A menos de 500 metros del hotel teníamos uno de los embarcaderos para coger un ferry para Isla Mujeres, considerada una de las islas con mejores playas.
La isla tiene unas dimensiones de un kilómetro de ancho por ocho kilómetros de largo. El nombre de la isla proviene seguramente de las estatuillas femeninas mayas que aquí encontraron -y destruyeron- los españoles.
Desde que cobró popularidad en la década de 1960, la isla se ha urbanizado muchísimo, pero hay muy pocos edificios altos, y el pueblo es muy tranquilo.
La mejor forma de explorar la isla es con carritos de golf, por lo que hay muchos lugares de alquiler de estos carros y todos los visitantes los conducen, a veces temerariamente.
La parte central la ocupan una laguna salina, un aeródromo y la hacienda Mundaca, construida según la leyenda por el pirata Fermín Mundaca para ganarse el amor de una beldad isleña.
La playa más famosa es la playa de los Cocos, situada al norte del único pueblo de la isla, tiene arenas blancas y limpias y aguas templadas. En el extremo sur, más accidentado, se encuentran el Parque Nacional Garrafón y la playa de Garrafón, con numerosos arrecifes de coral. Cerca quedan las ruinas de un supuesto faro maya.
Nada más llegar a Isla Mujeres, desechamos alquilar un carrito de golf, sobre todo porque los turistas y visitantes conducen como locos en un lugar, además, desconocido. Así que comenzamos a caminar en dirección sur, buscando en realidad una playa donde bañarnos. A nuestros lados había cuarteles de la Marina Mexicana y playas donde no se podía entrar.
En cierto momento yo me senté en un muro junto al paseo y me encontré con una iguana. Un señor que pasaba por allí nos dijo que se podían tocar, pero cómo corría. La isla está llena de iguanas.
Caminábamos bajo un sol abrasador cuando decidimos hacer una señal a un autobús urbano, igual que el trabajador de un hotel hizo el primer día, y el autobús paró junto a nosotros, pese a que no había marquesina ni parada. Decidimos ir al Delfinario, pero primero nos bajamos en Playa Tiburón.
Hacía un sol abrasador, pero había muchos chiringuitos de playa, y finalmente atravesamos una especie de restaurante y llegamos a una playa pequeña con mucha gente. Allí había una zona con tiburones donde te puedes bañar y los puedes tocar, una especie de tiburones ballena que a mí me parecían manta rayas.
Hacía tanto calor que buscamos un chiringuito con sombra donde tomarnos unas cervezas y, de vez en cuando, bañarnos en la playa. Íbamos con toda la tranquilidad del mundo, sin prisas, y allí decidimos comer en un self-service donde veíamos a las iguanas corretear en los muros de la terraza donde estábamos, y los pájaros típicos acechaban las bandejas de comida a ver lo que podían rapiñear. Esos pájaros, muy parecidos a los cuervos, pero con una cola más alargada, se llaman zanates y son endémicos de la península de Yucatán.
Cuando terminamos de comer decidimos ir al Delfinario, donde estuvimos un rato pensando qué hacer antes de entrar. Íbamos a ver delfines, pero no nos conformábamos con eso, porque en el Delfinario teníamos la oportunidad de bañarnos con delfines, cosa que ninguno de los dos habíamos hecho con anterioridad.
Nuestra delfina se llamaba Azteca y hacía poco que había sido mamá, por lo que en la misma piscina donde estaba a veces se veía nadar a la cría, a la que habían puesto el nombre de Moctezuma. Los delfines cambian la piel cada dos horas, se cae en el agua, pero cuando la tocas y sientes la suavidad de su piel... A veces me cuesta encontrar las palabras para describir lo que es bañarse con un delfín, que te empuje las plantas de los pies y surques las aguas del mar como un torpedo, o que te dé un beso... Bañarse con una delfina es una de las experiencias más bonitas que he vivido nunca.
Hubo un momento en que Azteca desapareció y por mucho que el entrenador la llamada ella no venía. Entonces nos explicó que tenía que dar de mamar a su cría, y que al final ella tenía que atender primero a su bebé. Aunque no tardó en aparecer.
Después de salir tan fascinados del Delfinario tomamos un autobús que nos llevaría de nuevo al embarcadero de ferrys. Pensábamos que teníamos que volver otra vez, visitar el pueblo y, por supuesto, regresar al Delfinario a bailar de nuevo con delfines.











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