A la hora de comer hacía un sol de primavera. En el café me han dicho que iba a llover. Yo esperaba que no, ni siquiera me lo creía.
Después de llevar varias horas centrada, tan centrada que ni siquiera había escuchado el lento y constante goteo contra el cristal, al levantar la vista he visto -quizás con un poco de horror- que el día estaba gris y que llueve sin cesar.
La lluvia me gusta en esta época. Aunque me produce nostalgia -y quizás por eso mismo- suele entrarme un ansia terrible por escribir.
En una hora iré a ver a la pequeña princesa. Llevo dos semanas sin verla, pese a que me han enviado fotos, pero no es lo mismo. Le he traído de Lanzarote una muñeca de trapo más grande que ella y que ríe de una manera estruendosa. Quizás le dé miedo.
Ayer la pequeña princesa cumplió tres meses y está hermosa. ¡Qué voy a decir yo, que soy su tía y no tengo más sobrinas!
La lluvia me gusta en esta época. Aunque me produce nostalgia -y quizás por eso mismo- suele entrarme un ansia terrible por escribir.
En una hora iré a ver a la pequeña princesa. Llevo dos semanas sin verla, pese a que me han enviado fotos, pero no es lo mismo. Le he traído de Lanzarote una muñeca de trapo más grande que ella y que ríe de una manera estruendosa. Quizás le dé miedo.
Ayer la pequeña princesa cumplió tres meses y está hermosa. ¡Qué voy a decir yo, que soy su tía y no tengo más sobrinas!
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