Estaba mirando las estrellas. Me siento arropada por un sinfín de estrellas que me reconfortan. Y hoy he vuelto a recordar las palabras de aquellos versos de Sabina: "Cuando al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos...".
Ya no siento lo que sentía. Puedo intentar alargarlo más, pero ya no servirá de nada. El amor es finito y el mío ha desaparecido, entre brumas de recuerdos y sueños, persiguiendo una minúscula esperanza que no tenía razón de ser. Esperaba algo más de él, y eso no llegó.
En las últimas semanas he vivido muchos días en la penumbra, sentía muchas noches las lágrimas aciagas del vacío, de ese tren que ya pasó. La última oportunidad.
Ya no siento la pasión. Creo que me he desenamorado. Y he perdido el interés. Algo se ha perdido definitivamente en las últimas semanas. Aún le sigo queriendo muchísimo, pero ya no le quiero como le quise.
Me pregunto qué hará él cuando descubra que mi corazón ya no late por él, que ya no anhelo tocarle ese rostro que tanto amé, que ya no me interesan sus palabras, su voz ni sus historias, que ya no quiero absorber toda su sabiduría.
Y hasta me cuesta levantar el teléfono para hablar con él...
¿Qué ha cambiado...? Ni siquiera yo lo sé. De repente ya no siento, y ser consciente de ello en toda su magnitud, con toda la certeza, me hace estremecer. Es el sabor del vacío. Increíblemente arduo y cruel. Y, curiosamente, ese vacío no lo siento con toda la intensidad que debería sentirlo. Esa es una de las razones que me hacen redescubrir que el amor se ha apagado.
A veces siento algo de tristeza. Por todo lo que fue, por todo lo que no será... Ya da igual. No hay vuelta atrás. Desde mi punto de vista es un tren que ya pasó. Tendré que decírselo. Y eso no se me va a dar bien.
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