Hoy ha sido un día duro. Se cumplen tres meses desde que falleciera mi tío, y no me di cuenta hasta anoche, cuando escribí la entrada de ayer. Hay días que pienso en él y me parece increíble. Hoy he tenido ráfagas de recuerdos, incluso me he acordado del olor a desinfectante de la habitación de hospital donde le vi la última vez, el bolso que llevaba y el abrigo que se impregnó durante unas horas de ese olor de hospital.
Lo peor ha llegado a eso de las nueve de la noche, cuando he llegado a casa. Mi madre hablaba por teléfono y animaba a mi tía que, desconsolada, se encontraba al otro lado con la moral por los suelos. Le he pedido que me pasara el teléfono y le he preguntado si me iba a ayudar a elegir los muebles de mi piso y si repetiríamos más veces la salida del sábado por la tarde. Dentro de mí, sentía que se me encogía el corazón y me sentía acongojada, pero con ganas de decirle palabras agradables para escucharla sonreír al otro lado.
Le he contado que el teléfono me ha despertado a las seis de la mañana, pero hasta unas horas después no he visto que había sido mi primo que, a siete horas menos, me escribía desde México -donde está por asuntos laborales-, contestando a la gran parrafada donde yo anoche le envié fotos y le contaba el paseo del sábado por la tarde.
A las seis y media estaba desvelada y me he puesto a leer, hasta que me ha entrado el sueño de nuevo, pero ya no he dormido bien.
Luego he conocido a una chica que sabía mi nombre. La historia es que en verano yo llevaba a su padre en coche todas las tardes cuando le veía esperando el autobús, y ella sí sabía mi nombre, pero yo no el suyo, aunque sí sabía quién era. Nos hemos puesto a charlar junto a una cerveza y me han dado las nueve.
Pienso que hay días que ocurren cosas diferentes sólo para que tengamos en cuenta que hay algo de especial en esos días. Hoy era uno de esos días especiales, supongo que cada 28 de cada mes. Una vez leí que necesitábamos un año y un día para empezar a asimilar la pérdida de una persona, porque en ese año había que revivir todos los momentos especiales (cumpleaños, festividades, etc.) aprendiendo a aceptar que esa persona ya no está.

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