lunes, enero 18, 2010

No hay dos sin tres

Era un lunes de invierno, con la niebla acechando entre los tejados, la humedad persistente en el aire, el trajín del comienzo de semana, el frío congelando las entrañas. Ella caminaba despistada, mirando al suelo, observando los estragos que hizo la sal que se echó en las calles una semana atrás, como consecuencia de la última nevada. Sólo levantó la mirada una vez, para cruzar en un paso de cebra. Entonces sus ojos se desviaron en una dirección, hacia lo alto de una ventana, para mirar unos segundos después hacia atrás, como si hubiera presentido algo. Inesperadamente una figura surgía de la niebla, pero ya estaba de espaldas. Esa figura era demasiado familiar: su pelo largo, su forma de andar... ¿Tan despistada iba para no haberle visto antes? ¿La habría visto él? Eran preguntas sin respuesta.
Ella siguió caminando, sin mirar atrás, pese a saber que muy pronto él pasaría muy cerca conduciendo; podría haberse entretenido en cualquier lugar para cruzarse de nuevo con él. ¿Merecía la pena? Ella nunca lo sabrá, pero intuía que el corazón le latía más fuerte esa mañana.
No quería verle, no quería encontrarse con él.
La mañana había ido pasando, rauda y veloz, bajo esos ojos invisibles de la niebla invernal. Ella volvía a caminar por la calle, con prisa, cuando volvió a verle, parado con el coche. Mecánicamente su mano se ha alzado en su dirección y ha dibujado un saludo con la mano. ¿La habrá visto esta vez? Ella no lo sabrá, porque sólo veía una sombra tras el cristal del coche. Una sombra que en su mente tiene rostro y nombre. Sólo se ha preguntado qué pasaba hoy, por qué había de verle tantas veces.
Ella se pregunta si ha perdido la ilusión.

El río de la vida

Cuando querer a una persona te desborda, las dudas afloran al exterior. No sabes muy bien hacia dónde dirigirte, y al final lo dejas seguir, como un río, cuyas aguas fluyen raudas hacia el mar.
Es así, la vida es como un río, con sus piedras (u obstáculos), cuyas orillas discurren diferentes en cada lugar, a cuyo encuentro van todo tipo de personas, algunas de manera reiterada, otras una única vez para no volver jamás.
Y a veces, el río se divide en varios afluentes que corren paralelos un tramo, para no volver a unirse al caudal principal, o quizás alguno vuelva a su origen unos pasos más adelante.
El río de la vida, que tantas primaveras ve pasar, solitario y helado en época invernal, y nunca con las mismas aguas que el verano anterior. El río, cuyas aguas riegan la vida, que alientan a seguir, a mirar al frente. Algún día llegará al final.

Me dicen que estoy triste, pero no es así. Yo creo que me afecta el tiempo, pero después del invierno volverá otra primavera y, con ella, desaparecerá esta especie de melancolía. En invierno tiendo a sentirme algo apagada, pero eso no quiere decir que esté triste.
Siento que quiero a todo el mundo, y eso me hace esbozar una ligera sonrisa imperceptible. Es lo mismo que le dije a otra persona y esa persona es la única que sabe por qué.

Que el río de la vida fluya tranquilo, que se lleve lo negativo, pero que deje conmigo las cosas buenas que aporta la vida. Mañana sonreiré, porque no quiero que nadie vuelva a preguntarme si estoy triste. Pero no quiero que sea una sonrisa hipócrita. Sólo hay una imagen que me aporta enorme alegría cuando la traigo a mi mente, todo en cuestión de segundos. Tendré que dejar que fluyan todos esos pensamientos, libres, como si de un río se tratara...

domingo, enero 17, 2010

Los días que vendrán


Esta mañana mi hermano me ha preguntado varias veces si estaba triste, de hecho, su pregunta no hace más que corroborar un estado de ánimo pésimo. La gente lo nota, pero yo sólo me siento algo más melancólica. Esto me recuerda a la ventana de Johari, la parte de nosotros que los demás ven y nosotros no, el "yo"ciego. Sí, estoy más melancólica, pero no creo rezumar ese aura de tristeza que los demás ven en mí.
Cuando regresaba a casa a las dos, en la rotonda me ha parecido ver un destello plateado en una plaza cercana. Antes nunca miraba para allí, ahora es raro que mis ojos no se desvíen en esa dirección. En una milésima de segundo he pensado en que podía darme una vuelta por la plaza, pero no lo he hecho. He seguido mi camino.

En otro orden de cosas, Yoguito se ha puesto enfermo. No come nada y vomita bilis. Y le he estado cuidando toda la tarde. Tiene una gastritis de caballo. Mañana iré al veterinario para explicarle los síntomas y que me dé unas pastillas para que se asiente su estómago y se recupere pronto.

Unas palabras

Lo cierto es que me resulta bastante extraño estar un sábado por la noche en casa, a punto de ir a dormir. Estaba puliendo un correo electrónico larguísimo que he escrito esta tarde, pero necesitaba escribirlo. Aún no lo he enviado, pero antes de irme a la cama lo haré.
Tenía la terrible necesidad de escribirlo desde hace días. Me parecía antinatural no hacerlo, porque estaba reprimiendo los dictados del corazón. Quería explayarme con esa persona, contarle cosas, incluso le he confiado secretillos de ésos que no compartes con nadie. Y, gracias a mis palabras, he vuelto a un lugar que abandoné hace un tiempo y que quizás reactive. Un lugar que, si bien en principio me sirvió para sentirme más cerca estando lejos, ahora me serviría para acumular historias sobre el lugar del que hablo, el lugar que me vio nacer, crecer, que es el mismo paraje que veo cada mañana al abrir la ventana.
No quiero pensar en ese email, cuando lo envíe ya estará hecho y no podré volver atrás.

Sin más.

sábado, enero 16, 2010

¿Y si la llama se apaga?

No creo que ocurra, al menos en un tiempo. De hecho, temo que eso llegara a pasar. Quizás el hecho de la felicidad que me aporta es suficiente para no permitir que esa llama se apague, al menos ahora.
Sin embargo, yo sí me he sentido más apagada últimamente. No sé las razones, aunque puede ser un poco de todo: no ver nada que me lo recuerde, como su coche aparcado cerca para sentirle próximo; no saber nada de él, aunque cuento con medios para enterarme de algo si quisiera (aunque hace tiempo opté por no hacerlo, más bien, si quiero saber algo prefiero preguntárselo a él); esa lucha interna por la que no sabré qué hacer si me lo encontrara... Y, con todo, estoy hablando de una persona a la que vi hace dos días. Pero parece todo tan lejano... Verle sin decirle nada es como contemplar una fotografía: puede traerte recuerdos, pero es una imagen sin más, estática, congelada en el tiempo, inmortalizada para la eternidad.
Creo que terminaré escribiéndole un correo cualquier día de estos. Me da la impresión de que tengo muchas cosas que contarle, aunque soy consciente de que cuando esté ante la página en blanco me costará empezar.
Sólo hay dos personas que me han notado más sombría, menos risueña, apagada... y esas dos personas son aquellas con las que más horas paso al día. Y no puedo ni quiero explicarles los motivos.
De momento, la llama no se apaga.

viernes, enero 15, 2010

'Tiempo es oro', nunca mejor dicho

No sé cómo lo voy a hacer sin tiempo para estudiarme todo lo que me entra en examen para el 5 de febrero, cuando quedan tres semanas exactas. Quizás se me hayan truncado estos dos próximos fines de semana en cuestión de salidas, puesto que si no es mucho temario hay muchos datos que memorizar.
No sé cómo lo voy a hacer.

En otro orden de cosas, tengo que preparar todos los exámenes que he presentado a lo largo de estos meses porque me enviaron un cuadro incompleto con la media de notas y periodicidad de tests, según el cual no puedo presentarme a ese examen. Eso me mantiene inquieta, puesto que he hecho todos los exámenes semanales, sacando magníficas calificaciones.
En fin, tengo clarísimo que aprobaré en febrero este examen, aunque no sé cómo lo haré para estudiarme todo en tan poco tiempo. Tendré que sacrificar los dos fines de semana que hay en medio, pero ¿qué son dos fines de semana a lo largo de toda la vida?

En busca de las estrellas

Pues miraba el cielo estrellado al regresar a casa y sonreía, recordando una noche que volvía con mis amigos de fiesta, no hará cuatro meses, y escribí algo a alguien respecto de la belleza de las estrellas que se dejan ver en el cielo cuando está despejado.
Realmente quiero creer que mi estado de ánimo está bien. Cuando lo pienso siento el bajón moral, pero si no pienso en ello me siento indiferente.
No puedo tomar una decisión que está en contra de mis principios. Sé que cuando me lo encuentre haré de todo menos huir. Quizás pasen meses para que eso ocurra.
Hoy han sido las estrellas las que me lo han traído a la mente. Y en ese momento he sonreído.

Las estrellas también me recuerdan a aquellas noches estivales en el monte, junto a la hoguera, buscando a Kasiopea. Éramos inocentes, nos creíamos dueños del mundo y no teníamos preocupaciones. Las estrellas junto a la hoguera y al poleo que ponían fin a un día en que acabábamos exhaustos. Echo de menos aquellas largas caminatas y echo de menos las historias de las veladas que siempre terminaban alargándose.

Me relaja mirar las estrellas. Me da la sensación de que nos envían un mensaje desde allí arriba, aunque a veces no sepamos interpretarlo.

jueves, enero 14, 2010

Quizás sea tristeza

Seriamente me han dicho hoy que se me ve muy triste. Me lo ha dicho la misma persona que me lo comentó a principios de semana. La verdad es que, si lo pienso, sí que me siento algo apesadumbrada y con cierto desasosiego, pero desconocía que fuera algo tan palpable. Nunca puedo ocultar esa vocecita interior.
En parte, uno de los motivos es porque mi corazón desaprueba lo que dicta la cabeza en estos momentos y eso parece traspasar todas las capas de mi piel para aflorar al exterior. Sin embargo, no se lo he dicho a nadie. Es una lucha interior a la que me tengo que enfrentar yo sola, la confrontación de sentimientos disconformes.
Un ejemplo obvio ha ocurrido esta tarde: he tenido que apretar los puños para no ponerme a teclear un email que me moría de ganas de escribir, preguntar lo más natural. Pero algo, puede ser orgullo o puede ser decisión, me ha hecho detener los dedos y no escribirlo. Lo natural hubiera sido dejar fluir los designios del corazón, lo antinatural ha sido no haber permitido dar señales de ningún tipo. Eso entra a formar parte de esa burbuja de tristeza que cualquier día terminará explotando.
Sin embargo, la necesidad de él va mucho más allá. Le echo tanto de menos...

El alma con puntos suspensivos

Hace mucho que aprendí que debemos cuidar el alma, pues sólo tenemos una y es muy valiosa. Debemos intentar no maltratarla, porque al final pasará factura. Yo sé que parte de mi alegría, de mis risas, algo que parece innato, emanan de esa misma alma.
Ahora comprendo una parte de esa atracción por él: es una especie de gurú que acaricia mi alma con sus palabras.
Con este último pensamiento, con toda la belleza que lleva implícita, me voy a dormir.

miércoles, enero 13, 2010

Los trenes que se pierden

Hoy me ha ocurrido una cosa curiosa. Tan curiosa como extraña y tan extraña como capaz de hacerme ruborizar.
Hoy alguien, a quien conozco de verle casi a diario, me ha hecho una proposición, algo que puedo tomar o dejar. Ha sido algo tan inesperado que he sentido que el rubor alcanzaba mi rostro y no he sabido muy bien cómo reaccionar. No me desagrada esa persona, pero sé que es un tren que dejaré pasar.
La razón es simple: mi corazón alberga sentimientos a pleno rendimiento por otra persona. Y le quiero a él. Si no puedo estar con él prefiero no estar con nadie.
Lo curioso es que la otra persona sabe que me gusta alguien, no sabe quién, porque me cuido mucho de decir nada sobre él, y sin embargo se ha arriesgado con todo lo que conlleva. Supongo que tendré que quedar con esa persona y exponerle mi punto de vista, dejárselo claro y cortar de raíz todo tipo de esperanza que pueda llegar a albergar.
Lo que ha conseguido es que le mire con otros ojos, y también que empiece a evitarle, al menos hasta que se olvide del tema.
Es reconfortante sentirse querida, pero esa persona no podría darme ni una mínima parte de lo que me da... con sólo su presencia.
Es un tren que tendré que perder. Nunca sabré -ni me lo voy a plantear- lo que hubiera ocurrido en caso de haberme subido a él. Supongo que las oportunidades son así: o las tomas o las dejas; si no las coges cuando llegan, desaparecerán y no volverán a presentarse. Es lo que hay. Pero no voy a tomar un tren sin estar segura de dónde me llevará. Podría arriesgarme, pero en este momento ni me replanteo eso. Cuando el corazón no es libre, no tienes muchas más alternativas, y ojos sólo para una persona, una persona que te da casi una vida sin proponérselo.
Yo tendría que arriesgarme más con él, pero no volveré a caer en el error de presionarle. Es la única persona que ha sido capaz de poner a prueba mi paciencia y esa paciencia me ha enseñado a esperar si es necesario, a no tirarme de cabeza, ha frenado mi ímpetu. ¿Será porque me aporta tranquilidad? Acabo de comprender que tengo una necesidad urgente por verle y hablar con él, pero no como esta mañana, sino como esos momentos en que siento que respiramos el mismo aire.
Algún día llegará ese tren.

Época de deshielo

Anoche intuía que el viento se llevaría los restos de hielo y nieve, aunque todavía queda algo. Es de agradecer. Aunque es trece... Recuerdo mi pavor en octubre al trece, cuando se lo comenté a alguien y me respondió: "Es un día más". Y ahora lo miro con otros ojos. No debe dar tan mala suerte cuando, después de caminar por las calles mojadas y con restos de nieve, no he resbalado. Y eso que los tacones se encallaban en las hendiduras entre las piedras de la Plaza de España. Cuando estaba llegando al semáforo he visto pasar a alguien. He sentido que debía volar para ir a su encuentro, que me lo cruzaría de frente. Por cuestión de minutos no nos hemos encontrado cara a cara. A cien metros le he visto, mirando para abajo, con la barba algo más larga, con un jersey gris que tenía aspecto de suave (¡quién fuera jersey para acariciarle a todas horas!) y caminando muy rápido. Es posible que él no me haya visto, sólo tenía que mirar al frente, pero no lo ha hecho. Se me ha ocurrido llamarle, decirle algo, felicitarle el año, pero he desechado la idea. He preferido quedarme fuera de su objeto de visión.
Iba guapo.
Estoy pensando en ese momento, desde que le he visto pasar en coche hasta que le he visto venir de frente, el instante en que se me ha acelerado el corazón, algo me impulsaba a caminar más rápido para buscar sus ojos. Y, sin embargo, cuando le he tenido a cien metros, no me he atrevido a decir su nombre. El corazón seguía latiendo muy fuerte aun después de que él desapareciera. Incluso ahora siento los últimos coletazos.
Y eso que es trece, "un día más", como dijo él una vez, pero no un día cualquiera. Ese mínimo encuentro con él ha dotado a este día de un color especial, mágico.

El silbido del viento

Me gustaría levantarme mañana y encontrarme con que el viento se ha llevado todos los restos de nieve y hielo. Sería un agradable despertar, junto a otra imagen que se apodera de mi cabeza al alba y que no desaparece en todo el día.
Escucho la serenata del viento al otro lado de la ventana. Puedo imaginarme los objetos de la calle bailando al son de esa extraña melodía.
Es hora de dormir. Que vengan los sueños a mí, sueños... sueños son.

"Australia"

"Mi abuelo, Rey Jorge, me lleva al monte para la travesía ritual, me enseña costumbres del hombre negro. Abuelo me enseña lección más importante de todas: a contar historias. Un día, en el Billabong, Rey Jorge me enseña a pescar gracias a canción mágica.
Yo no soy gente negra, tampoco gente blanca. Esas gentes blancas me llaman 'sangre cruzada', 'mestizo', 'café con leche'...; pertenezco a nadie.
Ese día veo a hombres blancos que llevan ganado gordo a otra orilla de río, a tierra de Carney. Rey Jorge, enfadado con hombres blancos. Rey Jorge dice 'esos hombres blancos, mal espíritu, deben irse de esta tierra'.
¡Polizontes! Han venido a cogerme, quieren mandarme a Isla Misión y convertirme en gente blanca. Pero no son polizontes. Es la primera vez que la vi, la Señora Patrona, la mujer más extraña que yo había visto, ella no es de esta tierra.
Mi pueblo tiene muchos nombres para esta tierra, pero gente blanca la llama... AUSTRALIA".

Corre el mes de septiembre de 1939, cuando Lady Sarah Ashley (Nicole Kidman) decide dejar la acomodada Inglaterra y viajar a las antípodas para traer de regreso a su marido, jefe de una enorme empresa de ganado en Australia. Ella cree que le está poniendo los cuernos. Lo que no espera es que aquella tierra le dejará una profunda huella por la que no regresará jamás a su país natal.
Cuando llega al rancho familiar, Faraway Downs, se encuentra con el cadáver de su marido y con el hombro de Drover (Hugh Jackman), que sólo aspira a buscarse la vida conduciendo ejércitos de ganado de una punta a otra del país.
La historia está narrada por un niño aborigen, Nullah (Brandon Walters), protegido por Mr. Ashley, que sabe, desde muy pequeño, que un día los policías vendrán a buscarle, como mestizo, para llevarle a Isla Misión, donde le instruirán en la religión católica. Sin embargo, ha descubierto, junto a su abuelo, un hechicero que domina la magia de los antiguos aborígenes, que el capataz, Neil Fletcher (David Wenham), asesinó a su patrón y que le estaba robando ganado. Así se lo hace saber a Lady Ashley que, orgullosa, decide encaminar 1500 cabezas de reses para el ejército, y sólo puede contar con la ayuda de Drover y los trabajadores de la hacienda, que se ha quedado sin vaqueros. Pese a las trampas que les ponen Fletcher y Carney, consiguen llegar a tiempo y entregar el ganado, mientras en el camino surge el amor entre la joven pareja.
Fletcher, empero, cree que Faraway Downs le pertenece, y les somete a un acoso continuo, asesinando incluso a Carney, para hacerse con el mando de la empresa bovina más poderosa de Australia.
Cuando los japoneses bombardean el país, Nullah se encuentra en Isla Misión, pero Drover va a buscar a todos los niños mestizos para traerlos de vuelta a Australia, donde recupera a Lady Ashley.

"Que sea así no significa que así deba ser".

Previsible, aunque entretenida, con esos puntos de suspense que tienen todas las películas de amor, que se alargan en el reencuentro, haciendo sufrir gratuitamente al espectador que, de todas formas, ya sabe lo que acontecerá en los próximos minutos.

martes, enero 12, 2010

Dreams

Nunca me canso de escuchar esa canción de Dreams que cantan The Cramberries y siempre que la escucho se me eriza la piel. Y ahora, al escucharla de nuevo, cierro los ojos y recuerdo un momento de hoy, cuando iba por la calle, para ver un coche que pasaba por delante de mí, he sentido que el corazón me palpitaba más deprisa, pero no podía caminar más rápido, gracias al hielo, para ver si era o no era. Da igual, he preferido pensar en que no había visto nada.
Siento que estoy incubando algún tipo de virus, porque últimamente me siento muy cansada a media tarde y no veo por que llegue el momento de marcharme a casa y tumbarme para ver una película o leer. Hoy tocará película y espero no quedarme dormida. Además del cansancio, tengo ojeras pronunciadas, a pesar de que duermo mis siete horas diarias, y esta mañana me ha dado una especie de pequeño mareo en el desayuno que ha pasado enseguida.
No tengo ni tiempo para escribir ni tiempo para nada. Y cuando llego a casa me apetece cualquier cosa menos estar en el ordenador.

La burbuja del deseo

Los sentimientos se encuentran encerrados en una especie de burbuja donde a veces meto la cabeza y sonrío. Todo lo que está dentro de esa burbuja es perfecto, pero lo noto un tanto ajeno a mí. Lo que está fuera es menos radiante, más oscuro quizás. Sé que sólo tengo que soplar y alejar la burbuja de mí, pero algo me lo impide. Quizás es que necesito esos momentos para sumergir mi cabeza dentro y dejarme llevar por los sueños.
Sueños que llegarán en cuestión de minutos. Me da la sensación de que una máquina muy potente ha pasado por encima de mí y me ha dejado para el arrastre. Siento un cansancio inusual, así que me dejaré mecer por los sueños. Sueños llenos de ilusión y de deseo.

lunes, enero 11, 2010

Un descanso

Necesito un descanso de cinco minutos para desconectar un poco de todo.

Cuando no puedes salir echas de menos esos paseos por la ciudad, embriagándote con sus olores, sus ruidos, conversaciones ajenas, con las manos ateridas de frío y la bufanda tapándote la nariz, el aire acariciando tu rostro, tus ojos absorbiendo todas las imágenes que se cruzan a tu paso... Y ahora que no puedo salir a la calle, que echo de menos todas esas sensaciones, recuerdo una plazuela, las veces que he mirado hacia arriba, sintiendo su cercanía tácita. Sonrío.
Cuando vuelva a hacer ese trayecto ni siquiera recordaré esas sensaciones, buscaré sus ojos entre la gente, continuaré mirando hacia arriba y le sentiré próximo. Un cúmulo de mariposas escaparán, revoloteando, de mi estómago, buscando los colores de sus alas en la ciudad.

Comenzaré a deshojar margaritas

Hace unos años tenía unas zapatillas de casa que me encantaban. Siempre llevo de ese estilo de zapatillas, aunque casi nunca me fijo en el dibujo, sino más bien en la textura: unas zapatillas para estar en casa tienen que calentar los pies, aunque sean horribles.
Tengo una ingente cantidad de fotos en el portátil, tanto que no me canso nunca de mirar, de seleccionar y, si acaso, borrar, etiquetar, guardar. Ayer estuve viendo las fotos de París, donde estuve hace cinco años ya (en febrero se cumplirán), hoy he cogido una carpeta al azar.
Me encantaría compartir todas estas fotos con una única persona, susurrarle al oído la historia de cada imagen, contener la respiración al evocar otros lugares, otras personas... Las experiencias que te aporta la vida, las vivencias a través de imágenes congeladas. Historias que sólo compartiría con él, porque la mayoría, cuando a veces ocurre que alguien cercano observa algunas de esas fotos, son historias que me guardo para mí, con su contenido implícito, con su mensaje oculto. Las fotos más crudas son las de aquellos que se fueron. Ver a mi tío, en toda su plenitud, con toda su energía, con una magnánima sonrisa, me llena aún de congoja y angustia.
De todas formas, sólo son fotos, para nada equiparables con los recuerdos, con las imágenes perennes que guarda esa máquina todoterreno que tenemos en la cabeza.

domingo, enero 10, 2010

El aroma del olvido

La nieve tiene un aroma especial. No es a humedad, esa humedad petrificante que queda después de llover. Es un olor diferente. Es el olor del frío y, a la vez, es agradable.
Hoy ha sido uno de esos días en que he parado el tiempo, recordando tal vez. Un estado de ánimo que oscilaba entre la alegría y la tristeza me ha acompañado allá donde he ido. Y en medio de todo aparecía su imagen, algo difuminada.
Caminar sobre el hielo me exaspera; dicen que mañana subirán las temperaturas. Aunque la nieve sigue oliendo a... nieve. Estos días me han traído a la memoria a Invernalia, al Juego de Tronos de George R.R. Martin. Sublime saga literaria, allá donde las haya. Si mal no recuerdo, hace ya un año que empecé a leérmela y anhelo el momento por que salga el siguiente libro de la serie, Danza de Dragones llevará por título.
El olor de la nieve es como ese perfume que adoras, aunque sólo lo hayas sentido una o dos veces, ese aroma que aparece cuando menos te lo esperas y recuerdas dónde lo notaste en el pasado y recuerdas... Añoras el aroma del olvido, aquel que te ha hecho evocar un momento del pasado que ya se había perdido, que ha regresado al presente por una añoranza inesperada.
La nieve sólo huele a nieve. Sabes de antemano que, cuando desaparezca, no volverás a notar su aroma hasta que todo se vuelva a cubrir de blanco. Con los perfumes es diferente, porque aparecen de modo inesperado, tan sólo porque te has cruzado en un paso de cebra con alguien que te trae a la memoria a otra persona.

¿Y él? ¿Qué aroma tiene él? Me pregunto si sabría relacionar su olor si apareciera inesperadamente alguien que lleva la misma fragancia. Ni siquiera sé el perfume que usa, aunque creo que sabría reconocerlo.

Para seis meses

Seis meses y parece toda una vida.

Hace seis meses que le conocí y los he vivido tan intensamente que parece que hubiera pasado toda una vida. Y no es por las innumerables veces que nos hemos encontrado. Quizás es eso, el hecho de que apenas nos hemos visto un puñado de ocasiones lo que hace que la balanza pese en su favor, lo que le da a todo esto un valor del que carecería si nos encontráramos a menudo.
Y en todo este tiempo he llegado a sentir por él algo casi indescriptible, algo que se me escapa de las manos, algo que me otorga alegrías y tristezas a partes iguales. Dicen que la felicidad está en cada uno de nosotros, pero siempre hay personas que la impulsan. Éste es uno de esos casos en que alguien ajeno me hace sonreír sin proponérmelo, me brinda una tranquilidad en el alma insospechada. En estos seis meses he sido más feliz que en los seis años anteriores, he aprendido a mantener lejos temores y miedos, he sonreído tan a menudo que me cuesta gran esfuerzo intentar recordar algún día que me haya sentido triste.
En todo este tiempo he llegado a comprender que un desconocido puede llegar a tocarte el alma, he llegado a entender lo maravilloso que ha sido conocer a una persona tan íntegra, y no me arrepiento por haberme acercado a él (aunque de aquella forma tan dudosa). Cuando no sé nada de él le echo de menos, y cuando está cerca siento su magnetismo en todo su esplendor. Le he llegado a querer tanto que ni yo misma me explico cómo ha ocurrido. Pero ha pasado y ya está.
Con él presente tengo la sensación de conocerle desde siempre. Algo insólito, inaudito.

Me gustaría ver por un agujerito lo que me deparan los próximos seis meses.

sábado, enero 09, 2010

Los tristes días de invierno

Estamos en lo más crudo del invierno, aunque sólo sea por asomarse a la ventana y enfrentarse a ese frío glacial y la nieve que ha cubierto todo con su gélido aliento. Dicen que el lunes subirán las temperaturas (cruzaré los dedos para que sea así). Es el segundo fin de semana en un mes que no puedo salir de fiesta porque no vamos a coger el coche con el hielo y la nieve.
Eso me lleva a pensar que en días así me gustaría estar acompañada de..., sentados en un sofá frente a la leña de la chimenea, en silencio o hablando... ¿qué más da? Lo importante es la imagen idílica y placentera de estar junto a él, sin más.