martes, septiembre 25, 2012

Carpe Diem

Lo mejor de los martes (y de los miércoles) es que no trabajo por las tardes. A una hora del final de jornada... aún siento los excesos del fin de semana.
En estos momentos es cuando siento que he envejecido, que la edad no nos ofrece aquel aguante que teníamos hace unos diez años.

Adoro el otoño, quizás porque es la estación que más invita a escribir, la época en que más ganas tengo de dejarme llevar por los sueños, aunque soy consciente de que también es la antesala del invierno. Y el invierno es... prefiero no pensar en el invierno. Ya llegará.

Últimamente he pensado más que nunca en el Carpe Diem. Aprovecha el momento. El sábado por la tarde tomábamos unas cervezas en una terraza y una amiga habló de que el lunes tenía que volver a trabajar después de las vacaciones. Recuerdo que le respondí que mejor hacía si pensaba en la cerveza que nos estábamos tomando y los cacahuetes que había en un plato, que para más inri le dije que tuviera cuidado que son afrodisíacos. Porque, al final, el lunes es para todos, pero ya ha pasado.
Es que siempre nos estamos lamentando por momentos del pasado que fueron mejores o por lo que llegará, sin tener en cuenta que el mejor momento es el momento presente. Creo que mi dosis de felicidad diaria es ahora, cuando me encuentro sola en la oficina, cuando soy consciente de que aún me llegan las reminiscencias del último fin de semana, cuando disfruto con lo que hago (y algunas cosas de mi trabajo no me gustan, pero al final esto no me paro a pensarlo). En dos horas, o tras la siesta si es que me tumbo luego, seguramente volveré a encontrarme feliz. Y esos momentos hacen que el día sea siempre perfecto. Mañana ya habrá pasado.

Cuando estuve en Tokio llovía el día que nos fuimos a ver el Palacio Imperial, el mismo día que hicimos el crucero por el río Sumida. De hecho, estuve en plena época de lluvias, así que la lluvia aparecía cuando menos lo esperabas y al día siguiente hacía sol desde las nueve de la mañana. Había comprado un paraguas transparente que, como siempre me ocurre, terminé perdiendo allí, en una estación de metro del centro (en Shinjuku creo que fue). El guía era un japonés que ya rozaba los setenta y que en la punta del paraguas llevaba un pez azul de plástico. Después de la comida, empezó a llover de una manera terrible. Coincidí ese día con dos amigos, uno colombiano y otro estadounidense, que iban con sus hijos. Uno de ellos muy moreno y de ojos negros y pelo rizado; el otro muy rubio y con ojos azules. Los hijos eran adolescentes y réplicas exactas de sus padres. El colombiano, que llevaba años viviendo en USA, se puso a hablar conmigo. En cierto momento me quejé del tiempo. No hay nada más molesto que estar de viaje y que se ponga a llover a cántaros. Entonces él me dijo: "El tiempo siempre es el que tiene que ser". Después de eso, nunca he vuelto a quejarme del tiempo y recuerdo exactamente las palabras del colombiano.

Lo del Carpe Diem viene a estar en consonancia, el minuto más importante es ahora. Lo malo es que nos pasamos media vida pensando en el futuro y recordando el pasado.

Mi padre dice que nunca seremos más jóvenes de lo que somos ahora. ¡Cuánta razón tiene! Así que cuando espoleo y viajo a la otra punta del mundo, sin esperar a nadie, es normal que en mi mente piense que llegará un día en que no podré hacerlo. Seguro que buscaré otros sucedáneos que me harán igualmente feliz.

Hoy no sé qué me pasa. Físicamente aún me encuentro cansada, pero moralmente estoy casi tocando el cielo.

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