
Era un lunes de invierno, con la niebla acechando entre los tejados, la humedad persistente en el aire, el trajín del comienzo de semana, el frío congelando las entrañas. Ella caminaba despistada, mirando al suelo, observando los estragos que hizo la sal que se echó en las calles una semana atrás, como consecuencia de la última nevada. Sólo levantó la mirada una vez, para cruzar en un paso de cebra. Entonces sus ojos se desviaron en una dirección, hacia lo alto de una ventana, para mirar unos segundos después hacia atrás, como si hubiera presentido algo. Inesperadamente una figura surgía de la niebla, pero ya estaba de espaldas. Esa figura era demasiado familiar: su pelo largo, su forma de andar... ¿Tan despistada iba para no haberle visto antes? ¿La habría visto él? Eran preguntas sin respuesta.
Ella siguió caminando, sin mirar atrás, pese a saber que muy pronto él pasaría muy cerca conduciendo; podría haberse entretenido en cualquier lugar para cruzarse de nuevo con él. ¿Merecía la pena? Ella nunca lo sabrá, pero intuía que el corazón le latía más fuerte esa mañana.
No quería verle, no quería encontrarse con él.
La mañana había ido pasando, rauda y veloz, bajo esos ojos invisibles de la niebla invernal. Ella volvía a caminar por la calle, con prisa, cuando volvió a verle, parado con el coche. Mecánicamente su mano se ha alzado en su dirección y ha dibujado un saludo con la mano. ¿La habrá visto esta vez? Ella no lo sabrá, porque sólo veía una sombra tras el cristal del coche. Una sombra que en su mente tiene rostro y nombre. Sólo se ha preguntado qué pasaba hoy, por qué había de verle tantas veces.
Ella se pregunta si ha perdido la ilusión.















