
Uno de los recuerdos más entrañables que tengo de un viaje relámpago que hice en el pasado (o quizás fueron dos o tres veces) es en una terraza bajo el sol veraniego que iluminaba los montes de Guadarrama. Lo de aquella vez sólo podía vivirse una vez y quedó registrado en los anales de la memoria para siempre. Regresé a aquel lugar muchas veces pero jamás volví a tener esa sensación de calma y tranquilidad. Es un recuerdo que quizás me gustaría compartir con un ángel en un tiempo.
No es que ocurriera nada especial aquel día, pero algo en el ambiente me caló profundamente. Tuve una sensación tan placentera que no creo que olvide nunca.
En San Lorenzo del Escorial se organizan durante los meses de verano cursos que patrocina la Universidad Complutense. No puedo decir que sean únicamente para estudiantes universitarios, porque aquellos cursos estaban abiertos para todo el mundo. La Complutense pone a tu disposición tres o cuatro edificios de la época de Felipe II, con nombres tan rimbombantes como Casa de los Infantes o Casa de los Oficios, que nos transportan a una época novelesca, cargada de Historia, de riqueza y de poder. Felipe II hizo una gran obra de San Lorenzo, pues fue este monarca quien mandó construir el magnífico monasterio. Una construcción cuya planta tiene forma de parrilla y que tardó en ejecutarse 21 años. Se dice pronto.
Con catorce años ya había estado en el Monasterio, pero no lo había saboreado como se debe. Con catorce años estudiaba a los monarcas ilustrados con poco interés. Y, de hecho, mi preferido siempre fue Carlos III. Con catorce años veía un Monasterio impresionante convertido en museo, pero sin el interés suficiente como para disfrutar de la magnificencia de ese edificio.
Fue varios años después, cuando acudí a El Escorial durante una semana cuando comprendiera las palabras del poeta:
"nadie ve El Escorial sin llenarse de gloria,
de orgullo nacional (...),
él recuerda el poder, la riqueza, la civilización,
los vastos conocimientos e influjo
de esta gran nación en el siglo XVI (...),
él excita la admiración y aun la envidia
de las naciones extranjeras".
Cuando estuve por primera vez había visto un monasterio sin más. Cuando visité el pueblo por segunda vez vi un monumento sublime, inmenso, un edificio que sorprende no sólo por su grandeza y por su riqueza, sino por la magnificencia, por el recuerdo de unos tiempos remotos. Te lleva a admirar a José de Herrera (entre otros) y te preguntas cómo es posible que el hombre haya levantado tan impresionante edificio. Rodeas uno de sus muros y te sientes insignificante al lado de tan titánico edificio. Y luego la exquisitez de sus muros, la elegancia de sus tejados, la riqueza que rezuman sus ventanas, el poderío que se escucha entre las juntas de sus piedras.
Ese lugar sólo te puede dejar con la boca abierta.
No me extraña que la gente adinerada de la capital haya optado por elegir ese rincón de la sierra para pasar sus horas de asueto. Es un pueblo tranquilo, que ha crecido a la sombra de los muros del monasterio, pero que no podría sobrevivir sin los ritmos marcados por sus piedras llenas de Historia. Y luego la montaña. Porque San Lorenzo es un pueblo construido en una montaña, de ahí que sus calles sean todas muy empinadas y, a medida que vas subiendo, te encuentras con las alarmas y los perros de elegantes chalets cerrados a cal y canto. Chalets muy lujosos en su mayor parte.
Miras hacia arriba y ves las cúpulas del monasterio. Y entonces te encuentras en el Euroforum y sabes que has llegado a tu destino. Yo sabía que mi destino estaba más arriba, en medio de la montaña y que los árboles me ocultarían los negros tejados de El Escorial.
Era un edificio restaurado, con otro nombre que evocaba a la época de Felipe II, a unos dos kilómetros montaña arriba. Allí donde podrías alargar las manos y tocar las nubles azuladas del mes de agosto, allí donde podrías observar, si el día era claro, la no tan lejana capital (si el día era muy claro se podían incluso distinguir las Torres Kio), allí donde podías reencontrarte con uno de los parajes más naturales y más bellos de la Sierra de Guadarrama.
Allí me encontraba, en una terraza frente a las montañas; si mirabas para abajo sólo veías algún tejado del pueblo, si mirabas a la lejanía a veces se veía Madrid, si mirabas a los lados te encontrabas con la gente del curso. Aquello era el paraíso. La sensación de paz de ese momento es incuestionable. En ese momento no hubiera querido estar en ningún otro sitio. Durante unos minutos me sentí embriagada por la sensación de que el mundo es demasiado grande y la magnificencia de ese mundo estaba allí, en las montañas. Porque aquel momento era, sin duda, perfecto, una parte del paraíso, un paraíso que me gustaría compartir con un ángel. Si tuviera que volver a aquel rincón del mundo, regresaría con él. Sería diferente. Sería como volver a mirar ese mismo cuadro para tener una versión diferente, pero no menos perfecta. Y me gustaría compartirlo con él.
Volví más veces a San Lorenzo del Escorial, pero jamás volví a sentir algo así.
Dos meses después el traqueteo de un tren me estaba adormeciendo. Una amiga y yo nos dirigíamos a Madrid de fin de semana. No quería dormir. Sabía que iba a pasar por un lugar que me iba a traer muchos recuerdos. Y mientras luchaba contra una pequeña somnolencia, apareció majestuoso el monasterio en la montaña, empequeñeciendo el pueblo en la lejanía. Sentí un gusanillo en el estómago al rememorar ese momento en la terraza. Desde el tren intenté buscar con la mirada aquel edificio en la montaña, pero no tuve éxito. Dentro de mí algo estaba vibrando. Deseé que el tren parara allí para volver a tener aquella lejana sensación, aunque fuera octubre. Quería volver. Sin embargo, ni el tren paraba allí ni yo me hubiera apeado en aquella pequeña estación de color rojo. No en aquel momento. Quizás en el momento actual sí que me hubiera bajado y hubiera buscado aquel edificio.
El Escorial me trae muy buenos recuerdos. Lo visité dos veces más con posterioridad, pero jamás volví a alojarme en medio de la montaña ni tampoco volví a tener una sensación tan fuerte respecto a lo que me rodeaba como en aquella mañana de verano. Por supuesto, he tenido sensaciones parecidas y únicas. Aquella vez fue tan intensa que quise repetir y es obvio que algo así es irrepetible. Ciertos instantes pueden parecerse, pero son únicos, irrepetibles. Y algo así me gustaría poder compartirlo con una persona especial. De hecho, me gustaría ir allí con él para decirle: "Las montañas a tus pies, hoy el mundo es tuyo".