sábado, marzo 17, 2018

Qué pasará, pasará, pasará...

Si antes eran los de abajo ahora la fiesta está aquí al lado, con la misma canción que cantan todos bien alto.
Lo cierto es que estoy disfrutando de una buena tarde lectora, pero tengo que ir a dar una vuelta. Además hace buena temperatura.
Así no tengo que seguir escuchando la misma canción. A mis vecinos les gusta mucho y no es la primera vez que la ponen varias veces.
No sé quién la canta. Me suena a Raffaella Carra, pero lo desconozco.

Vecinos ruidosos

Los vecinos tienen montada una buena fiesta debajo de mi piso. No sé si bajar y apuntarme a la fiesta.
Hay una niña pequeña pero su cumpleaños fue hace ya unos meses: me lo dijo en el ascensor.
Como son tantos puede ser el cumpleaños de cualquiera de ellos. Seguro que si tiro de Facebook descubriré de quién es el cumpleaños.
Lo cierto es que me apetece leer. Concretamente hoy estoy tan enfrascada en la historia que pierdo la noción del tiempo.

Sábados que se agradecen

Cuando he llegado a casa venía muy ligera. Al menos ahora lo del trabajo acumulado es muy lejano y, por lo menos, no tengo nada de la oficina en mi casa. Sigo pensando que los sábados por la mañana me cunden mucho. 
En cierto momento ha venido mi hermano y me ha explicado lo que han hecho mis sobrinas cuando han visto mis mensajes de hoy, unos mensajes que iban en sendos sobres de color marrón, con dos chapas que se han puesto en la ropa. Me ha dicho que la mayor leía y la pequeña pedía que le leyeran. Pero se han puesto a saltar cuando han visto de quién eran los mensajes. Esta tarde les escribiré más y se los daré mañana en mano. 
En cuanto a lo demás, estoy enganchada a Thilliez, por lo que como ha empezado a llover me tocará tarde tranquila de lectura. 
Pero es posible que dentro de un rato esté tomando cervezas como ocurrió hace unos días. 

viernes, marzo 16, 2018

Escribir bien (o intentarlo)

Desde muy pequeña no tengo faltas de ortografía, aunque reconozco que a veces se me escapa alguna.
En ocasiones me llegan manuscritos a la oficina que son difíciles de digerir. Pero jamás he criticado a otras personas por tener faltas ortográficas. En esa situación soy muy tolerante. Y no me gusta cuando se critica al respecto.
Si no sabemos las circunstancias de esas personas que quizás no pudieron ir a la escuela es mejor que no digamos nada.
Mi padre tuvo que dejar la escuela a los ocho años: acababa de perder a su madre y tenía dos hermanos mellizos tres años más pequeños. Tuvo que cuidar de ellos y hacer las labores domésticas. Así durante unos años hasta que mi abuelo se volvió a casar. Pero mi padre no volvió a la escuela.
Sin embargo, cosas de la vida, tiene una letra magnífica y apenas tiene faltas ortográficas. Además tiene una inteligencia extraordinaria. A la vista está... Es posible que sus circunstancias personales le hicieran fuerte frente a los reveses de la vida.
Cuando estudiaba periodismo no entendía que hubiera gente que tuviera faltas ortográficas. Se supone que nos enseñan a escribir. Claro que los medios de comunicación a veces utilizan expresiones (o las inventan) que no son correctas, cuando deberían dar ejemplo. Eso ya te lo señalan en las Facultades de Periodismo: que no nos fijemos en los medios de comunicación (sobre todo los audiovisuales).
Hoy en día he abandonado foros literarios por esa intolerancia. Es cierto que me resulta sorprendente que un lector escriba una frase de cinco líneas y haya cuatro faltas ortográficas. Pero más sorprendente me resulta leer que hay gente que pretenda que haya más rigidez con los que cometen esas faltas y se les expulse.
Deberíamos ser más tolerantes, pero no sólo con esto sino con todo. Se evitarían muchos problemas y malentendidos.

Un libro japonés

Esta semana me devolvieron los objetos japoneses que mi sobrina tuvo que llevar al colegio para familiarizarse con Japón. 
Entre todos los objetos había un libro. A una bibliófila como yo le resultaría imposible ir a Japón y no traerse un ejemplar, aunque no entienda nada. Y lo traje, claro que sí. Sólo que ese ejemplar es de cómics. 
Hay que tener en cuenta que allí se lee en vertical. A mí me sorprendía ver a los japoneses leyendo esas interminables columnas, pero estamos hablando de otro idioma, otras tradiciones y otra cultura. Y el libro también es al revés. La portada es lo que nosotros consideramos la tapa trasera del libro y leen, según nuestra perspectiva, desde atrás hacia adelante.
Otra de las curiosidades es la discreción nipona, así que muchos van leyendo en el metro y nadie sabe lo que leen porque los libros están envueltos. A mí también me lo dieron envuelto en papel, y para ver la portada tengo que desenvolverlo.

Historias pasadas

Esta tarde he estado dos minutos en la oficina y, según la persona que ha venido, me he ruborizado cuando me ha preguntado sobre alguien. 
Ha venido a ser algo como: "Nos conocemos desde 6º de EGB, fuimos juntos a la misma clase, salimos de fiesta juntos cuando íbamos en el mismo grupo de amigos en tu pueblo, te conozco lo suficiente para intuir que aquí con éste... hay algo". Y según él me he puesto roja. 
Le he explicado que no, que es una historia del pasado. Que nos llevamos bien y ya. Me ha dicho que no creía una sola palabra. 

Cuando ahora puedo sentarme y reflexionar sobre ello, aunque yo sigo pensando que no me he ruborizado, recuerdo que en una ocasión leí que al menos una vez en la vida nos llega un gran amor. Un gran amor que nunca se termina de ir, que no olvidaremos jamás. Pues esa persona de la que hablábamos fue mi gran amor. Quizás debería escribirlo en mayúsculas. Sin embargo, me terminó rompiendo el corazón de una manera tan brutal que creo que aún hoy lo estoy recomponiendo. Varios años después. 

Lo que tengo claro es que no voy a remover nada del pasado que me haya causado dolor. 

Nada que ver

Aún recuerdo que el viernes pasado estuve trabajando hasta bien entradas las nieve de la noche. Nada que ver con la tarde que me espera hoy: relax, libro, café a media tarde y quizás siesta. Lo de la siesta es muy relativo, porque no me gustan las siestas pero si me entra el sueño...
También he recogido el libro que reservé hace al menos un mes; habían perdido mi número de teléfono y no podían avisarme.
De todas formas estoy con Franck Thilliez y me está gustando mucho.
También me han avisado de que el Bookish llegará antes del día 20. Seguramente será el lunes.

De oficina en oficina

En el Ayuntamiento hay un acceso al público y otra puerta más resguardada por donde no suele entrar la gente. Pues yo me he acostumbrado a entrar por esa segunda puerta, y es que además siempre se les olvida cerrar y siempre me terminan preguntando cómo he entrado si ya estoy fuera de hora.
Aunque hoy no he llegado tarde. Al final seguimos haciendo las cosas por costumbre.

Viernes...

Hay veces que pasan las semanas tan rápido que apenas las siento. Y es que ya ha vuelto a llegar el viernes.
El último viernes del invierno, por cierto. Qué ganas de que desaparezcan los crudos días del invierno y de que llegue el sol...

jueves, marzo 15, 2018

Dos semanas para Semana Santa

Quedan sólo dos semanas para Semana Santa. Que vendrán bien esos días libres para descansar. Mi madre ya me ha preguntado si voy a ir a algún sitio y cierto es que me ha picado el gusanillo. Pero este año lo dejaré pasar. De hecho, el año que viene ya tengo planeado ir a Florencia con otra persona. Claro que para el año que viene, y quedan doce meses por delante. He podido cambiar de opinión mil veces, pero no porque sea indecisa, es que nunca planeo viajes a largo plazo, sino que decido ir y en diez días me marcho, con la única excepción de viajes largos, que entonces es otra historia.
Es que mi madre me conoce y sabe que para mí es un sacrificio enorme no viajar, pero ya llegarán tiempos mejores. En los últimos años he aprendido a tener paciencia con todo. 
Porque lo mío con los viajes es de traca, y eso los que saben o me han pillado.
Un día me levanté de la cama y decidí que tenía que conocer París y me marché. Pero tuve una visita sorpresa en Salamanca y descubrieron que me encontraba junto a la Torre Eiffel. Podía no haber cogido la llamada, pero después de veinte llamadas de mi primo hubiera olido a chamusquina.
Un verano, varios años después, decidí que tenía que visitar Roma y me fui a Italia. Aquello sí que fue una odisea de verdad. Y es que los italianos avasallan por la calle. Hace unos pocos años volvería a Milán y Turín. Italia es un país que tiene mucho que ver.
Mi familia me pregunta antes no vaya a ser que me llamen un día y se encuentren con que estoy en cualquier país por ahí y que no he avisado a nadie. 
De momento este año me dedicaré a descansar, por lo menos en Semana Santa. El año que viene ya llegará. 
Que tengo el gusanillo de viajar, sí. Pero puedo seguir esperando un tiempo más.

Para mí el sacrificio es enorme. Ya lo sabía antes de comprar piso. Pero todo compensa. Me pregunto cuántos libros caerán en esos cuatro días de Semana Santa.

Me he perdido el arco iris

¿En qué mundo estaría metida yo esta tarde para haberme perdido el espléndido arco iris que ha surcado el cielo?
Y eso que cuando el día está entre sol y lluvia suelo buscar el arco iris.
Ya lo encontraré otro día.

Yo debía encontrarme entre Galicia y Francia. Es decir, acabando un libro y empezando otro.

La caja de los secretos

Mis sobrinas me dicen que yo no tengo caja de los secretos pero mis mensajes les llegan mágicamente. Hoy he decidido meterles en los sobres algo más que palabras.
Y es que les hace mucha ilusión recibir mensajes...

Ya no sé...

Ya no sé ni cómo ponerme, pero hoy no encuentro una postura adecuada y eso que la nueva novela es interesante.
Fuera se oye la lluvia. De repente sentía que fuera estaba lloviendo, pese a que está oscuro. Cómo se agradece no tener que salir. Yo creo que cuando llueve fuera disfruto incluso más de la lectura.

Fariña

Tengo que reconocer que después de todo el despliegue mediático del libro Fariña en los medios de comunicación me picaba la curiosidad. El libro está prohibido desde su edición original en 2015 cuando el ex alcalde de O Grove demandó al autor y a la editorial por vulnerar su derecho al honor. Tras haberlo leído no recuerdo a este señor (José Alfredo Bea Gondar), ya que hay tal cantidad de nombres en tan pocas páginas que es muy difícil quedarse con todos. Obviamente el lector se acuerda mejor de los capos del narcotráfico gallego que de los políticos corruptos o policías que se mostraban indiferentes ante los desembarcos de los grandes alijos de droga. También recordamos que un joven Mariano Rajoy quería que se investigara el narcotráfico cuando aún contaba con total impunidad y le recomendaron marcharse a Madrid. Pero es tal la cantidad de nombres, fechas, operaciones y otros datos que es imposible recordarlos todos. Ahora bien, el libro sirve para dotarnos de una idea general de lo que ha sido y es el narcotráfico en Galicia: sus orígenes, los clanes y toda la logística que tienen detrás, el dinero que mueve, la droga a pie de calle, el silencio de los vecinos, la relación con los principales carteles colombianos, la pericia de los narcotransportistas, los primeros gritos en la calle y, en definitiva, una total convivencia con la droga, tanto desde el punto de vista de las víctimas como de los narcotraficantes.

Este libro podría enmarcarse en el género de crítica social. El título ("harina") es como comúnmente se le conoce a la cocaína entre los narcos gallegos. El libro está claramente diferenciado en varios bloques que permite esclarecer cómo un lugar como Galicia se convierte en uno de los focos de entrada (el más importante) de la droga en Europa. 
Así, descubrimos que en sus orígenes, cuando España se encontraba en plena posguerra, las partes fronterizas tanto por Pontevedra (río Miño) como por Orense (a raia seca) donde comenzó el estraperlo con productos de primera necesidad. Del estraperlo se pasó al contrabando de tabaco con sus señores do fume y comprobaron que podían ganar mucho dinero. Entonces el contrabando era una falta, no un delito. El contrabando de entrada ilegal de tabaco en España derivó en algo que daría pingües beneficios: el narcotráfico y, con ello, la proliferación de clanes gallegos muy cerrados que eran verdaderos estrategas para conseguir "colar" droga de los carteles colombianos en Europa a través de Galicia. 
Estos clanes gallegos enseguida comenzaron a hacer ostentaciones de su dinero, mientras cualquier adolescente quería ser narcotraficante, los capos financiaban a los partidos políticos y sobornaban a las fuerzas de seguridad del Estado. Y ante la complicidad de los vecinos. Y mientras en Galicia florecía esta industria y muchos se enriquecían en poco tiempo, en Madrid aún no se hacían a la idea de las dimensiones de una problema que venían avisando la DEA y la Interpol. Y es que los capos gallegos eran intocables, los jueces que intentaron procesarlos fueron enviados lejos y el narcotráfico seguía reinando a sus anchas desde la Costa da Morte hasta las Rías Baixas. Cada vez más organizado, cada vez más estructurado y cada vez más modernizado. 
Hasta que llega el juez Garzón y la Operación Nécora, y después de mucho investigar, deciden meter a todos entre rejas. Obviamente muchos lograron escapar. Además era muy difícil probar que ellos eran los capos, así que abrieron otras líneas de investigación, que fueron las investigaciones fiscales, y así sí fue más sencillo llevarlos a prisión (todos tenían que blanquear dinero y ese rastro era más fácil de seguir que pillarles "con las manos en la masa" en una descarga de fardos de droga). 
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Imágenes de la planeadora bestial que mandó fabricar "Patoco" a una naviera italiana

También hay un capítulo dedicado a los lancheros y su eficacia en las aguas, así como la especialización en planeadoras, cada vez más rápidas y capaces de hacer kilómetros sobre el agua. Especial hincapié hay que hacer sobre el líder de recorrer las aguas gallegas en su planeadora especial: "Patoco".
Hay capítulos que me producen especial tristeza, como el de esas madres cuyos hijos son y han sido víctimas de la droga que tenían a las puertas de casa, mientras enfrente se ven las mansiones de los capos que se encargan de transportarla a Galicia. También el último capítulo es deprimente, cuando explica que ya no hay impunidad, pero el silencio sigue estando vigente. Los gallegos no hablan, porque el que está traficando puede ser el vecino de al lado. 

En definitiva, es un libro que ayuda mucho a comprender la historia del narcotráfico en Galicia, en líneas generales. Se disfruta de él porque es algo de lo que hemos oído hablar en las últimas décadas, y de alguna manera nos solidariza con todos esos gallegos que tienen que convivir con algo así. Porque lo que queda claro en el libro es que el narcotráfico sigue existiendo, sólo que en la actualidad se hace todo de manera más discreta.

"Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera (Pablo Neruda)".


EL AUTOR:

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Nacho Carretero (A Coruña, 1981).- De su experiencia como camarero de comida rápida aprendió que no quería ser camarero de comida rápida. Así que se puso a escribir. Empezó en redacciones y después huyó para ser freelance. Fue entonces cuando arrancó a publicar en todo medio escrito que se le ponía a tiro, desde Jot Down al XL Semanal pasando por Gatopardo, El Mundo o El Español. Ha escrito sobre el genocidio de Ruanda, sobre el ébola en África, sobre Siria, sobre su tía Chus y hasta sobre su amado Deportivo de La Coruña. Actualmente es reportero en El País. Contar la historia del narcotráfico gallego era un sueño periodístico enquistado en su cerebro desde que era un neno.

EL LIBRO:

Título original: Fariña
Autor: Nacho Carretero
Editorial: Libros del K.O. (10ª edición, enero de 2018)
Número de páginas: 365
ISBN: 9788416001460

Valoración: 7/10

RETOS:
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Lo que ven

Si les enseño a mis sobrinas cómo dibujar una flor repiten paso por paso. Abejas, tiburones, corazones... y mariquitas.
Hoy he recibido un mensaje de vuelta. Ahora tengo que responderle para que alguien lo meta en su caja de los secretos: le encanta recibir mensajes.

Una de calamares

Acabo de llegar a casa. Entre calamares, patatas bravas y varias cervezas, aquí sigo. No está mal para terminar el día. No esperaba llegar tan tarde, pero así es. Poco antes de la medianoche. 
Casi no me he enterado de las horas. De repente he mirado y eran las 23.30h. y entonces he pensado por primera vez que mañana sigue siendo día laborable.

Hacía tiempo que no comía unos calamares del Titanic.

miércoles, marzo 14, 2018

De paseo

Lo de hoy es una odisea. Pues que ando paseándome por ahí y aún no he terminado. Y encima a algunos se les olvida que tenían una cita conmigo.
No tengo más que ganas de llegar a casa. Aunque hoy me tomaré unas cervezas antes.

Me salen suegros por ahí...

Hoy ha venido un señor a la oficina con el que me llevo muy bien, con quien tomo cortos muchos días al mediodía y cafés a media mañana, e incluso sin estar trabajando nos hemos tomado una cerveza a media tarde junto a su casa. 
Hoy me ha dicho que yo sería una buena nuera para él. Creo que es una de esas veces en que no sabes qué responder. Cuando me he repuesto, pues me entraba la risa, le he dicho que yo con su hijo me llevo bien, desde que le conocí, y ahora recuerdo que le conocí porque mi primer noviete fue un amigo suyo. Después iba a mi pueblo en todas las fiestas, y sí, me llevo bien con él, pero nada más. 
No es la primera vez que alguien me quiere de nuera. Uno vino una vez con su hijo y me preguntó si me gustaba, para bochorno del joven más que mío. Y después siempre mandaba al hijo a nuestra oficina. 

En estas ocasiones tengo que tomármelo a risa y con buen humor. Al final, lo que yo piense al respecto me lo guardo para mí. Luego me dicen que soy una guasona... Pero qué quieren haciéndome esas proposiciones, como si yo no tuviera ni voz ni voto. Pues nada, a reírse toca.

31 para los 41

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Hoy puedo decir que quedan 31 días para que cumpla los 41. Este último año se me ha pasado tan rápido que apenas me he dado cuenta. Me parecía un mundo cambiar de decena y me acostumbré demasiado pronto. 
Se puede decir que todos los 14 de marzo pienso en que empieza una especie de cuenta atrás y empiezo a despedirme ya de la edad actual.
A veces cae en Semana Santa, como el año pasado, y surgen cosas inesperadas.
El año pasado, la víspera, mi grupo de amigos decidió comer en la ermita y al aire libre ese día y llevé el postre, como no podía ser de otra manera. 
Por la mañana me felicitó una amiga a la que hace tiempo que no veo y decidió venir a verme, con lo que estuve tomando un café muy largo en una terraza al sol. Lo único que tenía pendiente era cruzar la calle y pasar a la pastelería a por dos tartas de nata -porque con una no nos iba a llegar para todos los que nos habíamos apuntado a comer ese día-. 
Mis sobrinas, que también estaban en la comida, soplaron las velas de las tartas y luego me dieron los regalos. En realidad me los abrieron ellas. 
Cuando volvimos al pueblo, otra amiga me dio un paquete que era un libro firmado por la propia autora. Que todavía no he leído y tendré que hacerlo en las próximas semanas. 
Fue un día mágico, porque surgió esa comida y allí estaban los amigos más cercanos del pueblo. Así que me ahorraron unas cuantas llamadas. Porque es cierto que a eso de las ocho de la tarde estoy deseando que termine el día porque el teléfono no deja de sonar.
Este año cae sábado. Ni siquiera me planteo si lo celebraré aquí o con mis padres. Lo justo sería celebrarlo con ellos, ya que el año pasado, al surgir esa comida de amigos, con mis padres lo celebré al día siguiente. Todavía queda un mes... ya se verá.
De momento me voy concienciando de que ya puedo irme despidiendo de los 40.

martes, marzo 13, 2018

Muy cerca del Finis Terrae

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Ermita de las Conchas, Isla de La Toja

Sólo he estado en Galicia una vez, con catorce o quince años. Mis padres nos llevaban a veranear durante diez y quince días en agosto. Generalmente íbamos al Mediterráneo, pero aquel año decidieron ir a las Rías Bajas. Ni que decir tiene que yo iba con desgana porque mis padres siempre elegían las semanas de agosto en las que se celebraban las fiestas de mi pueblo. Eso en la adolescencia era importante, porque todas mis amigas hablaban de las muchas ganas que tenían por que llegaran ¡y yo no había disfrutado nunca de las fiestas de mi pueblo! Entonces no me daba cuenta que la verdadera afortunada era yo, porque entonces éramos una de las pocas familias que veraneábamos en el mar todos los veranos durante más de una semana. Pero cuando eres adolescente no te das cuenta de eso, también influye que es la época de los primeros amores, y ésos estaban siempre cerca. Posiblemente después de las fiestas se marcharan a sus residencias habituales... 
La cuestión es que mis padres decidían que nos marchábamos en agosto y nos marchábamos durante días. Un año tocó Galicia. Recuerdo que teníamos alojamiento en Sanxenxo, que pasamos a Pontevedra, que fuimos de excursión a A Toxa y O Grove, y que... vine encantada con esa tierra. 
El Atlántico es frío, violento. Recuerdo a mi madre diciendo que no me metiera al agua de repente porque estaba muy fría, pero no me importaba. Veíamos helicópteros y estirábamos el cuello a ver si detenían a alguien, "a los de la droga". Recuerdo la gracia que me hacían las gallegas vendiendo collares de perlas en la isla de A Toxa, y es que me hacía gracia el acento tan cerrado. Recuerdo lo larga que era la playa de La Lanzada, kilómetros y kilómetros de arena. Recuerdo el color verde de O Grove y sus casas (o pazos) de piedra. El día de O Grove llovía.
Recuerdo una capilla de conchas blancas en la isla de La Toja, lo recuerdo con total nitidez porque tengo una foto donde sale la fachada blanca a mis espaldas. Y es que La Toja la recuerdo perfectamente por el gel, cuyo origen se encuentra allí. 

Tengo muy buenos recuerdos de Galicia. Es la única vez que he ido. Y hay varios sitios que quiero conocer. Pero, entre unas cosas y otras, siempre lo he ido dejando. En principio, Santiago de Compostela siempre me ha llamado la atención, pero con veinte años teníamos un sacerdote en nuestro pueblo que había hecho el Camino de Santiago en varias ocasiones y queríamos que nos guiara. Se llevó a los del pueblo colindante, por donde ni siquiera pasa el Camino de Santiago. Siempre quise llegar a Santiago caminando, pero pensándolo bien, es una idea que deseché hace tiempo. Entre que necesito un mes como mínimo para hacerlo de Roncesvalles hasta Santiago, y que no quiero hacerlo por etapas, amén de que tendría que entrenarme caminando a diario, seguramente la próxima vez que vuelva a Galicia será a Santiago... pero no caminando y obviamente en una época donde no haya muchos peregrinos ni coincida con un Año Xacobeo.
Otra ciudad que quiero conocer es La Coruña. Me parece una ciudad preciosa, y bien vale una visita. Y ya de paso, me gustaría visitar el Faro de Hércules. 

Lo poco que conocí de Galicia me encantó. De adolescente debería haberme documentado más sobre las Rías Bajas, al menos para poder rebatir a mis padres que me iban a llevar al criadero de los mayores narcotraficantes de la Península Ibérica.
Seguramente hoy todo está muy cambiado. Aquellos eran los felices años 90. Hace muchos años. Pero me pareció una tierra preciosa, y sus gentes son muy amables. Tengo buenos recuerdos. 

Alergia

Entre los estornudos y que no puedo controlar los lagrimales, llevo una tarde que siento impotencia porque me he dado cuenta que es algún tipo de alergia de esas que llegan con la primavera.
He dejado de estornudar y parpadeo mucho para controlar las lágrimas incontrolables (no quiero aparecer mañana con los ojos hinchados), pero lo peor es que siento la cabeza abotargada. Y me cuesta leer. Lo único que me apetece es dormir pero si me meto a la cama ahora podría despertarme mañana a las cinco. No quiero variar mi rutina de sueño por una simple alergia.

En vísperas de la primavera

Nunca he tenido claro si el cambio de estación es es el 20 ó el 21. Lo que tengo claro es que la próxima semana empieza la primavera.
Después del duro invierno, con tanta nieve y tanto frío, ya hay ganas de esa tan ansiada primavera.
Y me acuerdo de la primavera porque hace una hora que he empezado a estornudar sin parar y me pica la nariz.
Menos mal que hoy no tengo ninguna cita y puedo relajarme, tomar un café de esos que se agradecen a media tarde, leer si los estornudos cesan de una vez, o incluso cerrar los ojos y quizás dormir un poco. Lo último no lo voy a hacer, que la hora de la siesta ya ha pasado.

Cuando se compromete

Hoy he subido una foto de la portada de Fariña en Instagram. Al cabo de un rato tenía algunos mensajes privados preguntándome si de verdad lo tengo y si lo puedo prestar.
Me pongo negra y de todos los colores cuando me piden libros. Nunca presto libros -salvo en contadas ocasiones y porque me apetece a mí, sin que me los pidan-.
No me refiero a familiares. A mi madre, hermano y cuñada les presto habitualmente libros.
Conozco a muchos lectores y pocos son los que prestan libros. Muy pocos. Creo que casi todos los que leemos mucho hemos perdido alguna vez algún libro prestado. Y llega un día en que no prestas. Tampoco pides.
Porque hay una cosa que me cuesta más que prestar libros y es la de pedirlos prestados. Tengo un libro de un amigo, Assur, que me lo prestó sin yo pedírselo. Lo tendré que leer y devolvérselo. O devolvérselo y comprarlo después. Generalmente cuando me han prestado libros, los he devuelto sin abrirlos y me los he leído después. Con esta novela no puedo hacerlo porque mi amigo me preguntará.
No es afán material de poseer libros sino una especie de apego que va más en la línea de que el lector crea un vínculo con ese libro, tanto que cuesta separarse de él.
En el fondo me da igual que me pidan libros. Al principio daba largas. Ahora ya no, ahora directamente digo que no presto a nadie y zanjo el tema de un plumazo.

Todo esto viene porque ya antes de que me quedara sin mi adorado ejemplar de El conde de Montecristo, viví en mi casa cómo mi tío Pepito iba mermando su biblioteca por prestar libros.
Mi tío estudió en el seminario, se hubiera ordenado sacerdote si una bomba de estas que no han explotado en la guerra no se hubiera interpuesto en su camino y en su vida. La bomba le estropeó la vista y los dedos de una mano. Desde entonces llevaba gafas oscuras y tenía tres dedos en la mano izquierda. Y con esos dedos me enseñó mecanografía a los nueve años. Pero podía leer y leía mucho. Compraba libros para él y luego para mí (cuando yo aún no había descubierto los encantos de la literatura). Fue secretario de ayuntamientos y cuando se retiró seguía leyendo. También me enseñó latín y griego.
En mi pueblo mucha gente le pedía libros, pero luego no se los devolvían. Cuando yo empezaba a estudiar las lenguas muertas en BUP me dejó unas gramáticas griega y latina, que luego no sé quién se las pidió y se las tuve que devolver. Entonces yo ya leía mucho y recuerdo que le dije: "Pero tío, si no te las van a devolver, nunca te devuelven los libros que prestas". Y es que nunca se los devolvieron. Desde pequeña veía pasar sus libros en dirección de ida, pero nunca de vuelta.

Con esa experiencia ajena debería haber aprendido. Y sin embargo en la universidad llegué a prestar libros. Hasta que me quedé sin el de Alejandro Dumas, uno de mis favoritos.

Desde entonces cualquier persona que me ha pedido prestados libros ha recibido una sutil negativa. No es un no rotundo, sino suavizado, pero un no al fin y al cabo.

Mis libros han recorrido los pasillos del hospital. Porque había algo que no soportaba y era ver a mi madre durante diez meses postrada en aquella habitación: "Mamá, lee, yo te traigo libros". Allí también iba a verla una amiga que le pedía los libros, pero mi madre sabe que yo no presto libros y le decía: "Pregúntale a mi hija". Le dije una vez que nunca prestaba libros y ya no me volvió a pedir. Nada como decir las cosas claramente.

Cuando alguien pide libros no tiene ni idea de que en verdad está comprometiéndonos. Que en realidad cuesta mucho decir que no los prestamos, pero más cuesta saber que podrían no volver.

He hecho excepciones, claro. Y generalmente es algo que ha salido de mí. Y esas veces no me ha costado prestar libros.
Cuando me pongo negra es cuando me los piden, siento que invaden un espacio que es sólo mío, un espacio vital, un espacio casi íntimo. Y entonces digo que no.

Y claro, el de Fariña sólo se lo voy a prestar a mi hermano, pero se lo leerá también mi cuñada. Y ahí acaba mi cupo de préstamos.

lunes, marzo 12, 2018

Antes de medianoche

Ayer creo que me quedé dormida antes de la medianoche, pero volví a despertarme.
Hoy espero aguantar despierta hasta la una, aunque últimamente me quedo dormidísima mucho antes y luego a las siete tengo los ojos como platos.
Esta mañana me he puesto a leer y a unas treinta páginas para acabar el libro me ha pesado pero lo he tenido que dejar porque si no llegaba tarde.
Me ha fastidiado mucho. Pero me gusta leer por las mañanas. Me suelo despejar. Si no leo por las mañanas llego a la oficina y parece que no me he terminado de despertar.
Por las noches antes de dormir también me gusta, generalmente porque no tengo esa presión de tener que ir a ningún sitio.
Ahora no sabría elegir entre la mañana o la noche. Supongo que cualquier momento del día me viene bien para coger un libro.

Un poco de todo

Ahora es uno de esos momentos en que pienso en lo poco que he escrito hoy, teniendo en cuenta que últimamente escribo sin parar, por todo, de todo, por lo mínimo, por cualquier cosa. Sin embargo hoy no sé dónde han ido a parar las horas del día.
A las siete escribía una reseña y luego me he puesto a leer otro libro. Un libro rodeado de cierta polémica. Un libro que pueden pedir prestado incluso los que no leen nada. Mi hermano me ha dicho: "Ya sabes, en cuatro días, me lo pasas a mí el primero". A mi hermano se lo prestaré, pero posiblemente sea la única persona a quien se lo preste. 
Ando de lunes, con una energía extraña. Tanto como para estar en la oficina por la mañana y por la tarde. Pero esta tarde no me ha importado estar.
Tengo ganas de tener el coche, porque en tardes soleadas como hoy me gusta ir a la ermita de mi pueblo a leer entre los árboles. Eso lo echo de menos. Así que en cuanto tenga el coche, me empaparé de primavera. Que parecía tan lejos, y la próxima semana ya acaba el invierno...

Tierra de sombras


Tuve muy buena experiencia con esta autora hace ya unos años, cuando leí La historiadora. Esta vez no sabía qué podía esperar, pero ha terminado enganchándome con esta novela. Me ha parecido un libro precioso, con mucha fuerza, donde se mantiene la expectativa hasta el final. Es una historia muy bien contada, que mantiene los ritmos y las pausas y hace que el lector se enamore de un país para mí casi desconocido, como es Bulgaria. 

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Palacio Nacional de Cultura, Sofía (Bulgaria)

Alexandra Boyd es una joven estadounidense que viaja a Sofía, donde va a trabajar como profesora de inglés. El taxista la deja erróneamente en un hotel donde ella no se hospeda y allí conoce a un joven que va acompañado de una anciana y un anciano, éste en silla de ruedas. Como ellos van cargados de bolsas, Alexandra les ayuda a subir al taxi y luego coge ella otro taxi para que le lleve a su alojamiento. 
En el taxi se da cuenta de que lleva en las manos una bolsa que no es suya, que abre y comprueba que es una urna con cenizas y un nombre con caracteres cirílicos: Stoyan Lazarov. Se lo comenta al taxista para que dé la vuelta a ver si puede encontrar al matrimonio y al joven. 
Y así empieza una odisea por toda Bulgaria en busca de los Lazarov. 
Asparuch es el nombre del taxista que la acompañará en esa odisea, aunque él le pide que le llame Bobby. Cada vez que van a hacer noche en algún sitio, ella teme que él pueda aprovecharse de ella, pero él termina confesándole que es gay. 
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Plovdiv, Bulgaria

De la mano de Alexandra y Bobby conocemos rincones recónditos de Bulgaria, desde las montañas Ródope, hasta la ciudad marítima de Burgas, pero también nos describen los numerosos edificios y monumentos comunistas que aún quedan en el país.
Y poco a poco se nos va desgranando la vida de Stoyan Lazarov, un virtuoso violinista, amante de Vivaldi, que regresó a su casa en vísperas de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Lazarov podía haber sido un músico brillante y famoso y las guerras y en comunismo no se lo hubieran impedido. Pero dejó escritas sus memorias, describe cómo descubrió que la policía había asesinado a un violinista compañero suyo y a toda la familia, y sólo por haber sido testigo del crimen fue interrogado por la policía comunista y enviado a un campo de trabajos forzados donde estuvo cinco años. Describe que eran esqueletos humanos y que allí había un joven, Momo, que se encargó de asesinar a muchos pero, por lo que fuera, a Lazarov nunca le señaló con el dedo. Lazarov se recubría las manos con jirones de tela para no destrozar sus manos, ya que las necesitaba para tocar su violín. 
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Velinski Manastir (Rila Monastery), Bulgaria

Cuando le soltaron, descubre que su mujer ha tenido un niño... Neven, al que Lazarov cría como si fuera su propio hijo. Pero Stoyan nunca hablaba del infierno de ese campo de presos. Simplemente se convirtió en una persona muy triste, que ha visto más de lo que cualquiera puede soportar ver. Y sobrevivió para contarlo.
Pero hay personas que quieren destruir el manuscrito para que no se filtre a los medios de comunicación y pueda destruir a la vez la reputación intachable de uno de los políticos más influyentes del país...

LA AUTORA:

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Elizabeth Kostova es autora de La historiadora y El rapto del cisne, con las que alcanzó el primer puesto en la lista de best-sellers del New York Times. Tras licenciarse en Yale, realizó estudios de posgrado en la Universidad de Michigan, donde fue galardonada con el premio de novela Hopwood. Es cofundadora de la Elizabeth Kostova Foundation para la Promoción de la Literatura Búlgara.

EL LIBRO:

Título original: The Shadow Land
Autora: Elizabeth Kostova
Traductora: Victoria Horrillo Ledesma
Editorial: Umbriel (1ª edición, octubre de 2017)
Número de páginas: 504
ISBN: 9788492915965

Valoración: 9/10

RETOS:
Y lo incluyo también en el mes temático: Marzo, mes de la novela familiar.
Rakiya, bebida tradicional búlgara similar al brandy

domingo, marzo 11, 2018

Sin llegar a medianoche

A las once ya he cerrado los ojos por primera vez. Me he despertado sobresaltada, con el libro por un lado y la luz encendida.
Los domingos siempre me entra el sueño mucho antes.

Vamos a por otra semana. Con energía renovada.

Exhausta

Hace más de una hora que me encuentro en casa y estoy exhausta, como todos los domingos que me toca columpios y merienda.
Había mucha gente en todos los sitios. Supongo que es por el sol.
Mis sobrinas me han hecho entrar en la zona común para ver la piscina.
El año pasado no llegué a bañarme en esta piscina ningún día. Hoy la he visto y sigo pensando que es demasiado pequeña. Al menos tiene profundidad.
Tampoco creo que este año me bañe mucho aquí. En cuando mis padres hagan las maletas para ir a su casa no piso la urbanización.

Un pez por Gabriel

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Hoy la noticia de la aparición del cuerpo del pequeño Gabriel se hacía eco en los hogares españoles. Desaparecido hace doce días, todo el mundo estaba expectante, todo el mundo tenía la esperanza de que apareciera... vivo. Un niño de ocho años. Pero ¿qué corazón, qué sangre fría tiene la persona que lo asesinó? Aparece la impotencia y te preguntas cómo es posible que alguien pueda hacer algo así. 

Mi sobrina de cinco años, al ver el rostro del pequeño, ha empezado a hacer preguntas. 
"-¿Quién es ese niño?
-Se llama Gabriel.
-¿Y por qué sale en la tele?
-Alguien se lo ha llevado y le ha hecho daño.
-Pero ¿por qué...?".
No he sabido qué contestarle. Eso me pregunto yo también: ¿por qué?

Es impotencia, es rabia, es tristeza. ¡Qué tipo de inmundicia tiene en su interior una persona que es capaz de quitar la vida a otra! Y no digamos ya cuando hablamos de un niño... Te haces preguntas que no tienen respuesta, y es que desconocemos qué puede llevar a una persona a hacer algo así.

D.E.P. pequeño Gabriel

Café entre lilas

Adoro estar en Logroño cada domingo. Si algún domingo no voy siento que me falta algo. Son momentos placenteros, pedazos de felicidad.
Cuando se ha pasado por una época mala, como es el caso nuestro de hace tres años, se valoran más esos instantes en compañía, se valora mucho poder decir que estamos todos.
Hoy caeré dormida muy pronto. Las niñas desgastan mi energía.

Algunos domingos

Algunos domingos me apetecería quedarme en casa. Y es que hoy me encuentro con un ligero malestar que me empuja a quedarme aquí. Pero pienso en mis sobrinas, en las sobremesas del domingo y pienso en que, pese a todo, quiero estar con mis sobrinas. Así que ya les he preparado sendas notitas que esta vez son adivinanzas. 
Por lo demás, se agradece la buena temperatura. 

Sabias palabras

En ese libro, un anciano dice a los jóvenes que lleven un registro escrito de las cosas, que es fácil olvidarlas.
Eso me ha llevado a pensar en los orígenes de este blog. Para entonces había viajado a varios países y no había anotado nada. Me di cuenta de que me fastidiaba mucho olvidarme de los detalles, que el tiempo difumina los recuerdos de una manera extraordinaria. Y luego comprendí que también me pesaba no recordar los personajes de algunos libros o de qué trataban.
A veces escribía en hojas sueltas o en cuadernos. Sobre los viajes, sobre libros, sobre el amor, sobre la vida. Pero necesitaba algo que lo aunara todo.
Así que leer las palabras del anciano me ha hecho sonreír. A veces miro hacia atrás y leo algunas entradas del pasado, sobre todo cuando me encuentro melancólica.
En abril se cumplirán doce años desde que empecé este blog. Que se dice pronto. Supongo que hay una parte importante de mí aquí plasmada en el día a día.
Igual es que no me gusta olvidar.

sábado, marzo 10, 2018

Para perderse

En numerosas ocasiones, cuando estoy leyendo, paro la lectura para mirar algo.
Antes lo hacía cuando había alguna palabra cuyo significado desconocía. Ahora no tengo que tirar mucho de diccionario pero sí siento curiosidad cuando hablan de alguien que me resulta desconocido o cuando describen lugares que me llaman la atención. También me empapo de historia cuando se describe un hecho histórico puntual del que no he oído hablar o no recuerdo bien de cuando lo estudiaba.

Bulgaria. Me resulta un país desconocido. Lo ubico en el mapa y sé cuál es su capital. También sé que fue uno de los países de la órbita soviética tras la Segunda Guerra Mundial y, por tanto, con un pasado comunista. Y poco más puedo decir de este país.
Así que la novela actual me hace detener la lectura cada poco tiempo. Y es que, aunque siga, mi mente continúa dando vueltas y finalmente tengo que parar.
Así he descubierto los Montes Ródopes y sus rincones insólitos. De hecho, los pueblos de esas montañas están construidos en las rocas, como si pendieran del monte. En el libro describe que llega cierto momento en que no pueden continuar en coche.
Así que he empezado a curiosear y he pensado que sería un lugar mágico para perderse. Seguro que ni siquiera hay cobertura. Es ideal para perderse.
Lo que ocurre es que Bulgaria sigue estando estancado económicamente. En las zonas rurales sigue habiendo caballos y burros en vez de vehículos. Claro que viendo las imágenes de esos pueblos de montaña es comprensible.

El cambio de hora

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En marzo se cambia la hora. Este cambio es menos costoso que el del horario de invierno.
De pequeña no entendía el motivo por el que se cambiaba la hora. Cuando llegaba el lunes y tenía que ir al colegio siempre preguntaba si tenía que ir con la hora nueva o con la hora anterior. Es que no entendía por qué se tenía que cambiar.
Cuando he viajado al extranjero siempre tenía muy presente la hora que era en España. En Nueva Zelanda me costaba asimilarlo. Cuando allí era medianoche aquí eran las doce del mediodía. 
Al domingo siguiente al cambio de hora me despierto desubicada. Lo bueno de la época de las tecnologías es que el móvil y el ordenador cambian automáticamente la hora. No era como antes, que había que cambiar la hora en todos los relojes de casa.
Eso me recuerda a que no tengo ningún reloj de pared en mi casa. Lo que me lleva a recordar la historia de una novela que leí hace mucho tiempo, Mi dulce Audrina, sobre una muchacha que no tenía recuerdos y poco a poco empieza a observar lo que le rodea y descubre que en su casa no hay ningún reloj, lo que le lleva a hacerse preguntas...
Tampoco llevo reloj. Hasta hace unos años sí que llevaba, relojes que no me den alergia. Una tarde estival se me cayó el reloj en los vestuarios de las piscinas y me lo quité... hasta hoy. Tengo una colección de relojes de pulsera extraordinaria... que no me pongo. Cuando miro la hora tiro de móvil.

Tiramisú

Hoy hemos comido fuera. Y hemos endulzado la comida. He pedido tiramisú para enviarle la foto a mi hermano pequeño.
Siempre que pido tiramisú se lo envío. Es que cuando vivían en el piso de estudiantes mis dos hermanos, mi cuñada dejó preparada una bandeja de tiramisú y se fueron de fin de semana. Cuando volvieron no quedaban más que las migajas, porque se lo había comido el otro mientras estudiaba.

Mañanas de sábado

Mi casa es para descansar, por lo que cuando a veces me traigo trabajo me cuesta mucho ponerme con ello. Así que hoy he decidido ir a la oficina y hacer parte de lo que tenía en casa. Me ha venido bien, porque los sábados son tranquilos y la gente está más relajada.
Ahora me ha dicho mi hermano que comemos juntos por ahí. No sé dónde quiere ir a comer, pero de restaurante. Me ha dicho que no prepare comida. 
Eso quiere decir que voy a reanudar la lectura donde la he dejado esta mañana. Hasta las tres...

Esta mañana se ha reído porque he abierto los ojos cuando he sentido su presencia o quizás cuando he escuchado la puerta de su habitación. Se ha acordado de que la anterior vez que se quedó en mi casa a las siete estaba leyendo: "¿Te despiertas temprano para leer?", me preguntó. Y es que hay días que me desvelo con relativa facilidad. Pero eso no ha ocurrido hoy. 

Ver la tele

Hacía mucho tiempo que no me sentaba frente a la tele y aguantaba un programa entero. El programa ha sido "Dicho y hecho", un programa de humor. Cuando he terminado de cenar no he hecho lo habitual: apagar la tele. Y es que es tan saludable reír que me he quedado viéndolo hasta el final.
Cuando ha venido mi hermano también se ha enganchado. Y es que para que yo vea un programa entero necesito que me aporte algo.
Teniendo en cuenta lo que se ha alargado mi día de hoy echarse unas risas a última hora me ha hecho sentirme mucho mejor.

Mi hermano me ha dicho que mis sobrinas conocen mi letra y en cuanto han visto mis mensajes han empezado a saltar. Aún no me han enviado mensajes de vuelta, aunque yo ya les he escrito otros.

Ahora me apetece leer. Después de las risas, puedo estar leyendo bastante rato esta noche. Aunque me gustaría dormir de un tirón, sin desvelarme.