Hay algo de místico en ese momento en que comprendo que él está tan cerca. Decepción si soy consciente de que no está. Hoy... ha sido diferente. Caminaba hacia el coche y mi corazón se encontraba en un puño. Si me lo hubiera encontrado, seguramente le hubiera dicho que nos fuéramos a tomar algo. Tengo ganas de él. Tengo ganas de nadar en las profundidades de esa mirada perfecta. Ansío escuchar su voz... Hoy podría haberle llamado, pero no lo he hecho. Ahora que puedo hablar siempre que quiera con él siento que si esto ocurre a menudo, o si le veo a menudo, parte de la magia desaparece. Así que esta tarde, aunque me moría de ganas por tomar algo con él, por volver a aparcar, por dibujarle un corazón en la luna de su coche... también he pensado que es mejor que no nos veamos tanto.
También he reprimido esa vocecita interior que me decía que le escribiera, que hace mucho tiempo que no lo hago. No sé. Me llevaré el portátil en mis vacaciones. Le escribiré, seguramente. Sólo que escribirle y que lo reciba y escribirle y que nunca lleguen mis palabras a él son dos cosas diferentes. Esta vez debería decirle algo. Debería decirle que se venga conmigo. Lo de navegar con él me pone los dientes largos... Nos terminaríamos hundiendo: él perdería el control del barco.
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