Hace una semana estaba a casi 30º y hoy ha empezado a llover sin parar. Me gusta el otoño, los colores y olores de esta época, las lluvias de época, pisar las hojas de los árboles. Y, como mi sobrina hacía ayer con sus botas nuevas de agua, adoro saltar en los charcos, aunque me moje por completo.
Hay algo especial en el otoño, algo de melancolía y algo de nostalgia, pero también hay algo especial en la lluvia. Pese a que el día esté más gris en Ezcaray, se agradece esa sensación de frescor en el ambiente.
Adoro llegar a casa y ponerme el pijama mientras llueve fuera para, después, coger un libro y leer sin parar hasta que otras actividades interrumpan obligatoriamente mi lectura.
El año pasado solía ir al parque que tengo en casa, que en verano está siempre lleno de niños y en invierno se encuentra desolado y vacío, iba con el pequeño Yogui (¡a saber dónde andará desde el mes de marzo!) y me dejaba acariciar por las suaves brisas otoñales. Eso cuando no llovía. Cuando llovía, solía ponerme un chubasquero y unas botas de agua y llevaba al perro a dar una vuelta, lo que conllevaba que después tenía que darle un baño.
Echo de menos al perrito. Es inevitable. En esta época de añoranza, el perrito siempre lloraba a las siete de la tarde porque quería salir a la calle...

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