miércoles, enero 19, 2011

Tantos recuerdos de él...

Al encontrarme de nuevo con ese perfil he recordado un día muy lejano. Una noche de luna de plata, cuyos rayos lanzaban reflejos de plata en su rostro. Una noche en la que me aprendí de memoria sus rasgos perfectos, en la que me dejé seducir por esa voz tan sensual. Si pudiera rebobinar lo pararía en ese momento y también le besaría en ese instante.
Tanta dulzura...

Le he visto de lejos, pero seguro que está guapísimo. Hoy es una de esas tardes que no me importaría caminar con él bajo la lluvia y sin paraguas. Y besarle en cada rincón.

Regreso a la una

Cuando he regresado, había un hueco libre junto a su coche. Tenía que dar la vuelta y entonces he visto salir al anciano que ha llegado antes que yo. Así que he malaparcado por ahí, hasta que he quedado con mi hermano para ir a casa. Entonces, habiendo pasado ya un rato, he decidido aparcar bien para dejar el coche toda la tarde. Y, por supuesto, ha sido lo más cerca posible de él.
El caso es que dejaba el coche atrás cuando alguien me ha invitado a tomar algo, junto en el bar de al lado. Y ha pasado, aunque no le he visto hasta que he visto su coche y algo me impulsaba a mirar ese perfil perfecto. No he podido desviar los ojos de él, aunque no me haya visto. Qué ganas de abrazarle, de tocarle...
Le echo más de menos...

El café en Ezcaray

Llovía esta mañana, aunque las gotas de lluvia no me impedían mirar. Me dirigía hacia el coche cuando le he visto. Realmente no le he visto a él, porque el agua no me dejaba mirar ver el interior. No le he visto saludar, aunque seguro que lo ha hecho. Me he tenido que imaginar que estaba hoy guapísimo. En ese momento me hubiera ido con él a tomar un café, sólo para desearle los buenos días.
Estoy en Ezcaray. Hay más niebla aquí y también llueve más.

Me he tomado un café larguísimo, de éstos que duran mucho y te encuentras a gusto con la otra persona.

En la sierra de Guadarrama


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Uno de los recuerdos más entrañables que tengo de un viaje relámpago que hice en el pasado (o quizás fueron dos o tres veces) es en una terraza bajo el sol veraniego que iluminaba los montes de Guadarrama. Lo de aquella vez sólo podía vivirse una vez y quedó registrado en los anales de la memoria para siempre. Regresé a aquel lugar muchas veces pero jamás volví a tener esa sensación de calma y tranquilidad. Es un recuerdo que quizás me gustaría compartir con un ángel en un tiempo.
No es que ocurriera nada especial aquel día, pero algo en el ambiente me caló profundamente. Tuve una sensación tan placentera que no creo que olvide nunca.
En San Lorenzo del Escorial se organizan durante los meses de verano cursos que patrocina la Universidad Complutense. No puedo decir que sean únicamente para estudiantes universitarios, porque aquellos cursos estaban abiertos para todo el mundo. La Complutense pone a tu disposición tres o cuatro edificios de la época de Felipe II, con nombres tan rimbombantes como Casa de los Infantes o Casa de los Oficios, que nos transportan a una época novelesca, cargada de Historia, de riqueza y de poder. Felipe II hizo una gran obra de San Lorenzo, pues fue este monarca quien mandó construir el magnífico monasterio. Una construcción cuya planta tiene forma de parrilla y que tardó en ejecutarse 21 años. Se dice pronto.
Con catorce años ya había estado en el Monasterio, pero no lo había saboreado como se debe. Con catorce años estudiaba a los monarcas ilustrados con poco interés. Y, de hecho, mi preferido siempre fue Carlos III. Con catorce años veía un Monasterio impresionante convertido en museo, pero sin el interés suficiente como para disfrutar de la magnificencia de ese edificio.
Fue varios años después, cuando acudí a El Escorial durante una semana cuando comprendiera las palabras del poeta:

"nadie ve El Escorial sin llenarse de gloria,
de orgullo nacional (...),
él recuerda el poder, la riqueza, la civilización,
los vastos conocimientos e influjo
de esta gran nación en el siglo XVI (...),
él excita la admiración y aun la envidia
de las naciones extranjeras".

Cuando estuve por primera vez había visto un monasterio sin más. Cuando visité el pueblo por segunda vez vi un monumento sublime, inmenso, un edificio que sorprende no sólo por su grandeza y por su riqueza, sino por la magnificencia, por el recuerdo de unos tiempos remotos. Te lleva a admirar a José de Herrera (entre otros) y te preguntas cómo es posible que el hombre haya levantado tan impresionante edificio. Rodeas uno de sus muros y te sientes insignificante al lado de tan titánico edificio. Y luego la exquisitez de sus muros, la elegancia de sus tejados, la riqueza que rezuman sus ventanas, el poderío que se escucha entre las juntas de sus piedras.
Ese lugar sólo te puede dejar con la boca abierta.
No me extraña que la gente adinerada de la capital haya optado por elegir ese rincón de la sierra para pasar sus horas de asueto. Es un pueblo tranquilo, que ha crecido a la sombra de los muros del monasterio, pero que no podría sobrevivir sin los ritmos marcados por sus piedras llenas de Historia. Y luego la montaña. Porque San Lorenzo es un pueblo construido en una montaña, de ahí que sus calles sean todas muy empinadas y, a medida que vas subiendo, te encuentras con las alarmas y los perros de elegantes chalets cerrados a cal y canto. Chalets muy lujosos en su mayor parte.
Miras hacia arriba y ves las cúpulas del monasterio. Y entonces te encuentras en el Euroforum y sabes que has llegado a tu destino. Yo sabía que mi destino estaba más arriba, en medio de la montaña y que los árboles me ocultarían los negros tejados de El Escorial.
Era un edificio restaurado, con otro nombre que evocaba a la época de Felipe II, a unos dos kilómetros montaña arriba. Allí donde podrías alargar las manos y tocar las nubles azuladas del mes de agosto, allí donde podrías observar, si el día era claro, la no tan lejana capital (si el día era muy claro se podían incluso distinguir las Torres Kio), allí donde podías reencontrarte con uno de los parajes más naturales y más bellos de la Sierra de Guadarrama.
Allí me encontraba, en una terraza frente a las montañas; si mirabas para abajo sólo veías algún tejado del pueblo, si mirabas a la lejanía a veces se veía Madrid, si mirabas a los lados te encontrabas con la gente del curso. Aquello era el paraíso. La sensación de paz de ese momento es incuestionable. En ese momento no hubiera querido estar en ningún otro sitio. Durante unos minutos me sentí embriagada por la sensación de que el mundo es demasiado grande y la magnificencia de ese mundo estaba allí, en las montañas. Porque aquel momento era, sin duda, perfecto, una parte del paraíso, un paraíso que me gustaría compartir con un ángel. Si tuviera que volver a aquel rincón del mundo, regresaría con él. Sería diferente. Sería como volver a mirar ese mismo cuadro para tener una versión diferente, pero no menos perfecta. Y me gustaría compartirlo con él.
Volví más veces a San Lorenzo del Escorial, pero jamás volví a sentir algo así.

Dos meses después el traqueteo de un tren me estaba adormeciendo. Una amiga y yo nos dirigíamos a Madrid de fin de semana. No quería dormir. Sabía que iba a pasar por un lugar que me iba a traer muchos recuerdos. Y mientras luchaba contra una pequeña somnolencia, apareció majestuoso el monasterio en la montaña, empequeñeciendo el pueblo en la lejanía. Sentí un gusanillo en el estómago al rememorar ese momento en la terraza. Desde el tren intenté buscar con la mirada aquel edificio en la montaña, pero no tuve éxito. Dentro de mí algo estaba vibrando. Deseé que el tren parara allí para volver a tener aquella lejana sensación, aunque fuera octubre. Quería volver. Sin embargo, ni el tren paraba allí ni yo me hubiera apeado en aquella pequeña estación de color rojo. No en aquel momento. Quizás en el momento actual sí que me hubiera bajado y hubiera buscado aquel edificio.

El Escorial me trae muy buenos recuerdos. Lo visité dos veces más con posterioridad, pero jamás volví a alojarme en medio de la montaña ni tampoco volví a tener una sensación tan fuerte respecto a lo que me rodeaba como en aquella mañana de verano. Por supuesto, he tenido sensaciones parecidas y únicas. Aquella vez fue tan intensa que quise repetir y es obvio que algo así es irrepetible. Ciertos instantes pueden parecerse, pero son únicos, irrepetibles. Y algo así me gustaría poder compartirlo con una persona especial. De hecho, me gustaría ir allí con él para decirle: "Las montañas a tus pies, hoy el mundo es tuyo".

martes, enero 18, 2011

Las once en el campanario

Acaban de dar las once en el reloj de la iglesia. Se ha echado la niebla y desde la ventana sólo observo un pueblo fantasma, sin nadie caminando por las calles, sin un ruido, sin un coche, sin una carcajada a destiempo, sin una lágrima, sin el maullido de un gato solitario.
Sólo las campanadas han venido a retumbar contra la noche.

Con el sol de los últimos días, aún a veces se me olvida que estamos todavía en enero.

Entre el recuerdo y la imaginación


A veces me gustaría ser capaz de llamarle y quedar con él. Me imagino sentada en cualquier cafetería retirándole el pelo para mirarle a los ojos. Y describirle todo lo que veo en ellos. Tocarle el rostro y dejarme llevar por ese momento. Reaprenderme su magnífica sonrisa, preguntarle si el día ha ido bien y susurrarle que hoy estaba muy guapo.

Vuelvo a sentir un cansancio físico fuera de lo habitual.

Casi la hora de marchar

Desde el fondo de la calle le he visto acercarse. Guapísimo. Es lo que tiene que alguien te pare en la calle y ser consciente de que estás dando palique porque desde el fondo de la calle acabas de ver aparecer a un ángel y necesitas ganar tiempo para que se acerque lentamente.
Es un encanto. Lástima que no hubiera esperado unos minutos más, que yo acababa de tomar el café. Por eso me encontraba en la calle.

Supongo que no tardaremos en marchar...

El anhelo de sus caricias

Anhelo unas caricias invisibles, unas caricias que no existen, unas caricias susceptibles de imaginarse o de soñarse. Anhelo la suavidad de sus dedos de pianista, de artista, de sabio.
Anhelo tantas cosas...

Soñaré. Hoy mis pasos me llevarán a soñar con esas caricias invisibles. Y es tarde, una noche más.

lunes, enero 17, 2011

El café de los corazones rotos


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"Mi madre solía decir que el amor nunca se malgasta, aunque no te lo devuelvan en la misma medida que mereces o deseas.
-Déjalo salir a raudales -decía-. Abre tu corazón y no tengas miedo de que te lo rompan. Los corazones rotos se curan. Los corazones protegidos acaban convertidos en piedra".

No es un libro para recomendar. Quizás porque considero que no profundiza en la historia, que todo lo que dice es meramente superficial, que se queda en la superficie. Sí, cuenta una historia, pero no deja ser una historia sin pena ni gloria, que pasa y te recuerda a las ochenteras películas americanas que se siente más como película que como novela.
Además, curiosamente, no me lo he leído entero. Porque al final hay diez o doce recetas de cocina y me parece aburridísimo leer recetas de cocina. Es decir, si tengo que cocinar con ayuda de un libro de cocina para hacer algo que nunca he hecho no me importa leerme la receta, pero en una novela me resulta demasiado cuesta arriba, así que he terminado saltándome todas las recetas.
Ahora bien, es un libro tan sencillo de leer que, cuando quieres darte cuenta, te encuentras en el tramo final.
La acción transcurre en Chulahatchie, un pequeño pueblo de Misisipi donde nadie puede hacer nada sin que al minuto lo sepa el vecino. La protagonista es una cincuentona, Dell Haley, que comienza a vivir realmente cuando se entera de que su marido se la está pegando con otra mujer. Lo único que no descubre y que nadie quiere contarle es la identidad de esa mujer. Así que ella empieza a desconfiar de todas las mujeres del pueblo, incluso de Toni, su mejor amiga. Ese mismo día a su marido le da un infarto y muere.
Dell siempre había dependido de su marido. Cuando se queda viuda y acude al banco, se da cuenta de que tiene dos hipotecas y que no podrá hacer frente a las mismas a no ser que se ponga a trabajar. Lo único que sabe hacer es cocinar y es entonces cuando alquila un local abandonado en el centro del pueblo al que llamará Heartbreak Café. Su buena mano en la cocina hará que el local siempre esté lleno de gente. Ella sabe que tiene una espinita que la corroe, porque aún no ha descubierto quién es la mujer con la que estaba su marido el día en que le dio el infarto. Llega un momento en que se da cuenta de que necesita huir del pueblo, que será un viaje para encontrarse a sí misma. Al volver, todo está patas arriba. Scratch, el hombre negro que trabaja con ella, es detenido como responsable del robo en el Café durante la ausencia de Dell. Con el robo, Dell anda con la soga al cuello para pagar el alquiler y muy pronto le llegará una orden de desahucio. Es entonces cuando todo el pueblo se involucra dándole el dinero que puede para que no tenga que abandonar el restaurante.
Los personajes que aparecen en el libro son peculiares. Se ensalza el valor de la amistad por encima de todas las cosas, pero sin profundizar en el tema.

Llegada a casa

Estaba... tan cerca...
No me ha sorprendido encontrar su coche justamente ahí, quizás incluso lo esperaba después de haberle visto a las cuatro.
Hoy me apetecía mucho verle, escucharle. Me apetecía quedar con él, pese a que al llegar a casa me encuentro cansada, muy cansada para la hora que es.

Me pregunto dónde estará. A veces me gustaría preguntarle tantas cosas...

Algo me lleva lejos

Ha habido un momento de la tarde en que se me ha pasado por la cabeza llamarle y decirle que fuéramos a tomar algo. No lo he hecho porque en ese momento no podía moverme de aquí. Pero ¿me hubiera ido con él dejando la oficina vacía, con todo lo que eso conllevaría? La respuesta es sí, que me hubiera ido a cualquier sitio con él. Porque el trabajo puede esperar, pero un rato con él es demasiado relevante como para dejarlo pasar.
Lo cierto es que me voy a ir ya, quizás porque hoy estoy demasiado saturada y necesito un tiempo para mí. Tengo dos álbumes de fotos a medias, que me gustaría retomar. Está bien de vez en cuando salir a la hora.

Un poco más de las cuatro

Pasaban de las cuatro cuando venía en el coche de mi hermano. Ya que cuando él se queda a comer, vamos juntos y usamos sólo un coche.
Entonces he reconocido la matrícula, el color de su coche y le he visto guapísimo, aunque lejano. Es posible que él no me haya visto.
Después, le he vuelto a ver pasar, esta vez iba caminando.

Le echo de menos, que hoy no nos hemos encontrado. Creo que también se me ha ido la hora. Apenas he respirado esta mañana.

Con un pie en los sueños

No tardaré en marcharme a dormir. Sólo espero que a la una esté durmiendo. Nada de libros, nada de luces, nada de nada. Sólo una imagen para embarcarme de lleno en el mundo de los sueños. Una imagen reconfortante. Una imagen que me hace sonreír.
Escojo una máxima que me parece interesante y que dice: "La vida sólo se puede entender mirando hacia atrás, pero sólo se puede vivir mirando hacia adelante". Es de Soren Kierkegaard. Es que estoy de acuerdo con él, porque en ocasiones nos estancamos en el pasado sin tener en cuenta que lo importante es lo que está por venir. No vivimos para el pasado, sino para el futuro. En realidad, yo vivo el presente como si me fuera la vida en ello. Quizás porque este presente que estoy viviendo es mágico, a veces inesperado y sublime si me encuentro con ese ángel de mirada perfecta.
A veces, cuando no llevo algunos días sin verle, echo mano a los recuerdos que guardo de él, y sonrío casi sin querer, pero soy consciente de que llegarán más instantes mágicos de él, soy consciente de que su sonrisa y su mirada siempre seguirán convirtiendo cada día en único. Y esos días siempre están por venir.
Con esa imagen enriquecedora, considero que éste es un buen momento para ir en busca de los sueños.

domingo, enero 16, 2011

Una mirada que hechiza

Cuando me vienen a la mente las imágenes de ayer por la noche me encuentro ruborizándome.
Sé por qué desvío la mirada cada vez que él me mira. En cierto modo, temo que sea capaz de leerme los pensamientos. Y es que hubo un momento anoche en que me quedé mirándole y en mi mente imaginaba que le besaba en ese preciso instante. Entonces él me miró y yo miré al cielo. Creo que él podría intuir lo que yo estaba pensando. Así que miré al cielo. También pensaba en que estaba guapísimo.
Aunque a veces me obligo a no desviar la mirada hacia otro lado. Porque me gustan sus ojos. Pese a que él pueda intuir lo que estaba pensando, el poder de sus ojos era superior.
Es tan encantador...

Las cosas siempre ocurren cuando tienen que ocurrir

Nunca he creído en el destino. No creo que nada esté escrito, sino que todo lo que ocurre está delante de nuestros pies y son las decisiones que tomamos las que hacen que tomemos una dirección y no otra. Es decir, lo más cerca del destino en que me considero estar es el momento presente. Como cualquier persona, ahora podría tomar una decisión que podría cambiar el rumbo de mis pasos, porque con esa simple elección se escoge una posibilidad entre cientos.
Reconozco que durante un tiempo sí que creía en el destino. De hecho, creo que niego el destino porque no acepto que todo esté escrito de antemano. Es cuando me aferro a una de las posibilidades que lo niegan o lo pueden cambiar: la capacidad de elección de cada persona.
Sin embargo, ayer me dijeron algo que me hizo pensar. Me dijeron que “las cosas siempre ocurren cuando tienen que ocurrir”. Quien me lo dijo es un sabio y, por tanto, venía pensando en sus palabras, en que tiene razón y en que es posible que él, por deducción de sus palabras, crea en el destino. Porque hay ciertas cosas que ocurren, sin más. Cuando hablaba sentí que se me erizaba la piel. Quizás porque en el fondo, aunque sea alguien que niega que exista el destino, sé que hay cosas que ocurren porque estaban predestinadas a ocurrir. Sin más. Sin respuestas que nos aclaren las infinitas preguntas.
Me quedé dormida pensando en sus palabras, porque es cierto que algunas cosas ocurren porque tienen que ocurrir. Son las palabras de un sabio.

Al abrir los ojos

Cuando mi padre me ha dicho: "A comer" no esperaba que fueran las tres de la tarde. Hoy he dormido muchísimas horas, todo de un tirón, sin despertarme en medio de la noche. Soñaría seguramente, aunque no lo recuerdo, y el sueño seguro que era perfecto, visto que no me he despertado hasta la hora de comer.
Tengo el bolso lleno de piruletas en forma de corazón. Entonces he recordado cómo llegaron tantas piruletas a mi bolso.

Me encuentro en una especie de nube.

A las cinco en casa

Hace media hora que he llegado a casa. A los diez minutos pensaba en enviar un mensaje, pero no son horas, aunque estoy segura de que no le hubiera despertado.
Lo normal, al llegar a casa, es meterse a la cama, pero sentía curiosidad. Llevo media hora viendo fotos. Y, por fin, he encontrado lo que buscaba. De ahí que en ese momento quisiera enviar un mensaje, pero podrá esperar a mañana.

¿Qué decir de esta noche? Estaba guapísimo, quizás porque iba de blanco, aunque vaya como vaya siempre está guapo. Y es tan dulce... Es un buen momento para ir a dormir.

sábado, enero 15, 2011

Una de estrellas

En la ermita se veía el cielo estrellado de una forma realmente sublime. Cuanto más te alejas de los cúmulos de luces de las poblaciones, mejor se percibe el mundo sobre nuestras cabezas.
Nos íbamos a ir al Studio 54 a tomar algo, pero entonces hemos cambiado de opinión. Hacía meses que no jugaba al póker. Estábamos cinco.
Hemos quedado en una hora.

La Biblioteca de los Muertos


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Ya sabía, sin haber leído de qué iba esta novela, que me encantaría. Tanto me ha gustado que he tardado muy pocos días en terminarla.
En realidad, a medida que iba leyendo, creía que quedarían muchos cabos sin atar, pero realmente termina de la única manera posible.
El estilo es ameno y fluido, lo que engancha al lector de una manera sublime. En vez de haber dos períodos temporales, como en otros muchos libros históricos, hay tres, y no te pierdes en ellos. Otra de las originalidades de esta novela es que el período histórico y lo que acontece en él es ficticio por completo.
Según este libro, el mundo acabará el 9 de febrero de 2027. Pero para llegar a esto hay que hablar de otros momentos puntuales de la novela, diferenciados cronológicamente, o quizás buscar los elementos espaciales clave.

El 7 de julio del año 777 nace un niño en la isla británica de Wight que, según la profecía, está destinado a ser un malvado brujo. Se llamará Octavus y con siete años será entregado al monasterio de Vectis, pese al temor de los monjes de la abadía. El niño tiene el pelo rojo y la piel clara, unos ojos verdes que producen temor, y no habla ni supuestamente sabe escribir. Se llama Octavus y un día el padre Josephus le encuentra escribiendo sobre la nieve. Cuando le ponen frente a un pergamino y una pluma, el niño comienza a escribir nombres, años y una palabra en latín: Natus o Mors. Muy pronto los monjes se dan cuenta del alcance de lo que está haciendo Octavus y le recluyen en una sala cerca del scriptorium. Cuando nazca el primer niño pelirrojo de la simiente de Octavus se creará la secreta Orden de los Nombres y se mantendrá en secreto.

Corre el mes de mayo de 2009 en Nueva York. Se suceden varios asesinatos en serie, donde el nexo en común de todas las víctimas es una postal en blanco con el dibujo de una sepultura y el día en que van a morir. Ningún crimen se parece al anterior, cambiando los móviles y los patrones. Will Piper, el más famoso agente del FBI especializado en asesinos en serie, está a punto de jubilarse cuando le asignan el caso junto a una joven recién salida de la academia, Nancy. Todas las postales salen desde Las Vegas y los dos agentes se tienen que trasladar hasta la ciudad de los casinos para desenmascarar al supuesto asesino en serie. Will tiene allí a un antiguo compañero de habitación de la época universitaria, Mark Shackleton, un genio de la informática que está trabajando en el búnker subterráneo más secreto del gobierno de los Estados Unidos, conocido como Área 51, construido en el desierto de Nevada. Casi todo el mundo de la zona cree que estudian ovnis. Piper irá a visitarle y descubrirá en su casa un guión cinematográfico escrito en la misma letra en que están escritas las postales. No ve el vínculo en ese momento, pero en su mente se registra la frase que le dice su antiguo compañero: "Nunca encontraréis al asesino del Juicio Final".
Cuando Nancy y Will descubren en un guión los mismos nombres de las víctimas y les dan el "alter ego" de Mark, Peter Benedickt, saben que ya tienen al asesino. Pero en ese momento son apartados del caso por altos mandos. Mientras, a Mark se le reclama en el búnker para que vaya a solucionar un problema informático, pero cuando éste descubre que están tras él, sólo se le ocurre ponerse en contacto con Will para contarle el secreto mejor guardado de la Historia de la Humanidad. Los dos se encuentran seguros al saber que ninguno de ellos aparece en la lista, aunque Mark fallece en uno de los tiroteos y Will se lleva el ordenador que contiene la enorme base de datos. Ha llegado el momento de chantajear al gobierno para salvar el pellejo.

En 1947, un grupo de arqueólogos desembarcan en la isla de Wight porque saben que la abadía de Vectis podría tener documentos ocultos. No se equivocan en su suposición. Cuando descubren la enorme Biblioteca que hay en el subsuelo, deciden que tienen que avisar a las autoridades inglesas del descubrimiento. Cuando el gobierno británico comprende la envergadura de la Biblioteca y la peligrosidad que conlleva decide que tiene que silenciar a los científicos, que serán asesinados sin más. A ellos nunca se les ocurrió mirar cuándo iban a morir. Poco después, Inglaterra le hace llegar los volúmenes al gobierno de los Estados Unidos, que se hará cargo de los mismos, ocultándolos, sabiendo la peligrosidad que conllevaría que algo así se hiciera público.

En 1297, los 150 escribas pelirrojos de la abadía de Vectis están nerviosos. Nunca suelen mostrar su carácter a nadie, pero en ese momento escriben los nombres y las fechas más lentamente de lo habitual. En cierto momento, se suicidan clavándose la pluma en uno de los ojos, convirtiendo la Biblioteca en un lugar sangriento. Todos han escrito en el último pergamino: 9 de febrero de 2027: Finis Dierum (El Fin de los Días). Su misión había terminado, pero dejaban un legado de 700.000 volúmenes cargados de nombres y fechas de todo el mundo.

Dulces minutos


Antes de salir, tenía esa ligera sensación de que me iba a encontrar con él. Luego no estaba tan segura. Entonces he visto su coche. Que estuviera en el momento exacto en el lugar desde el que podía verle marchar ha sido fruto de una coincidencia. Ni lo he pensado. Cuando me he dado cuenta estaba en la calle hablando con él, mirando en esos ojos tan dulces, escuchando esa voz tan sensual.
Y estaba guapísimo.
Ahora, al llegar a casa, imagino lo entrañable que tiene que ser dormir en sus brazos, dormir junto a él, escuchar el compás de su respiración, regalarle mil besos cada noche.

Me voy a dormir con ese pequeño recuerdo agradable que me llevo de él.