domingo, septiembre 25, 2011

Un susurro en la noche

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A veces, susurro un nombre en voz alta, porque de esa forma es como si sintiera que está más cerca. Además su nombre tiene fuerza. Me resulta demasiado extraño pasar tantos días seguidos sin cruzarme con él; simplemente no es algo que me resulte indiferente.
Por eso ahora, en mitad de la noche, susurro su nombre y miro a las estrellas. Me pregunto dónde estará esta noche, pero no obtengo respuesta.
Sé que iré a dormir y cerraré los ojos con su imagen angelical en mente. Quizás susurre su nombre y le sienta más cercano.

La comparsa de Pamplona: Gigantes y Cabezudos

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Los gigantes de Pamplona tienen más de siglo y medio de existencia. Las grandes figuras de madera y cartón nacieron en 1860 de las manos del artesano Tadeo Amorena.
Pero la comparsa de Pamplona es mucho más que las cuatro parejas de reyes que representan a las razas del mundo. De hecho, otros 17 personajes, de menor porte y con menos años, pero no por ello menos queridos, acompañan a los gigantes en cada una de sus salidas festivas. Cabezudos, kilikis y zaldikos –caballicos en euskera- hacen posible que la imaginación de los más pequeños se desboque y que los Sanfermines sean, ya desde la infancia, un surtido completo de emociones y sentimientos.
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Y es que hoy en día es difícil encontrar en Pamplona algo que concite tantas unanimidades como la comparsa de gigantes y cabezudos. Rememorar cualquiera de sus figuras suscita emociones variadas, pero siempre, preguntes a quien preguntes, vinculadas a momentos de alegría, fiesta compartida, gozo… Felicidad, en suma. Y si son los más pequeños quienes evocan sus sentimientos, estos serán invariablemente contradictorios: de la fascinación al miedo, de la risa… al llanto.
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Hay quien ha llegado a afirmar que los pamploneses llevan en su ADN un variado enlace de sensaciones con relación a sus fiestas que, pese a dormitar durante las primeras etapas de la vida, van tomando cuerpo con el paso de los años. Y serían precisamente las relacionadas con los gigantes, kilikis y cabezudos las más tempranas en despertar, al son presumiblemente de los primeros pasacalles que anunciarían al niño la llegada de la comparsa.
Las interpretaciones darwinistas con relación a las fiestas son en este caso poco serias. Sin embargo, y pruebas hay de ello, es justo reconocer que la presencia de los miembros de la comparsa es recibida de forma bien distinta por los niños pamploneses que por los de otras ciudades. Los de Pamplona se muestran inquietos nada más escuchar la cercanía de gaitas y txistus… y salen a la carrera ante la repentina aparición de kilikis y zaldikos. Fuera de Pamplona –cuanto más lejos más evidente- los niños contemplan impasibles la llegada de las figuras y ni siquiera llegan a inmutarse con los primeros vergazos sobre sus cabezas. Sólo miran y esperan el paso de la siguiente figura. La situación, especialmente para los miembros de la comparsa, es particularmente difícil.
Pero esto no es cosa de ahora. En 1929 la comparsa se desplazó a Barcelona con motivo de la celebración de la Exposición Internacional y allí los gigantes participaron en diversos actos. En aquella ocasión, junto a la comparsa, viajó también un grupo de niños que tenían encomendada la tarea de correr delante de los kilikis durante los paseos por Barcelona, tal y como lo hacían en las fiestas de Pamplona, ante el temor fundado a que la reacción de los infantes de la ciudad condal fuera tibia.
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En 1962 la comparsa, sin los gigantes, acudió a las fiestas patronales de la cercana localidad francesa de San Juan de Luz, y de nuevo, según testigos de ese viaje, se creó una situación verdaderamente ridícula al comprobar cómo los niños franceses no reaccionaban ante la presencia amenazadora de kilikis y zaldikos, o que incluso llegaban a molestarse cuando éstos les golpeaban levemente con la verga.
Es en 1965 cuando la comparsa realiza el más lejano de sus viajes, al acudir a Nueva York con motivo de la Feria Mundial y pasear por la Quinta Avenida el Día de la Hispanidad. El viaje de ida se realizó en avión, pero su regreso fue en barco hasta Barcelona y de allí en ferrocarril hasta casa. Dos meses fuera de Pamplona en la que supuso la más larga ausencia desde su creación. En aquella ocasión no fueron los niños, sin embargo, quienes no estuvieron a la altura de las circunstancias, sino las propias autoridades estadounidenses que no permitieron la entrada en el país precisamente a la pareja de reyes que representaba a la raza americana.
El motivo no era otro que la política de segregación racial establecida en aquellos años en EE.UU. y que supuso el que la pareja de reyes americanos, por tener la piel demasiado oscura, no pudiera pasearse por las calles neoyorkinas. Lo curioso fue que las personas contratadas para pasear las figuras de kilikis y cabezudos por la gran ciudad fueran todas ellas de color.
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Siglo y medio de presencia de la comparsa en Pamplona es mucho tiempo, más que suficiente para justificar el que las 204 horas de fiesta que se disfrutan hoy por las fiestas de San Fermín estén, en buena medida, protagonizadas por sus figuras. Pero tan importantes como los gigantes, kilikis y cabezudos son las noventa y ocho personas que, año a año, hacen posible que salgan puntuales a la cita sanferminera o que se desplacen en ocasiones lejos de las estrechas calles de la ciudad que los vio nacer.
Un centenar de personas, necesarias a todas luces habida cuenta de que en Sanfermines por cada gigante salen dos portadores, lo que suman dieciséis, a los que hay que añadir otros diez suplentes, los doce encargados de los zaldikos, la docena que correrán tras grandes y pequeños enfundados en cabezas de kilikis y los otros diez miembros de la comparsa que se turnarán como cabezudos. Todo ello, además, aderezado por la música de cuatro txistularis y veintiún gaiteros.
Muchas personas, una multitud, que pasa desapercibida en el bullicio jaranero de los Sanfermines confundidos bajo las ropas de damasco y satén de los reyes, o haciéndose pasar por ‘Caravinagre’, ‘Verrugas’ o ‘El Coletas’. Un centenar de personas que, bien mirado, son muy pocos si calculamos las miles de sonrisas que despiertan cada mañana de fiestas y la alegría que por toneladas, si ésta pudiera pesarse, reparten allí donde llegan.
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sábado, septiembre 24, 2011

San Fermín y los Sanfermines


Celebración de una boda en la capilla de San Fermín

Los Sanfermines honran a San Fermín, primer obispo de Pamplona y copatrón de Navarra, junto a San Francisco Javier. Según cuenta la tradición, en el siglo III San Fermín y toda su familia se convirtieron al cristianismo. El Santo pamplonés murió martirizado y degollado en Amiens en el año 303.
El nacimiento de las fiestas de San Fermín fue consecuencia de la confluencia de tres elementos: el nuevo impulso del culto al Santo que supuso en 1386 la llegada de la segunda reliquia a Pamplona; las ferias comerciales organizadas bajo privilegio real desde 1324; y la celebración en 1385 de las primeras corridas de toros.
En 1386 los representantes de los burgos de San Cernin y San Nicolás, enfrentados por entonces a la Navarrería, acordaron celebrar anualmente la festividad de San Fermín "con la máxima pompa y boato". Para ello se eligió el 10 de octubre, día en que el Santo entró en Amiens para predicar el Evangelio y en el que comenzaban desde el año 1324 las ferias comerciales.
Aquellas fiestas guardaban escasas similitudes con las actuales. Se limitaban a la función de las Vísperas, a la Procesión, a la celebración de la Octava y a la llamada “Comida de los Pobres”, un ágape al que se invitaba a los más pobres de la ciudad a berza, carne asada, pan y vino. Poco a poco, la celebración religiosa de San Fermín se fue aderezando con músicos, dantzaris, fuegos artificiales y toros.
Las fiestas se celebraron el 10 de octubre hasta el año 1590, en que se suspendieron por las lluvias. Este hecho impulsó al Ayuntamiento a solicitar al obispado su traslado al día 7 de julio, fecha actual, y cuya celebración se inició en 1591.
La tímida Pamplona revive cada año en el mes de julio para celebrar sus fiestas, un acto ineludible. De hecho, desde el año 1591 los Sanfermines tan sólo se han suspendido o aplazado en nueve ocasiones: 1711, por la muerte de los hermanos del Rey Felipe V; 1812, por la Guerra de la Independencia contra Francia; 1829, por la muerte de la esposa de Fernando VII; 1840 y 1843, con motivo de la inestable situación política; 1898, por la derrota española en Cuba y consiguiente pérdida de la colonia; 1937 y 1938, a causa de la Guerra Civil española; 8 de julio de 1978, por el asesinato de Germán Rodríguez (comunista asesinado por policías en la Plaza de Toros de Pamplona en plena fiesta de San Fermín); 12 de julio de 1997, durante 24 horas tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco.

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Cartel anunciador de las fiestas de San Fermín 2011

A finales del siglo XIV el inicio de las ferias se anunciaba en Pamplona mediante trompetas, tambores y timbales. El cartel de San Fermín recoge este testigo y es el elemento que indica la llegada de los Sanfermines. En 1816 aparece el cartel por primera vez impreso. Javier Ciga Etxandi es el cartelista por excelencia de las fiestas de San Fermín. Otros reconocidos autores de carteles de las fiestas de San Fermín son el pintor pamplonés Pedro Lozano y su esposa, también pintora, Francis Bartolozzi; y el pintor Pedro Balda. El cartel anunciador de los Sanfermines 2011, titulado Sumérgete en la Fiesta, es obra de Kike Balanzategui y Javier Ayerra.

Junto a la indumentaria blanca, que se impuso en la década de 1960, el pañuelo rojo es uno de los distintivos de los Sanfermines, y de la mayoría de las fiestas de Navarra. El pañuelo recuerda el martirio de San Fermín, que murió degollado en Amiens, y se coloca al cuello en el mismo momento en que estalla el Chupinazo. El pañuelo rojo se quita en la medianoche del día 14 de julio (Pobre de mí). La peña 'La Veleta' comenzó a vestirse de blanco y rojo en 1931.

El 7 de julio, festividad de San Fermín, es el día grande de las fiestas. Junto al Chupinazo, la procesión es el mayor acto multitudinario de los Sanfermines. Es el día en que el Santo, que reside durante todo el año en la parroquia de San Lorenzo, sale a la calle para recibir el cariño, la devoción y el agradecimiento de los pamploneses. Por unas horas, San Fermín recorre las calles de su ciudad natal.

Estatua de San Fermín en la capilla homónima, parroquia de San Lorenzo

La talla de madera que protagoniza la procesión es un relicario del siglo XV que fue guarnecido en plata en el año 1687. En el óvalo del pecho se conservan reliquias del Santo. La figura, con peana incluida, pesa 364 kilos y la llevan seis porteadores. Alrededor de San Fermín se reúnen personas de todas las edades, ya que es el acto en el que confluyen algunos de los elementos característicos de las fiestas: jotas, música de ‘La Pamplonesa’, poderes civiles y religiosos, hermandades y gremios, timbales, clarines, dantzaris, txistularis, maceros y la Comparsa de Gigantes y Cabezudos.
San Fermín se presenta en la procesión del día 7 de julio ante sus paisanos con la capa que se le confeccionó en el año 1766, restaurada en 1995 por Maritxu Atondo. En la capa prevalece el escudo de Navarra, bordado en oro, para recordar que San Fermín es copatrono de Navarra. El capote de San Fermín es sinónimo de suerte o milagro, en particular en el encierro.
La procesión en honor a San Fermín se remonta en el tiempo tanto como el culto mismo que Pamplona le tributa. La costumbre puso iniciarse cuando en el año 1187 el obispo Pedro de Artajona trajo desde Amiens la primera reliquia del Santo. El primer testimonio documental fehaciente en que consta la procesión está fechado en 1527, cuando el Ayuntamiento acudía a la Catedral a recoger al Cabildo para acudir a San Lorenzo. Desde 1698 el itinerario apenas ha sufrido variaciones.
Desde sus primeros tiempos, la procesión se hacía acompañar de músicos y danzantes. En el siglo XVII se incorporaron a la procesión seis gigantones, propiedad de la Catedral que acompañaron a la comitiva antes de ser sustituidos por los actuales.
La historia de la procesión está jalonada de conflictos entre los representantes del Ayuntamiento y los canónigos de la Catedral de Pamplona. Los primeros defendían mostrar la imagen del Santo venerada en San Lorenzo (la que sale en la actualidad) y los últimos querían que en la procesión fueran paseadas las reliquias mandadas labrar por el Cabildo. De estas desavenencias hay constancia documental a lo largo de los últimos siglos.

Iglesia de San Lorenzo

La iglesia de San Lorenzo acoge los principales actos religiosos de las fiestas de San Fermín. Junto a la procesión, el día 6 se celebra la Función de Vísperas y el día 14 la Función de la Octava. La primera sirve de inicio de las fiestas y la segunda da por concluidos ocho días de celebración. La capilla de San Fermín es el punto neurálgico.
El primero de los actos religiosos que se celebran a lo largo de los Sanfermines son las solemnes Vísperas cantadas en honor a San Fermín. Se desarrollan a las ocho de la tarde del día 6 de julio. Hasta el año 1941, en el que se instituyó el lanzamiento del Chupinazo desde el Ayuntamiento, fue el primer acto del programa sanferminero. Las Vísperas son la preparación para el día 7. Además de los corporativos, cientos de pamploneses participan en la misa solemne en la que interviene la Capilla de Música de la Catedral de Pamplona, acompañada de músicos de la Orquesta Santa Cecilia y de tiples de la Escolanía de Loyola. Recientemente, se han incorporado a esta cita la Orquesta Sinfónica de Navarra y la Coral de Cámara de Pamplona.
Hasta el año 1991, el recorrido de la Corporación municipal hasta la parroquia de San Lorenzo se hacía a pie desde el Ayuntamiento. A la marcha a Vísperas se le dio el nombre de ‘Riau-Riau’, que nació en 1914 como acto de protesta hacia la autoridad. Los mozos trataban de impedir y ralentizar el paso de la Corporación al compás del ‘Vals de Astrain’, de cuyo estribillo recibe su nombre. El ‘Riau-Riau’ fue suspendido oficialmente en 1991. Desde 2002 varias asociaciones de jubilados han intentado recuperarlo.
Siete días después de la procesión, el Ayuntamiento vuelve a la calle para asistir a la Octava de la festividad de San Fermín. La Corporación municipal acude vestida de gala y acompañada de la Comparsa de Gigantes, la banda ‘La Pamplonesa’ y demás figuras del solemne cortejo corporativo.
Una vez finalizado el oficio religioso, el Ayuntamiento regresa a su sede por el mismo camino (calles Mayor y San Saturnino) precedido por la Comparsa de Gigantes y Cabezudos y por ‘La Pamplonesa’. En la Plaza Consistorial los ocho Gigantes bailan por última vez en las calles de Pamplona (hasta el año siguiente).

Frontal de la iglesia de San Lorenzo

La iglesia de San Lorenzo se construyó en 1901, sustituyendo a otro templo anterior de estilo barroco, según un proyecto de Florencio Ansoleaga. El interior es de estilo neoclásico. La capilla del Santo fue construida entre 1696 y 1717, y es obra de Santiago Raón, Fray Juan de Alegría y Martín de Zaldúa. En ella se guarda la imagen, colocada allí el 6 de julio de 1717.
Se desconoce si la imagen original mostraba un santo negro o si el rostro de San Fermín se ha oscurecido con el humo de las velas y el paso del tiempo. En cualquier caso, es un santo moreno.

Interior de la parroquia de San Lorenzo

Visité la parroquia de San Lorenzo en dos ocasiones. La primera vez coincidí con una boda que se estaba celebrando en la Capilla de San Fermín y fue imposible que franqueara más allá de la verja que se encontraba abierta. La segunda vez fue en domingo y se celebraba una de las misas dominicales, pero estaba finalizando y llegué a escuchar que el sacerdote decía que en breves empezaría la novena por San Fermín, ya que si bien su festividad es en julio, su martirio aconteció el 25 de septiembre (es decir, mañana).
Cuando acabó la misa, pude ver la talla de cerca. En verdad que es un santo moreno.

Plaza de Toros de Pamplona


La Plaza de Toros se construyó en 1922 y es la segunda más grande del Estado tras la madrileña de Las Ventas y la cuarta más grande del mundo (después de la de México DF, la de Valencia en Venezuela y la de las Ventas de Madrid). Tiene capacidad para 19.500 espectadores. Se la considera una de las mejores plazas de toros de España.

Paseo de Hemingway

Un busto de piedra junto a la entrada de la Plaza de Toros recuerda a Ernest Hemingway en la avenida que también lleva su nombre, homenaje claro a quien tanto visitó esta Plaza y a quien tanto alabó las fiestas de San Fermín.

La Plaza de Toros de Pamplona es propiedad exclusiva de la Casa de la Misericordia, que levantó la Plaza en unos terrenos cedidos por el Ayuntamiento, resultando uno de los edificios más representativos de la capital navarra. La Plaza de Toros, con un diseño renacentista, se inauguró el 7 de julio de 1922. En el encierro de ese día se produjo el primer montón del siglo XX, que dejó más de un centenar de heridos.
Junto al encierro, constituye uno de los elementos esenciales de las fiestas de San Fermín.

La Casa de la Misericordia organiza las corridas de toros y todo lo relacionado con los espectáculos taurinos durante las fiestas de San Fermín: contratación de ganaderías y toreros, corralillos del Gas, encierrillos y Encierro, montaje y colocación de vallados, contratación de pastores, dobladores, mulillas, banda de música, equipo médico, y más de 300 personas en plantilla en la Plaza de Toros.

El coso de Pamplona mide más de 50 metros de diámetro. En él han toreado los más famosos maestros, como Manolete (10 de julio de 1947).
La enfermería de esta Plaza de Toros es la única que cuenta con dos quirófanos, debido al encierro. En ocasiones es necesario disponer de un quirófano extra por si algún corredor resulta herido de gravedad.
La Plaza de Toros cuenta con uno de los rincones más desconocidos para el público en general: una capilla, donde la mayoría de los corredores se encierran para rezar durante cinco minutos antes de enfrentarse al toro en el ruedo.

Ningún matador ha perdido la vida en Pamplona. La cogida más grave, según se dice uno de los percances más importantes de la historia del toreo, la sufrió el 8 de julio de 1950 Rafael Ortega, tras una cornada de un toro de Bohórquez. Desde el año 1960 hasta 1989 Antonio Ordóñez fue el torero que más actuaciones había sumado en Pamplona: 33. En el año 1989 fue superado por Francisco Ruiz Miguel (35 tardes).

El ajetreo del sábado


A las diez de la mañana me ha sonado el móvil por primera vez, en lo que iba a ser una mañana de sábado ajetreada. He mirado los nubarrones por las rendijas de la ventana y he suspirado. "Otoño", pensaba mientras escuchaba lo que me decían al otro lado.
A las once estaba en Cuzcurrita y el sol se asomaba, vergonzoso, entre las nubes. Y pensaba que prefería estar allí antes que en la oficina.
A la una llegaba a la oficina y me dejaba caer en el asiento.

En el viaje de regreso he visto el sol radiante y he pensado en un ángel. Me pregunto dónde estará. Daría un mundo por verle o por escuchar su voz ahora. Me inquieta que pasen los días y que no me cruce con él o me encuentre con algo que me lo recuerde. 

Ahora son las dos y ya toca regresar a casa. Cruzaré los dedos para que no vuelva a sonar el móvil en lo que queda de fin de semana. Este fin de semana será tranquilo. No deseo, por nada del mundo, meterme en el ajetreo del sábado en fiestas en Logroño.

La oscuridad iluminada por la tormenta


Hace frío, pero aun así me he asomado a la ventana. Me estremece ver los relámpagos a lo lejos y es que no se escuchan aunque consiga verlos intermitentes en el horizonte.
Se me caen los ojos de sueño. Esta noche soñaré con él, me dejaré atrapar por esa mirada que tanto me fascina y seguiré anhelando encontrarme con él en las próximas horas (aunque no lo veo probable). 
Necesito descanso y ahora es un buen momento.

Hemingway, días de vino y muerte


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En una librería de la Plaza del Castillo me agencié este libro, que trata sobre Hemingway, aunque no tiene nada que ver con su estancia en Pamplona, sino que describe cómo pudo vivir el novelista en Madrid en 1937, cuando España estaba patas arriba.
En realidad, siempre preferiré un libro escrito por Hemingway a uno que hable sobre él.
Lo que no me gusta del libro es lo que siempre ocurre cuando un norteamericano intenta plasmar la esencia española: parece algo superfluo, algo que no toca fondo, y es porque no se involucran. Quizás Hemingway sea uno de los pocos norteamericanos que sí supo plasmar esa esencia, porque él buscaba sus historias con la gente, no sin moverse de la máquina de escribir, se convertía en alguien camaleónico capaz de sentir el espíritu español.
Lo español a veces es complicado de entender. Una vez conocí a Selina. Había llegado de Taiwán para aprender español, pero le costaba muchísimo. Nos entendíamos en inglés. Una tarde me mostró lo que estaba estudiando en literatura: ¡A Lorca! Me parecía incomprensible que a una persona que sólo hablaba chino mandarín e inglés y chapurreaba muy pocas palabras en castellano le estuvieran haciendo desentrañar un poema de Lorca. Le expliqué que era tan metafórico que incluso para un español era complicado entender al poeta granadino. No llegaba a comprender cómo le habían puesto a comentar un texto tan difícil como era el de Lorca. Le expliqué el significado de la muerte en el poeta, lo importante que era en todo lo que escribía. Recuerdo que en aquel poema se hablaba de la luna, una de las miles de lunas de las que escribió Lorca, y le expliqué que no sólo estaba vinculada a la muerte simbólicamente sino que además, en la obra lorquiana, siempre tenía un sentido maléfico. Terminé haciéndole el comentario completo del poema. Dudo que llegara a comprender todo aquello que le expliqué sobre Lorca. Aún hoy conservo un folio con mi nombre escrito en chino mandarín.
En el libro, contextualizado durante la Guerra Civil española, parece que Madrid y Valencia, tal y como están descritos, no estén en guerra. Es cierto que Madrid estuvo sitiada durante mucho tiempo, pero tanto como para que hubiera tanta tranquilidad como la que hace sentir esta novela...
Lo que me gusta del libro es que Hemingway aparece como un héroe, con una personalidad imponente, en busca de vino y enfrascado en peleas durante la mayor parte de las páginas. Hemingway ya le pegaba bien a la bebida, pero es algo que nunca ocultó y de lo que nunca se avergonzó, aunque finalmente la bebida terminara con él. Hemingway se pone a investigar la muerte de su amigo José Robles, junto a otro escritor norteamericano, John Dos Passos. Históricamente sí que es exacto que José Robles fuera asesinado en 1937. Había sido profesor de español en USA y era amigo de los dos escritores norteamericanos. De hecho, su muerte y la consiguiente investigación llevan a la ruptura de la amistad entre Hemingway y Dos Passos.
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Hotel Florida, Madrid


Los corresponsales del mundo entero se alojaban en el ya desaparecido Hotel Florida en Madrid. Hemingway, abocado en la bebida, termina acudiendo a Valencia, donde descubre que Robles ha sido asesinado por una facción de la delegación rusa en la España republicana.
Según la novela, Robles podría haber descubierto que Guernica iba a ser bombardeada por la Luftwaffe y que uno de los pesos pesados republicanos era un auténtico espía fascista. Juan Posada, que posiblemente es una invención del autor, era el que firmaba las sentencias de muerte en la España republicana, pero a la vez estaba pasando información a Franco. Lo que descubre José Robles es que Posada había solicitado que se retiraran las defensas antiaéreas de la ciudad de Guernica, a lo que Robles, fiel a la República, se había opuesto. Posada había contratado a unos quinquis(*) para que acabaran con la vida de Robles y Hemingway lo descubre. Posada le soborna y le obliga a salir de España, pero Hemingway consigue escapar hasta el Hotel Florida, donde encuentra a Quintanilla, un republicano que tiene mucho poder, al que le confiesa todo lo que ha descubierto.
Según el libro, Hemingway estaba en Guernica en el momento del bombardeo.

Quinqui(*): Miembro de un grupo social marginado, dedicado tradicionalmente a la venta ambulante o "buhonería", frecuentemente desarraigado de una residencia estable y bordeando, las más de las veces, los límites de la delincuencia; gentes trashumantes que, la mayor parte de las veces, ni siquiera se inscribían en el Registro Civil y que carecían de toda documentación legal, con lo que quedaban, por ello, exentos de cumplir con el servicio militar.
Habitualmente se les trata peyorativamente, como delincuentes contra la propiedad, que suelen operar en pequeñas bandas.
Conocedores expertos de caminos, veredas y trochas, buscando las sendas menos frecuentadas, muchas veces llegaron a confundirse con contrabandistas y maleantes, con los que en ocasiones habrían de integrarse aun a su pesar, a lo largo de los siglos XVI y XVII.

viernes, septiembre 23, 2011

Con la manta hasta la nariz


Hoy será una de esas noches en que iré temprano a dormir, al menos mucho antes que las noches pasadas.
Me iré a soñar con un ángel, a quien hace días que no veo. Y cuanto menos le veo más crece el anhelo de verle.
Miraba a las estrellas, las pocas estrellas que se ven esta noche, y pensaba que él está bajo las mismas estrellas y que, quizás, de vez en cuanto él también mire hacia el firmamento.
Me voy a dormir, porque las noches han enfriado y donde mejor se está con el frío en ciernes es con el edredón hasta la nariz. Esta semana he puesto una manta en la cama. El frío se acerca lánguidamente.
En la oscuridad pensaré en un ángel. Daría un mundo por hablar con él ahora, por saber algo de él, por preguntarle cómo le va todo, por acariciarle el rostro y susurrarle que está guapísimo (que hace mucho que no se lo digo).
Sin duda alguna, éste es el mejor momento para ir a abrazar a Morfeo.

El Ayuntamiento de Pamplona


Es una de las primeras imágenes que se me quedaron grabadas en las retinas nada más llegar a Pamplona. Se encontraba a dos pasos del hotel. La Plaza Consistorial me pareció diminuta, en la televisión, cuando está plagada de gente al comienzo o al término de las fiestas de San Fermín, parece mucho más grande de lo que es en realidad.

El Ayuntamiento de Pamplona se encuentra justamente en el lugar en el que coincidían los fosos de las murallas de los tres burgos. Por tanto, fue construido en tierra de nadie. En medio de la encrucijada de las tres poblaciones, la elección de este lugar no fue fortuita, sino que fue lo más acertado, crucial y vital para hacer efectiva la unificación de la ciudad.

El Ayuntamiento de Pamplona tiene una fachada barroca que data de 1752, de endiabladas formas y curvas que corona una alegoría de la Fama que toca un clarín para anunciar fastos y glorias, flanqueada por dos leones que sostienen las armas heráldicas de Pamplona y de Navarra bajo sus zarpas. Dos Hércules rematan los laterales de este edificio. Además, cada planta de la fachada tiene un estilo diferente de columnas clásicas: dórico, jónico y corintio.

Al cruzar la puerta principal del Ayuntamiento se accede a un vestíbulo diminuto en el que hay otra gran puerta que da acceso al verdadero vestíbulo y entrada al Ayuntamiento. Sobre el dintel del portón de esta pequeña antesala está grabada en piedra una emotiva sentencia que aprobó el pleno municipal el 19 de enero de 1759: “La puerta está abierta a todos, pero sobre todo el corazón”.
La Plaza del Ayuntamiento fue llamada años atrás “la plaza de la fruta”, por ser aquí donde se instalaba el mejor mercadillo de toda la ciudad.

jueves, septiembre 22, 2011

La Catedral de Pamplona


Lo que me llamó la atención de la Catedral de Santa María la Real fue lo robusta que era, como si en sí misma el templo constituyera un pequeño fuerte dentro de una ciudad brillante por sus defensas de piedra. Sus muros son toscos, con muy pocos adornos, y está en un lugar estratégico: en lo alto de una calle, como si ese rincón pamplonés hubiera sido elegido a dedo.

No entré en el interior. Creo que no me interesan los tesoros catedralicios. Sólo quería ver a San Fermín y en la catedral no estaba el Santo de Pamplona. Así que entré en la plaza vallada que a las tres de la tarde estaba abierta para contemplar los muros, la fachada, las torres y las columnas. Me gustaba la tranquilidad que había allí, pero enseguida reanudé mi camino por las calles pamplonesas.

La Catedral de Santa María la Real fue construida durante los siglos XIV y XV sobre los restos de un templo románico que, a su vez, había sustituido al viejo capitolio de la ciudad romana. La fachada neoclásica de 1799 es de Ventura Rodríguez y el interior es de estilo gótico francés. La campana María, situada en la torre izquierda, data de 1584 y es la segunda más grande de España; pesa 12.000 kilos. Dice la antigua leyenda que los difusos límites de la comarca de Pamplona se definen por las tierras hasta donde se escucha su bandeo. El claustro, terminado en el año 1472, está considerado como uno de los más bellos de Europa.

La talla de Santa María la Real es del siglo XII y de estilo románico, la imagen mariana más antigua de las conservadas en Navarra, de madera revestida en plata. El niño y el trono son añadidos, de los siglos XVII y XVIII respectivamente. Frente a ella se coronaban los Reyes de Navarra.

La Catedral alberga en su interior el Museo Diocesano.
Este templo de más de 1.700 años de historia se ha quemado, destruido y reconstruido en un sinfín de ocasiones.

El 10 de agosto de 1935 desaparecieron de la Catedral de Pamplona varias coronas de oro, joyas, monedas y la famosa arqueta de Leyre, entre otros tesoros. El ladrón había serrado la verja de una de las ventanas. El robo se cifró en cinco millones de pesetas de la época y en la búsqueda de los malhechores se implicó a la policía francesa con detenciones en París y pesquisas en Londres. Un mes después las joyas aparecieron escondidas en unos maceteros de la casa de un conocido joyero de Pamplona en la calle Arrieta. La arqueta fue localizada entre unas zarzas.

Un jueves sin verle


Desconozco cómo estoy a las nueve de la noche (casi) en la oficina, pero aquí sigo. Menos mal que llega el fin de semana. Aunque se prevé un fin de semana tranquilo, pero al menos sé que desconectaré un poco.
Me pregunto dónde estará él. Quizás se haya ido a San Mateo, quizás... Aunque esta mañana, cuando he ido a aparcar, también estaba su coche. Esta mañana, que he tenido que venir desde Ezcaray como alma que lleva el diablo, a las doce y conducía despacio a ver si, por un casual, me cruzaba con él.
Me gustaría tanto susurrarle palabras de amor al oído...
Le echo de menos.

Hemingway y Pamplona

Los Sanfermines son actualmente una de las fiestas más conocidas del mundo. Esto se debe a uno de los grandes escritores del siglo XX: el periodista y novelista norteamericano Ernest Hemingway, que fue el heraldo que convirtió la fiesta de San Fermín en una festividad internacional que nadie había de perderse.
En Pamplona, Hemingway disfrutó de una fiesta que, desde el primer momento, le impactó por su realismo y naturalidad. Y es que el premio Nobel de Literatura descubrió rápidamente el espíritu participativo de los Sanfermines y supo sumergirse en ellos como un pamplonés más. En Pamplona comió, bebió y experimentó la alegría, el calor y la euforia de las fiestas. Este amor que profesó Hemingway durante toda su vida a los Sanfermines lo transmitió de tal manera que provocó en sus compatriotas la necesidad de descubrir qué pasaba en Pamplona del 6 al 14 de julio. Su primera gran novela, Fiesta (The Sun also rises, 1926) mostró al mundo entero estas fiestas.
Ernest Hemingway conoció los Sanfermines en el año 1923. A las 21.30 horas del 6 de julio de ese año el joven corresponsal del Toronto Star y su primera mujer, Hadley, embarazada de varios meses, llegaban a una ciudad en fiestas. Ernest, que contaba entonces con 24 años, quedó muy impresionado y volvió otras ocho veces a Pamplona.
Hemingway corrió por primera vez el encierro el 7 de julio de 1924, acompañado por Donald Ogden Stewart y, según el mismo autor, sin una presencia directa frente a los toros. Ese año fue testigo de la primera cogida mortal de un mozo en el encierro. La última visita de Hemingway a Pamplona antes de la Guerra Civil fue en el año 1931. En aquellas fiestas Ernest se dedicó a recopilar vocabulario taurino para su novela Muerte en la Tarde. Hemingway no volvió a Pamplona hasta el año 1953. Contaba con 54 años y había ganado el Premio Pulitzer por su obra El Viejo y el Mar. La última visita de Hemingway a Pamplona se produjo en el año 1959, cuatro años después de haber recibido el Premio Nobel de Literatura. El Ayuntamiento de Pamplona le tributó un homenaje con champán y bocadillos en los toros. Según sus palabras, fueron los Sanfermines más estupendos que recordaba desde 1924.
Hemingway fue enterrado en el cementerio de Ketchum (Idaho) el 7 de julio de 1961.

La ruta de Hemingway por Pamplona es un paseo que nos lleva al pasado, aunque muchos de los rincones que conoció ya no existen en la actualidad.
1. En la Calle del Mercado se encontraba la Casa Marceliano, junto a la iglesia de los Padres Dominicos. Se trataba de una especie de tasca concurrida en la época de Hemingway, donde el escritor acudía a comer y beber con amigos.


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1959: Hemingway en Casa Marceliano conversando con el dueño

2. En la Calle Eslava nº 5 se encontraba la primera pensión donde Hemingway se alojó en Pamplona en su primera visita, acompañado de su mujer Hadley, de acuerdo a como lo describe en su artículo Pamplona en julio.
3. En la Plaza del Castillo hay infinidad de rincones donde Hemingway pasó muchos y buenos ratos. Algunos aún existen hoy en día, restaurados y con la fama que les dio el novelista norteamericano. Otros lugares ya han desaparecido, pero una placa nos recuerda que allí estuvo Ernest hace ya unas décadas.

Hotel La Perla

En la habitación nº 217 del famoso e histórico Hotel La Perla se alojaba habitualmente Hemingway. La Perla, que se abrió como fonda en 1881 y hoy es uno de los hoteles más antiguos de España, no hace mucho que fue remodelado. Es el primer hotel de cinco estrellas de Navarra.
Este hotel ha personalizado 25 habitaciones en las que se recuerda a algunos de sus huéspedes más ilustres, como Ernest Hemingway, Pablo Sarasate, Víctor Eusa, Manolete, Belmonte, Cayetano Ordóñez, Orson Welles, Karim Aga Kang IV, etc. Estas célebres personalidades dieron prestigio al hotel, que ha buscado recuperar su propia historia y la de Pamplona.

Entrada al Café Iruña

El Café Iruña también se encuentra rehabilitado. El interior tiene una magnífica decoración modernista.

El rincón de Hemingway, Café Iruña

Se ha creado un espacio a Hemingway, donde se alza una escultura del escritor estadounidense.

Aquí se encontraba el desaparecido hotel Quintana

El antiguo hotel Quintana se encontraba en la Plaza del Castillo, a pocos pasos de la Calle Espoz y Mina. Hoy ha desaparecido, pero una placa recuerda con nostalgia ese lugar.
Hemingway hizo famoso al hotel y a Juanito Quintana, su dueño, en la novela Fiesta. Era el hotel frecuentado por los toreros de la época.

Aquí se encontraba el antiguo bar Torino, junto al hotel La Perla. Hemingway lo nombraba en su novela Fiesta con el nombre de bar Milano. Actualmente no existe.
El Café Suizo era otro café de la Plaza del Castillo que solía frecuentar Hemingway y que cerró en 1952. Hoy es sede el Orfeón Pamplonés y se encuentra muy cercano al Paseo de La Jacoba.

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Bar Txoko

El bar Txoko, también en la Plaza del Castillo, es otra de las cafeterías que pisó Hemingway que ha sido remodelado hace algunos años.
El Kutz era otra cafetería que frecuentó Hemingway y que terminó desapareciendo, para convertirse en la actualidad en sede de una entidad bancaria.
4. En el Paseo de Sarasate nº 6 se encontraba en ya desaparecido Restaurante Las Pocholas.

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Hemingway en 1926

Se trataba de un restaurante de prestigio internacional. Hemingway comía allí todos los días. Siempre ocupaba la mesa nº 1. “Le encantaba observar a las personas que entraban, por eso le gustaba esa mesa”, recuerdan Josefina y Conchita Guerendiain, propietarias del restaurante.

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Hemingway en 1959

Con la rehabilitación del Hotel La Perla, el restaurante del hotel lleva el nombre de Las Pocholas como homenaje a las anfitrionas y propietarias del antiguo restaurante.
5. En la Avenida San Ignacio se encuentra el Hotel Yoldi, un hotel frecuentado por toreros y por Hemingway en sus visitas a Pamplona.
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Hemingway en una corrida de toros

6. La Plaza de Toros fue uno de los rincones donde el escritor norteamericano se convirtió en asiduo de las corridas taurinas por las tardes y de las vaquillas por la mañana, tras el encierro. Incluso alguna vez sufrió algún que otro susto que le proporcionó munición para sus novelas.

Busto de Hemingway junto a la Plaza de Toros

En la entrada de la Plaza de Toros hay un busto de Hemingway, como homenaje al novelista. Fue inaugurado por su cuarta mujer, Mary, en 1968.

Aquí además comienza el Paseo Hemingway.

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Y como no podía ser menos en Pamplona, los creadores de Kukuxumuxu también le dedicaron un diseño.