jueves, febrero 25, 2010

En una balanza

Si tuviera que elegir un platillo de la balanza, donde en una parte estuvieran todos estos últimos días con todo lo que conllevaban y a él, me quedo con él con los ojos cerrados. Porque da más alegrías que penas, aporta una tranquilidad impresionante, me calma y me reconforta. Y, entre otras muchas cosas, me gusta hablar con él. Ahora recuerdo su voz suave, hipnótica, hechizante; una voz increíblemente sensual.
No me gustan las balanzas, pero por una vez la he utilizado, porque ésta es una forma de que la tristeza de los últimos días pese un poco menos, e incluso es una manera de que sonría de vez en cuando.
Es un gran pensamiento para irme a dormir en estos momentos y dejar que la mente descanse.

Vivir es crecer

A veces me gustaría dormir profundamente y levantarme mañana con la cabeza en blanco, como si fuera el disco duro de un ordenador que se formateara por la noche, pero entonces tendría que empezar cada día de cero y vivir así sería algo muy monótono. Creo que prefiero tener recuerdos, aunque de vez en cuando sean dolorosos; creo que prefiero acordarme de lo que sueño cada noche, aunque en el mundo onírico se vea todo desde otra perspectiva; creo que prefiero levantarme cada mañana como en los últimos meses y ser capaz de empezar el día con una sonrisa... aunque esa sonrisa sea fruto de una única imagen. Así ocurre con aquellas personas que te tocan el alma.
Vivir no es sólo sonreír ni ser feliz, vivir es llorar, entristecerse, caerse, sortear peligros y buscar metas, disfrutar, amar, sufrir... Y con cada una de estas acciones crecemos cada día un poco más. Y yo para ser feliz un momento, aunque sea un instante fugaz, sólo tengo que dedicarle un pensamiento. Él me hace querer a todo el mundo, ¿cómo no le voy a querer a él?

miércoles, febrero 24, 2010

Dedicado a la reflexión

El Pensador, de Rodin
Creo que este fin de semana voy a evitar la fiesta y las grandes concentraciones de gente: lo voy a dedicar a reflexionar. Sencillamente porque me veo en la necesidad de poner ciertas ideas en orden. Cuando leo las entradas anteriores me da la sensación de que camino dando tumbos. Es cierto que una cosa está clarísima: casi todas esas entradas hablan de una única persona. Y la solución más sencilla es hablarlo con él... si me sintiera con energía suficiente para ir a verle. En estos momentos carezco de esa energía. Pero seguramente al final tendré que hablar con él. Aunque no será hoy, ni mañana.
Sí, este fin de semana tiene que ser tranquilo, dedicado a una de las tareas más sencillas, en la que a veces no reparamos, pero muchas veces necesitamos: a pensar. Creo que se evitarían muchos problemas si todos los humanos dedicáramos unos minutos de nuestra vida a la reflexión.
Rodin lo plasmó magníficamente bien en su célebre obra.

Soñar es gratis

La verdad es que me gustaría quedarme dormida como ayer, con las mismas imágenes con las que cerré los ojos anoche, capaces de hacerme cerrar un libro que me gusta para llevarme hasta el país de los sueños. Reconfortan, pero ya estás en otra dimensión diferente de la realidad.
Creo que estoy tan pillada que ahora no sé muy bien cómo salir de ésta. Ni siquiera tengo claro si quiero salir de esta especie de torbellino que ora me atormenta ora me deleita. Es una sensación extraña.
Mañana es jueves... Si me lo encontrara mañana, creo que renovaría todas mis energías, que absorbería toda esa fuerza que emana de él. Debería pensar en que no me lo voy a encontrar. Lo que ocurre, cuando ocurre, suele ocurrir porque no estábamos pensando en ello.
Me sorprende escuchar a muchas personas, sobre todo adultos, cuando dicen que me ven como una chica muy segura. Si todos ellos me vieran ahora...

Cansancio emocional

Me siento muy, muy, muy cansada, infinitamente cansada. Cansada en todos los sentidos.

En mi vida siempre he tenido (y tengo) todo lo que quiero, menos a él. Quizás es que siempre queremos lo que no tenemos. Pero también me he cansado de su silencio, de su indiferencia, de su perfecta educación, de su caballerosidad. Me he cansado de que él esté tan intrincado en mi vida sentimental, de que consiga que el complejo mecanismo que conforma mi corazón entre en erupción. Me he cansado de su "no saber decir nunca que no".
Me he cansado de permitir que su silencio me haga tanto daño. Me he cansado de contarle tantas cosas de mí, de entregarle trocitos de corazón de vez en cuando, de las lágrimas saladas de la desdicha, me he cansado de perseguir ilusiones sin sentido, me he cansado de dar sin recibir nada a cambio.

Puede ser la persona más maravillosa del mundo (que lo es), puede ser un ángel de carne y hueso (que lo es), puede ser la persona más adorable que yo he conocido (que lo es)... pero incluso en toda su perfección no tengo por qué perder tanto tiempo en cábalas. Lo más sobrecogedor es su mutismo, la ausencia de respuestas, pero incluso de eso me he cansado también. Sólo le falta ser un dios del sexo, que eso lo desconozco, pero conociéndole un poco es muy posible que también lo sea.
Estoy cansada de buscarle entre la gente, de que sea capaz de ver en mi interior incluso más que yo misma, cansada de esperarle, de soñarle, de imaginarle, de hablarle, de comprenderle...
De lo único que no estoy cansada es de quererle.

Borrador


Me veo insegura a la hora de mandar ciertos correos electrónicos. Curiosamente, en la carpeta de borradores se van acumulando: un email escrito hace un rato, un email escrito en agosto de 2009. Los dos eran para la misma persona y me veo incapaz de darle a la tecla de enviar. Son correos enternecedores, como todos los que he escrito alguna vez a esa persona.
Estoy reacia a cualquier comunicación con él. Tendría muchas cosas que contarle, pero no le voy a decir nada.
Lo que son las cosas...

Unas letras para la oscuridad

¿Qué mérito tiene escribir algo cuando sé de antemano que su destinatario no lo va a recibir? Caerá en el olvido, pero me sorprende observar que, al ser consciente de que jamás llegará a sus manos, estoy escribiendo algo que jamás imaginaría que iba a escribir. Me pregunto cuántas páginas llenaré para guardarlas o quizás quemarlas...

Nieve en el corazón

Una vez escribí un compendio de cuentos que se titulaba Nieve en el corazón. Me gustaban algunas de las historias que se me habían ocurrido; todas y cada una de ellas estaban relacionadas con la nieve o con el frío, y en un sentido más profundo tenían alguna connotación triste. Porque es obvio que esa metáfora nos lleva a pensar en una especie de frialdad interna, dolorosa, muy cercana a la tristeza.
Hoy me ha venido a la mente aquel título para englobar diferentes historias y es que realmente siento que tengo nieve en el corazón. Llevo como dos horas intentando controlar esa tristeza. Después de unos días intentando aguantar, intentando que no me afecte, hoy compruebo que sí me está afectando, que vuelvo a tener unas terribles ganas de desahogarme, que se me rasgaban los ojos al conducir hacia casa al mediodía. He comprendido que la tristeza sigue ahí, inalterable, que me echo a temblar si pienso en él, aunque en determinados momentos esa imagen consiga sonsacarme una débil sonrisa.
Siento que se me está encogiendo el corazón, como si ahora midiera dos milímetros menos de grosor. Uffff...

Desde el espejo retrovisor

He sentido su cercanía física cuando me dirigía al coche. Al desaparcar, mirara para donde mirara esa matrícula, ese vehículo, no podía apartarse de mi vista. Tan cerca. Y después he mirado hacia la calle. Y me he permitido sonreír: tan lejano y tan cercano a la vez.
Casi prefiero ver su coche, saber que está ahí, saber que es real, aunque no nos veamos. Si veo algo de él sé que está bien, trabajando mucho, pero bien. No soy alguien que se conforme con eso, pero de momento tendré que conformarme.

Pequeños escarceos

No hay cosa que más odie que esperar una larga fila en un banco. Pero no suele ocurrirme muchas veces, siempre consigo que alguien me deje pasar. Hoy no ha sido una excepción. Cuando he entrado en una de las numerosas entidades bancarias de esta ciudad, estaba MC junto a la puerta. Es una persona a la que siempre saludo, aunque sólo haya hablado con ella en dos ocasiones contadas. Siempre saludo aunque no tengo confianza con ella para preguntarle por cierta persona. Lo de Nochevieja es otra historia: había alcohol por medio.
He seguido caminando por el pasillo del banco hasta llegar al mostrador, o más bien a la fila del mostrador, aunque me han dejado pasar. Al marchar, MC aún seguía allí, parecía esperar a alguien en concreto.
Antes de eso, al pasar junto a cierto número de una calle de esta ciudad, he mirado hacia arriba con un descaro que jamás había utilizado (aunque paso por ahí a menudo, dado que es un punto céntrico). Tampoco pensaba encontrarme a nadie en la ventana, pero es cierto que nunca había mirado en esa dirección tan fijamente como lo he hecho hoy. Y entonces, de frente, ha aparecido alguien que trabaja ahí. Espero que no me haya visto mirando hacia arriba tan descaradamente. He sentido que me ruborizaba.
Esta ciudad está llena de personas que me recuerdan a él. Y él está en cada elemento, en cada individuo que conforma el mundo de alrededor.
Hoy hay mucha gente por la calle y eso es vida.

Creo que hoy iré a comer a casa. Después de largas semanas quedándome, casi siempre con la excusa del mal tiempo, ya va siendo hora de que retome las comidas caseras que, sin duda alguna, son las mejores.

Ha salido el sol

Necesito que me dé el sol, así que aprovecharé para irme de bancos (por decir algo). Lo peor de los bancos es que siempre hay enormes filas que esperar, a no ser que vayas a primera hora. De todas formas, aprovecho y me tomo un café.
El sol anima. Es genial salir a la calle y encontrarse con un día luminoso como el de hoy.

Dulces sueños

Anoche tenía intención de escribir sobre algo, no recuerdo sobre qué exactamente, aunque esa idea volverá a aparecer en las próximas horas. Escuchaba el viento fuera y me arropé en la cama con un libro. No duré mucho leyendo. A pesar de que cuando me tumbé no tenía sueño, los ojos se me cerraron y un abanico de imágenes empezaron a mostrarse rápidamente, en todos esos 'fotogramas' aparecía él: él sonriendo, él hablando, él conduciendo, él caminando... A los pocos minutos abrí los ojos de repente, me situé y decidí volver a cerrar los ojos.
La mente no siempre nos da imágenes en forma de recuerdos tan completas, por lo general son bosquejos, pinceladas incompletas, pero anoche yo le veía definido y no quería perder esa imagen, quería retenerla en mi mente.
Así me quedé dormida. Cuando me he despertado esta mañana, me he encontrado con la lámpara encendida, con el libro sobre la cama, con el portátil abierto. Entonces he recordado por qué me quedé dormida anoche.
Eso sí que son dulces sueños.

Seguro que si me propongo recrear su imagen, no me llega tan completa y definida como anoche.

Mitad de semana


Siempre me ha preocupado el paso del tiempo, no tanto por envejecer sino más bien al concienciarme de que el 'ahora' será pasado en cuestión de minutos. Se me pasan las semanas tan rápido que apenas me da tiempo a saborearlas, y eso que me esfuerzo por concienciarme del momento: "estoy aquí y ahora y eso es importante, ahora", dentro de unas décadas eso será cenizas.
Sin embargo, esta semana se me está haciendo larguísima, aunque parece que lo del sábado por la noche ocurrió hace años y la noche que me paseaba con un enorme sobre formara parte del siglo pasado.
Pese a lo que parezca, me encanta pensar en el tiempo. Me parece un concepto extraordinario, una dimensión extraña.
Antes pensaba mucho en la muerte y me daba pánico pensar en ello, pero cuanto más intentaba dejar de pensarlo más vueltas le daba. "Dejar de existir", ¡qué terrible suena! Hace mucho que no pienso en este tema. Prefiero pensar en el tiempo, ese tiempo que nos encamina hacia nuestro destino final.
Si mi tiempo tuviera un límite (que lo tiene, como el de todo el mundo, pero no me refiero a ese límite a largo plazo), estoy segura de que esas últimas horas me encantaría compartirlas con cierta persona, que así, visto desde esta perspectiva, me parece tan lejano en el tiempo.

martes, febrero 23, 2010

Antes de tiempo

Me siento profundamente cansada. Entre una cosa y otra, se me ha pasado el día volando. Tengo los pies hechos papilla gracias a los tacones que aún no me he quitado, pero descansarán al llegar a casa. Porque hoy llegaré antes de las diez (eso espero).
También he pensado mucho en cierta persona. Es una constante en mi vida. Me sorprendo al descubrir lo mucho que le quiero y lo extraño que me resultaría lo contrario.
En fin, me estoy dejando llevar y hay temas de los que, en estos momentos, no me apetece hablar.
Hoy llegaré a casa antes que los últimos días.

Extrañas decisiones

Estaba en E. cuando me ha llamado E. Era la segunda vez que me llamaba hoy; esta mañana no he podido atenderla. Cuando he visto el prefijo he sentido que el suelo se derritía a mis pies: sabía lo que me iba a decir.
¿Tan pronto lo ha preparado? Ahora no sé qué hacer. Digo yo que se lo tendré que enviar a él. Por supuesto, nada más regresar a la oficina ha sido cuestión de segundos cerrar un correo, abrir el otro y descargármelo.
También me ha dicho que me ha buscado vuelos internos para desplazarnos de un sitio a otro (algo que ya había intuido yo por las distancias, aunque no había contado con el estado de la vía férrea y los trenes que circulan por la misma, que deben ser pésimos). Y que esa época es invierno, pero aún no es lo más crudo del invierno.
Argentina... tan alcanzable, pero ¿qué pensará él? Cuando me sienta con fuerzas y energía suficiente, así como cuando se incremente la seguridad en mí misma, es posible que me ponga en contacto con él. Sólo con pensarlo vuelvo a recordar el sábado por la noche y vuelvo a sentirme infinitamente triste.

¿Irme a otro sitio aunque sea tan cerca?

Hace unos diez días me propusieron ir a otro sitio, no muy lejos (a unos quince kilómetros), a realizar el mismo trabajo que estoy haciendo aquí, aunque sólo en horario matinal. Me pareció una idea genial, porque allí yo veo un filón. Lo único que me echaba un poco para atrás era alejarme físicamente de él, no encontrarme con su coche de vez en cuando o no cruzarme con él algunos días que el azar une nuestros caminos.
La verdad es que ese otro lugar a mí me encanta, en verano y en invierno (aunque jamás subiré a las pistas y probaré a esquiar), por eso no me costó mucho decir que sí.
Cada vez eso es más tangible. Esta tarde vamos a ir a ver la oficina, a hacer un reconocimiento del lugar. Realmente algo así es lo que necesito ahora, porque nada de aquel lugar tiene por qué recordarme a esa persona.
Hoy salía del Suma y evitaba mirar al frente. Cuando voy a ese supermercado suelo tomar la calle de atrás y entonces he visto quién había aparcado allí. Pese a evitar mirar me he encontrado buscándole con los ojos ¿por si venía en esa dirección? Creo que me he quedado parada, aunque luego he empezado a caminar rápidamente, sin mirar atrás, huyendo de allí, intentando dejar sus recuerdos detrás de mí. Aunque sé que es imposible.
¿Y si me lo hubiera encontrado? Posiblemente hubiera hablado con él como siempre, absorbiendo sus palabras, aprendiéndome sus rasgos, acariciándole con los ojos, con los oídos. Me pregunto si él captaría cómo me siento. En verdad creo que sí, que no se le escaparía.
Pero no me lo he encontrado.
Si me fuera le iba a echar mucho de menos.

Café a media mañana

El año pasado el café a media mañana me gustaba un poco más, quizás es porque me deleitaba con la presencia de cierta persona, aunque entonces fuéramos meros desconocidos. Recuerdo que, después de un mes, aunque mi cuerpo me pidiera antes la dosis diaria de café, siempre esperaba a las doce. Esos recuerdos me debilitan quizás, porque antes tenía esa pequeña ilusión y ahora carezco de ella. Sigo bajando al café, aunque intento que no me den las doce.
Hoy es una excepción porque se me ha hecho algo tarde. Necesito ese café y hojear quizás el periódico, pasar inadvertida, aunque eso también ha cambiado. Hace un año no conocía a nadie, y ahora raro es el día que no me invite nadie al café o que no se paren a decirme algo.
Yo creo que también podría dejar el vicio del café a media mañana. No bajo tanto por el café, sino para que me dé el aire, para sumergirme entre el murmullo de la gente, para despejarme. Y es que una mañana sin café no es una mañana completa.
Aunque sólo sea por hacer honor al nombre de este blog, nombre que cambié por lo que significaba ese café de las doce, para que quedara como memorandum.

Despertar con el sol

Hace unos años no solía bajar la persiana para que, cada mañana, me despertara el sol. En invierno la suelo bajar, pero eso no quita para que el sol entrara por las rendijas. Cuando he abierto los ojos, de forma repentina, creía que me había quedado dormida y el reloj biológico me decía que eran las diez de la mañana. Al encender la lámpara he comprobado que aún no eran las ocho y que todavía no habían sonado las alarmas de los móviles. He suspirado y he dejado caer la cabeza en la almohada, dejando la mente en blanco.
Con los rayos del sol, se ha ido moldeando en mi mente una imagen y, curiosamente, al contrario que los días pasados, esa imagen me ha traído paz, me ha dado tranquilidad en el alma y me ha regalado energía suficiente para comenzar el día con un poco menos de tristeza que ayer.

Si el viento se llevara todo

Se escucha el viento silbar en el exterior con una fuerza impresionante. Creo que ya va siendo hora de ir a dormir. La verdad es que puede que me vaya a dormir ahora pero no sé cuánto tiempo estaré dando vueltas sin cesar.
Sigo contando mis secretos a la almohada, pero esta noche no tengo ganas de decir nada. Lo que de verdad me gustaría decir sólo podría decírselo a él.
Quiero dormir profundamente. No me importa que él aparezca en mis sueños, pero quiero descansar y quiero que mi mente y mi corazón también descansen.
En la oscuridad seguiré escuchando las palabras del viento, quizás se lleve consigo todo este pesar. Aunque sé que eso no es posible.

lunes, febrero 22, 2010

Cuando llegan las dudas

Lo del sábado se ha asentado como un témpano en mi corazón, pero es únicamente eso: un témpano de hielo, destinado a derretirse. Imposible que congele todo lo que está alrededor. Después de dos días, estoy sopesando las posibilidades: sería una tortura tenerle delante, aunque podría soportarlo; pero desconocer todo de él e incluso ignorarle como pretendía el sábado es aún más insoportable. Sé, además, que le veré y seguiré hablándole normal, aunque me cueste tantísimo ocultar lo que llevo acarreando desde hace tres días.
Es impresionante cómo conjuga en su misma persona tantas cualidades dignas de admiración. Casi roza la perfección. Y no exagero, es que jamás he conocido a una persona tan íntegra y que aporte tanto a la vez. Es vida. Su magnetismo es enorme.
He vuelto a sonreír al pensar en que no es mi deseo sacarle de mi vida. No podría, pero es que tampoco quiero.
La tristeza continuará azotándome, porque sigo encontrándome un poco a la deriva. Siento que me tambaleo. En estos momentos me encuentro como si acabara de salir de un mal sueño. Lo de estos días sigue ahí de todas formas. Y yo estoy algo liada, quizás porque no sé qué camino tomar. Lo que tengo claro es que seguiré permitiendo que él, su imagen, cualquier recuerdo, cualquier objeto me traiga una sonrisa de vez en cuando. Es que... ¿cómo voy a sacarle de mi vida si él no ha hecho nada? Er ist ein Engel.