Justo ayer se cumplió el mes desde que volvimos de Cancún y apenas he hablado del viaje, pero siempre me gusta dejar por escrito mis vivencias y los lugares que hemos visto.
Reconozco que México no es un país que hubiera elegido para viajar en caso de haberlo hecho sola, pero hace meses llegó el amor y todo cambia, incluso el color del cristal con el que se mira el mundo. Para mí México es un país peligroso, por tanto nunca lo hubiera elegido, por mí misma, como destino vacacional. Ahora bien, después de pasar una semana allí, tengo que reconocer que en ningún momento sentí miedo, que el turista está muy protegido. Se llaman "halcones" y van por las zonas turísticas, sólo se les ven los ojos, visten uniforme del ejército y portan metralletas; son los guardianes de los turistas, ellos velan por que nadie nos moleste. El primer día impone un poco verlos pasear por la playa del hotel o ver pasar las pick-up en cuya parte trasera hay dos de pie... vigilando que todo marche bien. Como bien digo, el primer día impone, pero cuando sabes por qué están ahí, te sientes protegido.
México es un país de culturas y contrastes. Allí convivieron, entre otros, mayas y aztecas, los antepasados que estaban muy adelantados, ya que tenían sus propios dioses, su escritura y un calendario. Y, como no podía ser de otra forma, dejaron su impronta de piedra. En la península de Yucatán hay una cantidad ingente de emplazamientos mayas. Quizás el más famoso es Chichén Itzá, maravilla del mundo moderno, pero también se pueden visitar otros como las ruinas de Tulum, Coba o Uxmal. Hoy en día nos quedan muchas denominaciones de origen maya -que se comunicaban desde la garganta- que se mezclan con el español de los colonizadores que llegaron con Hernán Cortés.
También la península de Yucatán está plagada de cenotes. De hecho, nuestro viaje comenzó con un cenote, queríamos visitar uno y así lo hicimos. Un cenote es un pozo natural, generalmente de agua dulce, que se abastece por ríos subterráneos y se forma por la erosión de los suelos. Los mayas le dieron uso sagrado y nos contaron que cada 500 metros puedes encontrar un cenote. Pese a que las paredes del pozo están llenas de agujeros donde puede haber serpientes en el momento en que estás allí te olvidas de ellas.
En cuanto al colorido, antes de salir de España nos habíamos estudiado todos los mercados que hay en Cancún y teníamos claro que queríamos visitar al menos uno. Tienen todos tanto colorido que a veces no sabes dónde mirar. Los tenderos te avasallan para que vayas a su puesto, y al final en todos venden lo mismo. Y mezclándonos con la gente fue cuando descubrimos otros lugares inesperados y nos mezclamos con los mexicanos en una plaza donde no había turistas.
Respecto a Cancún, es una ciudad populosa. A algún taxista le preguntamos cuántos habitantes tenía y no sabían decirnos. Otro nos dijo que podía haber unos cinco millones de habitantes. Yo lo he comprobado y en realidad no llega a los 900.000. Cancún es una ciudad moderna y turística, aunque en realidad el que visita la ciudad se concentra en la zona hotelera. Cancún es una ciudad costera que tiene una lengua de tierra que rodea un lago. Esa lengua de tierra es donde se concentran los hoteles y el turismo, donde están los complejos hoteleros más impresionantes y donde se ubica la famosa discoteca Coco Bongo, célebre porque aparece en la película de La Máscara. El bullicio de gente en esa zona es impresionante. Nosotros nos encontramos en el inicio de esa lengua de tierra, en un hotel impresionante.
The Sens Cancún y Oasis Palm son dos hoteles que se ubican al inicio de la zona hotelera. Nos encontramos en la última planta, la décima, y lo primero que nos dijeron es que éramos clientes vip, por lo que nuestra recepción se encontraba en una especie de despacho privado donde nos pusieron la pulsera que nos daba acceso a cualquier zona de los dos hoteles. Allí había bebidas, bollería y piezas de fruta para servirnos a gusto mientras hacíamos el check-in. A partir de ahí todo en el hotel era gratis. Nuestra habitación daba al mar, mientras que cuando salíamos al pasillo veíamos el lago, zona llena de cocodrilos, que, según nos dijeron, salen a la calzada cuando cae la noche, cuando dejan de escuchar gente y coches. Las vistas, como es de imaginar, son impresionantes.
Además, nada más salir, teníamos a pocos metros el puente que une la zona hotelera con la ciudad, allí donde se unen el mar y el lago, y allí estaba el embarcadero para Isla Mujeres, además de unos barcos piratas, que recrean una batalla naval al atardecer, y que no nos dio tiempo a comprobar más que desde la orilla.
La comida es muy rica, aunque con los nombres cambiados para denominar a algunos animales, a veces teníamos que preguntar qué era. Obviamente comimos tacos, y el picante nos lo servían siempre aparte, así que tampoco íbamos a dormir echando fuego por la boca.
De todas formas, esto no es nada, porque un país lo hacen sus gentes. La gente es amabilísima, tanto que a veces yo me sentía apabullada. A veces yo creía que era por las propinas, pero no era por eso, están acostumbrados a los turistas y nos tratan impresionantemente bien. Es gente que sobrevive dentro de una especie de pobreza y se sienten agradecidos cuando hablas con ellos, te preguntan de dónde eres, y ya no digo nada si les das diez pesos mexicanos (no llega a 0,50€) como propina.
En los próximos días iré escribiendo sobre este viaje, que yo no iba muy convencida y he venido tan encantada que queremos volver el año que viene.






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