El primer día en Cancún teníamos previsto ir a uno de los pintorescos mercados existentes en la ciudad, así que decidimos marchar a Mercado 28. En un principio teníamos pensado ir en taxi, pero en ese momento salían varios trabajadores del hotel Oasis Palm y nos pararon un autobús urbano que nos llevó hasta la misma entrada de mercado 28. Nos quedamos sorprendidos, porque el señor levantó la mano y el autobús paró sin marquesina, y cuando le dijimos a Mercado 28 el conductor nos dijo que sí. De hecho, era el propio conductor quien avisaba de la parada.
Ya antes nos habían advertido que ni se nos ocurriera subir en los autobuses urbanos, pero lo cierto es que subimos a varios y no hubo problema. La gente es muy amable.
En Mercado 28 enseguida nos vimos rodeados de tradición, de colorido, de tequilas y de una gente extraordinaria. Nada más entrar nos invitaron a unos tequilas (¡¡eran las diez de la mañana!!), y aunque aceptamos tequilas de sabores -que no tenían sabor a tequila- a esa hora no teníamos ganas de tomar alcohol.
Nos vimos rodeados de música, calaveras mexicanas, tejidos de colores y cantidad de recuerdos típicos de México.
Lo extraño es que yo imaginaba un mercado gigante, no una especie de pabellón cubierto, sino un mercado distribuido en calles que se entrecruzaban, y me pareció pequeñísimo, tanto que en media hora lo habíamos visto.
Allí nos compramos unas camisetas que cambian de color con el sol. Mi novio se compró una con la imagen de Chichen Itzá y yo una de Frida Kahlo, que nos llevaríamos al día siguiente y cada vez que nos poníamos al sol se hacía la magia y venían los colores.
Ya nos habían dicho que si había un lugar en Cancún que debíamos visitar ése era la Plaza de las Palapas. Y entonces conocimos a nuestro taxista, al que le pedimos si nos podía llevar a Palapas. Sabíamos que eran veinte minutos caminando a lo largo de un parque, así que pillamos el único taxi que había frente a Mercado 28.
Córdova se convirtió en una especie de anfitrión magnífico. Mientras nos llevaba a Palapas nos dijo que eso se animaba más tarde, que estaba lleno de puestos de comida al aire libre y que apenas había turistas. Cuando empezamos a hablar sobre cómo llegar al hotel después, nos dio su número de teléfono y quedamos con él en que nos recogería a las cinco de la tarde.
Y entonces sí entramos en contacto con la esencia mexicana. La Plaza de Palapas es una explanada encementada con un escenario en el medio donde por la tarde se dan conciertos y música en directo. Está cubierta con un tejado de palapas, esas tiras vegetales que cubren muchos espacios, no sólo en México sino también en otros países.
En los alrededores había coloridos restaurantes con terraza abierta a la plaza, pero la mayor parte se encontraban cerrados a las doce del mediodía, aunque decidimos tomar un aperitivo en uno de ellos. Cuando pasamos a la otra parte de la plaza nos encontramos con mesas y bancos de hormigón y un edificio en forma de media luna donde había más puestos callejeros, es decir, para comprar comida y sentarse en las mesas mientras escuchas música en directo.
Como parecía que no había mucho movimiento allí, decidimos pasear por los alrededores, llenos de tiendas y restaurantes. Una joven se nos acercó para entrar en el interior de un restaurante cuyas paredes desprendían un penetrante color amarillo. Le dijimos que volveríamos más tarde.
Y entonces nos encontramos en una de las arterias principales, allí donde se concentran la mayor cantidad de entidades bancarias, oficinas, negocios, edificios oficiales y el Ayuntamiento de Cancún. Y estábamos en la avenida Tulum.
Desembocamos en otro mercado, llamado Ki-Huic, aunque nos agobiamos porque todo el mundo quería que entráramos en sus tiendas. Y no digo nada para sacar un botellín de agua de una máquina que se tragó nuestros pesos y nos decían que habíamos metido billetes nuevos y que sólo cogía billetes viejos, como si nosotros fuéramos expertos en los billetes mexicanos... Como el propietario de la máquina no aparecía, salió una matrona mexicana con malas pulgas y de primeras nos dijo que no podía hacer nada, pero la joven del puesto de al lado se compadeció de nosotros y nos dio los pesos explicándonos que ya se arreglaría ella con el propietario de la máquina expendedora que se tragaba los billetes nuevos.
Seguimos comprando cosas en los numerosos puestos que se concentraban en la calle. Muchos tenderos y meseros nos abordaban para que entráramos. Y sobre todo recuerdo a un farmacéutico con un micrófono a pie de calle, invitando a la gente a entrar, creando todo un espectáculo y hablando de la cantidad de medicinas que había dentro con propiedades curativas.
Y regresamos al restaurante, que no es apto para gente con escrúpulos. Lo cierto es que era un lugar con cierto exotismo, pero en nuestro país Sanidad no lo permitiría. Las paredes eran de gotelé amarillo y tenían decoración propia mexicana con un fondo de música del país, que incluso nosotros nos pusimos a cantar. Porque Un ramito de violetas a lo mexicano sonaba muy bien...
La comida estaba riquísima, pero mirabas para arriba y en las esquinas había un rollo de cables bastante prominente, o yo puse a cargar el móvil y casi me quedo con el enchufe en las manos. Por no hablar de los baños, que eran del inframundo. Aunque en ocasiones así haces de tripas corazón, porque el ambiente era encantador, el lugar pintoresco, estábamos a gusto y se comía muy bien. Nos sentíamos protegidos porque en nuestra pared había una especie de santuario. En un vano ocupado por la bandera de México teníamos un crucifijo y una virgen, entre otras imágenes, rodeados de las calaveras típicas mexicanas. Que, por cierto, la religiosidad y fe que hay en México también nos sorprendieron.
De allí seguimos dando vueltas en los alrededores de la Plaza de las Palapas y descubrimos que aquello no se parecía en nada al lugar donde habíamos llegado por la mañana, ya que se había empezado a llenar de gente, varios grupos de jóvenes se habían subido al escenario donde parecía haber un concurso de playbacks y alrededor se habían abierto numerosos puestos de todo tipo de productos.
Y entonces vi el puesto de libros de segunda mano. De hecho no entré en librerías mexicanas, que las había, pero nos faltaba tiempo para todo.
Nos acercábamos a las cinco de la tarde y el taxista, señor Córdova, estaba a punto de llegar, así que tomamos un helado, pensando en la piscina del hotel... La Plaza de Palapas fue todo un descubrimiento y creo que, si volvemos, iremos al atardecer, porque por la noche debe ser un lugar con mucho encanto.














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