miércoles, febrero 11, 2026

Viaje a Nápoles y la Costa Amalfitana: Nápoles I

Spaccanapoli

Para mí visitar Nápoles era algo primordial desde hace años, pero pocos días antes de visitar la ciudad me frenaba un poco la visita porque había gente que nos había dicho que era una ciudad un tanto peligrosa, que no podía llevar mi cámara profesional por las calles de Nápoles porque podía quedarme sin cámara, que te podían birlar la cartera en un visto y no visto, y que había lugares de la ciudad por los que era mejor no pasar, sobre todo de noche.

Calle Giuseppe Pica, desde la entrada del hotel, al fondo la estación

Así que busqué con lupa un hotel que estuviera en una zona cómoda, que por la noche no hubiera peligro para salir o regresar, y ese hotel estaba cerca de la estación Garibaldi, de hecho me había recorrido la calle desde el hotel hasta la estación gracias a google.maps. 


En Nápoles estuvimos únicamente dos días, por lo que nos faltaron muchas cosas de ver, aunque aún recuerdo la imagen desde el aire cuando el avión aterrizaba. Una de las cosas que no visitamos fue Lungomare, el paseo marítimo, que hubiéramos conocido si hubiéramos cruzado el golfo de Nápoles en barco desde Sorrento. 

Tienda de recuerdos junto a la escalinata de una iglesia

También intentamos entrar en la Capilla de San Severo con el fin de ver la célebre escultura del Cristo Velado, donde el velo está tan magistralmente esculpido que no parece de mármol. Y no pudimos entrar porque las entradas para ese día se habían agotado y nos marchábamos al día siguiente.

Spaccanapoli

Pero nos metimos en el Barrio Español, un barrio conflictivo hasta hace relativamente poco tiempo, donde un turista ni viajero se atrevía a entrar hace tan sólo una década. Hoy en día está poblado de inmigrantes con puestos de pescados al aire libre, pero nadie te molesta. Y cuando miras para arriba ves los tendederos de lado al lado de la calle... imagen mítica de Nápoles.

Interior de una tienda

Nápoles es famosa porque allí se inventó la pizza, y las más solicitadas son la margarita y la marinera, que tienen contados ingredientes, pero están riquísimas. Y además en Nápoles hay un tipo de pizza especial, que es la pizza frita.


La ciudad es caótica, con los edificios poco cuidados y decadentes, los tendales de balcón a balcón cruzando las calles, mucha suciedad y basura, pero a la vez tiene un aire bohemio que hace gozar al visitante. Con sus drogadictos desdentados intentando sacarse unos euros vendiendo cornos napolitanos, sus músicos callejeros en cualquier rincón de la ciudad, la cantidad ingente de iglesias y templos, algunos incluso con tiendas junto al acceso de la iglesia; el mesonero en medio de Spaccanapoli que, para vender más aperoles que el resto de bares que tenía al lado, se ponía a cantar y así atraía a los paseantes. Nápoles es una ciudad para permitir expandirse a los sentidos, con su colorido, sus olores, sus sabores, sus ruidos y canciones.


Y luego está Maradona. Allí Maradona está en cada pared, en cada tienda de recuerdos, en cada rincón, en cada restaurante. Allí Maradona es Dios. Y digamos que a mí no me caía en gracia, pero mientras estuve allí observé y callé. 

Hubiéramos necesitado una semana más para Nápoles. Volveremos, sin duda alguna. Y, por cierto, ¿sensación de peligro? En ningún momento.

Tienda de deportes, Via Toledo (aquí le compré la camiseta oficial del Nápoles a mi hermano)


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