lunes, diciembre 18, 2006

Hablemos de chilabas


-¿Una chilaba? ¿Qué es eso?
-Un tipo de ropaje árabe.
-Si me suena a ropa oriental, pero a saber...

En eso más o menos consistió una conversación telefónica acontecida ayer. Claro que me sonaba a ropa, y a chino también. Los árabes tienen muchas ropas extrañas.
No me ha quedado más remedio que buscarla en google, que para estas cosas viene genial.
Y bien... cuando veo ese traje me doy cuenta de que en mi casa tiene que haber por narices un adefesio así. Cuando mi hermano estuvo en Túnez de viaje de Paso del Ecuador nos trajo ropas de ese estilo. A mi madre le trajo un vestido árabe que se parece a una chilaba de éstas. A mí me trajo otro, pero en corto, que sólo uso para dormir en verano (porque tapa lo justo).
Y mi madre no sabe que yo tengo un nigap (así lo pronunciaban unos amigos Erasmus que hicimos de Kuwait). El nigap viene a ser parecido a un burka. Es negro y de tela gruesa, con bordados de flores.
Nuestros amigos de Kuwait nos explicaron muchas cosas de su país. Estudiaban en España pues querían ser diplomáticos. Eran hijos del petróleo y, por tanto, estaban montados en el dólar. Ahmed y Zaher Al-Sammari (creo que lo he escrito bien) chocaban mucho con nuestra forma de pensar, y ellos serían los que nos regalaran, tras una Navidad, unos nigap, a dos amigas y a mí. Nos tuvieron que explicar cómo se colocaban. Para nosotras era algo nuevo, pero podíamos elegir si ponérnoslo o no. Otras mujeres en el mundo están obligadas a llevar ese trapito sin opción de quitárselo cuando quieran.
Tengo que encontrar tres chilabas en Salamanca. Sé de dos tiendas de disfraces, aunque no sé si tendrán. Y tiendas árabes... no conozco.

Aquellos maravillosos años


De repente a mi madre le crecía la barriga muy rápido. Mi hermano R. y yo no nos imaginábamos que allí dentro había un niño. Éramos muy pequeños y no entendíamos sobre reproducción. Para nosotros, papá había puesto su semillita en mamá.
Estábamos contentos porque íbamos a tener un hermanito, cuyo nombre era objeto de críticas, pues tardaron en decidirse por uno. O al menos nadie hasta el bautizo de nuestro pequeño bebé sabía seguro cómo se llamaría. Aunque mi padre ya le había registrado, así que los únicos que conocían ese secreto eran mis padres.
Mi hermano C. creció. Todo el mundo le comparaba con mi padre, valorando las travesuras de los dos, aunque mi hermano no las preparaba tan graves como lo hiciera mi padre en sus años jóvenes. De pequeños nos deleitábamos escuchando de boca de terceros todo aquello que mi padre hizo desde su niñez hasta bien entrada la adolescencia. Todo nos provocaba risa. Y si mi padre estaba delante siempre contestaba: "Eran otros tiempos". La cuestión no era hacer travesuras sino no dejarse pillar. Y a mi padre nunca le pillaron, por eso tenía tanto mérito escucharlas. En cambio, mis tíos, siempre imitándole, eran castigados siempre.
Yo heredé algo de esa picardía, pero sin duda el que más votos tenía para prepararlas era mi hermano. Y era lo que todo el mundo esperaba de él, porque para la gente de fuera mi hermano era igual que mi padre, y por lo tanto, si ocurría algo en mi pueblo, enseguida venían a mi casa echándole la culpa a mi hermano, aunque él no hubiera sido. Creo que esto constituyó una especie de infierno para él. Y a él se le notaba mucho cuando la había armado. Mi madre siempre se ponía de su lado y negaba todo, incluso hubo gente a la que le terminaba diciendo que siempre que ocurría algo le echaban la culpa a C. sin tener en cuenta que posiblemente él no hubiera sido. Al final, la gente dejó de señalar a mi hermano cada vez que pasaba algo. Y le dejaron en paz.
Contaba mi hermano aproximadamente con cuatro años cuando yo intercambié mis muñecas por él. Mi hermano era el juguete de toda la familia, y para mí constituyó la mejor manera de pasar mi tiempo libre. Un buen día mi madre me dejó a solas con él mientras se fue a la compra. Mi hermano gateaba en mi habitación mientras yo andaba haciendo otras cosas, sin quitarle ojo. Por supuesto, si no le hacía caso se ponía a berrear. Así que se me ocurrió algo que me haría pasar buenos momentos en mi infancia, y no sólo me causaría risas a mí sino a todos los que le veían.
Aquel día le dije: "Vamos a jugar a los disfraces". Él me miraba fijamente, y como era tan pequeño no se podía imaginar lo que tenía pensado hacerle.
Con una silla me encaramé hasta la balda de un armario donde yo sabía que había unas maletas con ropa de cuando yo era pequeña. Busqué entre mis vestidos de muñeca hasta encontrar uno que me gustaba. Y se lo puse a mi hermano. Al principio no quería, pero yo le engañaba diciéndole que nos lo íbamos a pasar muy bien. Cuando conseguí ponerle el vestido y los zapatitos de hebilla con calcetines de chica, fui al cuarto de baño a por una goma de pelo. Mi hermano de pequeño siempre tenía el pelo cortado a la cacerola, así que no me costó mucho hacerle un "quiqui". Esto sí que le molestaba e intentó quitárselo varias veces. Al final le convencí de que debía aguantar hasta que llegara mi madre. Y aguantó.
Cuando mi madre llegó no se tenía de la risa. Su hijo pequeño estaba convertido en una niña, y si salía a la calle así muchos le tomarían como tal. Mi madre no le quiso desvestir y yo tampoco, así que con aquel vestido turquesa y el "quiqui" le vieron todos. Y causó las risas de toda la familia. Mi hermano veía que se reían de él y al final se puso a llorar y tuvieron que quitarle aquel disfraz.
Aquella tarde fue la primera vez que mi hermano fue disfrazado de chica, y se convirtió durante unas horas en la hermana que nunca tuve.
Después de aquel día siempre que me quedaba a solas con él terminaba disfrazándole de niña. Pero aquello desvarió mucho más cuando le enredé el maquillaje a mi madre. Un día le maquillé (a mi manera, claro) y el fruto de aquello fue horrible. Pobre hermanito.
Claro que mis padres no permitieron que siguiera disfrazándole, porque parecía un payasete con aquellas pinturas mal colocadas en la cara.
No sé si mi hermano se acordará de todo esto, aunque yo me descojono de risa cuando me viene a la mente aquella época.
Cuando era un adolescente todavía se llegó a disfrazar de chica una vez más, todo por mi culpa, claro. Se había dejado el pelo largo y sólo se me ocurrió saltar, mientras estábamos comiendo, que me dejara disfrazarle de mujer. Él se negó pero mi padre, entre risas, le dijo que me dejara hacer. Pero un quinceañero es más difícil de engañar que un niño. Le disfracé ante las risas de mi familia, incluso le hicimos fotos.
Ahora ya no le vale mi ropa. Y después de eso se ha disfrazado por su cuenta: de colegiala, de monja y mil historias más. Ya no me deja disfrazarle aunque cuando llega la ocasión suele pedirme prestada ropa. La última Nochevieja se disfrazó de colegiala, pero como tiene el pelo corto y no quería llevar peluca, no me quedó otro remedio que coger gomas de colores y llenarle el pelo de coletitas.
Echo de menos aquellas tardes en que éramos unos niños y yo disfrutaba disfrazándole. Ahora no me deja.

La anterior vez que fui a casa


La última vez que fui a casa era agosto. Me marché con motivo de las fiestas de mi pueblo. Pasé casi todo el verano en Salamanca, desubicada del mundo, pero aquel imperioso fin de semana no podía perdérmelo por nada del mundo.
Todo era distinto. Varios meses después ha cambiado algo. Yo misma me siento otra persona diferente cuando recuerdo ciertas cosas. Ya no añoro lo de entonces, aunque a veces lo recuerde.
Hoy he de coger el billete de tren. No sé exactamente cuándo me iré, incluso estoy segura de que tendré problemas porque casi todos los trenes están completos. Pero seguro que volveré con el billete que me llevará a ver a las personas más importantes de mi vida, aquellas personas que siempre me están diciendo que vaya a más a menudo, aquellos a los que echo tanto de menos.
Y hoy... tengo ganas de verles a todos. De repente me he dado cuenta de que les echo de menos. Y que todos estos últimos meses se me han pasado muy rápidamente.

sábado, diciembre 16, 2006

Y la lotería: 47804

¡¡¡Que me va a tocar la lotería!!!
Todos los años con la misma historia y nunca me toca nada :(

¿Por qué tenemos que hacer regalos en Navidad?

Salía hace unas horas, bajo un cielo que iba cambiando de color. La niebla iba dejando entrever el sol a medida que pasaban las horas.
Salía con la intención de comprar lo más urgente en estos momentos: lotería de Navidad (no soy jugadora pero los compromisos no tienen vuelta de hoja) y el billete de tren a casa.
He venido con la lotería pero he dejado de lado entrar en una agencia de viajes, así que he terminado sin cogerlo. Para variar, lo cogeré a última hora, y eso no está bien cuando soy consciente de la horda de estudiantes que se marchan estos días a casa. No me gustan estos viajes multitudinarios, y por lo general suelo marcharme un día antes o un día después, igual que cuando vuelva, que vendré varios días antes. Y los peores viajes son los de Navidad. Además, que para colmo seguro que, justo el día que más gente se va, habrá huelga de trenes. Siempre lo hacen. Mi suerte es que siempre tienen que salir el mínimo de viajes y el Talgo a Barcelona Sants es el único tren que nunca tiene derecho a huelga.

Nada más llegar a la calle Toro, zona comercial por excelencia, se me iban los ojos. Sin pensar en cómo voy a meter todo en la maleta y si llegará sano y salvo, he decidido que compraría todos los regalos a mi gente aquí. Así me lo quito de encima para cuando esté en casa. Ahora empiezo a imaginar cómo llevaré todo el día que me vaya. Sólo he dejado un regalo, el más difícil de todos, el de mi padre. Nunca sé qué regalarle. Algo encontraré, claro, pero es tan difícil...

Mi mesa de estudio en estos momentos está llena de paquetes de vivos colores.
Compra el regalo de tu amiga invisible (un joyero de piel) que todavía no sé quién es, pero decidimos comprar algo impersonal. Compra regalos a tus hermanos: una corbata, una colonia con un Ferrari de exposición, una caja de madera demasiado ornamentada. Y sobre todo, compra el regalo de tu madre, pidiendo que te hagan la cesta un poco pomposa porque las que ves en las estanterías son muy juveniles. Y que sea atractiva, que dé mil vueltas a lo demás, porque justamente el cumpleaños de tu madre coincide con uno de los días de grandes comilonas de estas próximas fechas.

Pero no me quedo corta con todo esto si digo que yo también me he autorregalado cosas, que he caído en el exacerbado consumismo de esta época y que estoy contenta con lo que me he comprado: una americana de piel, zapatos y bolso a juego.


Buen humor


Y de repente estoy contenta. Ya ayer se me notaba, pues en cualquier sitio donde estuve despedía ese aura risueño. Es más, podría asegurar que no me río como ayer desde hace más de un año.
Y me refiero a todos los sitios, tanto aquí como en la calle, mi alegría era pegadiza. Además, volví a hacer algo que tenía olvidado en el trastero.
Hace unos años dejé de vacilar. Cuando lo hacía era de tal manera que provocaba la risa en el receptor o en la víctima. Se notaba que más que nada era una manera de conocer al otro y soltando alguna mentirijilla de vez en cuando. También he vacilado en el pasado de una manera malvada, simplemente porque veo que la otra persona se ha pasado. En cierto modo soy un poco como Amelie: cada uno recibe de mí lo que yo creo que se merece, es decir, si la persona es buena yo seré un ángel. Si veo una actitud cruel a mi alrededor... mejor no hablo de la maldad que puede salir de dentro de mí. Es más fácil ser malo que bueno. No hay ningún mérito en ser perverso.
Igual el estado de mi felicidad se debe a la proximidad de la Navidad. Sea por lo que sea, espero que dure un tiempo. Y que yo sepa disfrutar cada momento al máximo.

No tengo más ganas de escribir ahora. Son las 9 menos cuarto de la mañana. Y en vez de irme a la cama necesito pasear por las invernales calles de Salamanca a estas horas. Y es posible que vaya a paso de cangrejo, o saltando por la calle. De todas formas me sacaré la cámara, porque la ciudad está muy tranquila ahora. Por eso quiero salir, por ese silencio matinal del sábado que acaba de ver el alba.

viernes, diciembre 15, 2006

Un pequeño tributo a la Navidad

Y la estantería está recta de nuevo. Al menos esta vez no se tambalea.

Eso sí, como se vuelva a torcer y se caiga Santa Claus...

... Una americanada menos.

¿Qué se esconde tras el envoltorio?


Cuando era pequeña me leí un cuento, sacado de alguno de aquellos volúmenes que no sé si hoy siguen existiendo titulados Un cuento para cada día. Aquel cuento me marcó mucho porque la moraleja se puede aplicar en casi todos los aspectos de la vida.
Trataba de una niña que había ido a visitar a su abuela y la anciana le enviaba a recoger setas. Cuando la niña volvió a casa traía una cesta llena de setas de vivos colores. Entonces la abuela le dijo que esas eran setas venenosas, que no se podían comer; en cambio, aquellas otras setas de aspecto feo eran las buenas, justamente las que la niña no había traído a casa. Y decía la abuela al final que nunca se fijara en la parte externa de las cosas, que lo importante era mirar dentro.
Poco tiempo después escuché de boca de un profesor una variante. Un caramelo con un envoltorio de colores brillantes no tiene por qué gustarnos más que un caramelo cuyo papel no sea tan bonito.
En la publicidad se utiliza esta técnica. Cuanto más atractivo sea lo que ofrecen más llamará la atención a la gente. Pero que lo envuelvan de manera atrayente no quiere decir que sea mejor que algo que no está tan bien "decorado".

Donde mejor se aplica esta metáfora es en cada individuo. ¡Qué difícil es llegar al interior de una persona! Siempre nos fijamos primero en aquellos que físicamente son atractivos. Y la belleza exterior no siempre va acompañada de la belleza interior. ¿A quiénes abrimos nuestra coraza, que viene a ser lo mismo que el envoltorio del caramelo? Es un gran dilema, porque confiar en la gente cuesta mucho.
¿Quizás a nuestros amigos de toda la vida? Nos conocen bien pero eso no conlleva que hayan conseguido quitar completamente el envoltorio. La mayoría han rasgado el papel y pueden prever qué vas a hacer en una situación determinada, pero todos no han conseguido quitar el cascarón entero.
A mí también me pasa. Conseguir que una persona se quite ese escudo protector es muy difícil. Y ese misterio que se deja entrever es muy atrayente. Quizás es mejor que nos deje ver poco a poco. ¡Cuántas veces una persona nos ha mostrado algo que lleva dentro y de repente hemos perdido el interés!
Todas y cada una de las personas que nos rodean en el acontecer diario se merecen una oportunidad en este sentido. No es lo mismo mirar desde fuera que tratar más a fondo con alguien. "A fondo" es una palabra clave, pues en el momento en que ese fondo se nos muestra es cuando comienza la verdadera confianza, la complicidad mutua, algún secretillo eventual y el mostrarse tal cual se es.
Claro que para llegar a esto hay que recorrer un largo camino, ha de pasar mucho tiempo. Y un día llega.

Esto es una dedicatoria especial a todos y cada uno de ellos, unas personas que están actualmente muy cercanas a mí, más de lo que hubiera llegado a imaginar nunca. Gracias por darme la oportunidad de conoceros y gracias por estar ahí. A todos y cada uno de ellos, con mayúsculas: GRACIAS. No necesito decir nombres pues sabrán que me refiero a ellos. Y simplemente porque me apetecía decirles "gracias".

jueves, diciembre 14, 2006

Acabo de caer en que...

Faltan 4 meses exactos para mi cumpleaños y para el de S. Casualidades, un día, comentándolo y tal, descubrimos que habíamos nacido los dos el día de la República.

Se habla de nieve

Los últimos días que he visto el parte meteorológico he temblado sólo con oír la palabra "nieve". No me gusta, como tampoco me gusta el invierno ni el frío. Son días demasiado grises.
Me conformo con ver la nieve de lejos, pero mi fortuna es otra, cuando suelo entrar en contacto con ella varias veces al año.
Mucha gente que no ha visto la nieve ni la ha tocado podría sorprenderse. Envidio a esa gente que nunca la ha sentido.
Estoy segura de que mi Navidad, un año más, volverá a ser una "blanca navidad". Ayer me encontré con fotos de diciembre del año pasado. Debo compartirlas, en especial con un amigo canario que me dijo que nunca había visto nevar. Va por él y por todos aquellos que nunca han visto la nieve de cerca.


Las pisadas no son mías, pero reconozco que pisar ese manto blanco me encanta, hacer dibujos en él con los pies, aunque luego me dé esa sensación de destruir algo puro.



En tierra de vino... inmensos campos de viñas.
Estas dos últimas fotos están hechas desde un autobús, de ahí que se vea el flash reflejado en el cristal.



Hacía años que no había hecho un muñeco de nieve. Anochecía cuando salí, ante las carcajadas de mis hermanos, y me puse manos a la obra. El resultado fue éste.
Años pasarán hasta que vuelva a hacer otro, aunque seguramente tenga la oportunidad de hacer uno dentro de no mucho tiempo.

El viajero en el tiempo


Ocurrió en Nueva York un caluroso día de verano de 1950 sobre las 11 de la noche cerca de Times Square.
La noche era calurosa. La calle estaba plagada de gente: personas que salían de la última representación teatral del día, de los cines de la populosa Quinta Avenida o simplemente aprovechaban la buena temperatura para dar una vuelta. De todos los transeúntes destacaba uno entre la multitud. Estaba alterado, distraído, impresionado por lo que sus ojos veían y caminaba "despistado" entre los vehículos como si no fuera consciente del riesgo de que podía ser atropellado.
Hasta que sucedió lo más previsible. Un automóvil no frenó a tiempo y se lo llevó por delante, produciendo la muerte inmediata de aquel individuo tan extraño. Alrededor del cuerpo sin vida se arremolinó un nutrido grupo de curiosos. Enseguida llegó la policía que, tras un primer reconocimiento, determinó que se trataba de un hombre de unos 30 años.
El atropello del hombre no hubiera tenido más relevancia si no fuese por el aspecto tan extraño del muerto. Sus ropas estaban anticuadas (del siglo XIX); llevaba un largo abrigo de color negro, unos zapatos puntiagudos con hebilla, un amplio sombrero a juego y unos pantalones estrechos, todo confeccionado con una tela gruesa, muy poco apropiada para esa época del año.
Más aún llamó la atención el inusual contenido en los bolsillos del hombre. Cuando la policía extrajo sus objetos personales encontraron tarjetas de visita a nombre de Rudolf Fenz. También llevaba unos recibos que hacían referencia a una suma entregada por la manutención de unos caballos y un carruaje, billetes y monedas en perfecto estado pero fuera de circulación, y una carta dirigida al mismo nombre, Rudolf Fenz, con matasellos de junio de 1876.
La Oficina de Desaparecidos del Estado de Nueva York se encargó de investigar la identidad del fallecido y encontrar a sus familiares. Así comenzaron buscando emigrantes de origen europeo que tuviesen Fenz por apellido, pero estas investigaciones no dieron ninguna pista. Nadie conocía a Rudolf Fenz y en la guía telefónica tampoco figuraba su nombre. Además no aparecía en los registros de los seguros médicos. Parecía como si aquel hombre no existiese.
Cuando ya lo daban todo por perdido, alguien encontró un número de teléfono en un listín telefónico del año 1939 en el que figuraba el nombre de Rudolf Fenz Junior.
Los investigadores se pusieron en contacto con esta dirección, donde encontraron a la viuda de Rudolf Fenz Jr, que resultó ser hijo de Rudolf Fenz, un hombre que había desaparecido después de trabajar durante muchos años en un banco. La viuda comentó que su suegro había desaparecido misteriosamente en la primavera de 1876, cuando salió a dar un paseo por el campo, mientras fumaba un cigarro, pues en su casa no podía hacerlo porque su mujer no se lo permitía.
Los investigadores respiraron aliviados tras escuchar estas declaraciones y después de consultar la lista de desaparecidos del año 1876, donde figuraba la denuncia de la familia, que buscaba el paradero de Rudolf Fenz, de 29 años de edad. Según el informe, la descripción de la ropa del desaparecido en el siglo XIX coincidía con la del atropellado, incluso había una pequeña fotografía que confirmaba que era el mismo hombre que sufrió el trágico accidente.
Ésta es la historia de Rudolf Fenz que, por alguna razón desconocida, realizó un viaje de 74 años en el tiempo. Tal vez cruzó la barrera entre dos universos y se encontró en un mundo paralelo al suyo, o fue víctima de una abducción. Sea lo que sea, no deja de ser una historia fascinante.

Al final es cuando llegan las preguntas: ¿qué le pudo pasar a este hombre? ¿por qué no había envejecido? ¿habría viajado en el tiempo reapareciendo, tiempo después, en un futuro que no era el suyo?
Hubiera sido interesante tener una conversación con él si no hubiera perdido la vida tan rápidamente. Es posible que tuviera muchas cosas que enseñarnos, como nosotros podríamos explicarle todo lo que había cambiado el mundo en su ausencia.
Hay tantos enigmas que no tienen explicación por ahí...

Niebla


Salí de madrugada porque no puedo desayunar café solo. Sin apenas darme cuenta se había acabado la leche y si me paraba a pensarlo amanecería el día sin leche para el desayuno. No me acordé del miedo que me da salir sola una noche entre semana. No me paré a reflexionar si era buena idea caminar esos diez minutos hasta el 24 horas sólo para comprar un cartón de leche. Me puse el abrigo y salí.
Curiosamente no era una noche normal. Había gente que volvía (imagino) a casa tras pasar unas horas de fiesta. Los estudiantes apuramos los últimos días del año en la ciudad, pues cuando volvamos ya será 2007. No soy amiga de salir entre semana, aunque a veces lo hago.
La niebla empañaba las calles. La niebla... ¡cuántas cosas nos pueden venir a la mente con tan sólo una palabra! Hace unos años pensaba en una palabra y escribía sobre folios azules todo lo que me venía a la mente. Niebla... Una película de miedo, donde los efectos de la niebla causan una sensación más pavorosa. O aquel famoso libro de Unamuno donde el autor terminaba formando parte de la trama. No hablaré de la serie de Heidi ni recuerdo ya cómo era la niebla de esta noche. Pues al pensar en mi salida nocturna me viene a la mente el día luminoso que hacía en Salamanca. Al mediodía, hablaba por teléfono en un bar cuando tuve que salir a la calle. Era un cielo azul y despejado, lucía el sol. Sólo el frío que penetró en mis huesos en cuestión de minutos me recordó que estábamos en invierno.
Entre las brumas de Gran Vía se escuchaba la música lejana de algún bar. Era la noche, una noche invernal en su máximo esplendor.

miércoles, diciembre 13, 2006

Como volcanes


Cuando nos enfadamos con alguien, en cierto modo, las personas nos parecemos a un volcán. Pueden pasar siglos hasta que terminan explotando o quizás sólo unos minutos. Quizás no estalle nunca o quizás no pare de escupir y se lleve todo por delante.
Por lo general, hasta que el volcán termina estallando, en su vientre van acumulándose pequeñas explosiones que no van mucho más allá. El volcán ruge y apenas nos damos cuenta.
Y simplemente un día la marea de alguien te pilla a ti, porque ha estallado de repente y te quemas.

Hoy me he enfadado con una persona. La explosión ha cuajado rápidamente, tanto que cuando el volcán ha explotado me ha pillado desprevenida. Tengo ganas de meterme a la cama, taparme hasta arriba y esperar a que pase la tempestad.

martes, diciembre 12, 2006

Des cimetières parisiens

Ava Inferi: The wings of emptiness

Cuando visité la ciudad de la luz tuve oportunidad de visitar dos cementerios célebres por quienes están enterrados allí. Son cementerios diferentes a como son en nuestro país, con tumbas y losas apelotonadas sin un orden definido, semejando un caos inaudito. A simple vista, cuando ves las calles de los cementerios piensas que es imposible no encontrar algo, porque el mapa parece que está bien explicado. Otra cosa es entrar dentro.
Así un día, tras abandonar el cercanías, me encontré frente al grueso muro del cementerio Père Lachaise. No imaginaba que encontrar la tumba de Jim Morrison me iba a llevar dos horas. Es imprescindible, si se va a París, visitar este cementerio. ¿Por qué? Porque allí están los últimos restos de celebridades como Oscar Wilde, Honoré de Balzac, Victor Hugo, Marcel Proust, La Fontaine, Molière, Camille Pisarro, Géricault, Délacroix, Jacques-Louis David, Isadora Duncan, Benjamin Constant, Maria Callas...
Eso sí, para encontrar cada tumba es necesario pasar un día como mínimo allí. Yo sólo quería ver la de Jim Morrison. Y la encontré, casi por casualidad. Me decepcionó un poco, quizás porque me esperaba algo más grandioso.

Cuando la encontré estaba tan cansada de pasear entre tumbas que no quise ver más. ¿Cómo podía saber que ese mismo día me iba a encontrar de nuevo en otro cementerio del mismo estilo? El cementerio de Montparnasse está algo más organizado y también cuenta con numerosas tumbas de gente famosa.



El cementerio de Montparnasse no está a las afueras de París como suelen estar en la gran mayoría de las ciudades los camposantos. Está rodeado de edificios inmensos, muy modernos y brillantes. Es un mar de contrastes: las viejas tumbas carcomidas por el tiempo y reverdecidas por el moho frente a las cristaleras de oficinas impersonales.
La torre de Montparnasse es el edificio más característico de la zona, que con su altura se deja ver por encima de las esculturas que claman al cielo, esculturas tristes, silenciosas, diciendo un adiós o igual sólo desean dulces sueños a todos aquellos que descansan allí para siempre.
Son muchas tumbas las que no llegué ni siquiera a encontrar: Guy de Maupassant, Julio Cortázar, Marguerite Duras y otras que no recuerdo ahora. Aquella tarde entre aires de otro mundo, rodeada del silencio más inaudito, caminando entre mármoles perfectos y piedras enmohecidas, aquel paseo fue, en definitiva, muy placentero.


Junto a la entrada principal y ubicada junto al muro de la parte derecha se encuentra la tumba de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Es fácil encontrarla.

Sin embargo, más costosa fue encontrar la tumba de Charles Baudelaire, carcomida por el tiempo, pero siempre con flores frescas sobre la fría losa.


Adosado junto a otro muro se encuentra el cenotafio de Baudelaire. Impresiona la escultura de ese pensador con la mirada perdida y, sobre todo, el cuerpo yacente en la parte de abajo.

Pero si algo impresiona entre las tumbas es esa escultura que sobresale de la losa de Charles Sainte-Beuve. La tumba es antigua pero los rasgos clásicos de esa piedra son atrayentes.

No son famosos pero llama la atención por esos rasgos modernistas. La tumba de una familia que descansa eternamente en la dura cama de piedra.

Una tumba sencilla y moderna la de la familia del creador de los automóviles Citroën.

La vista del cementerio desde el cielo... De nuevo se ve el contraste entre lo antiguo y lo nuevo, entre los vivos y los muertos... Entre el ruido, el movimiento y la actividad de una de las ciudades más bellas del mundo disfrutan ellos de su descanso.
Las vistas de París desde la torre de Montparnasse son impresionantes.

Para ampliar: Cementerio Montparnasse: tumbas célebres

domingo, diciembre 10, 2006

Montar una estantería

Hace unos meses, en septiembre concretamente, me compré una estantería que me aseguraron que era fácil de montar. Le pregunté a la persona que me atendió si las tablas tenían los agujeros hechos y me dijo que sí.
La sorpresa fue mayúscula cuando quité los envoltorios y me puse manos a la obra. Las tablas no tenían agujeros y me tocó hacerlos. Recuerdo que me salieron ampollas en las palmas de las manos y los tornillos debieron entrar torcidos. Porque el resultado es que casi se me cae encima.
Está ya vacía. Me da pereza montarla. Ahora que la veo así me he dado cuenta de que estaba desviadísima.

Es como un dolor extraño


Tan extraño y llevadero que me resulta una carga. Es algo que quieres coger y no llegas a alcanzar. Me pregunto qué será de mañana, o quizás qué será de él.
Y sé que mañana le veré y no me acordaré de este dolor que me invade desde hace un rato.

viernes, diciembre 08, 2006

El Hombre-Pez de Liérganes


Es famosa en Cantabria la leyenda del siglo XVII acerca del Hombre-Pez de Liérganes. Eruditos de la época se expresaron acerca de tan prodigioso acontecimiento.
El padre Feijoo, en su Teatro Crítico Universal, cree en la veracidad de la historia, mientras Gregorio Marañón critica la famosa leyenda alegando que el joven estaba aquejado de múltiples enfermedades.
Sí es cierto que existió Francisco de la Vega Casar, que parece ser el nombre verdadero de tan extraño ser. Nació en Liérganes (Cantabria) donde desde muy pequeño demostró unas habilidades natatorias inusuales. Siempre que podía se escapaba al río Miera, que pasa por su villa natal, y se zambullía en sus oscuras aguas. Cuando contaba con 16 años, el joven se fue a aprender el oficio de carpintero a Las Arenas (Vizcaya). Una tarde salió de la carpintería para no regresar más. Esa tarde se tiró a las frías aguas de la ría de Bilbao pero no volvió más.
La gente que le conocía y sabiendo lo buen nadador que era nunca perdió la esperanza de que estaría pronto de vuelta, pero Francisco no regresó. Cuando la noticia llegó a Liérganes su familia lloró su pérdida, pensando que se habría ahogado y, aunque buscaron el cadáver por las playas y acantilados cercanos, nunca lo encontraron.
Cinco años después, un extraño y monstruoso ser se dejó ver en la bahía de Cádiz. La gente que faneaba en el puerto gaditano al principio sintió pánico, luego curiosidad, y dejándole alimento, consiguieron atraerle hasta la costa, donde le atraparon.
El ser que tenían los andaluces ante sí había desarrollado escamas a lo largo de su pecho y espalda. Era un gigante pez monstruoso que no paraba de gruñir. Le encerraron e intentaron hacerle hablar, pero los sonidos que salían de su boca eran ininteligibles. Un día llegó a decir algo comprensible: "Liérganes". Entonces comienzan a investigar y se descubrió que el ser tan extraño que tenían delante era el muchacho desaparecido en el mar Cantábrico cinco años antes.
Le llevaron a su casa, donde su familia lo reconoció enseguida. Jamás conseguiría después comunicarse con la gente. Estaba vigilado las 24 horas. Un día consiguió liberarse y se zambulló en el mar para siempre. Nada más se supo de él.

jueves, diciembre 07, 2006

La peor pesadilla


A mi madre siempre le sorprendía que cuando veía una película de terror mi semblante nunca se alterara, que no me asustara y que incluso me riera de los gritos de mis hermanos, así que siempre me dejaba ver películas de miedo. Entonces me hice adicta a Alfred Hitchcock.
Cuando era pequeña mis películas favoritas eran las de "Psicosis". Pero un día vi una película que me provocó la peor pesadilla infantil. No recuerdo el título aunque juraría que era también de Alfred Hitchcock. Una mujer era enterrada viva. Esa imagen me la llevé a la cama. Varias horas después me desperté sudando y gritando porque había soñado que me enterraban viva y no podía salir. Me entró claustrofobia. A partir de ahí pasaron varios años para que volviera a ver una película de miedo. Me gustaría saber qué película es. Todavía tengo la imagen grabada en mi retina y nunca me he puesto a buscarla. Me molaría volver a verla, seguro que me reiría de mis temores infantiles.

"El puente de San Luis Rey"


Perú, siglo XVIII. Fray Junípero (Gabriel Byrne) es juzgado por el Tribunal de la Santa Inquisición peruano por la publicación de un libro considerado herético. En ese libro cuenta cómo fueron las vidas de las cinco personas que cayeron al abismo cuando las lianas del puente de San Luis Rey se rompieron justamente en el momento que cruzaban, y el franciscano intenta explicar por qué Dios intentó llevarse a esas personas y no a otras.
La marquesa de Montemayor (Kathy Bates) es una excéntrica mujer que vive sola intentando que su hija corresponda a su amor. La joven ha puesto tierra de por medio y es una condesa admirada en la Corte española. Desprecia a su madre y ni siquiera le escribe cartas.

El arzobispo de Lima (Robert de Niro) piensa que el origen de la locura inoportuna de la marquesa es esa vida solitaria que lleva, así que se dirige a un convento de novicias donde le pide a la abadesa (Geraldine Chaplin) compañía para la anciana acaudalada. Así que la abadesa despide temporalmente a la joven Pepita (Adriana Domínguez) para que descubra las costumbres mundanas junto a la marquesa. Y la novicia será la hija que la aristócrata nunca tuvo porque de ella recibirá el amor, el cariño y el cuidado que nunca recibió de su verdadera hija.

"La Perricholi" (Pilar López de Ayala) es la actriz más afamada y mejor pagada de Lima. La belleza y el talento de la joven llenan los teatros. Su maestro y admirador, el tío Pío (Harvey Keitel) cuida de ella, aunque no aprueba sus efímeros romances, hasta que aparece en escena el virrey del Perú (F. Murray Abraham), de quien necesitan su dinero y su apoyo. Los encantos de la actriz seducirán al virrey y terminan convirtiéndose en amantes. "La Perricholi" se queda embarazada y deja los escenarios, retirándose a un balneario donde pasará unos meses hasta que dé a luz.

Del convento habían salido dos hermanos gemelos, Esteban y Manuel, dos huérfanos a quienes las monjas les dieron una educación. Se comunican con un lenguaje secreto que nadie más conoce. La abadesa ve peligrar la virtud de sus novicias y decide sacarlos del convento y ponerlos a cargo del arzobispo. Éste es conocedor de su lenguaje secreto y les pide que se lo cuenten, pero ellos no hablan con nadie. Terminan trabajando en el teatro a las órdenes de "La Perricholi". Manuel le escribe las cartas, pero se atormenta con cada legajo que la actriz envía a sus amantes pues está enamorado de ella. Un día decide no seguir escribiéndole más misivas y los dos hermanos terminan huyendo del teatro. Se presentan en el puerto como estibadores y se pondrán a las órdenes del capitán Alvarado (John Lynch). Al amanecer, mientras cargan un barco, Manuel tiene un accidente que le produce un profundo corte en una pierna. Esteban le cuida pero cuando va a llamar al médico ya es tarde. Manuel muere y una parte de Esteban se va con él. Vuelve a las puertas del convento y la abadesa se da cuenta de la tristeza del muchacho, así que manda un mensaje urgente al capitán del barco. Cuando Esteban se cuelga de la cuerda con el fin de quitarse la vida, el capitán Alvarado entra en la estancia y le salva la vida. Le cuenta la historia de su hija, una hija que perdió, por eso va por todos los mares buscándola. Le trata con un afecto tal como podrían tenerlo un padre y un hijo y le propone ir con él por los mares.

Un foco de viruela se va extendiendo por Lima y la gente recoge sus escasas pertenencias y sale de la ciudad en busca de un lugar que no alcance la plaga. Una de las afectadas por la enfermedad es la actriz, que vive en un rancho alejado del mundo. En ese momento el tío Pío va a buscarla y le pide que le deje al niño a su cargo, que le educará y será su maestro en Lima. La actriz acepta.
El capitán Alvarado decide llevarse al joven Esteban con él por las tierras peruanas y la marquesa se va de peregrinación para que su hija, de la que acaba de tener noticias, tenga un buen parto.
Todos coinciden en el mismo momento en el puente de San Luis Rey, pero sólo cinco lo cruzan, y sólo esos cinco fallecen. "Dios lo dispuso así" -comentaría fray Junípero.


Es una historia de amor, de los diferentes modos de amar de las personas, de cómo los desastres o las pérdidas nos unen hacia otras personas que jamás imaginábamos. La novela homónima, de Thornton Wilder, ganó el Premio Pulitzer en 1928. Me la tendré que leer.

"Hay una tierra de los vivos y una tierra de los muertos. El puente entre ellas es el amor. Sólo él sobrevive y tiene sentido".

miércoles, diciembre 06, 2006

El portugués


Sólo he estado dos veces en Portugal. La primera vez me apunté a una excursión optativa, simplemente por el hecho de decir que había estado en el país luso. El viaje consistió en ir de madrugada a Coimbra y volver al atardecer del día siguiente. Como salíamos desde Salamanca el viaje no nos dejaría hechas polvo. Lo que en cambio te deja para el arrastre es salir de fiesta y coger el autobús sin haber dormido nada, llegar con el tiempo justo para darte una ducha, llenar una mochila con todo lo que puedes necesitar (que no faltara la cámara, por supuesto) y buscar el autobús. Afortunadamente yo no fui la única que iba en un estado de semiinconsciencia. Como tengo manía a dormir en los autobuses no pegué ojo hasta llegar a la magnífica ciudad universitaria portuguesa, magnífica porque en realidad es una ciudad que llama la atención, tiene un ambiente joven inmenso y tiene lugares que son dignos de mencionar. Tendrá que ser en otra ocasión porque hoy no voy a hablar de Coimbra, sino de la capital.

En plena desembocadura de Tajo y con miras al Atlántico se encuentra enclavada la dulce Lisboa. No me imaginaba que en aquel segundo viaje a Portugal me iba a quedar tan encandilada con la ciudad. Quizás es que no iba con buena disposición o no me motivaba mucho el viaje. Y es posible que por eso mismo me gustara. No llegamos a ver los recintos de la Exposición Universal por falta de tiempo, pues fuimos a tope, y tampoco pensábamos que íbamos a conocer a dos compañeros de fin de semana que no nos dejarían pegar ojo ni de noche ni de día.
Cuando cogíamos el tren de vuelta en la estación de Santa Apolonia sólo se me ocurrió decirle a Maëlle, mi compañera de viaje que tantas veces me ha invitado a su ciudad natal, Marsella: "En Lisboa salen los hombres hasta por debajo de las piedras". Cosa bien cierta y que tuve ocasión de comprobar en el que se me hizo un corto fin de semana en la capital lusa.
El primer día, cuando aún caminábamos solas por las rúas lisboetas, se nos acercaron tíos por todos los lados. El dueño de una chupitería en el Bairro Alto (zona de bares) nos invitó a cientos de chupitos con el objetivo de que nunca nos fuéramos de su bar. Todos se nos acercaban con un trato afable y agradable. Curiosamente, el grupo de jóvenes que teníamos al lado en uno de esos bares eran catalanes y habían cogido una oferta aérea de fin de semana. Cuando regresábamos a la horrible pensión ubicada en el Rossio la primera noche fuimos abordadas por ocho o diez muchachos que bebían cachis de cerveza en la calle, y que nos ofrecieron con gusto. Es extraño que uno de aquellos chicos me regalara una foto suya de carnet que aún conservo (no recuerdo su nombre). Estuvimos poco tiempo hablando con ellos. Deseábamos marcharnos a dormir y enseguida nos despedimos y su invitación de ir a una discoteca para el día siguiente, en la zona donde estuvo la antigua Expo, quedó en el aire, aunque ellos nos marcaron en un plano la línea de metro que debíamos coger y dónde debíamos parar.
No fuimos porque no llegamos al metro. Es tan intensa la vida allí que apenas nos dimos cuenta de lo rápido que pasaba el tiempo. Esa noche nos limitamos a dejar que el río siguiera su curso, y así fue como conocí a Tiago. No recuerdo la zona donde estaba aquel antro de música reggae, decorado con banderas de Jamaica, ni siquiera recuerdo cómo se llamaba. Simplemente el destino nos llevó allí.
Fui a por una cerveza y entonces le vi. Su sonrisa era perfecta. Me quedé mirándole porque era guapo, llamaba la atención. Durante un momento no había nadie más allí, sólo él y yo, mirándonos fijamente. He de decir que hasta entonces a mí los portugueses me producían cierto rechazo. Y ese divo de la pista no podía ser más que español, al menos es lo que pensé en un principio: tez pálida, pelo negro, perilla de cuatro días, mirada profunda, sonrisa encantadora.
Sin saber que ya más tías le habían fichado antes que yo, me acerqué a él. Recuerdo que le pregunté si era español y me lo negó, aunque me hablaba en un perfecto castellano. Horas más tarde me enteré de que hablaba inglés, francés y español con un nivel bastante alto, además de su lengua materna. Cuando llevaba un rato hablando con él, se acercó una chica, que me miró con no muy buenos ojos. Se lo quería camelar también. Para colmo era navarra, así que hablé con ella y me saltó: "Es mío, yo lo vi antes". Y le contesté: "Será de quien se lo lleve". Evidentemente mis tácticas de ligue ya habían salido a flote y fui yo quien ganó el trofeo.
Ahora mucha gente me podría preguntar: "¿Dónde estaba Maëlle?". Y es que ya desde el anterior bar un brasileiro sin papeles se nos había acercado porque mi amiga francesa le había echado el ojo. Quizás gracias al brasileño, cuyo nombre no recuerdo, llegamos a ese bar, donde el 99% de los que había tenían la tez oscura y/o mulata.
Cuando vi que la pamplonica intentaba atraer la atención de Tiago me lo llevé a la pista, y con la mirada abarqué todo el bar, hasta que encontré a Maëlle enzarzada en un gran "abrazo" con el brasileño. Para eso tuve que subirme a un podio, mientras ya notaba mi hechizo sobre Tiago, que no me quitaba ojo.
Tras hacer presentaciones y ante la perspectiva de que aparecieran las de Navarra les dije que nos marcháramos de allí. Dicho y hecho. Aún en la puerta apareció la insistente chica que seguía luchando por alguien que ya tenía perdido de antemano. Tiago la despidió con cajas destempladas. Yo había comenzado a caminar y no quería mirar atrás. No podía meter la nariz en una elección que no era mía, aunque sabía en el fondo que Tiago sería mío esa noche. Esos cinco minutos se me hicieron larguísimos, al menos hasta que el portugués de la gran sonrisa apareció a mi lado y nos libramos, por fin, de la petarda navarra sedienta de falo portugués.

La siguiente parada fue el Kremlin, una célebre discoteca de Lisboa. La cola en la entrada era inmensa. Creo recordar que nos colamos. Una vez más fui la artista del camelo en cuanto me puse a hablar con el portero, un inmenso negro con anchas espaldas de hierro. No quiso entenderme en principio (debo decir que no sé portugués, y de ahí que hablara siempre en mi español más castizo), pero después le empecé a contar que era la primera vez que visitábamos Lisboa, que no nos podíamos perder la entrada a aquella famosa discoteca, etc. Mis palabras hicieron, una vez más, el efecto deseado. Y entramos los cuatro por la cara y sin esperar la larga fila.
El resto de la noche me lo guardo para mí. Recuerdo que ésa fue la primera vez que tuve una cámara de fotos Leika en mis manos. Tiago me confesó que era fotógrafo de profesión y que siempre llevaba su Leika consigo, aunque fuera más pesada que otras. La historia la paro aquí. Cada vez que pienso en Tiago me estremezco. Me gustaría volver a verle.