Hoy el carpintero me ha traído un tablero e inmediatamente me he puesto con el puzzle. Hace siglos que no hago uno, y me relaja estar unos minutos delante de las piezas, probando y observando, a veces incluso llego a perder la noción del tiempo.
Uno de los puzzles que hice en el pasado que recuerdo con especial cariño es el de dos caballos paciendo en un campo de hierba. Era de mil piezas y resultó algo complicado. El que más me gustó fue la réplica de la Capilla Sixtina.
Lo que más disfruto al hacer un puzzle no es terminarlo ni llegar al final, sino el momento, porque cuando lo término vuelvo a desear empezar otro. El disfrute es el camino en sí.
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