Hay algo en eso del amor que es ciertamente indescriptible y quizás también incomprensible. Hay algo que se me escapa de las manos, incontrolable e incontrolado. En ocasiones sólo podemos (y debemos) ser, y dejarnos llevar por el sentir. Siempre he sido más pasional que racional, y últimamente la razón ha sido inflexible. Pero a medida que se acercan ciertas fechas es inevitable no dejarme llevar por la pasión. Cuando recuerdo la última Nochevieja sólo siento el estremecimiento y la tranquilidad nostálgica de aquellas horas con él. Es cierto que ya no le busco en cada rincón, pero eso no quiere decir que se haya difuminado lo que siento por él. Al contrario, cuando está él, se para el tiempo, se para el ruido, se para todo lo que nos rodea y sólo están sus ojos, esos ojos que contienen lo mejor del mundo, y su voz, con ese timbre que hace que se me ponga la piel de gallina con tan sólo escucharle una palabra.
A veces existe la magia. Y, de nuevo, vuelve la magia por Navidad. Y qué magia esta tan intensa...
A veces existe la magia. Y, de nuevo, vuelve la magia por Navidad. Y qué magia esta tan intensa...
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