Piazza del Duomo
Milán cuenta con un centro histórico magnífico. Es realmente
impresionante salir de la boca del metro para que aparezca ante tus ojos la
majestuosa mole del Duomo, rodeado por un sinfín de palomas que vuelan
alrededor de infinidad de turistas. La impresionante plaza del Duomo permite
ver la catedral en toda su inmensidad.
A un lado de la plaza se encuentra la Galleria Vittorio
Emanuele II, acristalada, de una belleza inaudita, exhibiendo sus negocios de
marcas famosas, con sus cafeterías cubiertas. Esta Galleria une la Piazza del
Duomo con la Piazza della Scala. Es una plaza minúscula y el edificio del
teatro no hace mucho para engrandecerla, porque comparado con otros edificios
europeos de estas características (Viena o Budapest) es ridículamente recto,
gris, triste y diminuto. Me llevé una gran decepción con el Teatro de la Scala,
pese a su celebridad.
De allí visitaría una de las pinacotecas más importantes de
la ciudad, donde me encontré con varias obras artísticas realmente impresionantes,
y de autores mundialmente conocidos.
A unas pocas paradas en metro se encontraba el gran Castello
Sforzesco, que merece una visita, tanto como sus museos. Finalmente terminé en
la iglesia de Santa Maria della Grazie, un lugar que tiene un fresco muy famoso
y que es matemáticamente imposible ver sin cita previa.
Durante el siglo IV, la zona que se encuentra alrededor del
Duomo era el centro religioso de Milán. Durante siglos posteriores, se fueron
levantando basílicas en las proximidades del Duomo, como la de Santa Tecla y la
de Santa Maria Maggiore, así como los baptisterios cristianos de San Giovanni
alle Fonti y Santi Stefano, que fueron demolidos para construir la catedral.
Cerca del Duomo, se encuentra el Palazzo della Ragione, que
hasta el siglo XIV se había instaurado como el centro político y administrativo
de la ciudad. En aquella época los límites de la ciudad se extendían a lo que
hoy es el centro histórico, tanto que la cercana Piazza della Scala se
encontraba en el límite de la ciudad.
Hasta el siglo XVIII, en la Piazza del Duomo se asentaron
los pequeños negocios. Allí se celebraban las ceremonias religiosas y civiles
más relevantes de la ciudad. Un siglo más tarde, se convirtió en el núcleo
urbano desde el que partían todas las avenidas. En el siglo XIX se empezaron a
derribar las casas y tiendas aledañas al Duomo con el fin de construir la que
entonces se convertiría en una futurista Galleria, convertida en el símbolo de
Milán tras la unificación de Italia.
Milán fue cruelmente bombardeada durante la IIª Guerra
Mundial, y en los espacios vacíos que quedaron tras los bombardeos se
levantaron numerosos edificios de corte moderno.
La Piazza del Duomo fue diseñada por Giuseppe Mengoni y se
inauguró en 1865 con muchas complicaciones. Siempre está llena de turistas,
fascinados por la “gran máquina del Duomo”, tal y como describe Alessandro
Manzoni a la catedral en su novela Los novios.
Había una larguísima fila para entrar en el Duomo, pero era
imprescindible acceder a la tercera catedral más grande del mundo (después de
San Pedro del Vaticano y la de Sevilla). Una de las cosas que me sorprendió es
que en la entrada ocho o diez soldados del ejército habían formado un pasillo y
observaban a todos los turistas. Sólo registraban las mochilas de aquellos que
tenían aspecto musulmán. Dado que en el interior del Duomo hay una importante
reliquia cristiana, entiendo que haya miedo a la yihad (Guerra Santa).
El Duomo empezó a construirse en 1386 bajo el patrocinio del
obispo de la ciudad, Antonio da Saluzzo. El duque Gian Galeazzo Visconti invitó
a arquitectos lombardos, alemanes y franceses a supervisar las obras e insistió
en que se utilizara mármol de Candoglia, que fue transportado por los canales
Navigli. Los bloques de piedra estaban exentos de los aranceles gracias al
sello AUF (ad usum fabricae) estampado en cada uno de ellos. La catedral fue
consagrada en 1418, pero se mantuvo inacabada hasta el siglo XIX, cuando
Napoleón mandó terminar la fachada.
Para hacer posible la construcción del Duomo se organizó, a
finales del siglo XIV, un gran Jubileo que incitaba a los ciudadanos a
contribuir con dinero y mano de obra. El plan inicial era construir la catedral
en ladrillo refractario, pero el duque Visconti, que deseaba plasmar su poder
en la catedral, exigió que se utilizara mármol y eligió el gótico como estilo
arquitectónico. La construcción continuó durante más de cinco siglos, que han
quedado reflejados en la mezcla de estilos que caracterizan al edificio.
Hasta la primera línea de ventanas, la fachada es barroca. Fue
terminada en el siglo XIX con agujas y ventanas ojivales neogóticas, que
revelan las dificultades que llevó consigo la construcción del Duomo.
Las agujas de la catedral contienen alrededor de 3.500
estatuas, que aportan movimiento al Duomo. Son típicamente medievales y
representan imágenes de santos, animales y monstruos.
La Madonnina es la Virgen dorada, de 4,16 metros de altura,
que corona la parte más alta del Duomo. Fue esculpida por Giuseppe Bini en
1774.
Habitualmente se puede subir a las terrazas de la catedral,
pero como había llovido el día anterior y los pasillos estaban resbaladizos, el
acceso a la parte superior estaba cerrado.
En el interior pueden verse las altas bóvedas de crucería y
los cinco pasillos de la nave, separados por 52 pilares (uno por cada semana
del año) con capiteles decorados con estatuas de santos. Detrás de la fachada,
en el suelo, el meridiano instalado por los astrónomos de Brera señalaba el
mediodía astronómico, gracias a un rayo de sol que entra por la primera crujía
de la nave meridional de la derecha.
Muchas de las vidrieras muestran escenas de la Biblia y
datan del siglo XIX. La más antigua de ellas data de mediados del siglo XV y
relata la vida de Cristo, mientras que la más moderna es de 1988.
El presbiterio fue construido en el estilo impuesto en el
siglo XVI por Pellegrini, que se encargó de construir esta parte del Duomo a
petición de San Carlos Borromeo, siguiendo el estilo lombardo de una iglesia
típica de la Contrarreforma.
Uno de los ornamentos que especialmente llaman la atención
es la estatua de San Bartolomé desollado, firmada por Marco d’Agrate (1562). Y
llama la atención por la maestría de las líneas, de los contornos de los
músculos y huesos, por la imponente fuerza que desprende la escultura.
Bajo el altar mayor, se encuentran las escaleras a la cripta
(1606), donde se encuentra sepultado San Carlos Borromeo, y al Tesoro de la
catedral. El relieve de La vida de la Virgen María es una obra maestra que data
del siglo XVII.
Cripta del Duomo
El Duomo de Milán guarda una de las reliquias más importantes de la Cristiandad: uno de los clavos de la cruz de Cristo. El clavo, que antes era custodiado en la iglesia medieval de Santa Maria Maggiore, tiene forma de herradura y fue encontrado por Santa Elena, que lo legó a su hijo, el emperador Constantino. Más tarde perteneció a San Ambrosio (patrón de la ciudad de Milán) y se llevó en procesión durante la peste del siglo XVI. Se muestra al público cada 14 de Septiembre, cuando el nicho donde se guarda el clavo es alzado por un sistema de poleas y se exhibe en una especie de balcón decorado.
Soy bastante escéptica con el mundillo de las reliquias
cristianas, quizás porque siento que la Iglesia las ha utilizado como una
manera de “convencer a sus ovejas” sobre la veracidad de ciertos personajes
religiosos, pero crean escepticismo por el gran contrabando que existió hace
unos siglos, que ya no podemos estar seguros de lo que ha llegado hasta
nuestros días, es decir, que en la actualidad nos podemos encontrar con tantos
huesos que supuestamente pertenecen a figuras del Cristianismo que podríamos
formar varios esqueletos de tan sólo una única figura del santoral.
Cuando salí del Duomo, me dirigí hasta la Galleria Vittorio
Emanuele II, que es una de las partes de la ciudad más impresionantes, a pesar
de ser relativamente moderna. La Galleria es un elegante pasaje comercial
cubierto, con tiendas, cafeterías, librerías y el célebre restaurante Savini. Su
construcción, supervisada por el arquitecto Giuseppe Mengoni, comenzó en 1865 y
fue inaugurada por el rey Víctor Manuel II, de quien recibe el nombre.
Fue diseñada para conectar la Piazza del Duomo con la Piazza
della Scala y formaba parte de un ambicioso proyecto de desarrollo urbano.
En el suelo de la zona central octogonal, debajo de la
bóveda de cristal de 47 metros de altura, se encuentra el emblema heráldico de
la familia Saboya: una cruz blanca sobre fondo rojo. A su alrededor están los
escudos de armas de las cuatro grandes ciudades italianas: el toro de Turín, la
loba de Roma, la azucena de Florencia y la cruz roja sobre fondo blanco de
Milán. En la bóveda hay mosaicos de Asia, África, Europa y América.
Tras cruzar la Galleria se llega a la Piazza della Scala, el
famoso teatro de Milán. La Scala fue construida por Giuseppe Piermarini a
finales del siglo XVIII. Su nombre se debe a que está edificado sobre los
terrenos de la iglesia de Santa Maria della Scala. El teatro se inauguró en
1778. Fue bombardeado durante la IIª Guerra Mundial y reconstruido unos años
más tarde.
Después de una profunda restauración y la incorporación de
un nuevo escenario diseñado por Mario Botta, reabrió sus puertas en el año
2004.
La fachada fue diseñada de tal forma que, al pasar por la
Via Manzoni, se pudiera atisbar lo que ocurría en el interior del teatro, que
debe contar con una recargada y lujosa decoración.
La Escuela de Ballet de La Scala fue fundada en 1813, y en
su origen contaba con 48 estudiantes de danza, mimo y otras disciplinas. Al final
de una carrera de ocho años, los mejores estudiantes recibían galardones y
pasaban a formar parte del corps de ballet del teatro, con un sueldo anual de
3.000 liras. Esta escuela, célebre por su rigurosa disciplina, ha producido
artistas como Carla Fracci y Luciana Savignano.
La apertura de la temporada operística en Milán tiene lugar
el 7 de Diciembre, día de San Ambrosio.
Enfrente de la Scala hay una estatua de Leonardo, rodeado de
varios dramaturgos célebres italianos, como Dante o Petrarca.
De allí me dirigí a la Pinacoteca Ambrosiana, que junto a la
de Brera, son las dos pinacotecas más importantes de la ciudad. La Pinacoteca
Ambrosiana fue fundada en el siglo XVII por el cardenal Federico Borromeo,
primo de San Carlos. Borromeo planificó la pinacoteca como un enorme proyecto
cultural que incluía la Biblioteca Ambrosiana (1609) y la Accademia del Disegno
(1620), donde estudiaban los jóvenes artistas de la Contrarreforma.
La Pinacoteca, creada con el propósito de inspirar a
artistas en ciernes, contenía en sus orígenes 172 pinturas, muchas de ellas
propiedad de Borromeo. Esta colección se amplió más tarde gracias a donaciones
particulares.
Entre las obras destacables que se pueden ver en la
Pinacoteca, se encuentran algunas pinturas de autores de renombre:
-
Retrato de un músico de Leonardo da Vinci. Es la
única pintura milanesa sobre madera de Da Vinci. La imagen pertenece a
Franchino Gaffurio, el compositor de corte de los Sforza. Personalmente me
gustó mucho esta pintura, quizás por la maestría de los trazos.
-
Adoración de los Magos de Tiziano, que el
cardenal Borromeo consideraba un tesoro para los pintores “por la multitud de
cosas que contenía”.
-
Madonna del Padiglione de Botticelli,
recientemente restaurado.
-
Cesta de fruta de Caravaggio, de un realismo
extraordinario. La fruta es una alusión al simbolismo de la Pasión de Cristo.
-
Boceto de la Escuela de Atenas de Rafael (pese a
ser un boceto de enorme formato, me enamoró verlo). El fresco original se
encuentra en el Vaticano. A la hora de pintarlo, Rafael utilizó los rostros de
artistas contemporáneos, por ejemplo, Leonardo como Aristóteles.
Además, hay una réplica de La Última Cena de Leonardo da
Vinci, que está perfectamente explicada. Y menos mal, porque respecto de este
fresco me llevé el chasco horas más tarde al intentar ver el original.
La última parte del trayecto por la galería te lleva a una
antigua biblioteca (Bibliotheca Ambrosiana), donde se encuentra el Codex
Atlanticus, diseñado por Leonardo da Vinci.
Esta biblioteca fue una de las primeras bibliotecas de Milán
abiertas al público. Contiene más de 750.000 volúmenes. Entre ellos, destacan
el Ilias Picta (siglo V), de Virgilio; un volumen de Aristóteles y textos
árabes, sirios, griegos y latinos. La biblioteca cuenta con más de 1.000
páginas del Codex Atlanticus, adquirido en el siglo XVII. Napoleón se lo llevó
un siglo más tarde pero tuvo que devolverlo a Milán.
Personalmente me encantó el Códice de Leonardo, donde no
sólo se leía su nombre y sus apuntes, sino que se distinguían a la perfección
los engranajes de muchos de sus inventos, dibujados al detalle.
Milán se extendió hacia el noroeste, en el siglo XIV, cuando
comenzó la construcción del Castello Sforzesco. En aquel momento, esta zona de
la ciudad se encontraba fuera de las murallas de la ciudad y llena de bosques. En
el siglo XIX se demolieron las murallas españolas y se diseñó un nuevo plan
urbanístico en esta zona, aunque sólo se llegó a ejecutar una parte del
proyecto original. El propósito era transformar la zona en un barrio
monumental, construyendo el Arco della Pace y una serie de elegantes edificios
que iban a ser utilizados como oficinas, residencias de lujo, mercados y
teatros. De hecho, en esta zona hay dos teatros históricos: Dal Verme y Piccolo
Teatro.
Para llegar al Castello, cogí un metro hasta Cadorna, que
era una plaza circular de mucho tránsito, tanto de peatones como de vehículos.
El Castello Sforzesco y el parque Sempione son el resultado
de la labor de restauración y jardinería del siglo XIX. El arquitecto Luca
Beltrami consiguió frustrar los intentos de demolición del castillo
convirtiéndolo en un museo y restauró gran parte de los elementos originales. A
principios de 1800 se construyeron el Arco della Pace y la Arena Civica en el
parque Sempione, convertido en jardín inglés.
Frente a la entrada del Castello se ubica la Via Dante, una
de las calles más elegantes de la ciudad, zona peatonal con terrazas para tomar
un aperitivo.
Construido como fortaleza en el siglo XIV por Galeazzo II
Visconti, el castillo de los Sforza fue ampliado por Gian Galeazzo y Filippo
Maria, que lo transformaron en un espléndido palacio ducal. Fue parcialmente
demolido en el siglo XV, durante la República Ambrosiana. Pero Francesco
Sforza, Señor de Milán en 1450, y su hijo Ludovico El Moro convirtieron el
castillo en una de las cortes más magníficas de la Italia renacentista, con
invitados como Bramante o Leonardo da Vinci.
Bajo el dominio español y austriaco, el castillo fue
declinando paulatinamente, a la vez que recuperaba su primitiva función
militar. Salvado del derribo inminente, se procedió a restaurarlo con el fin de
convertirlo en museo. Hoy en día, alberga en su interior varios museos, aunque
lo más impresionante es la arquitectura externa.
Los muros del castillo están llenos de agujeros alineados,
que en la actualidad utilizan las palomas, pero que en su origen se realizaron
para sujetar los andamios utilizados durante las obras de mantenimiento.
Se entra por la Torre Filarete, que se derrumbó en el siglo
XVI, cuando explotó la pólvora que se guardaba en su interior. Fue reconstruida
en 1905 por Luca Beltrami, que siguió el diseño original de Filarete para la
torre central del castillo.
Una de las salas más importantes es la Sala delle Asse, que
se trata de una pérgola pintada para dar la apariencia de estar al aire libre. Es
obra de Leonardo da Vinci (1498). La sala debe su nombre a las tablas (asse)
que se cree recubrían las paredes.
Cuando llegué al interior del Castello eran casi las dos de
la tarde y no me dieron entrada, puesto que a las dos se entraba de forma
gratuita. Merece la pena, porque hay una obra que es necesario ver: la Pietà di
Rondanini de Miguel Ángel. La que se considera la última obra del artista, fue
alterada tantas veces que se cree inacabada. El brazo de Cristo y el ángulo del
rostro de María forman parte de la primera versión.
Después de visitar el Castello Sforzesco, cuya visita merece
mucho la pena, busqué la iglesia de Santa Maria della Grazie, que se encuentra
en las inmediaciones. Sería una de las muchas iglesias de Milán si no fuera
porque en su interior, o más bien en un edificio anexo a la iglesia, se encuentra
en la pared del refectorio, el original de la mano de Leonardo da Vinci de La
última cena, uno de los frescos más polémicos y más comentados del mundo.
Ya sabía que había muchas posibilidades de no poder ver en
directo el célebre fresco, ya que había buscado en internet desde casa Il
Cenacolo Vinciano con el fin de coger entrada, y no había huecos disponibles,
pero podría haber ocurrido que alguien en ese momento se echara para atrás y
dejara su hueco a otra persona. No me parece bien que vendan el 100% de las
entradas por internet y con dos semanas de antelación. Lo lógico sería que
vendieran un porcentaje en taquilla (pero no…). Así que crucé la iglesia y tras
encontrarme con que todas las entradas estaban vendidas, regresé al centro, un
tanto desolada, porque a mí Da Vinci siempre me ha parecido un genio digno de
admiración, y me quedaba sin ver su obra más famosa. Aunque tengo que decir que
cuando vi La Gioconda en el Louvre parisino me decepcionó por sus reducidas
dimensiones en una sala demasiado grande para un único cuadro.
Santa Maria delle Grazie fue diseñada en el siglo XV. Ludovico
El Moro le pidió a Bramante que la convirtiera en un mausoleo familiar. Más tarde,
la iglesia estaría presidida durante varios siglos por el tribunal de la
Inquisición, que se trasladó aquí en 1558.
Fue un día bastante completo en lo que se refiere a cultura.
Fue un día bastante completo en lo que se refiere a cultura.








