
Londres, 1817. Las ejecuciones mediante la horca están a la orden del día para asesinos, violadores, ladrones y otros maleantes. Pero la cruda realidad es que al menos uno de cada tres ahorcados era inocente. Se buscaba un culpable para que no cundiera el pánico en la población o los aristócratas sobornaban mediante muchas formas para no ser condenados al patíbulo.
Como cualquier libro de Cornwell que me he leído antes no tengo palabras para calificarlo pues se lee de un tirón desde el principio al final. De él me leí la trilogía sobre el rey Arturo, otro libro sobre la Prehistoria que comenté aquí hace unos meses y que hablaba sobre la construcción de Stonehenge y donde el autor intentaba explicar a qué creencias podía deberse la imposición de esos monolitos en medio de ninguna parte, tal y como se pueden ver hoy. Si hay una parte de la Historia que no me agrada tanto como otras épocas ése es el siglo XIX, una época de inmensos cambios hacia la modernidad y una época donde el hombre toca fondo, donde grandes filósofos descubren que "el hombre es un lobo para el hombre" y donde se perpetúan las ideas de filósofos anteriores que decían que "el hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad le corrompe". Quizás viviendo en aquel siglo podría pensarse así. Este libro viene a demostrar una de las múltiples injusticias de aquella sociedad.
Comienza y termina con un hecho que pone la piel de gallina. Narrado de dos formas diferentes y sin embargo con grandes semejanzas tanto al principio como al final, Cornwell nos relata casi a la perfección cómo era un ahorcamiento público en el siglo XIX: desde el momento en que los prisioneros condenados a muerte están en la prisión de Newgate y son conducidos por unos pasillos malolientes (tal debían ser las condiciones higiénicas de la cárcel de Londres entonces, y no sólo habla de higiene sino que muchos de los ahorcados eran enterrados bajo las losas de la prisión entre sacos de cal para que se desintegraran antes) hasta la Sala de Reuniones, donde la gente influyente se reunía, previa cita con el alcaide, para ver el ahorcamiento en primera fila. Allí es cuando llega el verdugo y, después de quitarles los grilletes, ata a los prisioneros, primero por los codos en la espalda y después por las muñecas en la parte de delante. No imagino la de huesos que deben de romperse para hacer eso, ni me quiero imaginar el dolor y los mareos que debe conllevar tal acción. De ahí los prisioneros son llevados hasta el patíbulo, que estaba ubicado en Whitehall. Allí se había congregado una multitud de gente que abucheaba a los condenados. Los días que se ahorcaba una mujer o alguien influyente o famoso había más gente de lo habitual, aunque por lo general los que iban a morir con la soga al cuello eran personas de los bajos fondos de la sociedad, que no tenían ningún conocido que pudiera echarles una mano para que les pudieran indultar.
Rider Sandman es un jugador ocasional de criquet que acaba de quedarse sin trabajo, fue antiguo soldado contra las tropas napoleónicas, en donde llegó a ser capitán (rango que le abre muchas puertas en el Londres del siglo XIX) y siempre encuentra a alguien que le recuerda las viejas glorias tanto en España como en Waterloo. El padre de su prometida acaba de romper el compromiso porque la familia de Sandman está arruinada, muy a su pesar, pues el rico banquero sabe que su hija está enamorada del capitán y si fuera por él la boda seguiría adelante. Pero su mujer ha buscado la excusa perfecta para que no se lleve a cabo ese matrimonio, pues lo único que le importa es la posición y el dinero.
Sandman es llamado por el secretario de Estado para que sea investigador temporal sobre un futuro condenado, el pintor Charles Corday. La señora Corday es la costurera de la Reina, a quien ha pedido clemencia, y Su Alteza ha solicitado que se revise el caso del joven Corday.
Sandman va a la prisión de Newgate. Allí descubre que el pintor es sodomita y cree que le miente. Pero a lo largo del libro se da cuenta de que hay una sociedad secreta y, por más ende, ilegal cuyos miembros estaban siendo chantajeados por la condesa de Avebury, la que ha sido asesinada, presuntamente por Corday.
El Club de los Serafines es un selecto grupo de jóvenes aristócratas y adinerados que cometen actos de dudosa reputación. El mayordomo, un antiguo sargento que también combatió contra las tropas de Napoleón, se pasa al bando de Sandman, ya no por camaradería soldadesca sino por una mujer que convive en la misma posada donde el capitán tiene alquilada una habitación de mala muerte. Se convertirá en una especie de guardaespaldas para Sandman.
Al final encuentran a la única criada que sabe con certeza lo que ocurrió en la mansión de los Avebury y, aunque parece que el asesinato era otra fechoría más de uno de los Serafines, intentando que se ocultara, pronto descubrirá Sandman que el asesino estaba más cerca a la condesa de lo que nadie se imaginaba, un mezquino hijastro que también cayó en las redes de seducción de la esposa de su padre.
Justo en el momento en que las piernas de Corday quedan en el aire llega Sandman a Whitehall gritando que corten la cuerda, que él trae el indulto para el que está siendo ajusticiado erróneamente.
Como cualquier libro de Cornwell que me he leído antes no tengo palabras para calificarlo pues se lee de un tirón desde el principio al final. De él me leí la trilogía sobre el rey Arturo, otro libro sobre la Prehistoria que comenté aquí hace unos meses y que hablaba sobre la construcción de Stonehenge y donde el autor intentaba explicar a qué creencias podía deberse la imposición de esos monolitos en medio de ninguna parte, tal y como se pueden ver hoy. Si hay una parte de la Historia que no me agrada tanto como otras épocas ése es el siglo XIX, una época de inmensos cambios hacia la modernidad y una época donde el hombre toca fondo, donde grandes filósofos descubren que "el hombre es un lobo para el hombre" y donde se perpetúan las ideas de filósofos anteriores que decían que "el hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad le corrompe". Quizás viviendo en aquel siglo podría pensarse así. Este libro viene a demostrar una de las múltiples injusticias de aquella sociedad.
Comienza y termina con un hecho que pone la piel de gallina. Narrado de dos formas diferentes y sin embargo con grandes semejanzas tanto al principio como al final, Cornwell nos relata casi a la perfección cómo era un ahorcamiento público en el siglo XIX: desde el momento en que los prisioneros condenados a muerte están en la prisión de Newgate y son conducidos por unos pasillos malolientes (tal debían ser las condiciones higiénicas de la cárcel de Londres entonces, y no sólo habla de higiene sino que muchos de los ahorcados eran enterrados bajo las losas de la prisión entre sacos de cal para que se desintegraran antes) hasta la Sala de Reuniones, donde la gente influyente se reunía, previa cita con el alcaide, para ver el ahorcamiento en primera fila. Allí es cuando llega el verdugo y, después de quitarles los grilletes, ata a los prisioneros, primero por los codos en la espalda y después por las muñecas en la parte de delante. No imagino la de huesos que deben de romperse para hacer eso, ni me quiero imaginar el dolor y los mareos que debe conllevar tal acción. De ahí los prisioneros son llevados hasta el patíbulo, que estaba ubicado en Whitehall. Allí se había congregado una multitud de gente que abucheaba a los condenados. Los días que se ahorcaba una mujer o alguien influyente o famoso había más gente de lo habitual, aunque por lo general los que iban a morir con la soga al cuello eran personas de los bajos fondos de la sociedad, que no tenían ningún conocido que pudiera echarles una mano para que les pudieran indultar.
Rider Sandman es un jugador ocasional de criquet que acaba de quedarse sin trabajo, fue antiguo soldado contra las tropas napoleónicas, en donde llegó a ser capitán (rango que le abre muchas puertas en el Londres del siglo XIX) y siempre encuentra a alguien que le recuerda las viejas glorias tanto en España como en Waterloo. El padre de su prometida acaba de romper el compromiso porque la familia de Sandman está arruinada, muy a su pesar, pues el rico banquero sabe que su hija está enamorada del capitán y si fuera por él la boda seguiría adelante. Pero su mujer ha buscado la excusa perfecta para que no se lleve a cabo ese matrimonio, pues lo único que le importa es la posición y el dinero.
Sandman es llamado por el secretario de Estado para que sea investigador temporal sobre un futuro condenado, el pintor Charles Corday. La señora Corday es la costurera de la Reina, a quien ha pedido clemencia, y Su Alteza ha solicitado que se revise el caso del joven Corday.
Sandman va a la prisión de Newgate. Allí descubre que el pintor es sodomita y cree que le miente. Pero a lo largo del libro se da cuenta de que hay una sociedad secreta y, por más ende, ilegal cuyos miembros estaban siendo chantajeados por la condesa de Avebury, la que ha sido asesinada, presuntamente por Corday.
El Club de los Serafines es un selecto grupo de jóvenes aristócratas y adinerados que cometen actos de dudosa reputación. El mayordomo, un antiguo sargento que también combatió contra las tropas de Napoleón, se pasa al bando de Sandman, ya no por camaradería soldadesca sino por una mujer que convive en la misma posada donde el capitán tiene alquilada una habitación de mala muerte. Se convertirá en una especie de guardaespaldas para Sandman.
Al final encuentran a la única criada que sabe con certeza lo que ocurrió en la mansión de los Avebury y, aunque parece que el asesinato era otra fechoría más de uno de los Serafines, intentando que se ocultara, pronto descubrirá Sandman que el asesino estaba más cerca a la condesa de lo que nadie se imaginaba, un mezquino hijastro que también cayó en las redes de seducción de la esposa de su padre.
Justo en el momento en que las piernas de Corday quedan en el aire llega Sandman a Whitehall gritando que corten la cuerda, que él trae el indulto para el que está siendo ajusticiado erróneamente.

Individuos del siglo XIX frente a una de las puertas de la prisión de Newgate.

La prisión de Newgate.

En el siglo XIX, el patíbulo estaba formado por las vigas y un escenario con una trampilla. Cuando las campanas de letanía dejaban de sonar en el aire de Londres, el verdugo retiraba la trampilla y los ejecutados no tenían dónde apoyar los pies, así que empezaban a convulsionarse hasta que al final encontraban la muerte. La manera de tambalearse en el aire era conocido popularmente como "baile de Morris", por su parecido a la verdadera danza de Morris, donde los bailarines, dotados de cascabeles, movían todas las partes de su cuerpo que podían haciendo que los diminutos instrumentos sonaran al ritmo de sus movimientos.


The Marble Arch, Londres.
Las primeras ejecuciones de la capital inglesa tenían lugar en un lugar llamado Tyburn, "el árbol triple", que es lo que actualmente es el Marble Arch, junto a Hyde Park. Después se trasladaron a Old Bailey porque se encontraba más cerca de Newgate.
Las primeras ejecuciones de la capital inglesa tenían lugar en un lugar llamado Tyburn, "el árbol triple", que es lo que actualmente es el Marble Arch, junto a Hyde Park. Después se trasladaron a Old Bailey porque se encontraba más cerca de Newgate.


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