Llegó el último día en Sorrento y nos daba mucha pena. Aunque era una ciudad relativamente pequeña, esa calma que nos brindaba se iba evaporando porque teníamos que ir a Nápoles para terminar allí nuestro viaje.
De Sorrento recuerdo la plaza Tasso y el jaleo de cafés y restaurantes, las tiendas llenas de limones de todas las formas abiertas hasta medianoche, la charla con las señoras argentinas que conocimos en Pompeya y que al día siguiente marchaban a Florencia, porque su odisea era por toda Italia. De Sorrento recuerdo los paseos y asomarse a la curva, la tienda de Navidad con bolas de recuerdo de la ciudad, los autobuses al hotel, arriba y abajo.
Y recuerdo que, miráramos desde donde miráramos, veíamos el mar desde las alturas.
Casi todas las noches fuimos a cenar a un restaurante que se llamaba Capri Blue, donde una camarera encantadora nos informaba sobre los lugares que teníamos que ver. Cada noche nos preguntaba dónde habíamos estado y se la notaba que había viajado mucho. Ella nos recomendó la Capilla San Severo en Nápoles (donde no pudimos entrar, porque cuando la encontramos sólo había entradas para el día siguiente y ese día nos marchábamos) o Ravello (que no fuimos por falta de tiempo).
Nos faltaron muchas cosas de ver en la Costa Amalfitana, porque tiene lugares paradisíacos, pero lo cierto es que no teníamos muchos más días, así que tuvimos que elegir unos sitios y descartar otros.
Regresamos en el tren Cincunvesuviano hasta Nápoles que iba llenísimo de gente. Mucho más que cuando vinimos.






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