Sólo he estado dos veces en Portugal. La primera vez me apunté a una excursión optativa, simplemente por el hecho de decir que había estado en el país luso. El viaje consistió en ir de madrugada a Coimbra y volver al atardecer del día siguiente. Como salíamos desde Salamanca el viaje no nos dejaría hechas polvo. Lo que en cambio te deja para el arrastre es salir de fiesta y coger el autobús sin haber dormido nada, llegar con el tiempo justo para darte una ducha, llenar una mochila con todo lo que puedes necesitar (que no faltara la cámara, por supuesto) y buscar el autobús. Afortunadamente yo no fui la única que iba en un estado de semiinconsciencia. Como tengo manía a dormir en los autobuses no pegué ojo hasta llegar a la magnífica ciudad universitaria portuguesa, magnífica porque en realidad es una ciudad que llama la atención, tiene un ambiente joven inmenso y tiene lugares que son dignos de mencionar. Tendrá que ser en otra ocasión porque hoy no voy a hablar de Coimbra, sino de la capital.
En plena desembocadura de Tajo y con miras al Atlántico se encuentra enclavada la dulce Lisboa. No me imaginaba que en aquel segundo viaje a Portugal me iba a quedar tan encandilada con la ciudad. Quizás es que no iba con buena disposición o no me motivaba mucho el viaje. Y es posible que por eso mismo me gustara. No llegamos a ver los recintos de la Exposición Universal por falta de tiempo, pues fuimos a tope, y tampoco pensábamos que íbamos a conocer a dos compañeros de fin de semana que no nos dejarían pegar ojo ni de noche ni de día.
Cuando cogíamos el tren de vuelta en la estación de Santa Apolonia sólo se me ocurrió decirle a Maëlle, mi compañera de viaje que tantas veces me ha invitado a su ciudad natal, Marsella: "
En Lisboa salen los hombres hasta por debajo de las piedras". Cosa bien cierta y que tuve ocasión de comprobar en el que se me hizo un corto fin de semana en la capital lusa.
El primer día, cuando aún caminábamos solas por las rúas lisboetas, se nos acercaron tíos por todos los lados. El dueño de una chupitería en el
Bairro Alto (zona de bares) nos invitó a cientos de chupitos con el objetivo de que nunca nos fuéramos de su bar. Todos se nos acercaban con un trato afable y agradable. Curiosamente, el grupo de jóvenes que teníamos al lado en uno de esos bares eran catalanes y habían cogido una oferta aérea de fin de semana. Cuando regresábamos a la horrible pensión ubicada en el Rossio la primera noche fuimos abordadas por ocho o diez muchachos que bebían cachis de cerveza en la calle, y que nos ofrecieron con gusto. Es extraño que uno de aquellos chicos me regalara una foto suya de carnet que aún conservo (no recuerdo su nombre). Estuvimos poco tiempo hablando con ellos. Deseábamos marcharnos a dormir y enseguida nos despedimos y su invitación de ir a una discoteca para el día siguiente, en la zona donde estuvo la antigua Expo, quedó en el aire, aunque ellos nos marcaron en un plano la línea de metro que debíamos coger y dónde debíamos parar.
No fuimos porque no llegamos al metro. Es tan intensa la vida allí que apenas nos dimos cuenta de lo rápido que pasaba el tiempo. Esa noche nos limitamos a dejar que el río siguiera su curso, y así fue como conocí a Tiago. No recuerdo la zona donde estaba aquel antro de música reggae, decorado con banderas de Jamaica, ni siquiera recuerdo cómo se llamaba. Simplemente el destino nos llevó allí.
Fui a por una cerveza y entonces le vi. Su sonrisa era perfecta. Me quedé mirándole porque era guapo, llamaba la atención. Durante un momento no había nadie más allí, sólo él y yo, mirándonos fijamente. He de decir que hasta entonces a mí los portugueses me producían cierto rechazo. Y ese divo de la pista no podía ser más que español, al menos es lo que pensé en un principio: tez pálida, pelo negro, perilla de cuatro días, mirada profunda, sonrisa encantadora.
Sin saber que ya más tías le habían fichado antes que yo, me acerqué a él. Recuerdo que le pregunté si era español y me lo negó, aunque me hablaba en un perfecto castellano. Horas más tarde me enteré de que hablaba inglés, francés y español con un nivel bastante alto, además de su lengua materna. Cuando llevaba un rato hablando con él, se acercó una chica, que me miró con no muy buenos ojos. Se lo quería camelar también. Para colmo era navarra, así que hablé con ella y me saltó: "
Es mío, yo lo vi antes". Y le contesté: "
Será de quien se lo lleve". Evidentemente mis tácticas de ligue ya habían salido a flote y fui yo quien ganó el trofeo.
Ahora mucha gente me podría preguntar: "
¿Dónde estaba Maëlle?". Y es que ya desde el anterior bar un
brasileiro sin papeles se nos había acercado porque mi amiga francesa le había echado el ojo. Quizás gracias al brasileño, cuyo nombre no recuerdo, llegamos a ese bar, donde el 99% de los que había tenían la tez oscura y/o mulata.
Cuando vi que la pamplonica intentaba atraer la atención de Tiago me lo llevé a la pista, y con la mirada abarqué todo el bar, hasta que encontré a Maëlle enzarzada en un gran "abrazo" con el brasileño. Para eso tuve que subirme a un podio, mientras ya notaba mi hechizo sobre Tiago, que no me quitaba ojo.
Tras hacer presentaciones y ante la perspectiva de que aparecieran las de Navarra les dije que nos marcháramos de allí. Dicho y hecho. Aún en la puerta apareció la insistente chica que seguía luchando por alguien que ya tenía perdido de antemano. Tiago la despidió con cajas destempladas. Yo había comenzado a caminar y no quería mirar atrás. No podía meter la nariz en una elección que no era mía, aunque sabía en el fondo que Tiago sería mío esa noche. Esos cinco minutos se me hicieron larguísimos, al menos hasta que el portugués de la gran sonrisa apareció a mi lado y nos libramos, por fin, de la petarda navarra sedienta de falo portugués.

La siguiente parada fue el Kremlin, una célebre discoteca de Lisboa. La cola en la entrada era inmensa. Creo recordar que nos colamos. Una vez más fui la artista del camelo en cuanto me puse a hablar con el portero, un inmenso negro con anchas espaldas de hierro. No quiso entenderme en principio (debo decir que no sé portugués, y de ahí que hablara siempre en mi español más castizo), pero después le empecé a contar que era la primera vez que visitábamos Lisboa, que no nos podíamos perder la entrada a aquella famosa discoteca, etc. Mis palabras hicieron, una vez más, el efecto deseado. Y entramos los cuatro por la cara y sin esperar la larga fila.
El resto de la noche me lo guardo para mí. Recuerdo que ésa fue la primera vez que tuve una cámara de fotos Leika en mis manos. Tiago me confesó que era fotógrafo de profesión y que siempre llevaba su Leika consigo, aunque fuera más pesada que otras. La historia la paro aquí. Cada vez que pienso en Tiago me estremezco. Me gustaría volver a verle.