
Siempre me ha apasionado todo lo que tiene que ver con Egipto, pero no el país del siglo XX, sino su civilización perdida. Me encantaría viajar allí y ver todos esos monumentos tan magníficos, y no sólo las famosas pirámides, sino Luxor, Tebas, el Valle de los Reyes... Y es que visitar una tumba en Egipto no es lo mismo que visitar un cementerio occidental, pues ellos creían en la inmortalidad, una vida mejor después de la muerte, por eso creaban auténticos museos antes de su viaje final.
Es así que siempre que veo un libro que pueda ampliar mis conocimientos sobre las antiguas dinastías egipcias lo tengo en mis manos y en la cabecera de mi mesilla, donde devoro todo lo que cuenta. Generalmente son novelas históricas, siempre basadas en un hecho acontecido en el pasado y rodeadas de un relato ficticio.
El egiptólogo es una novela histórica. La calificaría de novela epistolar por la profusión de cartas que contiene, así como extensos trozos de diarios, dirigidos a una persona que está al otro lado. Poco hay de narración y descripción. Toda la historia la conocemos a través de los propios protagonistas.
Casi toda la acción transcurre en 1922, año en que Howard Carter descubrió la tumba de Tutankamon. Y este es el hecho real de la novela, aunque tratado como un hecho secundario. Por supuesto lo he comprobado porque yo no sabía quién fue el descubridor de la tumba del gran faraón, una tumba fastuosa de tesoros e intacta.
Davies es un enriquecido cervecero inglés que, a punto de morir, contrata una agencia de detectives de índole internacional para que encuentren por todo el mundo a sus hijos bastardos, pues quiere darles su parte de herencia, como recompensa al carácter paterno del que siempre carecieron.
Ferrell es un detective australiano que recibe el encargo de encontrar a Paul Caldwell, uno de los hijos ilegítimos del lord inglés. Sigue su pista entre una familia empobrecida de Sidney, entre la biblioteca donde el joven Paul aprendió cosas sobre Egipto, descubre la familia del circo con la que vivió un tiempo y sigue su rastro hasta la guerra, donde sirvió en el país árabe.

Ralph Trillipush es un egiptólogo que cree en la existencia de un antiguo rey egipcio, Atum-Hadu (Atum-está-excitado), y necesita financiar su expedición para descubrir la tumba a partir de los lugares donde se descubrieron fragmentos de sus Consejos (poesía erótica que el propio rey escribía). Mientras está en Boston dando una conferencia descubre en las primeras filas a una joven que se está quedando dormida. Es la heredera Margaret Finneran, con la que termina prometiéndose. Conoce a su padre, un acaudalado hombre de negocios que decide poner su dinero y el de sus socios para financiar la expedición. Así que Trillipush marcha hacia Egipto respaldado por el dinero de su futuro suegro.
Allí conoce a Carter, que será de gran ayuda en un principio, y ve toda la pompa que conlleva el descubrimiento de la tumba de Tutankamon.
Ferrell sigue la pista de Paul Caldwell y llega a Boston. Se enamora de Margaret y le cuenta falsas historias sobre su prometido. Llena la cabeza de Chester Finneran de cuentos para que no le mande dinero a Trillipush. Y así es como el egiptólogo sobrevive casi sin dinero en Egipto. Pero descubre la tumba. Finneran rompe el compromiso y se dirige a Egipto, donde hace las paces con su yerno, al que termina ayudando a dar conservantes a las pinturas de Atum-hadu, un presunto faraón que creó el mismo su propia tumba. El detective les sigue los pasos, increpando a Trillipush y acusándole de haber asesinado a Paul Caldwell. Trillipush se ríe en su cara, haciéndole ver que está equivocado.
Al final desaparecen misteriosamente Ralph Trillipush y Chester Finneran, creyendo que han sido asesinados por un nativo, en busca de tesoros en la tumba de Atum-hadu, que tenía más valor arqueológico e histórico que económico.
Da pie a la posibilidad de una segunda parte.
Es así que siempre que veo un libro que pueda ampliar mis conocimientos sobre las antiguas dinastías egipcias lo tengo en mis manos y en la cabecera de mi mesilla, donde devoro todo lo que cuenta. Generalmente son novelas históricas, siempre basadas en un hecho acontecido en el pasado y rodeadas de un relato ficticio.
El egiptólogo es una novela histórica. La calificaría de novela epistolar por la profusión de cartas que contiene, así como extensos trozos de diarios, dirigidos a una persona que está al otro lado. Poco hay de narración y descripción. Toda la historia la conocemos a través de los propios protagonistas.
Casi toda la acción transcurre en 1922, año en que Howard Carter descubrió la tumba de Tutankamon. Y este es el hecho real de la novela, aunque tratado como un hecho secundario. Por supuesto lo he comprobado porque yo no sabía quién fue el descubridor de la tumba del gran faraón, una tumba fastuosa de tesoros e intacta.
Davies es un enriquecido cervecero inglés que, a punto de morir, contrata una agencia de detectives de índole internacional para que encuentren por todo el mundo a sus hijos bastardos, pues quiere darles su parte de herencia, como recompensa al carácter paterno del que siempre carecieron.
Ferrell es un detective australiano que recibe el encargo de encontrar a Paul Caldwell, uno de los hijos ilegítimos del lord inglés. Sigue su pista entre una familia empobrecida de Sidney, entre la biblioteca donde el joven Paul aprendió cosas sobre Egipto, descubre la familia del circo con la que vivió un tiempo y sigue su rastro hasta la guerra, donde sirvió en el país árabe.

Ralph Trillipush es un egiptólogo que cree en la existencia de un antiguo rey egipcio, Atum-Hadu (Atum-está-excitado), y necesita financiar su expedición para descubrir la tumba a partir de los lugares donde se descubrieron fragmentos de sus Consejos (poesía erótica que el propio rey escribía). Mientras está en Boston dando una conferencia descubre en las primeras filas a una joven que se está quedando dormida. Es la heredera Margaret Finneran, con la que termina prometiéndose. Conoce a su padre, un acaudalado hombre de negocios que decide poner su dinero y el de sus socios para financiar la expedición. Así que Trillipush marcha hacia Egipto respaldado por el dinero de su futuro suegro.
Allí conoce a Carter, que será de gran ayuda en un principio, y ve toda la pompa que conlleva el descubrimiento de la tumba de Tutankamon.
Ferrell sigue la pista de Paul Caldwell y llega a Boston. Se enamora de Margaret y le cuenta falsas historias sobre su prometido. Llena la cabeza de Chester Finneran de cuentos para que no le mande dinero a Trillipush. Y así es como el egiptólogo sobrevive casi sin dinero en Egipto. Pero descubre la tumba. Finneran rompe el compromiso y se dirige a Egipto, donde hace las paces con su yerno, al que termina ayudando a dar conservantes a las pinturas de Atum-hadu, un presunto faraón que creó el mismo su propia tumba. El detective les sigue los pasos, increpando a Trillipush y acusándole de haber asesinado a Paul Caldwell. Trillipush se ríe en su cara, haciéndole ver que está equivocado.
Al final desaparecen misteriosamente Ralph Trillipush y Chester Finneran, creyendo que han sido asesinados por un nativo, en busca de tesoros en la tumba de Atum-hadu, que tenía más valor arqueológico e histórico que económico.
Da pie a la posibilidad de una segunda parte.
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