jueves, octubre 02, 2014

Gente vulgar

Habitualmente me obligo a no fiarme de las primeras impresiones de la gente cuando son completamente desconocidos. Tampoco creo que haya gente que sea íntegramente vulgar, sino que vulgares son las acciones y/o conversaciones.
Estos días suelo cenar en un restaurante italiano junto al hotel, donde se come estupendamente. Si no fuera así no hubiera repetido. El caso es que excepto dos o tres camareros españoles, todos son italianos, y nos traen su comida, que en verdad está deliciosa.
A mi lado se han sentado un matrimonio anglosajón y su hija, con el perro. El perro se llamaba Bambi y tenía una correa rosa chicle. El hombre se parecía al padre de Milhouse de los Simpson y daba la sensación de ser un calzonazos. No ha abierto la boca en toda la cena y, desde mi punto de vista, le tenía que haber parado los pies a su esposa. La hija, treintañera, vestía como una chony, con una camiseta estampada que parecía de mercadillo, el pelo rubio con las raíces hasta las orejas y la raya de los ojos, mal delineada, que parecía querer imitar a Cleopatra. Pero la más significativa era la señora, como si fuera una chony pasada de moda, rubia teñida con calvas, mala jeta toda la cena, con un vestido rosa ajustado, que también parecía sacado del mercadillo. Ella ya ha empezado a llamar la atención cuando le han sacado una patata asada en papel de aluminio (yo creo que quería una papa arrugada típica de aquí). La señora la ha abierto y ha llamado al camarero para que la volvieran a pasar por el horno. No conforme con eso y como no se la ha terminado, ha pedido llevársela, así que se lo han puesto en un tapper como los que ponen en las hamburgueserias. Con mala leche, ha abierto el tapper, ha cogido la patata en aluminio y la ha metido en la bolsa, dejando el taller abierto y con su mala jeta. Cuando les han traído la cuenta se ha escandalizado por pagar 87 euros, que habiendo comido tres personas, dos platos cada una y un postre... no era para echarse las manos a la cabeza. Me han dado ganas de decirle: "Señora, si no sabe salir de casa quédese en su casa". Me ha parecido una grandísima maleducada. Estoy convencida de que esa señora la lía allí donde va, con el silencio cómplice del marido y la hija mirando las musarañas. Lo que hay que ver y escuchar...
Por cierto, esa señora tenía más cuento que calleja. En ese restaurante se cena de una manera exquisita.

No hay comentarios: