Muy cerca de la estación central de Nápoles, en la Via Giuseppe Pica, se encuentra un hotel de cuatro estrellas donde nos alojamos en nuestra estancia napolitana.
El hotel, en general, está muy bien, aunque le pusimos una mala nota en Booking. Basta que falle una única cosa para que nos tengamos que marchar enfadados de Nápoles, y efectivamente en recepción dijimos que íbamos a poner un comentario negativo.
Reservas un hotel de cuatro estrellas con desayuno, pero en el desayuno hay una única persona para recoger, poner mesas, reponer alimentos, lo que se termina convirtiendo en un verdadero caos, porque el día de marchar, antes de ir al aeropuerto, bajamos a desayunar y nos encontramos con que no había casi nada, no reponían, casi tuvimos que suplicar un café y tuvimos que esperar a que el camarero nos diera una mesa que estaba limpiando en ese momento. Mientras, cerca en el mostrador del bar del hotel, dos tíos con pajarita se encontraban de brazos cruzados.
Cuando reservamos habitación con desayuno también la pagamos y, teniendo en cuenta que teníamos que ir al aeropuerto, tampoco podíamos esperar mucho más.
No era un restaurante grande, el problema es que había una única persona para hacer todo, y no daba abasto. La recepcionista me dijo que había llegado un grupo grande... y yo: "Ya, pero nosotros hemos pagado un desayuno que apenas hemos tomado, y casi nos vamos sin desayunar".
Otra de las cosas que no me parecieron bien es que tuvimos que dejar las maletas en una consigna -previo pago- frente al hotel hasta las tres de la tarde que nos daban la habitación. No entiendo que en un hotel, llegando dos horas antes, no puedan guardarnos las maletas (este pasado fin de semana en Palencia, si hubiéramos llegado antes, nos las hubieran guardado sin problema).
En fin, dejando aparte el desastre de desayuno del último día en Nápoles, el hotel en general está bien. Buscamos la ubicación junto a la Stazione Centrale Garibaldi, que estaba a tiro de piedra.
El hotel había sido reformado no hace mucho, y lo cierto es que a mí la habitación me agobiaba un poco, y eso era porque tenía los techos muy altos y las paredes, con una especie de pintura amarmolada oscura, parecía que se me echaban encima. El baño era gigante, lo que era de agradecer.
Otra historia era abrir las ventanas, que daban a un patio interior donde veíamos cenar a los vecinos en sus casas con fachadas desconchadas y los cables por cualquier sitio.
Y luego estaba la Biblia, que nos dejaban abierta por una página, pero en un atril junto a la recepción también había una Biblia abierta con el Salmo del día. Y es que en Nápoles soy muy religiosos.




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