Los días que llueve un sinnúmero de africanos se encuentran vendiendo paraguas a la entrada de la Estación Central. Los que no llueve venden pulseras de hilos con los colores de Bob Marley. Llegan a ponerse pesados, aunque son inofensivos. El truco es no tener contacto visual con ellos.
Esta ciudad está plagada de inmigrantes. Y eso que estoy acostumbrada a verlos en Madrid o me llamaron la atención en Lisboa. Pero aquí es como si se concentraran en sitios puntuales como estaciones o lugares turísticos.
Aunque el peor momento ha venido de la mano de un italiano. Acababa de llegar a los canales que se encuentran al sur, estaba lloviendo sin parar y he decidido tomar un café en la calle resguardada por un toldo gigante. Entonces le he visto mirar en mi dirección, una vez, dos veces, y he visto cómo se abría paso para sentarse a mi lado, acercarse y pedirme fuego. Es lo primero que ha pedido, después ha sido el Facebook, el número de teléfono y que quedáramos después para ir a tomar algo. Conductor de metro con vacaciones hasta el martes... 'Tengo ragazzo' le he dicho, pero ni aun así declinaba la invitación. Tendría más o menos mi edad. En cierto momento le he dicho 'arrivederci' y me he marchado bajo la lluvia.
Ese es el descaro italiano y no se lo reprocho, en Roma ocurrió algo parecido junto al Tíber. Y el último que me pidió el teléfono fue el taxista de Doha. Lo malo es que no vale con que digas que no una vez, sino que has de emular al Santo Pedro por lo menos, dejando bien claro que la negativa es firme.
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