jueves, diciembre 04, 2008

Las campanas de la catedral

A las doce del mediodía y a las ocho de la tarde suena a diario el tañer de las cercanas campanas de la catedral. Antes de dar las horas, suena el repiqueteo de las notas de un clásico que aún no he conseguido recordar. Pero a diario escucho las tenues notas de las campanas de la catedral, que suenan incansables y detienen el tiempo.

"Las crónicas de Narnia: El príncipe Caspian"

He tenido que recordar de qué iba la primera película de "Las Crónicas de Narnia", porque la vi hace mucho tiempo. Lo cierto es que ésta me ha gustado mucho más, quizás por la entrada en escena de Caspian.

La reina Prunaprismia (Alicia Borrachero) acaba de dar a luz a un varón que ocupará el trono de los telmarinos. Su marido, Lord Miraz (Sergio Castellitto), manda entonces asesinar a su sobrino, el legítimo heredero al trono, Caspian (Ben Barnes). Pero antes de que lleguen los soldados, el Doctor Cornelius (Vincent Grass), profesor y guía del muchacho, le despierta y le insta a abandonar el castillo y huir al bosque, donde los soldados de su tío no osarán entrar, y antes de marchar le entrega un cuerno que sólo debe usar en caso de que corra verdadero peligro.
En medio del bosque se encuentra con seres narnianos y entonces toca el cuerno.
Mientras, en una estación de tren londinense, cuatro hermanos esperan la llegada del tren. Entonces sienten la magia. Peter (William Moseley), Susan (Anna Popplewell), Edmund (Skandar Keynes) y Lucy (Georgie Henley) abren los ojos en una cala desierta y soleada y encuentran las ruinas de un lugar que reconocen, porque ya han estado antes allí. Pero el tiempo en Narnia corre muy deprisa. Encuentran sus baúles y sus pertenencias para enfrentarse a lo que venga en ese mundo fantástico. Sólo Lucy espera que su leal compañero, el león Aslan, regrese. Liberan a un enano narniano, Trumpkin (Peter Dinklage), que les guía hasta los bosques donde viven sus amigos, escondidos de la maldad de los telmarinos.
En un lugar oculto del bosque, el príncipe Caspian es cuidado por otro enano, Nikabrik (Warwick Davis), y un tejón, que deciden ayudarle a reinstaurar la paz.
Los soldados telmarinos buscan a Caspian, sin éxito, pero entonces Lord Miraz descubre que ha usado el cuerno. Es el momento de proclamarse rey y dirigir las tropas para acabar con todos los narnianos. Los cuatro hermanos se adelantan y deciden que es mejor pillar por sorpresa a los telmarinos, así que se enfrentan a ellos en una encarnizada lucha en la que muchos enanos, ratones, minotauros y centauros mueren. En una lejana tumba esperan la llegada de los invasores, mientras Lucy cree en que Aslan venga a salvarlos y va a buscarle. En el sótano, Nikabrik intenta engañar al príncipe Caspian para que, a través de su sangre, libere a la bruja del hielo. Los hermanos llegan a tiempo para impedirlo.
Peter reta en un duelo al rey Miraz y le vence, pero no es él quien debe acabar con su vida, y le cede ese honor a Caspian, que se ha enterado de que Miraz asesinó a su padre, pero le perdona. Uno de los hombres de Miraz, Lord Sopespian (Damián Alcázar), asesina a su rey y dirige las tropas.
En ese momento creen que han vencido a los narnianos, pero Lucy se encuentra con Aslan, que despierta a los árboles que llevan muchos años dormidos y hacen huir a los telmarinos. Lord Sopespian perece al cruzar el río, que se convierte en un hombre de agua.
Aslan les ha salvado una vez más. Proclamado Caspian nuevo monarca de los telmarinos y de los narnianos, los cuatro hermanos deben regresar a sus vidas en Londres. Allí sólo han transcurrido unos minutos.

miércoles, diciembre 03, 2008

El Guardián de Lunitari (Preludios de la Dragonlance. Primera Trilogía I)

Resultado de imagen de el guardián de lunitari

Los futuros Compañeros se preparan para marcharse de Solace. Todos tienen tareas que realizar en los próximos años y se comprometen a reencontrarse en El Último Hogar cinco años después. Así, Sturm Brightblade se encamina hacia el norte en busca de su padre, si es que aún sigue vivo. Una malhumorada Kitiara le acompaña hacia Solamnia, después de una brusca despedida de Tanis Semielfo.
Muchos caminos están desolados, pero los amigos, curtidos en armas, no tienen miedo a los salteadores de caminos ni a los ladrones. A la hora de cruzar el Nuevo Mar, nadie quiere llevarles y son observados con recelo. Sin embargo, un elfo, Tirolan Ambrodel, se muestra dispuesto a llevarles en su barco hasta Caergoth.
Cuando llegan, Kit tiene ganas de divertirse un poco y se enfrenta a unos seres que no habían visto nunca hasta entonces: draconianos.
Cuando se despiden del elfo, Kit y Sturm toman rumbo hacia las llanuras de Solamnia, y entonces se encuentran con una nave voladora dirigida por gnomos. Suben a El Señor de las Nubes y toman amistad con los simpáticos gnomos, que siempre están hablando e inventando nuevos objetos. Pero la nave pierde el rumbo y la dirección y se encaminan hacia Lunitari. Con mucho esfuerzo aterrizan en busca de metal para arreglar la nave y llegan a un pueblo cuyos habitantes son hombres-árbol, que adoran a un navegante loco, el rey Rapaldo I, que lleva tantos años allí que se ha vuelto loco. A su vez, se ven influidos por la magia de la luna roja. Kit consigue una fuerza descomunal, Sturm empieza a ver visiones donde aparece su padre, y los gnomos también son más sensibles a las facultades mágicas del planeta: Tartajo deja de tartamudear, Pluvio puede atraer las tormentas y conseguir agua...
Pero Rapaldo mata a Crisol, uno de los pequeños gnomos, y les descubre que él puede volar. Sturm tiene que liberar a Kitiara y escapan todos por la noche, mientras los hombres-árbol se quedan paralizados.
Tienen que buscar la nave con el resto de los gnomos, que según les había informado Rapaldo se encuentra en el Obelisco, donde vive la Voz. Cuando llegan allí se encuentran con Cupelix, un dragón broncíneo que les pide ayuda para salir de su prisión. Su misión es custodiar los huevos de los Dragones del Bien, que están en las cavernas subterráneas, donde sus fieles súbditos, unas hormigas gigantes de cristal, los Micones, cuidan de ellos. Mientras Sturm y los gnomos bajan a las cavernas para comprobar la veracidad de lo que les ha contado el dragón, Kit y Cupelix se comprometen a regresar juntos a Krynn. Los gnomos consiguen liberar al dragón, que tiene unas alas extremadamente pequeñas para volver y se ve obligado a volver a Lunitari, mientras los amigos se alejan surcando los cielos. Desde arriba ven a un hombrecillo rojo, físicamente igual que Crisol, que se encamina hacia el Obelisco. A medida que se van alejando de la luna roja también pierden los efectos mágicos a los que se habían visto sometidos inconscientemente.
Cuando sobrevuelan Krynn, El Señor de las Nubes se posa sobre un barco abandonado. Bajan a investigar y, cuando una terrible tormenta se aproxima, Kit y Sturm se tienen que quedar en el barco. Allí luchan contra un gharm, un hombre convertido en trasgo maléfico, después de escuchar la historia del espíritu del capitán del barco. Cuando prenden fuego al barco para aterrorizar al gharm, los gnomos se aproximan para recogerlos. Y ya en tierra firme, Kit y Sturm tienen un enfrentamiento tan fuerte, que la mujer le abandona y se marcha sin despedirse. Sturm sabe que es el final de su amistad.
Cuando se despide de los gnomos, se encamina hacia el norte. La aparición de un caballero le pone sobre aviso respecto a un hombre llamado Merinsaard. En el vado de Kerdu, ya en territorio de Solamnia, se une a unos vaqueros que se dirigen con ganado hasta el alcázar de Vingaard, donde se rumorea que un hombre paga muy bien por las reses. Son atacados por cuatreros, pero Sturm apresa a una jovencita, Tervy, que le sirve con fidelidad. En el alcázar se dan cuenta de la traición y son apresados. Tervy intenta matar al señor del castillo, Merinsaard, y entre los dos consiguen engañar a los hombres que están al servicio de ese temible hechicero. Libran a los vaqueros y escapan del alcázar. Sturm debe ir al castillo Brightblade, y debe hacerlo solo. Allí ve la misma aparición que le avisó sobre Merinsaard y se pone la armadura de su padre. Tiene que luchar contra Merinsaard, el hombre que dice que luchó con Angriff Brightblade, y cuando se ve acabado una flecha mata al hechicero. Ve de lejos al arquero, que le ha dejado una nota donde descubre que es Kitiara quien le ha salvado la vida, pero por mucho que la llama, ella no vuelve. Sigue hasta Palanthas y desde allí volverá hacia el sur, a la Torre del Sumo Sacerdote, para seguir el rastro de su padre.
Sturm, Kit y Tirolan luchan contra los draconianos

Lluvia intensa

Llueve tanto que parece hasta irreal. Hace un rato he vuelto calada hasta los huesos. Así no me extraña nada que enseguida coja resfriados, aunque cruzaré los dedos, porque de momento voy librando.
Me he dado cuenta de lo mucho que me gusta Salamanca, a pesar de la lluvia. Disfruto paseando por la Plaza Mayor, cruzándome con ese trasiego de gente en el centro... El tiempo es lo peor, pero vaya, es soportable.

martes, diciembre 02, 2008

Historias del internado

Por lo general, cuando se habla de un internado, la gente se aterroriza ante el tópico de una horrible estancia en un lugar así. Muchos lo llevan mal, otros no se consiguen adaptar, algunos se marchan...
Yo siempre dije que hay internados e internados, y obviamente tienen sus diferencias.
Cuando pienso en mi colegio tengo buenos -buenísimos- recuerdos. En un adolescente, cuya personalidad se está forjando, que todavía no está formado completamente, los valores impuestos por los curas son importantes. Durante cuatro años, pese a mi mente traviesa, adquirí unos valores como persona inigualables, madurez mental, una educación sublime...
Claro que hay momentos en que se pasa mal. Es más fácil dormir bajo las paredes conocidas de tu casa y entre los miembros de una familia que siempre te ha protegido. En el internado tienes que sacarte las castañas del fuego, someterte a unos horarios inflexibles, acatar unas reglas que en casa son inexistentes, estudiar cuando te lo dicen, incluso ir a misa.
Una de las primeras cosas en que te conciencias es la camaradería. Cuando la noche se cernía sobre nuestras cabezas, allí no había cursos ni diferencias, todos los internos, desde los más jóvenes hasta los mayores, éramos una gran familia. Teníamos un nexo común -del que carecían los alumnos externos- y esa unión tendía lazos invisibles entre todos. Claro que con los externos también podía haber confianza, pero era diferente, carente de esa camaradería que tenías con tus iguales. Es obvio que todos los internos también teníamos con los curas una relación diferente. Pasábamos demasiadas horas en el colegio.
Los secretos puertas adentro eran algo que los externos jamás hubieran imaginado. Trapicheo de exámenes que pasaban entre unas pocas manos destinadas a ocultar todo lo que ocurría en la oscuridad de la noche, los manojos de llaves de los que los curas desconocían su existencia y que se iban heredando generación tras generación, los escaqueos hacia los árboles frutales en cada estación para probar las frutas maduras (manzanas, cerezas, higos...), la limpieza de la piscina que sólo disfrutaban los internos, las miradas de complicidad en un aula de estudio silenciosa donde un profesor vigilaba que todos se sumieran en sus tareas, la media hora de misa de los jueves con la intención de librarse de unos minutos de estudio (no eran obligatorias), el descubrimiento de todos los recovecos ocultos del colegio, los horribles desayunos de leche llena de nata, los castigos de los viernes para barrer los patios, recoger hojas o limpiar las aulas, las escapadas al barrio de La Estrella...
Las últimas veces que he pasado por ahí está tan cambiado... Antes sólo se escuchaba a las ocho de la tarde la sirena de la fábrica de maderas que pegaba con los terrenos del colegio (en la imagen, situada en la parte inferior izquierda). Los inmensos terrenos se vendieron (granja y piscina incluidas) y ahora es una zona industrial, ya que Logroño se ha ampliado hacia esa parte. Se habilitó una entrada nueva. Y escuché que iban a cerrar el internado.
Al final, siempre me quedarán los recuerdos, los grandes momentos allí dentro y todo lo que aprendí (y en esto no me refiero al tema académico). Y, sobre todo, la gente. Allí hice las mejores amistades.

Entre la nieve y los martillazos

La foto es de ayer. Cielo invernal. Cuando ayer salía del banco, unos finos copos de nieve caían sobre el abrigo. Tenía las manos heladas y sentir el olor de la nieve fue algo casi mágico. En realidad no me gusta más que verla de lejos, y ayer estaba claro que no iba a cuajar. Pero sentir los primeros copos fue una sensación extraña.
Hoy el día está soleado. El tiempo está realmente loco, como si estuviera sometido a unos caprichos superiores, que nosotros, la Humanidad, a duras penas podemos comprender.
Llevo toda la mañana escuchando martillazos que no paran. Al principio creía que era la vecina de arriba, poniendo adornos navideños quizás, pero cada vez estoy segura de que hay cerca una obra de albañilería y, si es así, me veré obligada a aguantar los golpeteos permanentes todas las mañanas.

lunes, diciembre 01, 2008

"Michael Clayton"

He visto esta película en dos días. Ayer, sobrepasada la primera mitad, no me apetecía seguir y llegar hasta el final. Y no se debía a que no me gustara, sino a que estaba muy cansada y no veía por ir a dormir.
Lo cierto es que me ha gustado bastante, y eso que el tema que se toca me ha recordado mucho a "Erin Brockovich".

Michael Clayton (George Clooney) es un abogado, pero no ejerce como tal. Sus colegas de profesión le ven más como un policía. En realidad, es un perro fiel, un perro guardián que tiene unos valores únicos. Su destreza le convierten en un ser admirado y odiado al mismo tiempo. Derrocha dinero jugando a las cartas y adora a su hijo Henry, fruto de una relación que no funcionó. Su jefe Marty Bach (Sydney Pollack) es líder de un inmenso bufete neoyorkino, pero ha puesto como asesora legal junto a él a Karen Crowder (Tilda Swinton), una trepa que no duda en quitar del medio a quien le estorbe.
Así, Michael es enviado a Wisconsin en busca de uno de sus mejores amigos, Arthur Edens (Tom Wilkinson), un reputado abogado, maníaco depresivo, que se ha desnudado ante un tribunal. Arthur no para de hablar de una empresa química que está acabando con los granjeros de una región. Supuestamente Arthur debe hacer la defensa de la empresa, y entonces se da cuenta de su error al ver a una jovencita afectada por esa extraña enfermedad. Karen pone espías para que vigilen a Arthur, mientras Michael intenta convencerle para que vuelva a tomar su medicación. Sin embargo, cuando Karen no puede controlar a Arthur da luz verde para que le asesinen, manteniendo a Marty en la ignorancia. Michael se huele que Arthur no se ha suicidado y muy pronto descubrirá por qué: el informe que habla de los efectos cancerígenos de los productos químicos de la empresa a la que tienen que defender. Sin embargo, también a él intentan matarle con una bomba en su coche. Se libra del atentado y, con ese olfato de detective, descubre quién está detrás de todo. Y Karen se delata delante de él, mientras la policía escucha toda la conversación.

Y, finalmente, diciembre

Con diciembre llega un nuevo viaje a casa. Tengo ganas de ver a ciertas personas, pero a los que más ansío visitar es a los yayos. A mi abuela, porque cada día está más pachuchilla, más estresada, más nerviosa. Me sorprende siempre con sus "Ten cuidado" y "¿Ya tienes novio?". Y aún tiene el pelo negrísimo, chocante con mi abuelo, que tiene todo el cabello blanco. Mi abuelo, que no se hace a la idea de que hay ciertas cosas que debe dejar para los más jóvenes y cree que aún puede realizar actividades que ya no debe hacer. No se hace a la idea de envejecer, es diabético y debe cuidarse, pero necesita esa energía.
Siempre son los primeros a los que voy a ver, como antes lo era mi tío. Sabes que un día no estarán, como sabía que mi tío algún día podía no estar. Dejaba la maleta en el portal, cogía una tarrina de dvd's y me encaminaba a su casa. Cuando le grababa dvd's recuerdo que siempre tenía ese pensamiento que siempre intentaba desechar, empero siempre estaba latente. Pensaba entonces: "¿Y si no llegara a ver esta película nunca?". Siempre eran westerns, como a él le gustaban. En agosto de 2007 le grabé algo especial: fotos de cuando estuvimos en Madrid un tiempo antes y nada más que mi hermano se lo dijo quiso ver esas fotos. Fue genial escuchar al otro lado a mi hermano: "Nada más que llegué me pidió que le pusiera las fotos". Un mes después falleció.
Estoy llorando. No sé si es al recordar a mi tío o porque me relaja. Será la segunda Navidad sin él y el vacío es aún muy palpable.
No tengo muchas ganas de ir. Allí pasan cosas y no quiero que me salpique nada de la vida de allí. Lo peor de los pueblos es que no puedes escurrir el bulto, aunque no tenga nada que ver contigo, siempre te termina tocando. No sé si tener una conversación cara a cara para evitar o ignorar. ¡Ay la política! ¡Cuánto daño hace en los pueblos!
Por otro lado, aún tengo que comprar la lotería para poner en el grupo de amigos. Nunca me tocó nada. Tendré que quedarme con eso de que "lo importante es participar". Lo cierto es que antes, cuando aún no poníamos un décimo cada uno, me resbalaba la lotería. Veía a mi padre y hermano con un buen fajo de décimos y me sorprendía. Una vez compré un décimo para mí, sólo uno, y en el puente de diciembre se lo di a mi padre. Le hizo mucha ilusión porque no lo esperaba. Cuando el 22 de diciembre miró si había tocado algo, ese número aparecía en la pedrea. Lo miró: "Administración nº X, Gran Vía, Salamanca". Y fue gracioso su comentario: "¿Éste es el que me diste? ¿Por qué no cogiste más?". Y la respuesta obvia: "Claro, si hubiera sabido que iba a tocar...". Es la única vez.
La Navidad apesta.
Otra cosa que me pesa de diciembre es que veré a F. A estas alturas ya sé lo que debo hacer. Y no hay nadie que me pueda hacer cambiar de opinión. Ahora soy yo quien mueve ficha y es bastante amarga. A cada cual lo que se merece...

domingo, noviembre 30, 2008

Las Meninas viajeras

Van recorriendo toda España. Y ahora están en Salamanca. Y además es muy posible que no hayan puesto el árbol de Navidad o el Portal debido a su presencia en la Plaza Mayor.

El último estertor de noviembre

Que deja de respirar y esta noche morirá para comenzar su vida diciembre. Y así es, otro año que se desliza hacia los baúles empolvados del pasado.

"Cassandra's Dream"

Otra genialidad de Woody Allen, al menos en ciertos aspectos. Esta vez toca el tema de lo fácil que es infringir la ley y todo lo que conlleva, lo llama "cruzar la línea, y una vez que la has cruzado, no hay vuelta atrás". Y no se habla de un delito suave, sino de un asesinato. Lo que hay detrás de ese homicidio para dos personas que en ese tema son muy ingenuos es sublime: sus pensamientos y dudas previos al hecho en sí mismo, la facilidad con que lo llevan a cabo y para pasar desapercibidos, y la traidora conciencia que no les deja dormir por las noches, que les llevará a la locura y a los pensamientos suicidas.
Es curioso cómo dos personas completamente diferentes en carácter se muestran imprevisibles a la hora de cometer un crimen de tal envergadura. La persona sensata, que parece prudente, es aquella que primero se decide a apretar el gatillo, mientras que aquel que da la imagen de un ser frívolo y frío es, al final, el más cándido, el más reacio para quitar la vida a otra persona. Y esto es chocante, porque realmente el espectador espera que sea al revés.

Ian (Ewan McGregor) y Terry (Colin Farrell) son dos hermanos londinenses que andan, casi siempre, en apuros económicos. Mientras que Ian ayuda a su padre en un restaurante en el que gastan más de lo que ganan y ahorra para hacer inversiones en hoteles de California, Terry, mecánico, derrocha su vida entre el alcohol y el juego. Así, cuando él cree que está en una racha de buena suerte, se dedica al póker y a las apuestas de galgos, hasta que un día pierde tanto dinero que no sabe cómo va a pagarlo.
Entonces llega de visita el tío Howard (Tom Wilkinson), que es millonario y creen que es la solución a sus problemas económicos. Pero todo tiene un precio y su tío les pide un pequeño favor, porque no confía en nadie más: deben matar a un hombre que quiere arruinarle la vida. Ellos se niegan, porque no se imaginan la idea de asesinar a alguien, pero Ian, que acaba de conocer a Angela (Hayley Atwell), una mujer especial, ve su futuro en California con la aspirante a actriz y le convence a su hermano para llevar a cabo el asesinato. Entre los dos fabrican unas pistolas caseras y cometen el crimen. Pero lo que parecía tan sencillo para Terry se convierte en una pesadilla que no le deja dormir y empieza a pensar en entregarse o en suicidarse. Kate (Sally Hawkins), su pareja, está preocupada por él y habla con Ian sobre las cosas que cuenta su hermano, creyendo que son todo paranoias. Cuando Ian habla con su tío respecto de los remordimientos que persiguen a Terry, Howard sólo ve una solución: quitar de en medio a Terry, pese a que sea de la familia.
El pequeño velero propiedad de los dos hermanos, "Cassandra's Dream", se convierte en el marco perfecto para que los dos hermanos se abandonen, como en los viejos tiempos. Ian ha llevado las pastillas de su hermano por si tiene hacer que todo parezca un suicidio, pero entonces recapacita y se pelean, con tan mala suerte que Ian cae muerto. Cuando encuentran el barco, los dos hermanos se hallan sin vida.

sábado, noviembre 29, 2008

Saboreando momentos

A veces los actos más simples reportan unos momentos de felicidad insólita. Por ejemplo, despertarte pronto un sábado por la mañana, levantarte a desayunar y volver a la cama para sumergirte en un libro que te traslade muy lejos de la realidad. Pues al final estás viajando sin moverte de la cama, sin reparar en el tiempo que hace fuera, aunque sabiendo que hace un frío glacial, sin reparar en el tiempo que pasa cruelmente en el minutero del reloj, sin reparar en que nadie va a venir a decirte que te levantes, que no son horas... Y posiblemente ese momento, la simpleza y sencillez de ese momento, lo convierte en algo único, muy cercano a la felicidad ideal.
Es una pena que la estresante vida actual nos haga obviar esos instantes únicos.

viernes, noviembre 28, 2008

"El número 23"

Me ha gustado la película, ciertamente. ¿Será que yo también tengo pánico -pero no obsesión- de un número? Lo cierto es que no la había visto porque Jim Carrey no me gusta nada, pero aquí me ha chanado su paranoia con el número 23. No sé por qué pensaba que era de miedo.

Walter Sparrow (Jim Carrey) está felizmente casado con Agatha (Virginia Madsen), con la que tiene un hijo adolescente, Robin (Logan Lerman). Trabaja en una empresa de protección de animales y el día de su cumpleaños conoce a un perro diabólico, llamado Ned. Esa noche, su esposa le regala un libro titulado El número 23. Desde el principio, se siente identificado con todo lo que le ocurre al autor del libro, el detective Fingerling (Jim Carrey), liado con la despampanante Fabrizia (Virginia Madsen). El fatídico 23 empieza a estar presente en su vida como si se tratara de una obsesión, pues lo empieza a ver por todos los sitios, así como al perro.
Cuando investiga sobre el libro y su supuesto autor, descubre que hay un inocente cumpliendo condena por un asesinato que no ha cometido y decide descubrir al verdadero criminal. Y empieza a recordar cosas...

Trópico de Capricornio


Imagen relacionada
Me gustó más Trópico de Cáncer, quizás porque a Henry Miller no le dio por desvariar tanto sobre el mundo y la realidad y se concentró más en el tema del sexo.
Aquí se descubre a un escritor más maduro y también más maldito, hablando de la maldad que todo ser humano lleva dentro. También es una exageración autobiográfica que, en vez de transcurrir en París, acontece en Nueva York. Sería un antecedente cronológico de Trópico de Cáncer, en lo que respecta a que Henry Miller cuenta anécdotas de su infancia y de su juventud. Cuenta cómo sobresalía en todos los sitios por su manera de pensar, un tío sabio ya desde que estaba creciendo en el útero materno.
Miller nos ofrece una panorámica penetrante y demoledora de la sociedad norteamericana. Él se siente inadaptado en su propio país, rodeado de todo tipo de personajes estrambóticos y extravagantes, incluso marginados a veces.
Lo que tiene la novela, que ya se dejaba sentir en la otra, es que parece que sus páginas gritan, contribuyendo a un estrés constante, de principio a fin. Es un flujo constante de miradas que chillan, que se quejan, que alardean, que viven... Y esto es una sensación única, que muy pocos autores saben o pueden conseguir.

Manitas

Yo no entiendo cómo los de Cegasa hacen unas bombillas tan horripilantes como para quedarme con el bulbo en las manos, dejando el resto enganchado. Ahora tengo un problema y es que no sé cómo quitar la rosca. Sería fácil llamar a un electricista -aunque me cobre- o más sencillo todavía dar un toque al casero para que me envíe a Don Chapuzas, un tío que igual hace de fontanero que de cerrajero -y me saldría gratis-. El problema es que me da vergüenza que venga, el problema es que se me ha metido en la cabeza arreglar yo misma el entuerto.
La susodicha bombilla está encima del espejo del baño, espejo que necesito. El caso es que tengo miedo a electrocutarme. Pero aun así lo intentaré arreglar desconectando todo el alumbrado. Desde luego, que yo no valgo para electricista. Y no hablaré de los medios que empleé ayer intentando quitar el trozo de bombilla. En fin, que como era de noche y necesitaba tener luz lo dejé para hoy, pero cuando me acerco al baño me entra una especie de pánico difícil de explicar.
En momentos así es cuando verdaderamente echo de menos a un hombre junto a mí.

jueves, noviembre 27, 2008

"Las ruinas"

La película es malilla, y menos mal que dura poco... Y es un poco desagradable hasta que te das cuenta del leitmotiv que causa el pánico. En principio, se intuye que hay algo, pero cuando se descubre es peor la visión de sangre que el supuesto miedo. No la recomendaría, por supuesto. Claro que para encontrar una película de terror que merezca la pena hoy en día...

Jeff (Jonathan Tucker) y Amy (Jena Malone), Eric (Shawn Ashmore) y Stacey (Laura Ramsey) son dos parejas de estadounidenses que están pasando unos días de vacaciones en México. Pasan los días en la piscina del hotel y en playas paradisíacas, pero un día conocen a Mathias (Joe Anderson), un alemán que está allí de vacaciones con su hermano, pero éste se ha marchado con una antropóloga al yacimiento que hay en unas ruinas que ni siquiera vienen en los mapas. Los cuatro amigos, por cambiar, el último día deciden acompañarle y se une al grupo el griego Dimitri (Dimitri Baveas), que antes de marcharse deja la copia del mapa a sus compañeros.
Cuando llegan a la pirámide llena de una especie de hiedra, una tribu maya les corta el paso y les rodea, disparando a todo aquel que intente escapar de las ruinas. No les queda más remedio que subir a la cúspide, donde hay varias tiendas de campaña, pero ninguna persona. En el fondo de un pozo escuchan el sonido de un móvil y deciden bajar. Mientras Mathias se cae y se rompe la espalda, Amy y Stacey descubren que las plantas son carnívoras e imitan sus propias voces, así como el sonido de los teléfonos. Cuando consiguen subir arriba, sus novios no creen nada de la historia. Mientras que Eric cree que lo mejor es que uno vaya a buscar ayuda llamando el resto la atención de los mayas que intentan evitar que la "plaga" se extienda, Jeff cree que es mejor esperar a los griegos, que vendrán a buscar a Dimitri. Pero Mathias y Stacey ya han sido infectados. Y ahora se vuelven unos contra otros. Cuando sólo quedan Jeff y Amy, saben que tienen que ir en busca de ayuda. Mientras Jeff despista a los indios, Amy consigue escapar, pero no sin antes escuchar el disparo que acaba con la vida de su pareja.
Y entonces llegan los griegos...

Abochornada

Hoy me ha pasado algo que hacía tiempo no me ocurría y estoy muy disgustada. He cometido una falta ortográfica grave ("Haber" en vez de "A ver") y, cuando me he dado cuenta, me he avergonzado. El problema es que se han dado cuenta más personas, aunque no se han regocijado ni nada. Varias horas después aún siento los últimos coletazos de un error fatal que no puedo permitirme el lujo de volver a cometer. Lo cierto es que ha debido pasar porque mientras escribía tenía la cabeza en otro sitio. Me siento fatal.

"Obaba"

La película se basa en el libro de Bernardo Atxaga titulado Obabakoak. Sé que son varios relatos cortos, relacionados entre sí, que transcurren en un pueblo imaginario y mágico, supuestamente situado en el País Vasco o Navarra. Aunque lo tengo, nunca llegué a empezarlo, aunque después de ver la película es muy posible que me lance a leerlo. Ahora siento curiosidad por el resto de las historias que no se desvelan en la película.
Me ha gustado, aunque al final he sentido como que faltaba algo.

Obabak es un pueblo aislado entre las montañas, un pueblo que a simple vista es la réplica de otro cualquiera. Allí pasan las mismas cosas que en otros pueblos, con esa tendencia al mal de los vecinos de un lugar donde todos se conocen. Allí se entrecuzan diferentes historias que tienden a recrear el rumor acerca de lo que el vecino de al lado "no ve con buenos ojos".
Lourdes (Bárbara Lennie) es una estudiante universitaria que llega a Obabak con la intención de hacer una práctica y se pone a grabar todo lo que ocurre en el pueblo. Así se entera de las historias de cada persona, cada familia. Allí conoce a Miguel (Juan Diego Botto), un joven que no quiere marcharse del pueblo, porque cualquier lugar vale para vivir si se está a gusto. Y se enamoran.
Lourdes se hospeda en el hostal El Lagarto, regentado por Ismael (Héctor Colomé), un hombre que tiene fijación por los lagartos. Siempre está acompañado por Tomás (Txema Blasco), un hombre que está sordo y que supuestamente un lagarto se le metió por el oído y le comió el cerebro. Ésta es la historia que le ha contado Merche (Pepa López), que siente un odio atroz por Ismael.
Y allí, en el hostal, está la foto de la antigua escuela. Aquí llega la primera historia, varias décadas antes. La maestra (Pilar López de Ayala) tiene una extraña manera de enseñar a sus alumnos, y esa peculiar manera de hacer las cosas ha convertido el "contar" en una rutina actual. Un día, la maestra se escapa al monte con uno de sus alumnos.
Lourdes intenta colocar a los pocos alumnos que quedan -ahora convertidos en adultos- en las escaleras donde se hizo la antigua foto. Y entonces repara en la ausencia de los hermanos Pellot. Lucas (Eduard Fernández) está internado en un psiquiátrico. Robó a un banquero y luego le mató a él y a toda su familia. Supuestamente habla con su hermana Marga, que murió siendo una niña. En su locura, se ha convertido en un hombre que ha olvidado todo.
Lourdes intenta recuperar su rutina normal en la ciudad, pero no encuentra el final para su trabajo. Decide ir a buscar a Esteban (Lluís Homar), el hijo de un ingeniero alemán, que se ha convertido en un prestigioso catedrático. Esteban recuerda su vida en Obabak cuando era un niño chico. Su padre, Klaus Werfer (Peter Lohmeyer), se enamoró y, fruto del amor, nació Esteban. Pero nunca se casaron. El niño tenía prohibida la entrada a la iglesia, hasta que un día vio la cara de una niña alemana que le dijo su dirección. Así su padre consiguió que Esteban estudiara alemán.
Lourdes se da cuenta de que se está quedando sorda y recuerda el día que fue encerrada en el cobertizo donde Ismael cuida de los lagartos. Sabe que debe volver a Obabak, porque cualquier lugar está bien para quedarse si una se siente a gusto...

miércoles, noviembre 26, 2008

Sezessionsstil

El Pabellón de la Secesión en Viena formó parte del variadísimo movimiento modernista. Se fundó en 1897 por un grupo de 19 artistas. Su primer presidente fue Gustav Klimt.
Es interesante la inscripción de la fachada: "Der Zeit ihre Kunst, der Kunst ihre Freiheit" (A cada era su arte, y al arte su libertad).

martes, noviembre 25, 2008

Mezcla de culturas

Francesc Català-Roca, Señoritas paseando por Gran Vía
Salamanca es una ciudad tan cosmopolita que todos pasan desapercibidos. Pero yo conocí, inevitablemente, ciertos especímenes a los que voy a hacer el honor en pocas líneas. Son personas que llaman la atención por su cultura, sus rutinas o su personalidad. Curiosamente son todas féminas. También hay varones extraños, pero, visto lo visto, somos las mujeres algo más desquiciadas.

Chusa, ¿futura doctora?
Ni por edad ni por físico aparentaba tener el doble de mi edad. Con dieciocho años, yo la hubiera echado unos siete u ocho más, hasta que me llegaron los rumores y luego lo comprobé en su ficha, un día que llegamos a hurtadillas, amparadas por la oscuridad y el silencio de la noche, al despacho de la directora del Colegio Mayor. Estudiaba Medicina y nadie sabía en qué curso estaba, aunque es cierto que no se presentaba a los exámenes.
Cuando yo llegué a Salamanca tenía treinta y seis años y aún no había terminado los seis años primeros de su carrera. Si contamos el MIR y en caso de que se especializara... podría acabar la carrera siendo una ancianita. Supongo que acabó dejándolo.
Yo no puedo imaginarme llegar a esa edad y convivir con muchachas que podrían ser mis hijas. Pero ahí estaba.
Chusa tenía un trauma, pero no lo veo suficiente excusa para seguir en el Colegio Mayor a su edad. Una hermana se suicidó cuando era muy joven.
Me caía bien, espero que la vida le haya deparado muchas alegrías y deseo que no siga allí con las monjitas.

Leticia y su locura transitoria
Se trataba de una persona muy inteligente, de éstas a las que finalmente se les termina yendo la pinza, como así ocurrió. Tenía una mirada azul, acerada y fría, que observaba con una curiosidad extrema. A veces daba miedo. Estudiaba Filosofía porque –dijo- “no quería estudiar otra cosa” y sus notas eran excelentes: entre sobresalientes y matrículas su expediente académico podría colocarla entre las primeras de su promoción.
Físicamente era normal, quizás poco femenina por unos andares plomizos y algo desgarbada. Vestía gruesos jerseys y vaqueros habituales, que acentuaban sus maneras masculinas.
En el primer botellón, antes de la llegada de la Ley Seca, nos fuimos al parque de San Francisco con alcohol. Estábamos sentados en círculo y, de repente, Leticia se puso a saltar cual chimpancé entre los poyos de piedra, ante la sorpresa del resto del grupo, que nunca la habíamos visto de aquella guisa. Ni que decir tiene cuál sería el comentario más reiterado al día siguiente y meses posteriores a propósito de aquel botellón.
Dos años después habíamos perdido el contacto, aunque seguía aquí. Sin embargo, fui informada de que su esquizofrenia había ido a más. Iba al loquero y las pastillas que le recetaban debían ser bastante fuertes. Mi amiga M. se la encontró tirada en un bar y sin signos fehacientes de haberla reconocido. Después me enteré de que volvió a su tierra y fue internada en un centro para enfermos mentales. No se volvió a saber más de ella.

Mari, mentirosa compulsiva
Contar la historia de Mari es la que, sin duda, más dolorosa me resulta. Porque conviví con ella durante mucho tiempo, salí con ella e incluso tuvimos nuestros momentos de confidencias. Estudiaba Filología Inglesa y le iba bien. En exámenes se levantaba a las tres de la madrugada para estudiar y, pese a las trabas de algunos profesores sobre los que corría el rumor de que eran huesos duros de roer, ella solía aprobar a la primera. Sé que ahora es profesora de inglés en un colegio de su tierra, lo que me agrada.
Pero en una época tratar con Mari fue tan desagradable... En su dormitorio habíamos creado “la Cantina”, nuestro bar comunitario, siempre abierto para el grupo de amigas. Allí nos reuníamos, charlábamos, criticábamos, rumoreábamos... En fin, allí nos reíamos y disfrutábamos de esos momentos de libertad, entre galletas y zumos, porque allí había un aprovisionamiento insólito de todo tipo de comida y bebidas light.
El rumor de haber creado un pub imaginario en el Colegio Mayor llegó hasta oídos de las monjas, que sabían dónde encontrarnos si querían algo de nosotras. También el círculo se fue ampliando y aquel año conocí a gente con la que, de otra forma, quizás no hubiera tenido relación.
Aquel año me enteré de que Mari iba a una psicóloga de Salamanca que la recetaba unas pastillas muy fuertes. Tanto que empezaron a afectarle a la razón. Y comenzó a contarnos unas trolas tan grandes que jamás mente humana podría haber imaginado. Lo sorprendente es que siempre se acordaba de todo. Lo difícil no es contar una mentira, sino conservarla. Yo no sé si era consciente o inconsciente todo aquello. Creo que cuanto más historias admirables, pero creíbles, nos contaba, más proclive era a añadir detalles y comentarios, a veces parecía una manera de ser el centro de atención. Una tarde me la encontré tumbada en la cama y totalmente grogui. A los dos días se había ido a casa. En nuestra ignorancia, la llamamos a casa y recuerdo su voz al otro lado, llorando y pidiendo perdón. No sabía entonces por qué, pero muy pronto las monjas nos lo dirían, alegando que había mezclado las pastillas. La decepción fue inmensa; ya nada volvería a ser como antes.
Regresó a Salamanca y yo seguía hablándola normal, hasta que hizo alarde de un victimismo brutal. Entonces me encaré a ella.
-Curarte está en tus manos. Ni tu psicóloga ni yo ni nadie puede curarte, excepto tú misma. Piénsalo.
Y supongo que lo pensó y siguió mi consejo, porque no volvió a tener problemas de este estilo.

Miren y su conexión con los ángeles
De todos los estudiantes de psicología que conocí un 99% entraba en ese amplio círculo que había escogido esa carrera para autotratarse y es que, en cierto modo, esos futuros psicólogos estaban como cabras. Miren, aparte de esto, era una excéntrica con una imaginación demasiado fantasiosa. Además, su tema habitual de conversación era el sexo (perlitas como que “tragárselo” provoca acidez y cositas así).
La primera impresión que tuve de ella fue el de una chica sensata, ¿qué iba a pensar yo entonces que se le iría la cabeza de ese modo...? Cuando la conocí había metido en su residencia a un gabacho al que parecía tener prisionero en su habitación. Desde la calle se veía al chaval sentado en la ventana tomando el aire, porque Miren no le dejaba salir. Le llevaba las sobras de su comida y luego se lanzaban al tema. Es curioso que, estando mi habitación pared con pared, jamás escuchara un simple jadeo. El caso es que luego Miren me contó la historia del francés. Diez años antes ella había ido a Francia donde se habían conocido y había surgido una historia sentimental. Se habían mantenido en contacto hasta ese verano a través de cartas, pero no habían vuelto a verse, hasta ese verano, que ella cogió un tren y se presentó en París o dondequiera que él viviera. Y ahora era el galo quien había venido. Estuvo enclaustrado en la residencia –femenina- durante dos o tres meses, hasta que partió, imagino que aburrido de la inactividad de esas cuatro paredes o envenenado por el olor del sexo.
El tiempo pasó y un día, durante una comida, Miren dijo que ella cerraba los ojos y los ángeles le escribían lo que debía hacer. Yo pensaba que se estaba quedando con la gente, pero no, ella hablaba en serio. Tuve que marcharme a reírme lejos porque aquello me resultaba demasiado ridículo y absurdo.

María y la ninfomanía pura
Alta, rubia, con rasgos de diosa griega y espaldas de deportista, María llamaba la atención, aunque en muchas de las fotos parece un travesti por su excesivo maquillaje. Tenía un gran corazón y quizás eso hacía que mucha gente se aprovechara de ella. Pero era una salvaje en todo lo que se refiere al tema sexual. Tenía mil novios y siempre estaba insatisfecha y quería más y más. Usaba a los hombres como trozos de carne para buscar su satisfacción sexual y, cuando no la conseguía, era capaz de entregarse al primero que se encontrara por la calle.
Yo he conocido a una María que ha ido en una misma noche a tres pisos diferentes y se ha tirado a todos aquellos que se cruzaran por su camino: fue a casa de un italiano, se tiró al italiano y a su compañero de piso, como quería más, se fue a casa de un ex y como el ex no estaba se pasó por la piedra a quienquiera que estuviere allí y, por si no fuera suficiente, se marchó a la calle en busca de más miembros nuevos, que le dieran el placer que llevaba buscando desde que había oscurecido. Todo aquello en una sola noche y lo hacía a menudo.

Cristina y su ego apabullante
Réplica exacta de la niña de Monstruos Inc., era pija hasta la médula, alardeaba de la fortuna de su familia y de las pollas que había mamado. En su mesilla tenía una farmacopea que recetaba a todo el mundo que se encontrara mal, aunque fuera un simple dolor de cabeza, aunque estudiara Publicidad y no Medicina. Se tomaba varios ansiolíticos al día y tranquilizantes para dormir, era muy inquieta y dominante y creía que no había nadie como ella. Intentaba atraer la atención sobre su persona de tal manera que hacía que el resto de la gente huyera de su presencia por ese afán de control sobre el resto de la gente. Se creó muchas enemigas y siempre que estaba ella en alguna sala de la residencia había bronca. Estuvo unos meses en el médico y se respiró entonces paz y tranquilidad, que no duró mucho. A mí me producía compasión e intentó hacer buenas migas conmigo, pero no soporto que alguien intente controlarme, así que durante unos meses estuvimos enfadadas, hasta que al final nuestra bronca resultó nimia en comparación con el complot creado en la residencia contra ella. Dicen que los enemigos comunes alían al resto, y así resultó ser. Fue entonces cuando yo hice las paces con ella. Imagino que me daba mucha pena, porque entre sus palabras dejaba entrever que en su familia estaba anulada y era eclipsada por unos hermanos que rozaban la perfección. Así que cuando nos despedimos nos llevábamos bien, aunque yo no me esforcé en darle mucha confianza porque seguía pensando en ella como una “desquiciada”, pero no era mala chica.

Y la mejor, sin duda alguna, es Lorena. Indescriptible en una sola palabra. Con gran fortaleza física que había desarrollado por variadas tareas agrícolas y una incipiente chepa, un cuerpo serrano sin cintura y acompañada de prendas de vestir de una horterada irremisible, la muchacha era la típica paleta que salía de casa por primera vez. Nunca había ido de fiesta, nunca se había liado con un tío, nunca se había desmadrado. Así que llegar a Salamanca debió suponer para ella un cambio tan radical como ir del blanco al negro.
La primera vez que hablé con ella estábamos en una habitación del Colegio Mayor un grupo numeroso de veteranas y Lorena como única novata, que contaba con el privilegio de escuchar nuestras conversaciones porque entre las veteranas estaba una de su pueblo. Era tan tímida que sólo escuchaba y no se atrevía a tomar parte de la conversación, así que en cierto momento en que hablábamos de hombres, atiné a preguntar:
-Bueno, ¿y tú tienes novio?
Yo imaginaba la respuesta, aunque ciertamente la intuición podía haberme inducido a error.
-¿Y no te gusta nadie?
Entonces fue cuando nos contó que le gustaba un mecánico que hacía de cofrade en las procesiones de Semana Santa. Nos lo describió.
-Y bien, ¿has hablado con él?
-Es que yo no me atrevo a hablar con los tíos.
Reprimí mis carcajadas. En mi mente veinteañera no podía concebir algo así.
-Bueno, tú sal unos días con nosotras y verás qué pronto se te quita la vergüenza.
Y así fue. El primer día ya le gustaba un tío que para ella era inalcanzable. Él era muy educado, un tío que era abogado y estaba terminando por aquella época la carrera de Historia. Además escribía poesía y prodigaba una inteligencia y locuacidad increíbles. Cuando Lorena dijo que le gustaba la empujamos a hablar con él. Lo cierto es que él se coscó enseguida, pero siguió tratándola de una manera agradable y educada, sin darle pie a nada. Imagino que por su mente imaginó algo como: “Ya pasará”. En verdad que ese tío no era para Lorena, pero ¿quién era capaz de destrozar sus ilusiones? Al fin y al cabo, ella no hacía nada malo, no le molestaba, sólo hablaba con él en el mismo tono que usaba él.
Que yo sepa, con los dos tíos que se enrolló aquí, uno que no conozco y el otro con novia (se casaría dos años después), se desmadró bastante. Me da la sensación que hizo y se dejó hacer todo lo que se había perdido años anteriores. En cuanto al que tenía pareja, con el que repitió, una de mis mejores amigas y yo la sermoneamos al respecto. No era un desconocido y la novia nos caía bien. Con el otro le metimos miedo en el cuerpo, hablándole de enfermedades contagiosas. Yo creo que por un lado le entraba y por otro le salía.
Lo más desagradable de todo eran los ciclos menstruales de Lorena. Criada en medio de supersticiones de viejas, le habían metido en la cabeza que ducharse en “esos días” podía provocar la muerte. Le intentamos hacer comprender que en esos momentos era cuando había que cuidar más la higiene corporal. No hizo caso. Y no digo más: el período le duraba cinco días y mejor ponerse pinzas, porque dejaba rastro “aromático” adondequiera que fuera.