miércoles, noviembre 14, 2007

Lo que respondieron los indios

El 17 de junio de 1744, los comisionados de Maryland y Virginia negociaron un tratado con los indios de las Seis Naciones de Lancaster, Pensylvania. Los indios fueron invitados a enviar a sus hijos al William and Mary College. Al día siguiente rechazaron la oferta de la siguiente manera:
"Sabemos que estimáis la clase de aprendizaje enseñado en esos Colleges y que los gastos de mantenimiento de nuestros jóvenes os resultarían muy caros. Estamos convencidos de que pretendéis el bien con esta propuesta y os lo agradecemos de corazón. Pero Ustedes, que son sabios, deben saber que las diferentes Naciones tienen concepciones distintas de las cosas y por tanto nuestras ideas respecto a la educación no son las mismas que las suyas.
Ya hemos tenido experiencias de este tipo en el pasado. Varios de nuestros jóvenes fueron anteriormente formados en los Colleges: fueron instruidos en todas las Ciencias, pero, cuando regresaron a nosotros, eran malos corredores, ignoraban la manera de vivir en el bosque, no eran aptos como cazadores, guerreros ni consejeros. No eran buenos para nada.
Nos vemos obligados a no aceptar su amable oferta y, como muestra de nuestra gratitud, si los caballeros de Virginia nos envían a unos cuantos de sus hijos, cuidaremos de su educación, instruyéndoles en todo lo que sabemos y haciendo de ellos unos hombres".

Globos

Un niño negro contemplaba, extasiado, al vendedor de globos de la feria, que era un excelente vendedor. En determinado momento, soltó un globo rojo que se elevó por los aires, atrayendo a un pequeño grupo de posibles clientes.
Luego soltó uno azul, a continuación uno amarillo, después uno blanco... Todos los globos remontaban el vuelo hacia el cielo hasta que terminaban desapareciendo. El niño negro no dejaba de mirar hacia el globo negro que el vendedor no soltaba en ningún momento.
Finalmente, se acercó a él y le preguntó: "Señor, si soltara Usted el globo negro, ¿subiría tan alto como los demás?".
Comprensivamente, el vendedor sonrió al niño y soltó el cordel con que mantenía sujeto el globo negro. A medida que se iba elevando por los aires, el vendedor dijo: "No es el color lo que le hace subir, sino lo que hay dentro".

El origen de los apellidos

El tema de los apellidos siempre ha sido de mi devoción. Quizás por lo difícil que resulta el mío para quien lo escucha por primera vez. Muchos apellidos a veces nos dan cierta información del origen de la familia que lo lleva, y me llama especialmente la atención lo que cambian con el paso de los siglos. Supongo que estos cambios van unidos estrechamente a los lingüísticos. O debido a fonemas que van mutando con el paso del tiempo, generalmente en pos de algo más sencillo de deletrear o quizás amoldándose a la época.

La Real Academia Española define la onomástica, en una primera acepción, como "perteneciente o relativo a los nombres y especialmente a los propios". En una segunda acepción "como ciencia que trata de la catalogación y estudio de los nombres propios". En una tercera acepción como "día en que una persona celebra su santo".
La RAE define apellido en una primera acepción, como "nombre de familia con que se distinguen las personas; como Córdoba, Fernández, Guzmán". También como "sobrenombre o mote".

La función del apellido no es sino la de servir de complemento al nombre de pila para evitar confusiones. En su origen, los apodos u otro tipo de denominaciones hacían el papel de apellido, con distintivos tales como "Pedro el hijo de Antonio", "Juan el del Puente", "Luis el Zapatero", etc. Es evidente que la repetición de los nombres de pila hizo necesario el uso de un segundo nombre para distinguir a individuos con el mismo nombre de bautismo.
Probablemente, uno de los recursos más antiguos haya sido el uso de algún apodo o mote además del nombre de nacimiento. Es interesante observar cómo, sobre todo en las zonas rurales, todavía está muy arraigada la costumbre de llamar a una persona mediante un apodo, y es significativo comprobar cómo éstos se van heredando. Esta costumbre nos ayuda a entender mejor cómo se hicieron hereditarios los segundos nombres o apellidos.
La fijación de los apellidos empieza con la difusión del uso de documentación legal y notarial a partir de la Edad Media. Los notarios y escribanos medievales empezaron a tomar la costumbre de hacer constar, junto al nombre de pila de los interesados, el nombre de su padre, su apodo o sobrenombre, profesión, título o procedencia. En un principio sólo hallamos documentados los casos de cargos eclesiásticos o de personajes de la alta sociedad; posteriormente, el uso de documentos notariales o parroquiales se extiende al resto de la población, hecho que terminará reforzando el uso de un distintivo que, añadido al nombre de pila, acabaría convirtiéndose en lo que hoy es el apellido hereditario.
Es probable que el uso del apellido empezara a extenderse a partir de los siglos XI o XII, cuando el constante empobrecimiento de la onomástica hizo preciso el uso de un segundo nombre. En la Edad Media, al igual que ocurre todavía hoy en día, los nombres de pila o de bautismo respondían a modas y a la necesidad de imitar los nombres de las clases dominantes, de personajes famosos o de santos muy venerados; esto terminó reduciendo el abanico de nombres escogidos para el recién nacido.
En los reinos de Navarra, León y Castilla, empezó a ser costumbre añadir al nombre del hijo el del padre más el sufijo "-ez", que venía a significar "hijo de"; por ejemplo, Pedro Sánchez quería decir "Pedro hijo de Sancho". Esta costumbre debió limitarse en principio a familias de la alta sociedad, pero posteriormente se hizo extensible, por imitación, a estratos más populares, como se deduce del hecho de que los apellidos en "-ez" sean en la actualidad los más abundantes en España. Pero no todo el mundo usó este patronímico; otros usaron simplemente el nombre del padre en su forma regular, como se ve en apellidos como Nicolás, Bernabé o Manuel, a veces anteponiendo la preposición "de" para marcar filiación y también para distinguir el nombre de pila del nombre patronímico. Pero hubo otras maneras de formar el segundo nombre o apellido, como la de añadir el lugar de origen o residencia del individuo, su oficio o cargo, un apodo, etc.
Parece que es entre los siglos XIII y XV cuando empieza a extenderse a todos los estratos sociales la costumbre de hacer hereditario el segundo nombre, la que hoy llamamos apellido. No cabe duda de que una familia propietaria o arrendataria de unas tierras, por pequeñas que fueran, tenía interés, sobre todo de cara a la documentación legal y notarial, en hacer constar un nombre hereditario como nombre de familia ligado a la posesión sucesoria. Por otro lado, en la Edad Media las profesiones solían ser hereditarias, gracias a las poderosas asociaciones gremiales; de esta forma, era fácil que en los documentos notariales, comerciales o parroquiales el oficio del individuo quedara adherido al nombre; así, un Pedro Zapatero (es decir: Pedro, de oficio zapatero) le transmitía a su descendencia la profesión, terminando por convertirse el nombre de la misma en un apellido hereditario, y si las personas del pueblo heredaban las profesiones, los nobles heredaban sus títulos, y un Andrés Hidalgo o un Javier Caballero (es decir, con títulos de hidalgo y de caballero, respectivamente), tendrían que transmitirles esos mismos títulos a sus hijos, que terminarían por apellidarse Hidalgo o Caballero. De todos modos, en la Edad Media la adopción de nombres y apellidos era un acto completamente voluntario, y sorprende observar en la documentación medieval que los cristianos podían llevar segundos nombres musulmanes o judíos, y viceversa, e incluso los sacerdotes podían ostentar, sin que esto supusiera ningún problema, apellidos islámicos. Había, pues, libertad casi absoluta en la adopción del apellido, pudiéndose elegir, entre los de los ascendientes, los apellidos que más gustaban por parecer más bonitos o respetables, por motivos de afecto hacia tal o cual familiar, etc. A lo largo de tantos siglos durante los que el uso del nombre no estuvo sujeto a ninguna regla precisa, se produjeron multitud de formas y variantes, procedentes del gusto o la fantasía de las personas, del criterio ortográfico de cada notario y escribano, del uso lingüístico y acento de cada localidad, etc.
En el siglo XV ya se hallan más o menos consolidados los apellidos hereditarios, gracias, en parte, a la obligatoriedad (por iniciativa de Cisneros) de hacer constar en los libros parroquiales los nacimientos y las defunciones. Aunque, en las zonas rurales y entre la gente más humilde, la norma actual del apellido paterno hereditario no se fijaría definitivamente hasta el siglo XIX, época en que la burocracia estatal empieza a hacer obligatorias las leyes onomásticas. En 1870 surge en España el Registro Civil, que es donde se reglamenta el uso y carácter hereditario del apellido paterno y donde queda fijada la grafía del apellido, salvo errores de los funcionarios.
Los sobrenombres que sirvieron para formar los actuales apellidos se pueden clasificar fundamentalmente en 6 categorías:

Apellidos patronímicos.-Un procedimiento muy común en todas las comunidades humanas ha sido el de especificar el nombre del padre para establecer distinciones entre personas con el mismo nombre de pila. Así por ejemplo a "Antonio, el hijo de Pedro" se llegó por economía de palabras al resultado de "Antonio, el de Pedro" o "Antonio de Pedro", y llegó un momento en que, al adherirse naturalmente al nombre del hijo el del padre (en algunos casos de la madre), éste terminó convirtiéndose en apellido hereditario. Así se explican los numerosos apellidos actuales procedentes de nombres de bautismo como Juan, Nicolás, Marcos, Antonio, etc. No faltan casos en los que la preposición "de" se conservó o se añadió posteriormente para evitar que se confundiera el apellido con el nombre de bautismo, de manera que no son infrecuentes ejemplos como De Miguel, De Nicolás o De Tobías, en los que la presencia de la preposición no indica origen noble, como creen algunos erróneamente.
El apellido procedente del nombre del padre es, con diferencia, el caso más frecuente; de hecho, los abundantes y españolísimos apellidos terminados en "-ez", como Sánchez, Gutiérrez, etc., no son sino apellidos procedentes del nombre del padre (respectivamente, de Sancho y Gutier o Gutierre).

Apellidos toponímicos.-La costumbre de apellidarse con nombres de localidades viene de antiguo y podemos citar a Thales de Mileto (640 a.c. en Mileto), Pitágoras de Samos (580 a.c. en Samos). Los lugares de donde procedían los individuos, donde vivían o de los que eran propietarios han sido siempre un formante importante de apellidos. Aquí también se produjo el mismo proceso en el que un "José el Soriano" o un "Ramón de Albacete" terminaron siendo José Soriano o Ramón Albacete, aunque en estos casos suele conservarse la preposición "de".
Los nombres que designan el lugar de origen o de residencia son muy variados y van desde el nombre de un país o región hasta el de un riachuelo, una pequeña propiedad o una construcción. Así, podemos hablar de apellidos procedentes de "topónimos menores", es decir, nombres de fincas rurales, partidas, montes, barrancos..., y de apellidos surgidos de "topónimos mayores", esto es, de nombres de núcleos de población, comarcas, regiones, países, grandes ríos... Los apellidos formados desde topónimos menores, es decir, nombres como De la Fuente, Del Río, fueron usados en un principio entre los habitantes de una misma localidad o municipio donde sólo existía una fuente o un río. También los nombres de las partidas rurales dependientes de un mismo pueblo o aldea servían para dar apellidos; de ahí vienen muchos apellidos alusivos a vegetales, como Del Pino, Castaño, porque el individuo en cuestión residía en la partida de nombre El Pino, El Castaño, etc.
De nombres de partidas, que no necesariamente son apodos, proceden muchos zoónimos, como Buey o Caballo, porque los individuos en cuestión residían en la partida o lugar de nombre El Buey, El Caballo. También de nombres de partidas proceden los apellidos alusivos a edificios y construcciones (Corral, Cabaña). En un mismo pueblo, el lugar donde estaba ubicada la casa de un individuo servía para dar apellido, como se desprende de documentos medievales donde aparecen "apellidos" como Antonio del Callizo, Juan de la Plaza, etc. También servía para formar apellidos el lugar de residencia aludido en función de su situación relativa, como "de Allende", "de Arriba", "de Abajo"; y así, un Pedro de Allende el Río terminaba siendo Pedro Allende, o un Juan de Arriba la Puente se quedaba como Juan Arriba.
En lo que concierne a los apellidos formados desde topónimos mayores, es decir, a partir de nombres de ciudades o pueblos, éstos implicaban un hecho migratorio. Es significativo descubrir la procedencia de quienes repoblaron zonas reconquistadas a los árabes a partir de la antroponimia. Por ejemplo, son frecuentes en la zona de Madrid, Castilla-La Mancha y Andalucía los apellidos procedentes de poblaciones castellano-leonesas, así como en Valencia lo son los apellidos que proceden de poblaciones catalanas y aragonesas, pues, tras la conquista de Valencia por Jaime I de Aragón, fueron gentes originarias de Cataluña y Aragón las que repoblaron la mayor parte de la actual Comunidad Valenciana. También es significativa la gran cantidad de apellidos catalanes castellanizados en la zona murciana, que ponen de manifiesto la importante repoblación que los catalanes llevaron a cabo en el reino de Murcia. En ello se demuestra que a los colonos que tomaban posesión de las nuevas tierras, el escribano los matriculaba utilizando como apellidos las poblaciones de donde provenían. Un porcentaje muy alto de los apellidos actualmente existentes en España proceden de nombres de poblaciones, lo que implica una intensa actividad migratoria en tiempos medievales.
Establecer una clasificación más o menos completa de topónimos formantes de apellidos sería muy complejo, no obstante, podemos hacer la siguiente clasificación:
a) Apellidos procedentes de gentilicios, nombres de países, regiones, ciudades o pueblos: España, Francés, Catalán, Aragón, Aragonés, Almagro...
b) Apellidos procedentes de nombres comunes de núcleos de población: Aldea, Barrio, Villa...
c) Apellidos procedentes de nombres comunes de edificios y construcciones varias: Torres, Castillo, Corral, Puente, Iglesia, Cabaña...
d) Apellidos procedentes de nombres de accidentes hidrográficos: Ebro, Segura, Río, Torrente, Ribera, Fuentes...
e) Apellidos procedentes de nombres comunes referentes al relieve y composición del terreno: Sierra, Monte, Valle, Cueva, Peña, Roca...
f) Apellidos procedentes de nombres referentes a la vegetación: Encina, Perales, Manzano, Fresneda, etc.

Apellidos procedentes de oficios, cargos o títulos.-Son muchos los apellidos relacionados con la iglesia, la nobleza, el ejército, la artesanía, el comercio, la agricultura, la ganadería, etc. Los cargos eclesiásticos, como abad, obispo, capellán o sacristán, han dado origen a abundantes apellidos, hecho que puede resultar sorprendente si suponemos a los hombres de iglesia célibes, pues no se entiende la razón de apellidos hereditarios en un estamento que, supuestamente, no puede tener descendencia. Los motivos para su formación pudieron ser varios; en su mayor parte, estos linajes se formaron a partir de apodos relativos a muy diversas circunstancias: personas muy beatas, solitarias o castas, o que habían abandonado el hábito religioso, o lo habían vestido en cumplimiento de algún voto, o habían sido monaguillos, o servían en un monasterio, sin por ello haber profesado, o vivían en las cercanías de un convento o iglesia. También debió de ser costumbre aplicar estos apodos a los familiares de eclesiásticos. No obstante, tampoco podemos descartar que tales linajes descendieran por línea consanguínea de quien ostentaba tal cargo. Si bien la Iglesia Católica defiende el celibato de sus ministros, muchos de ellos ya estaban casados cuando tomaban el hábito y así seguían, y otros en su soltería, llevaban una vida sexual activa por lo que muchos de ellos tenían hijos naturales, y no por ello eran expulsados de la Iglesia. Esta situación cambió en 1123, fecha del 1º Concilio de Letrán, en el que el Papa Calixto II condenaba la vida en pareja de los sacerdotes y los obligaba a cumplir el celibato. La norma tuvo poca eficacia, puesto que en 1139 volvió a insistir en esto el Papa Inocencio II en el 2º Concilio lateranense, haciendo lo propio Alejandro III en el 3º Concilio de Letrán, donde finalmente la norma conciliar pasó a formar parte del Código de Derecho Canónico.
Incluso entonces, existió la llamada "renta de putas", consistente en una cantidad que los clérigos debían abonar al obispo cada vez que incumplían el voto de celibato, costumbre que se mantuvo hasta 1435, fecha en que finalizó el Concilio de Basilea, en el que se decretó la pérdida de los ingresos eclesiásticos a todo clérigo que no abandonase a su concubina.
El Concilio de Trento (1545-1563) implantó definitivamente los decretos de los tres concilios lateranenses y determinó la prohibición de admitir en el seno de la Iglesia a hombres casados. Esto indica que los linajes alusivos a cargos eclesiásticos debieron de originarse a partir de apodos referentes a hijos ilegítimos de sacerdotes.
En cuanto a los apellidos procedentes de títulos nobiliarios, como duque, conde o rey, no deben hacernos pensar necesariamente en una relación con individuos que ostentasen tales títulos o cargos. Lo más probable es que se trataran de motes o apodos. En efecto, si una persona era arrogante, altiva... se le apodaba Rey, Conde..., motes que todavía hoy se aplican. También se podía apodar de esta forma a una persona que servía en la corte del rey o en casa de un conde, así como a alguien que tuviera algún parecido físico con el rey o el señor local. Lo cierto es que pudieron existir muchas otras causas surgidas de la imaginación popular, pero en pocos casos debemos pensar que esos nombres se debieran a hijos ilegítimos de reyes o duques.
Podemos distinguir seis categorías de apellidos procedentes de profesiones o cargos:
a) Cargos eclesiásticos: Abad, Cardenal, Monje, Sacristán...
b) Títulos nobiliarios: Rey, Conde, Duque, Hidalgo...
c) Cargos u ocupaciones relacionados con el ejército o el funcionariado: Alférez, Bayle, Alcalde, Alguacil, Escribano, Jurado...
d) Oficios diversos relacionados con la artesanía y el comercio: Herrero, Molinero, Zapatero, Sastre...
e) Oficios derivados de la agricultura, la ganadería, la pesca, etc.: Labrador, Pastor, Vaquero, Pescador...
f) Oficios y ocupaciones diversas: Caminero, Criado...

Apellidos procedentes de apodos.-Éste es el procedimiento más antiguo que existe para distinguir a los individuos, y en la actualidad sigue muy extendido el uso de apodos, aunque más en las zonas rurales que en las urbanas. Los apodos se hacen hereditarios aunque el portador original lleve mucho tiempo muerto. Los apellidos procedentes de apodos presentan a veces serias dificultades de interpretación; en muchos casos se trata de voces conocidas, existentes actualmente y cuyo sentido es fácil de entender, como Feo, Gordo, etc., pero en otros casos son antiguas voces populares, algunas de las cuales ni siquiera están documentadas; en otras ocasiones, resulta muy difícil adivinar qué sentido podían tener en la imaginación popular.
Los apodos se pueden clasificar de la siguiente manera:
a) Apodos referentes a características físicas: Bajo, Gordo, Rubio, Calvo, Cano...
b) Apodos referentes a características morales: Alegre, Bueno, Salado...
c) Apodos referentes a animales: Borrego, Buey, Conejo, Vaca... Estos apodos pueden tener muy variadas causas, como que el individuo criara, cazara o vendiera tal animal, o por la semejanza física del individuo con éste, por comparación de sus aptitudes, defectos u otras características, por alguna anécdota relacionada con el animal, etc.
d) Apodos referentes a plantas: Cebolla, Oliva, Trigo... Por lo general estos apodos designaban al individuo que cultivaba o vendía tal planta, pero también pudieron tener variadas motivaciones, como la comparación de rasgos físicos del individuo con determinada planta o alguna anécdota relacionada con dicha planta, aunque también tales apellidos proceden simplemente de topónimos.
e) Apellidos referentes a lazos de parentesco, edad, estado civil, etc.: Casado, Joven, Mayor, Nieto, Sobrino, Viejo...
f) En una última categoría entran todos los demás apodos que se puedan imaginar referentes a anécdotas o circunstancias relacionadas con la vida del individuo: Botella, Capote, Tocino, Porras... En muchos casos ocurrió que el nombre del objeto se aplicó por elipsis al que lo fabricaba; de ahí proceden apellidos como Cuerda, Cadenas...

Apellidos procedentes de aplicaciones onomásticas varias, consagraciones, bendiciones, augurios para con el recién nacido o hechos relativos al nacimiento.-Proceden de nombres de nacimiento que los padres u otras personas le aplicaban al niño además del nombre cristiano de pila o como nombre único de bautismo. Hay varios tipos:
a) Apellidos procedentes de nombres de bautismo de carácter afectivo o elogioso, relativos a consagraciones a Dios, bendiciones, buenos augurios, etc. Hasta que el Concilio de Trento (siglo XVI) hizo obligatorio bautizar a los niños con nombres extraídos del santoral católico, las gentes del medievo utilizaban aplicaciones onomásticas diversas, de carácter elogioso, como Lozano, Valiente, o de carácter afectivo, como Tierno, Bueno, Bello. También era muy frecuente aplicar como nombre de nacimiento fórmulas natalicias de buen augurio, como Buendía, Alegre, y nombres alusivos a consagraciones a Dios o a hechos y fiestas de la liturgia católica, como Diosdado, De Jesús, De Dios...
b) Apellidos referentes a circunstancias del nacimiento, a la ilegitimidad del nacimiento o a la paternidad desconocida, etc.: Bastardo, Expósito, Temprano, Tirado...
c) Apellidos referentes al mes de nacimiento: Enero, Febrero, Marzo, Abril, Mayo...
Carece de fundamento la afirmación de que eran nombres impuestos a los expósitos en función del mes del año en que se les encontraba; también se ha dicho que eran de expósitos los apellidos hagionímicos como Sanjuan o Santamaría, o los apellidos-nombres de bautismo como Pedro o Nicolás.

Apellidos de origen incierto o desconocido .-No escasean los apellidos acerca de los cuales es difícil o imposible asegurar una etimología. Algunas veces esta imposibilidad se debe a que se trata de apellidos muy antiguos, en algunos casos prerromanos, como García o Muñoz, que la ciencia etimológica no ha conseguido explicar satisfactoriamente debido al desconocimiento de las lenguas prerromanas. Otras veces, aunque pueda tratarse de un nombre perteneciente a una lengua conocida, como el latín, el árabe o el germánico, la evolución y transformación del nombre a lo largo de los siglos lo ha hecho irreconocible. Por otro lado, no faltan apellidos nacidos de motes procedentes de palabras romances dialectales o locales, hoy desaparecidas y, por ende, difíciles o imposibles de explicar. También ocurre que gran parte de los apellidos se originan a partir de nombres geográficos y es frecuente que muchos de ellos, precisamente por ser antiquísimos y por proceder de lenguas prerromanas desconocidas, no se hayan podido interpretar; por ejemplo, no se conoce con exactitud la etimología de topónimos formadores de apellidos como Huesca o Toledo.

HISTORIA DE LOS APELLIDOS

Nombres prerromanos.-Debido a la escasez de datos históricos sobre los pueblos que vivieron en España durante la época prerromana, no se puede conocer con exactitud cuál fue el sistema onomástico de los iberos, celtas y demás culturas que poblaron el suelo hispánico. Se suele pensar que cada individuo tenía un solo nombre al que se añadía el distintivo "hijo de. .." o algún apodo. Es probable que durante la colonización romana, y siguiendo el modelo onomástico latino, los indígenas, al menos los pertenecientes a la nobleza, adoptaran nombres latinos, aunque posiblemente conservaran como cognomen o nomen gentilicium el nombre hispánico. En cuanto a la gente del pueblo, a pesar de su paulatina romanización, sin duda conservó en muchos casos sus nombres iberos o celtas. Sólo así se explica que algunos nombres prerromanos hayan sobrevivido hasta hoy, como Pacheco, García, Velasco...

Nombres romanos.-Los romanos de las clases sociales elevadas poseían un sistema onomástico bastante complejo, llegando a usar hasta cuatro nombres para cada individuo: el praenomen, que equivalía a nuestro nombre de bautismo; el nomen gentilicium, nombre de la gens o tribu a la que pertenecía; el cognomen, que sería el equivalente a nuestro apellido y, por último, el agnomen, que era como un apodo alusivo a una circunstancia personal del individuo. Así por ejemplo en el caso de Publio Cornelio Escipión, el Africano tenemos:
praenomen: Publius
nomen gentilicium: Cornelius
cognomen: Scipio
agnomen: Africanus
Con la Romanización de Hispania, este sistema no tardó en propagarse entre los indígenas, que en muchos casos adoptaron nombres romanos. Esta práctica onomástica romana de tres o cuatro nombres sólo se usaba entre la aristocracia, pues en la misma Roma los plebeyos solo ostentaban un nombre de nacimiento o un apodo.

Nombres judeo-cristianos.-La cristianización de España y del resto de Europa, a partir de los siglos IV y V, produce unos cambios sustanciales en el sistema onomástico respecto de la época romana: se imponen los nombres de personajes bíblicos, mártires y santos cristianos, que desplazan a los nombres que se habían venido usando tradicionalmente en el mundo romanizado. La nueva onomástica cristiana simplificó el sistema romano, y es probable que se volviera al uso del nombre único: el nombre de bautismo. La cristianización favoreció la popularización de nombres hebreos y griegos citados en el Antiguo Testamento, en los Evangelios o en los Hechos de los Apóstoles, como David, José, María, Juan, Mateo, Marcos, Lucas...

Nombres germánicos.-La caída del Imperio Romano y las invasiones germánicas produjeron un nuevo cambio en el panorama onomástico español y europeo en general. La mayor parte de la península Ibérica cayó, a partir del siglo V, bajo la dominación visigoda, y aunque estos invasores germánicos llegaron ya en parte fuertemente romanizados y abandonaron rápidamente sus hablas germánicas para adoptar el latín, conservaron y popularizaron sus nombres. La onomástica germánica se impuso y predominó durante toda la Edad Media. La moda de los nombres germánicos se mantuvo a lo largo de toda la Edad Media; este éxito de la onomástica germana se debió al hecho de que eran los nombres ostentados por la clase dirigente y también, a la particular resonancia y fuerza de nombres tales como Ildefonso, Recaredo, Gutierre, Fernando, Rodrigo... Los nombres germánicos solían componerse bien de dos adjetivos, bien de un sustantivo y un adjetivo, cuyos significados se relacionaban, por lo general, con atributos guerreros, con la fuerza, la astucia, el valor, la nobleza, etc. Por ejemplo, Gutierre deriva de Gunthari, que es un compuesto de gunt, "combate", y hari, "ejército".

Nombres judíos.-A pesar de la prolongada presencia en España de los judíos, son prácticamente inexistentes los apellidos españoles de origen hebreo. La explicación es que muchos de los judíos que vivían en España antes de la expulsión ya ostentaban apellido hispánico, y después de la expulsión, en 1492, los que se quedaron y se convirtieron al cristianismo cambiaron sus nombres hebreos por nombres cristianos. Esto explica que, en las listas de la Inquisición española referentes a personajes acusados de judíos, la mayor parte de los apellidos no sean hebreos, sino hispánicos, como García, Torres o Sánchez. Es significativo que ya en la Edad Media muchos hebreos tuvieran apellido romance, aunque ostentaran como primer nombre uno hebreo. Es falsa la creencia común, sobre todo en Cataluña, Baleares y Valencia, según la cual los portadores de apellidos relativos a oficios eran de origen judío. Esta creencia procede del hecho de que la numerosa población judía de España tenía su residencia en las ciudades, dentro de unos barrios específicos que se llamaban juderías, donde los judíos solían desempeñar oficios artesanos, como los de sastre, zapatero, orfebre, etc.; en otros casos se establecían como pequeños comerciantes en tiendas, en las que se vendían principalmente telas y paños. La creencia de que los apellidos relativos a oficios son judíos también procede del desprecio que ciertos cristianos viejos de clase noble sentían hacia el trabajo de los comerciantes y artesanos, tradicionalmente considerado como vil y propio de judíos. ¿Acaso en las ciudades españolas de la Edad Media los cristianos no trabajaban? ¿Acaso no hubo sastres y alfareros entre los cristianos? ¿De qué vivían los cristianos? ¿Es que eran todos nobles y ricos? La formación de apellidos a partir de nombres de oficios ha sido un procedimiento común y extendido en todos los países europeos y no estuvo necesariamente relacionado con el judaísmo. Se ha llegado incluso a decir que los apellidos en "-ez" son también de origen judío, cuando es obvio que son genuinamente hispánicos. En lo que respecta a esta creencia, que posiblemente proceda del extranjero, está claro que se ha tomado el efecto por la causa, puesto que se debe a que algunos judíos de origen sefardita, que están repartidos por el mundo, conservan su apellido español. En ocasiones se ha dicho que los apellidos procedentes de topónimos son también de origen judío, cosa totalmente absurda, pues el hecho de denominar a una persona por su lugar de procedencia o residencia es un procedimiento muy común en todas las culturas y épocas.
Son casi inexistentes los apellidos judíos que persistieron en España después de 1492, y aquellos de origen genuinamente hebreo que encontrarnos en la actualidad como Leví o Cohen, proceden, en su mayor parte, de judíos recientemente instalados en España.
Apellidos como Bartolomé, Adán, José o Bernabé también son de etimología hebrea, pero eso no indica que su portador tenga un antepasado judío, sino que tales apellidos proceden de nombres de bautismo extraídos de la Biblia.

Nombres árabes.-Los apellidos de origen árabe, al contrario que los judíos, sí se dan con cierta recurrencia en España, y se han conservado, sobre todo en el País Valenciano y Baleares, donde la población musulmana permaneció hasta su definitiva expulsión en 1609. Son apellidos árabes Bennasar, Bernácer, Adsuar, Bolufer, Boluda...
La mayor parte de los apellidos de etimología árabe proceden de nombres de lugares y, como tales, no indican en modo alguno que el individuo portador de tal nombre tuviera un antepasado de cultura islámica. Así ocurre, por ejemplo, con nombres como Alcaraz, Alcalá...

Apellidos extranjeros.-A lo largo de los siglos, los movimientos migratorios de familias procedentes principalmente de Francia, Italia y Portugal trajeron a nuestro país diversos apellidos, hoy adaptados a la fonética española, más o menos numerosos según la región de España. Son frecuentes los nombres franceses e italianos en Cataluña, Baleares y País Valenciano, mientras que predominan los apellidos portugueses en Galicia y otras zonas fronterizas con Portugal, como Extremadura y Andalucía occidental, así como en las Islas Canarias.
a) Apellidos de origen francés: Laforet, Minué, Duval, Cabarrús...
b) Apellidos de origen italiano: Ruso, Manzanaro, Picasso...
c) Apellidos de origen portugués: Sousa, Chaves...
También existen apellidos de otros países pero son escasos. Actualmente con la migración de personas procedentes del continente africano, se están incorporando a nuestra onomástica apellidos como Mohamed, Abdelkader, Abdeselam...

Apellidos gitanos.-Como tales, no existen en España apellidos específicamente gitanos, puesto que los gitanos instalados en nuestro país desde la época medieval han seguido el mismo sistema onomástico que el resto de los españoles. Ahora bien, hay una serie de apellidos que se repiten con especial recurrencia entre las personas de raza gitana, debido a la fuerte endogamia que tradicionalmente ha imperado en esta comunidad, de forma que entre sus miembros son muy frecuentes apellidos como Heredia, Maya, Montoya o Cortés, aunque eso no significa que dichos apellidos sean exclusivos de los gitanos, puesto que se hallan extendidos entre toda la población española. Sí existen nombres propios genuinamente gitanos, como Adonay, Sandojé, Sujamí o Majoré, muchos de ellos pertenecientes al fondo lingüístico caló. Sin embargo, ninguno de estos nombres gitanos parece existir como apellido.

El patronímico castellano en "-EZ".-En la Edad Media existía en Castilla, León, Navarra y Aragón una práctica para formar el segundo nombre del hijo: añadir el nombre del padre aplicándole la terminación "-ez", "-z" o "-íz" (forma ésta más propia de Aragón). Así pues, si un individuo de nombre Pedro tenía un hijo de nombre Sancho, éste se llamaría Sancho Pérez. De este modo, este sufijo viene a significar "hijo de". Los apellidos como Fernández, Martínez, López, Díaz, Pérez, Ramírez... se denominan "patronímicos", por ser nombres formados a partir del nombre del padre.
No se conoce con certeza el origen de este sufijo patronímico. Algunos investigadores lo han atribuido a una supervivencia del genitivo latino en "-ís", con valor de posesión o pertenencia. Otros opinan que se trata más bien de un sufijo de origen prerromano; en efecto, ninguna otra lengua latina posee tal sufijo patronímico y, además, el genitivo latino en "-ís" no explica las terminaciones en "-az", "-oz" o "-uz", en apellidos españoles como Ferraz, Ferruz o Muñoz. Estas terminaciones abundan también en topónimos antiquísimos de época prelatina como Badajoz o Jerez. Este sufijo "-ez" existe en vasco con valor posesivo o modal.
En resumen, es probable que este patronímico castellano "-ez" sea un auténtico fósil lingüístico prestado del vascuence, posiblemente transmitido a través del navarro, ya que, la lengua castellano-leonesa primitiva obtuvo numerosos préstamos del vascuence a través del Reino de Navarra, debido a la influencia que ejerció este reino entre los siglos IX y XI. El uso del patronímico "-ez" ya estaba extendido en Navarra en los siglos VIII y IX. García Íñiguez era el nombre del rey de Navarra que, en el año 851 u 852, sucedió a su padre, llamado Íñigo. Aunque el patronímico "-ez" o "-iz" sea de origen prerromano o vascuence, se consolidó en época visigoda por el genitivo germánico latinizado en "-rici", "-riz" (como en Roderici o Sigerici), que se ponía a continuación del nombre individual para indicar el paterno. Entre los siglos XI y XII se halla completamente fijado en Castilla y León el uso del patronímico "-ez", y su abundante uso queda refrendado por la abundancia, en la actualidad, de apellidos patronímicos como López o Pérez. A partir del siglo XIII esta práctica del nombre patronímico cayó en desuso, y desde entonces los nombres en "-ez" quedaron fosilizados y se transmitieron como apellidos hereditarios.
Si la forma "-ez" es un patronímico propio del castellano, encontramos numerosos apellidos catalanes o portugueses de origen castellano adaptados a la fonética de sus respectivas lenguas. Por ejemplo, el catalán transformó el sufijo "-ez" en "-is" o "-es", como Peris (de Pérez), Llopis (de López) o Gomis (de Gómez). El portugués también adaptó los nombres castellanos en "-ez" convirtiéndolos en "-es", como Peres o Rodrigues.
El uso de partículas patronímicas es un recurso muy común en todas las lenguas. Ejemplos de esto son: el sufijo "-son", (hijo) en anglosajón, como Johnson o Jackson; el escandinavo "-sen", (hijo) , como Andersen o Johansen; el irlandés "O", contracción del inglés of, (de), como O'Donnell u O'Hara; el escocés "Mac", derivado de una voz gaélica, como MacArthur o MacDonald; o el también escocés "Fitz", como en Fitzgerald o Fitzpatrick, partícula derivada del francés fils, (hijo), que los normandos introdujeron en el siglo XI. También fue frecuente entre los británicos la marca de filiación a través del uso de una "-s" final, indicadora del genitivo, que terminó adhiriéndose al apellido, como Peters, Adams... En las lenguas eslavas hay partículas finales como el sufijo ruso "-of/-ov" ("-ova" para las mujeres), que encontramos en Valerarianov, Mijailov, Tereshkova...; el polaco "-ski" ("-ska" en femenino), como Kawalski o Kandinsky...; "-vic" o "-vich" en algunas lenguas de la antigua Yugoslavia, como Milosevic. Los franceses han usado como marca de filiación la preposición "de", como Demathieu, Dejean...; los italianos conservaron una forma muy próxima a la del genitivo latino con el sufijo "-ini", como Martini. En árabe y en hebreo está la partícula "Ben-", (hijo de), que se antepone al nombre, así como en japonés está "-moto", en griego "-poulos", en vasco "-ena".

La partícula "DE" antepuesta al apellido.-Mucha gente cree, erróneamente, que la preposición "de" antepuesta al apellido es indicadora de una antigua hidalguía. Esta creencia procede de Francia, donde siglos atrás se reclamó la partícula "de" como un distintivo de nobleza y de posesión de un territorio. En el siglo XVI se llegó a prohibir en Francia el uso de tal partícula a quienes no fueran de estirpe noble y se llegó a ridículas situaciones en las que plebeyos ricos compraban el derecho a añadir dicha preposición a su apellido. Esto no fue así en España y muchas de las casas más antiguas y nobles de nuestro país nunca usaron esta preposición, cuya significación era de procedencia cuando se anteponía a un nombre de lugar, o de filiación cuando se anteponía a un nombre de pila. Debido a la influencia de las costumbres francesas, desde el siglo XVIII algunas familias españolas nobles o aspirantes a nobles adoptaron esta partícula emulando a los franceses, pero su uso nunca se restringió a clase alguna ni alcanzó el significado e importancia que tuvo en Francia.

Apellidos compuestos.-Los apellidos compuestos son aquellos en los que se han adherido dos o más linajes, como Sancho-Ronda, Fernández-Temiño, etc. Las razones de estos compuestos son varias: en algunos casos se trata de familias nobles que quisieron adherir dos apellidos familiares, de la madre y del padre o de otro antecesor, por ser ambos ilustres y para que no se perdiera ninguno; en otros casos, la razón respondía a la necesidad de distinguirse de otras familias cuando el nombre patronímico era el mismo, como en los numerosos compuestos que incorporan García, Fernández, etc. En otros muchos casos, y precisamente porque unir apellidos era costumbre de la nobleza, muchos plebeyos adhirieron dos apellidos porque sonaba mejor y daba aspecto noble. Probablemente por esta especie de neura nobiliaria que vivió la sociedad española, en el siglo XVI nació la costumbre de unir el apellido paterno y materno, aunque el segundo no se heredara más allá de la primera generación. Esta costumbre, que sigue vigente en nuestros días, se hizo obligatoria a partir de 1870 con la ley del Registro Civil, principalmente para evitar confusiones entre individuos con el mismo nombre de pila y primer apellido; no surgió, por tanto, del deseo feminista o maternalista de conservar el apellido de la madre, sino que se produjo, en un principio, por la vanidad de tener un apellido largo y, más adelante, por razones puramente burocráticas. En lo que concierne a Europa, esta costumbre existía únicamente en España y Portugal; los demás países europeos solo usan el apellido paterno, y, generalmente, la mujer debe cambiar el suyo por el de su marido cuando se casa.

Apellidos de expósitos.-Junto con los pretendidos apellidos judíos, los apellidos de expósitos son también motivo de creencias erróneas. Se ha dicho que los apellidos alusivos a nombres de meses eran impuestos a los expósitos en función del mes del año en que se les encontraba; también se ha dicho que eran de expósitos los apellidos-nombre de bautismo como Pedro o Antonio y los apellidos de nombres de santos o vírgenes. En cuanto a los apellidos de nombres de santos o vírgenes (hagionímicos), como Sanmartín, Santamaría, Sampedro, etc., se ha afirmado que a los niños abandonados a la beneficencia se les imponía como apellido el nombre del santo del día en que se les hallaba. Esta creencia carece de fundamento, y si bien es cierto que pareció existir esta práctica en los orfanatos, no hay datos ni estudios suficientes acerca del criterio cognomizador que se aplicaba antiguamente para con los niños abandonados. A estos niños se les aplicaba la denominación de "expósito", que ha dado lugar al apellido homónimo. En la mayor parte de los casos, estos apellidos proceden en realidad de nombres de poblaciones, en referencia al lugar de residencia o procedencia del individuo, como Toledo, Zaragoza o Cuenca. En otras ocasiones se les ponía "de la Iglesia", cuando los niños eran abandonados a la puerta de alguna iglesia.

martes, noviembre 13, 2007

No hay mejor novela que la de uno mismo

Simplemente la historia y la vida de cada uno es nuestro tesoro, porque es únicamente nuestra. Cuando se escribe siempre queda implícita en cada palabra una parte de nosotros mismos que hemos sacado al exterior, el mensaje que queremos dar al mundo. el legado de lo que no nos atrevemos a decir. Todas las novelas tienen algo de autobiográfico, es inevitable ser objetivos respecto a algo que sale de nuestra mente. Solo hay que saber leer entre líneas.
De lo que hablo en esas 70 páginas ya pasadas a papel es algo que ha marcado mi vida no hace mucho tiempo, una de las muchas pruebas por la que todos hemos de pasar, es el olor de la Muerte (que a veces se lleva a alguien cercano y que un día vendrá a buscarnos a nosotros). Escribir sobre este tema es reconfortante, se trata de crear un mundo paralelo que está estrechamente vinculado a nuestro mundo real.
Lo que más me cuesta es dotar a los personajes, en principio anónimos, de un nombre que atraiga la atención, darles unas cualidades que llamen suficiente la atención como para que sobresalgan en su mundo. Podría pasarme horas pensando en un "alias" conveniente, por eso escribo el primer nombre que me venga directamente a los labios, sabiendo que lo cambiaré después. Y después sigo dándole forma a esa idea que está creciendo dentro de mí.
Cuando llevas unas cuantas páginas y después de apenas haberlo tocado las últimas semanas, debo releerlo nuevamente. Opté por la memoria fotográfica para no tener que volver sobre mis pasos y esbocé en arcaicos dibujos de trazo casi infantil, con esquemas diminutos, el perfil de los personajes principales. El resto está a buen recaudo en mi cerebro.
Tengo intención de terminarla antes de Navidad.
Lo mejor es ser el espectador que mueve los hilos de ese mundo creado por ti, el dios mago que maneja las situaciones creando expectación, misterio, esbozando los pasos de algo irreal. Y cuando estás en ese mundo de ficción desconectas completamente de tu vida para meterme en el alma de todos aquellos personajes que, espero, un día pueda compartir con mucha más gente. Y el paso a la realidad es similar a cuando despiertas de un dulce sueño.

Sin duda, la "novela" de nuestra vida es la mejor que podemos esgrimir, porque en ella somos nosotros los protagonistas, y esos protagonistas son reales.

lunes, noviembre 12, 2007

La ladrona de libros

Un libro sorprendente, un final inesperado. ¿Qué se puede esperar, entonces, cuando la narradora es la Muerte, tal cual -y con mayúscula-?
Markus Zusak cuenta una buena historia de gran calidad imaginativa, en el sentido de la buena utilización de las palabras y por el mérito de dotarlas de descripciones que se salen de lo rutinario. Sin embargo, termina con una enorme simpleza. Es la típica novela que le gusta al lector medio, pero de la que no saca todo su jugo. Desde mi punto de vista, es una buena historia, pero el autor no ha terminado de esgrimirla completamente, aparte de que esos experimentos en negrita, cortando el transcurso de los acontecimientos, y supuestamente atribuidos a la Muerte, en cierto momento sobran. El resultado es un batiburrillo de algo más de 500 páginas que te deja con un gusto agrio en el paladar. ¿La razón? La protagonista, curiosamente, sobrevive a las personas que quiere y, fantásticamente, cierra el círculo cuando la Muerte, después de muchos años, le devuelve algo que le pertenece.
Sí, la Muerte le tiende la mano cuando es una ancianita aunque, creo, debería habérsela llevado mucho tiempo atrás. O eso es lo que esperas cuando la Muerte es la narradora de esta historia.

Liesel Meminger tiene diez años cuando su camino se cruza por primera vez con la Muerte. Está en un tren, con su madre y su hermano Wermer, que acaba de expirar. No recuerda a su padre, al que siempre le ha acompañado un adjetivo: Comunista. Su madre la deja en la verja de una casa donde esperan a dos niños y solo reciben a Liesel. Los Hubermann serán a partir de ahora su nueva familia. Tras el entierro de su hermano en un pueblo sin nombre había recogido de la nieve un libro negro, el Manual del Sepulturero, el único recuerdo que le queda de su vida anterior. No sabe leer ni escribir, así que no sabe de qué va el libro.
Rosa Hubermann es una mujer que siempre está gritando y llamando “cerdo” a todo el mundo, aunque solo a los que quiere. Hans, su marido, se encarga de dar el cariño que la hija adoptiva necesita, sobre todo en mitad de la noche, cuando la niña tiene pesadillas con el hermano muerto.
En la escuela está muy retrasada y la ponen en las clases de los que están empezando a estudiar el abecedario. Será gracias al tesón y la voluntad de Hans por lo que Liesel se convierta en una lectora ávida y capaz.
Rudy Steiner se convertirá en su mejor amigo. Vive dos casas más allá y siempre le está pidiendo un beso que cree que se merece, pero nunca llega. Incluso la defenderá en los momentos difíciles.
Los momentos más importantes de la vida de Liesel transcurren alrededor de unos cuantos libros que le sacarán de apuros en ciertas ocasiones.
A pesar de que no les sobra el dinero, Hans se las arregla para tocar su acordeón y sacarse un dinero con el que comprar libros que marcarán la vida y los instantes más felices de la vida de la niña.
Tanto Rudy como Liesel pertenecen a las Juventudes Hitlerianas. Viven en Molching, un pueblo pequeño cerca de Munich. Para celebrar el cumpleaños del Führer se queman miles de libros en inmensas piras, pero Liesel rescata uno que ha sobrevivido a las llamas: El hombre que se encogía de hombros. Cree que nadie le ha visto, entonces se da cuenta de que unos ojos la observan atentamente; es la mujer del alcalde, a quien Rosa hace la colada.
Liesel evita ir a la casa del alcalde para recoger la colada, pero su madre adoptiva la obliga. Ilsa Hermann le abre la puerta de su casa de par en par y le enseña su enorme biblioteca. La niña nunca antes había visto tantos libros juntos. A partir de entonces Liesel se queda durante horas en la casa del alcalde leyendo en el suelo de la biblioteca.
Estalla la guerra y Rosa pierde a todas sus clientas. Ilsa mira a Liesel cuando tiene que decirle que no vuelva más, y le regala un libro que la niña rechaza.
Rudy y Liesel tienen tanta hambre que terminan uniéndose a un grupo de rateros para robar en huertas de la ciudad.
Pero el episodio más importante en la vida de Liesel es el momento en que un hombre joven aparece en su casa. Es Max, un judío al que esconderán en el sótano en secreto durante mucho tiempo. Max desbrozará el libro de Mein Kampf para crear historias que regalarle a Liesel. Cuando, al final, se tiene que ir para no meter en líos a la familia Hubermann, la casa se queda muy triste. Poco tiempo después Hans es reclutado para ayudar al Partido.
La guerra sigue su curso. La voluntad del Führer es férrea y sigue mandando combatientes a las líneas rusas. En Himmelstrasse, la pequeña calle de Molching donde viven los protagonistas, los vecinos se reúnen en el pequeño sótano de una casa mientras Liesel lee en voz alta para tranquilizar a todos, a la vez que en la superficie se oyen las explosiones de las bombas. Cuando los libros se acaban, sigue yendo a la casa del alcalde donde hurta un libro cada vez, pero Ilsa sabe quién es la ladrona de libros y de vez en cuando le deja pequeños regalos. El último obsequio es un pesado libro negro con las hojas en blanco. Quiere que Liesel escriba su historia.
Hans vuelve a casa y la felicidad vuelve a reinar entre la familia Hubermann. Liesel se levanta todas las noches de la cama para ir al sótano a escribir. Una de esas noches la alarma llega tarde y Himmelstrasse queda arrasada. Todos mueren, excepto la niña que está escribiendo en el sótano...

Dos intensos meses

Ya han pasado dos meses, y parece que han sido dos años. Me pregunto si en el futuro, el doce de cada mes, iré haciendo recuento de días y seguiré reviviendo todo.
En casa todo es más intenso. Cuando estuve no pude reprimir el deseo de tocar la tierra consagrada que ahora abriga cual manta para todos aquellos que ya se fueron. No pude evitar los recuerdos.
Hay días que estoy tan atareada que no me acuerdo de él, y sé que cuando su sonrisa, ahora eternamente feliz, vuelve a mi mente vuelvo a sumergirme en el pasado irremediablemente. Ocasionalmente las lágrimas forman un reguero en mi rostro, sin que pueda evitarlas.

Todo es más difuso. Y me sigo preguntando por qué se tuvo que ir tan pronto.

Burbujas de realidad

Cualquier tarea cotidiana puede convertirse en algo especial dependiendo de nuestro estado de ánimo. Hoy me he visto inmersa entre burbujas. A pesar del frío del agua, las burbujas me han transportado muy lejos de donde estaba. Sumergir las manos en el agua fría y mezclarlas con las suaves texturas de varios jerseys me han llevado lejos, muy lejos.
Entre los sonidos del agua estancada que tenía el olor burbujeante del jabón oía los sonidos de las mareas, de un anochecer a la orilla del mar.

Hoy he decidido reanudar mi manuscrito, pues un sinfín de ideas se empujan por salir cuanto antes de mi cabeza. Espero haber terminado antes de Navidad. El caso es que tengo que empezar de nuevo, por decirlo de alguna manera. Voy a corregir ciertas cosillas.
Por fin puedo estar en tirantes dentro de casa. El calor se ha refugiado en todos los rincones de mi casa, junto a una mosca que me hace compañía en los momentos más inesperados. Espero que se marche o tendré que pasarle factura para que pague conmigo el alquiler.
Lo sé, estoy sutilmente fantasiosa. Y enganchada a La ladrona de libros. No es que sea un gran libro (excepto por el peso), pero se trata de una gran historia.
Y por una vez, por una vez... cosa increíble... tengo las manos muy calientes. Será por el rato que han estado buceando en agua fría.

Echo de menos hablar con ciertas personas. ¿Tanto habré desconectado?
¿Sem? ¿Manolito? ¿Anselmo? ¿Seguís por aquí, no?

domingo, noviembre 11, 2007

¿Adornos navideños?

Es obvio que cada año los ponen con más antelación. Debió ser en el puente del 1 de noviembre cuando colocaron lo que en Navidad dará un brillo especial a las calles. Hace unos días me fijé que ya estaban todas las luces colgadas, esperando a ser encendidas para dentro de algo más de un mes...
En las tiendas es peor, ya que los turrones, polvorones y demás dulces navideños ocupan estantes especiales y prioritarios desde hace varias semanas.
¿En serio merece la pena ponerlo todo tan pronto? ¿No tienen mejores cosas que hacer?

El año pasado iba a colgar la decoración de las calles de Salamanca aquí, aunque finalmente solo puse el árbol que habían colocado sobre la piedra central de la Plaza Mayor. ¿Qué se le ocurrirá al señor Lanzarote este año?

En la estación de tren me dieron un toque de atención por hacer fotos en el interior. No sé si fue al marchar o al volver. No entiendo por qué dentro están prohibidas las fotos. El caso es que no las borré, aunque a la chica de Prosegur que vino a decirme que no se podían hacer fotos le hice creer que las había borrado.
No fue así, y los angelotes decorativos de la estación seguían tocando sus trompetas en mi cámara.
El año pasado había gran profusión de cascadas de luces que caían de todos los sitios. Se deben de gastar un pastón en todo el decorado navideño.
La calle Toro en una gris mañana de diciembre mientras compraba los regalos, la lotería y cualquier otra cosa que exacerbaba el consumismo de la época.
Por la noche cobraba un color especial. A veces me da la sensación de que junto a estos colores me llega una mezcla de olores a castañas asadas y a almendras garrapiñadas.
Gran Vía no iba a ser menos.
Entre tantos edificios institucionales, las luces navideñas le otorgaban cierto aire de fiesta.

Podría seguir colgando fotos del año pasado, pero son todas por el estilo. Calles y más calles con esas luces que solo lucen en cierta época del año. Solo que de un año a otro no cambian únicamente los motivos decorativos de las calles sino que me llevan a pensar en lo que tenía el año pasado y éste lo he perdido para siempre.

Equinox

Una serie de sangrientos asesinatos comienzan a ocurrir en la tranquila ciudad universitaria de Oxford. Todos tienen algo en común: Las víctimas son muchachas jóvenes que aparecen con un órgano extirpado, en cuyo hueco vacío han dejado una moneda de aspecto antiguo.
Laura Niven es una escritora célebre en los Estados Unidos. Está presentando su último libro en Oxford y está a punto de despedirse de su hija Jo, que estudia en esa ciudad, y del padre de su hija, Philip, del que lleva mucho tiempo separada, aunque siguen enamorados. Un accidente de la hija y los asesinatos en serie que se están produciendo en Oxford la mantienen anclada a la ciudad un tiempo más.
Antes de convertirse en escritora, Laura se dedicaba al periodismo de investigación y su curiosidad siempre se veía insatisfecha si no intentaba descubrir las causas de ciertos sucesos.
Philip trabaja en la policía, como fotógrafo de crímenes, y constituye el puente para que Laura se mantenga informada de lo que está ocurriendo en Oxford.
La astrología, los órganos extirpados, la alquimia y el esoterismo constituyen una complicada red donde Jo es el último eslabón de una serie de crímenes que podrían formar la "obra maestra" del que, en el pasado, fue amigo y guía de Laura mientras la escritora estudiaba en Oxford.

La alquimia a rasgos generales

Se considera a la alquimia la predecesora de la química moderna. Se practicó durante miles de años y hoy en día sigue teniendo adeptos. Hay quien dice que hunde sus raíces en épocas muy lejanas y que personajes como Moisés la practicaron. Sin embargo, esto último es una exageración.
Sabemos a ciencia cierta que la alquimia tiene una antigüedad de dos mil años como mínimo, porque poseemos noticias del trabajo de los primeros alquimistas en la antigua China y en la ciudad de Alejandría. Sin embargo, la mayor parte de estas pruebas fueron destruidas por el obispo Teófilo a principios del siglo V, tras el incendio de la Biblioteca de Alejandría. Los chinos fueron alquimistas expertos y se dice que descubrieron la pólvora siglos antes de que fuera redescubierta en Europa por el gran filósofo del siglo XIII Roger Bacon. También se dice que llevaron a cabo experimentos alquímicos sobre criminales convictos para convertirlos en cerdos.
Los alquimistas estaban seguros de poder encontrar una materia mágica denominada la Piedra Filosofal, una sustancia que convertiría cualquier metal base en oro. En pos de este objetivo, muchos hombres y mujeres trabajaron durante años en laboratorios oscuros y sórdidos.
Los alquimistas creían en lo que hacían y algunos se obsesionaron con el arte que practicaban. El psicólogo Carl G. Jung se sintió atraído por la alquimia y aseguraba que los procedimientos que empleaban los alquimistas en sus laboratorios eran, en realidad, rituales relacionados con una especie de obsesión religiosa. Porque lo que en realidad intentaban transmutar los alquimistas era su psique, o "alma", de igual manera que intentaban cambiar los metales base en oro. Algo parecido a esos procedimientos religiosos en los que el adepto intenta conseguir la perfección o encontrar el "oro" que guarda en su interior. Los alquimistas solo eran conscientes en parte de este aspecto de sus esfuerzos, aunque sabían que estaban obligados a ser "puros de espíritu" para conseguir sus fines. Muchos de ellos se preparaban mentalmente durante años para esta labor.
Ciertos ocultistas modernos insisten, sin embargo, en que la alquimia es una ciencia propiamente dicha y se empeñan en encontrar paralelismos entre ésta y la mecánica cuántica moderna, la teoría científica que describe el mundo subatómico. Pero no existe relación alguna. La mecánica cuántica es una ciencia rigurosa que se apoya en los experimentos realizados durante el último siglo, mientras que la alquimia se fundamenta en la falsa idea de la transmutación gracias a la cual el preciado metal se puede obtener en un crisol. Y los que es más importante, la mecánica cuántica nos proporciona una tecnología real y tangible como los rayos láser, la televisión y la microelectrónica. La alquimia es subjetiva y no se fundamenta en la lógica.
Debido a la particularidad de su práctica, el estudio de la alquimia deviene muy confuso. Cada alquimista poseía sus métodos propios para encontrar la Piedra Filosofal. Los primeros documentos conocidos se guardaban en Alejandría. A partir de los manuscritos que sobrevivieron a la destrucción de su famosa biblioteca, los filósofos árabes de los siglos VII y VIII desarrollaron un conocimiento alquímico más avanzado que se importó a Europa durante el siglo XI, y la alquimia pronto se popularizó en todo el continente. Hacia el siglo XVI existían una pléyade de magos peripatéticos que encontraban empleo en hogares de comerciantes acomodados y nobles europeos ingenuos.
Muchos alquimistas escribieron libros acerca de la técnica que utilizaban, aunque oscurecieron deliberadamente sus significados con códigos y un lenguaje poético para que otros alquimistas no pudieran copiarlos. Otra de las razones por las cuales ocultaban sus hallazgos de este modo fue porque no consiguieron sus objetivos.
En 1404, el rey Enrique IV de Inglaterra hizo de la práctica de la alquimia un crimen capital, porque consideraba que si uno de los alquimistas tenía éxito, podría desbaratar el statu quo produciendo grandes cantidades de oro que desestabilizarían el sistema financiero del país. Más tarde, sin embargo, la reina Isabel I empleó a alquimistas en un intento de incrementar las arcas reales. Uno de sus favoritos fue John Dee, un filósofo muy notable así como también un gran ocultista.
Los alquimistas nunca hubiesen tenido éxito en la conversión de metales en oro porque intentaban la transformación de la estructura básica de la materia mediante la utilización tan solo de un horno y una mezcla de sustancias químicas simples. La transmutación solo es posible hoy en día en el corazón de reactores nucleares, donde los átomos se dividen en partículas más pequeñas durante un proceso denominado "fisión nuclear". Sin embargo, aunque ahora es posible teóricamente la producción de oro a partir de otros metales, la cantidad de energía que se necesitaría (y el coste que de ello derivaría) excede el valor de la materia producida al final del proceso.
Los métodos de los alquimistas eran muy elementales. Empezaban mezclando en un mortero tres sustancias: un metal mineral, normalmente hierro impuro, otro metal (a menudo plomo o mercurio), y un ácido de origen orgánico, generalmente ácido cítrico procedente de frutas u hortalizas. Los trituraban juntos y los guardaban durante más de seis meses para asegurar una mezcla completa. Luego la calentaban cuidadosamente en un crisol. Entonces elevaban la temperatura lentamente hasta alcanzar el grado óptimo, que se mantendría durante diez días. Se trataba de un proceso peligroso que producía humos tóxicos, y como muchos alquimistas trabajaban en habitaciones cerradas y sin ventilación, sucumbieron al veneno de los vapores de mercurio. Otros cayeron lentamente en la locura provocada por el veneno del plomo o del mercurio.
Una vez se completaba el proceso de calentamiento, se retiraba la materia del interior del crisol y se disolvía en un ácido. Varias generaciones de alquimistas experimentaron con diferentes tipos de disolventes; fue así como descubrieron el ácido nítrico, el sulfúrico y el etanoico.
Una vez disuelto con éxito el material del crisol, el paso siguiente consistía en evaporar y reconstituir el material para destilarlo. Este proceso de destilación o sublimación era el más delicado y laborioso, y a menudo el alquimista tardaba años en completarlo a su satisfacción. También se trataba de un estadio peligroso, porque no se daba salida al fuego que se encendía en el laboratorio, lo que provocaba frecuentes accidentes.
Si las llamas no consumían al experimentador y no se perdía el material debido a una técnica deficiente, entonces el alquimista podía pasar al estadio siguiente, un paso que estaba más relacionado con el misticismo que con el acto científico. Según la mayoría de los textos alquímicos, una "señal" determinaba el momento en el que debía detenerse la sublimación. No existen dos manuales de alquimia que coincidan en cuándo o cómo debe suceder, y el pobre alquimista debía esperar hasta que estimaba que había llegado el momento propicio para detener la destilación.
Entonces se retiraba el material del alambique y se añadía un agente oxidante, generalmente nitrato de potasio, una sustancia conocida en la antigua China y posiblemente también por los alejandrinos. Sin embargo, al combinar el sulfuro del metal mineral y el carbono del ácido orgánico, el alquimista obtenía una mezcla ciertamente explosiva: la pólvora.
Muchos alquimistas que sobrevivieron al envenenamiento y al fuego, acabaron sus días saltando por los aires con su laboratorio.
Los que sobrevivían a todas estas etapas podían llegar al final, cuando la mezcla se sellaba en un recipiente especial y se calentaba cuidadosamente. Luego, tras enfriar el material, en ocasiones se observaba un sólido blanco, conocido como Piedra Blanca, capaz, aseguraban, de transmutar metales base en plata. La etapa más ambiciosa producía un sólido rojo llamado Rosa Roja por calentamiento, enfriamiento y purificación de la destilación, que se suponía que conducía a la producción de la Piedra Filosofal propiamente dicha.
Los estadios de este proceso se describían con alegorías, envueltas con un lenguaje místico y secreto de significado esotérico. Por ejemplo, la mezcla de los ingredientes originales y la licuefacción a través de la utilización del calor se describía como "poner en pie de guerra a los dos dragones, el uno contra el otro". De esta manera, los elementos femeninos y masculinos de las sustancias, simbolizados por un rey y una reina, se liberaban y luego volvían a combinarse o "casarse". Éste era el concepto que se recogía en el más famoso de todos los libros de alquimia, la novela alegórica The Chemical Wedding, que ha sido interpretada como la descripción del proceso de transmutación.
La alquimia era una fantasía, pero quienes la practicaron obtuvieron logros concretos. Los alquimistas inventaron y mejoraron nuevas técnicas, entre ellas métodos de calentamiento, de decantación, de recristalización y evaporación. Además, fueron los primeros que utilizaron una amplia gama de utensilios, entre ellos utensilios para calentar y recipientes de cristal de diferentes formas.
Las sucesivas generaciones de alquimistas perfeccionaron la técnica de la destilación que los magos de Alejandría desarrollaron hace casi dos mil años. Hoy en día, ningún laboratorio de química que se precie no estaría completo sin los instrumentos para la destilación. Y el mismo tipo de equipamiento, aunque a una escala mucho mayor, es el que se utiliza para separar los componentes del petróleo y refinarlo.

viernes, noviembre 09, 2007

El caballero de la armadura oxidada

Érase una vez un caballero que intentaba ser el mejor en todo, el mejor de todos los caballeros, siempre estaba luchando contra dragones y rescatando princesas. Tanto era su fervor para salir en ayuda de los demás que un día decidió dejarse puesta la armadura porque siempre había alguna batalla que librar y así no perdería tiempo cuando tuviera que marchar.
Como siempre estaba fuera y cuando llegaba a casa no se quitaba la armadura, su esposa y su hijo se olvidaron de cómo era debajo de la armadura, se olvidaron de sus facciones y le pidieron que se la quitara. Convencido, el caballero intentó quitarse la armadura que hacía años no se quitaba, pero, para su sorpresa, no pudo.
Decidió ir en busca del Mago Merlín, que le dijo cómo saldría de su armadura. Para ello debía subir hasta la Cima de la Verdad y, cuando lo hubiera conseguido, la armadura habría desaparecido. Debía atravesar los castillos del Silencio, del Conocimiento y de la Osadía y Voluntad.
Cada castillo y cada paso en la ascensión a la montaña representaba el camino de su vida, los obstáculos que hay que vencer, lo que creemos ser y lo que realmente somos...
¿Qué es más importante entonces: dar una imagen a los demás que nosotros queremos (como el caballero, al que le gustaba ir a batallas para crearse una fama de valiente) o dar la imagen verdadera de como somos realmente (esto es lo que tenía que descubrir el caballero, algo a lo que tenía miedo, pensaba que sería rechazado)?

Plumas y uñas

Hace ya un tiempo hablé del hermoso Pakito, un loro Yako gris de cola roja, que es amo y señor de mi casa, que no para de gritar y hacer todo tipo de ruidos, incluso silbar, y pese a que a veces parece que dice palabras el mamón no se esfuerza. Evidentemente Pakito es mi preferido, ya que es mi peque, nos tenemos un cariño mutuo aunque yo apenas estoy allí, y le gusta jugar con mi coleta si me tiene cerca. También le acerco el dedo al pico, aunque de momento no me ha mordido. Y le busco entre la mezcla de comida las maíces para dárselas directamente, porque sé que es lo que más le gusta comer.
Tenía intención de grabarle haciendo todo tipo de ruidos curiosos pero se me pasó por completo, así que otra vez será. Estoy segura de que si estuviera conmigo, en Salamanca, ya diría palabras, porque siempre le repetiría las mismas. En mi casa somos tantos y todos le decimos cosas tan diferentes que todavía no se queda con ellas.
Por supuesto, él prefiere subirse a la parte alta de la jaula, que tiene la puerta abierta las 24 horas y en esa libertad vigila mi casa y se pasea por toda la cocina, como gran señor que es.
Cada vez que me ve llegar empieza a ahuecarse y a gritar, supongo que de alegría. Yo fui la primera que estuvo con él y siempre me recordará, así me lo dijeron y así es.
Con Pakito tuve un show para limpiarle la inmensa jaula. Estuve casi una hora frotando los barrotes, los bajos, los bebederos, y el palo de madera de dentro. Pero Pakito, que es muy listo, al ver que iba a coger la jaula, se metió dentro. Seguro que pensaba que iba a sacarle a la terraza. Pues cuando me puse a frotar, intentó agarrarme los dedos, así que desistí y empecé a limpiarle otras cosas. Él me facilitó el trabajo. Voló y se posó sobre la jaula de los canarios, y se quedó mirándome fijamente. Hubo un momento en que paré un rato y empezó a gritar, como exigiéndome que siguiera limpiándole la jaula. Sí, así de cabrón es. Miedo me da cuando comience a hablar.
Junto a la jaula de Pakito, está la jaula más pequeña de los dos canarios (macho y hembra). El que lleva más tiempo con nosotros, que es amarillo, sí que se queda como hipnotizado si le acercas el dedo, intentando picarte. El otro es más miedoso.
Este fin de semana les he visto revolotear nerviosos cuando la gata se aúpa hasta la jaula. Y en esos momentos, Pakito, en protección de los suyos, baja desde la suya y espanta a la gata.
Simoneta, la dulce gatita que me dejó un recuerdo non grato de sus uñas en un brazo, también ha intentado acercarse a Pakito. De hecho, se quedan observándose durante horas, hasta que la gata acerca su patita para tocarle y el loro intenta morderla.
El año pasado nos regalaron dos gatitos, pero uno murió. Eran muy ariscos. Simoneta, al perder a su compañero, buscó el afecto de mi familia. Y duerme con mi hermano pequeño casi todas las noches. Es muy tragona, siempre tiene hambre, pero hay que decir que es muy limpia en todos los sentidos. Maúlla cuando tiene que cumplir sus necesidades fisiológicas, pero también cuando quiere que le acaricies, y no calla hasta que lo haces.
Se le oye pasearse desde el jardín hasta la parte de arriba porque lleva un cascabel en el cuello. En el jardín están el gallo y la gallina, pero desde que salieron los pollitos, la semana pasada, prefiere el jardín.
Desde una ventana le vi acercarse sigilosamente a los pollitos, que andaban con la gallina clueca. El gallo andaba junto a su progenie, sin alejarse mucho, y corriendo hacia su familia cuando nos acercábamos alguno de nosotros o Simoneta. Cuando ésta estaba a medio metro, y pensando que sería el gallo quien la espantara, nos sorprendió ver aletear a la gallina por encima de los polluelos. Y Simoneta echó a correr. No volvió a acercarse a ellos.
El gallo me encanta. Es tan presumido que no pude reprimir las ganas de sacarle una foto paseándose con esa coquetería por el jardín. Es genial. Me pregunto qué ocurriría si estuvieran Pakito y él uno frente al otro.
Acostumbrada a los típicos gallinas y gallos pardos y blancos, éstos parecen de exhibición. Me gustan los colores de sus plumas.

Pollitos.

jueves, noviembre 08, 2007

1984

1984 sitúa la acción en un estado totalitario. Todo está controlado por el Partido, Ingsoc, y todos deben amar al Gran Hermano, ser superior equiparable a Dios. La palabra libertad es una utopía. En este sistema de terror donde todos los gestos están vigilados, nada pasa desapercibido para la Policía del Pensamiento.
Winston Smith trabaja en el Ministerio de la Verdad, pero no siente lo que hace y en lo más profundo de su ser odia al Gran Hermano, aunque disimula, imitando los gestos de sus compañeros. Su misión es cambiar artículos de periódicos del pasado y amoldarlos a "la verdad" del Partido. No está de acuerdo con esa ideología y cree que es posible una revolución desde la parte de los proles, la gran mayoría de la población, en donde se hallan los marginados y grandes olvidados. Cree que tiene que existir una Hermandad contraria a los ideales del Partido.
Conoce a Julia y se enamoran. Pero la fornicación para el Partido es delito, por lo que no pueden estar juntos. Winston sigue casado, y en este sentido, el matrimonio es sagrado, no hay nada que pueda romperlo. Julia y Winston viven su amor a escondidas, pese a saber que se la están jugando.
Creyendo que O'Brien, uno de los jefazos del Partido, pertenece a la Hermandad le piden ayuda para enfrentarse al Partido. Será el que se encargue de torturar a Winston cuando la Policía del Pensamiento los arreste.
A Winston le mantienen encerrado y aislado durante muchos años, y terminan lavándole el cerebro, llegando incluso a traicionar a Julia y a amar plenamente al Gran Hermano. La persona que ponen en libertad es una persona completamente nueva, diferente, cambiada.

El libro está muy bien. Hay momentos en que vives y experimentas bajo la piel del protagonista: su amor, su condena, su tortura. Es exquisita la descripción de esa traición de amor de la que se habla en la tercera parte, una traición interna, de sentimiento, y no de palabra.
La primera vez que leí lo de "Gran Hermano" me quedé anonadada. Lo releí, y como los habitantes de Oceanía, lugar donde transcurre la acción (aunque diferente del continente que conocemos), tienen telepantallas y son observados a todas horas.... me viene a la cabeza irremediablemente el reality show que le robó el nombre.

Ni un solo minuto libre

La desconexión de Internet durante la semana pasada me vino tan bien que apenas he tocado el pc estos días, lo que se agradece.
Sigo sin calefacción, pero ahora no es cosa mía. Lo peor de todo es el catarro, este maldito catarro que hace que me meta a la cama demasiado pronto para ser creíble viniendo de mí. Y esta mañana ha venido el electricista, así que me caigo de sueño en estos momentos.
Por Real Decreto los de Iberdrola andan quitando acumuladores de la luz. Si tenía dos, ahora me he quedado con uno, y colgada, ya que el segundo iba a los enchufes de la calefacción. El técnico se quedó tan tranquilo diciéndome que llamara a un electricista. Le llamé, pero también al casero, que ha aparecido esta mañana por mi casa a la hora convenida. El electricista tenía que empalmar (vaya cómo suena) los cables de un sitio con el otro. Por lo que he sacado en claro de la conversación el de Iberdrola hizo ayer una buena chapuza. Al casero le he hecho un favor porque ahora también tienen que acoplar todos los cables de mis vecinos, solo que yo no puedo estar un día más sin calefacción. Bueno, uno más... lo aguantaré (los radiadores cargan de noche).

Esta noche me toca irme pronto a la cama. Entre el jarabe que me da sueño y la leche con miel enseguida caigo en los brazos de Morfeo.

miércoles, octubre 31, 2007

Breves ausencias

En unos días no apareceré por aquí. Mañana temprano cojo un tren hasta casa, y no me llevo el pc. Allí puedo conectarme desde otro ordenador, pero precisamente no me lo llevo para no entrar en internet. ¿La razón? Quiero estar el máximo de tiempo posible con mi gente, aprovechar para leerme un libro de la facultad, conducir, pasear, escuchar las experiencias de mi madre en Italia y escribir.
Me llevaré el comienzo de mi manuscrito y escribiré a mano (antes escribía a mano y lo echo de menos). Mi maleta pesa toneladas, aunque solo sea por las botellas de Oporto. Espero que no me las confisquen en la estación. No entiendo cómo solo nos miran las maletas a los que cogemos el tren de Barcelona. Nunca he visto que se las miren a los que van a Madrid, que el tren sale un cuarto de hora antes.
No sé qué tiempo hará por allí, supongo que más frío que por aquí. Aunque me llevo poca ropa.

El lunes estaré de vuelta.

martes, octubre 30, 2007

Doloroso recuerdo

A medida que tengo un pie en mi casa siento que la tristeza vuelve a adueñarse de mí. Hace unos meses, dejaba la maleta en el portal de mi casa y lo primero que hacía era ir a ver a mi tío. Mañana ya no podré hacerlo y eso me entristece. Ya me hice a la idea, pero duele.
Así como resulta doloroso lo que soñé anoche. No suelo recordar casi nunca los sueños, pero me desperté con la imagen del sueño en la retina. Yo iba en un autobús y de repente se subía alguien y se sentaba a mi lado. Se quedaba mirándome y sonriendo. Era mi tío. De repente me he despertado e inevitablemente me he echado a llorar.
Y es que cuando lo pienso bien, desde aquí no siento el vacío del día a día. Sé que ya no está, pero aquí me ha dado a veces la impresión de que nada ha cambiado, de que volveré a casa y seguirá allí.
Pero mañana ya será diferente y en esa pequeña diferencia es donde me aborda, irremediablemente, la tristeza.