Esta mañana he salido de casa con gafas de sol, pues en esta época el sol matinal me viene de frente y me deslumbra. Por las tardes suele ser al revés. Sin embargo, esta tarde ha cambiado. Hoy he llegado a casa chorreando de agua: pelo chaqueta, pantalones y botas.
Incluso en una tienda me querían prestar un paraguas "de alguien que se lo hubiera dejado antes", pero he optado por que no me lo dejaran. Conmigo la Ley de Murphy funciona a las mil maravillas: seguro que la persona que en su momento perdió el paraguas se cruzaría conmigo, así que he preferido mojarme bajo la lluvia, que tampoco me ha importado mucho, porque era el momento de marchar a casa.
Y cuando regresaba he recordado otra tormenta de cuando éramos niñas, también sobre la misma hora. En las tardes de primavera, cuando solíamos ir a la ermita caminando, que se encuentra a poco más de un kilómetro, cuando aún no había más que un pequeño cubículo donde vendían pipas y se jugaba a las cartas, cuando aún no había albergue ni restaurante, cuando los árboles estaban decorados con ruedas de tractor pintadas de vistosos colores y los bancos aún no habían perdido el color anaranjado de la pintura, cuando era lo que no es ahora, entonces íbamos allí todas las tardes.
Una tarde de primavera, el viejo ermitaño -que ya falleció- nos dijo que nos diéramos prisa en volver a casa porque estaba de tormenta. Miramos al cielo, que lucía un potente sol primaveral y no le hicimos caso... hasta que aparecieron los primeros nubarrones.
Como no podía ser de otra manera, nos mojamos en la mitad del camino y finalmente un coche que pasaba por allí nos acercó al pueblo. Incluso recuerdo que nos montamos todas y que al menos íbamos diez personas en el coche.
Mi madre pensaba que aquel día me cogía una pulmonía. La tarde de hoy ha sido muy similar a lo que viví entonces, supongo que por eso lo he recordado. Sólo que hace siglos que no voy a la ermita andando.

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