tenido con él.
Aquel día lo tengo muy presente. Y por eso intento sonreír día a día, ayudar sin pedir nada a cambio y evitar discusiones que, al final, no llevan a ningún sitio. Nos pasamos media vida discutiendo y ¿para qué?
Haz bien y no mires a quién. No soy muy religiosa, por lo que esto no se fundamenta en una base religiosa. Es algo así como sentirse bien uno consigo mismo.
Desde hace varios años, no me traigo el peso de los problemas ajenos a casa. Ahora, cuando me quede dormida leyendo, dormiré de un tirón hasta mañana, sin que nada venga a perturbar mi sueño.
Cuando regresé a casa aún estuve unas semanas sin ver a Guillermo, pero en la oficina tenía en una bolsa de papel con palabras italianas la camiseta para mi amigo. Hasta que un día le vi y le invité a entrar. El joven no cabía en sí de gozo. Me sentí hechizada con su sonrisa de oreja a oreja.
Unos días después una señora vino a la oficina preguntando por mí: era su madre. Me traía un regalo. Me explicó que habitualmente la gente no trata bien a su hijo y que yo era una de esas pocas personas que, desde el principio, le traté amablemente, que casi nadie tenía detalles como el que yo había tenido con él.
Aquel día lo tengo muy presente. Y por eso intento sonreír día a día, ayudar sin pedir nada a cambio y evitar discusiones que, al final, no llevan a ningún sitio. Nos pasamos media vida discutiendo y ¿para qué?
Haz bien y no mires a quién. No soy muy religiosa, por lo que esto no se fundamenta en una base religiosa. Es algo así como sentirse bien uno consigo mismo.
Desde hace varios años, no me traigo el peso de los problemas ajenos a casa. Ahora, cuando me quede dormida leyendo, dormiré de un tirón hasta mañana, sin que nada venga a perturbar mi sueño.

2 comentarios:
Gracias por compartir estas experiencias.
Salu2, K.
A veces llego tan cansada que no me apetece ni encender el ordenador, pero otras veces, como ayer, me da por escribir. Y es que me gusta más escribir que leer, que lo sepas ;)
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