miércoles, mayo 24, 2006

Locura de día


Menuda mañanita que llevo. Recién tomado mi café de sobremesa, he decidido meter horas esta tarde como si me fuera la vida en ello. Tengo el ambiente de estudio perfecto. Estoy sola en casa porque una de mis compañeras de piso no está aquí y la otra está en la biblioteca. Odio las bibliotecas porque, aunque por una parte, el ambiente de estudio es relativamente alto: cuando ves a la gente a tu alrededor con la mirada posada en miles y miles de hojas enseguida metes la cabeza entre tus libros y apuntes. Pero así como es fácil ponerte a estudiar mirando alrededor tuyo también la desconcentración es mayor: cualquier ruido te saca de lo que estás haciendo, o si te pones a observar a la gente siempre encuentras alguna mirada que se cruza con la tuya... Un sinfín de cosas por las que odio ir a las bibliotecas. Aparte la gente que va a las bibliotecas suele presumir diciendo: "Soy mejor estudiante". Muchas veces me he encontrado con gente así. Mis amigas van en grupo pero sé que estudiarán la mitad del tiempo que si lo harían en casa. El peligro aumenta cuando vas con gente: que si un café, que si descanso a tal hora, que si un cigarrito... No, yo si alguna vez no puedo concentrarme aquí y debo ir a una biblioteca, iría sola, donde nadie pudiera encontrarme.
Sé que soy capaz de concentrarme como la que más. Es algo que aprendí del Colegio. Estudiábamos en salas comunes y por narices debías concentrarte. Nos cuidaban profesores para que el silencio fuera atroz. Y funcionaba. Si se oía un murmullo, las personas que hablaban inmediatamente eran expulsadas a otras aulas (por supuesto diferentes). Pero donde esté la tranquilidad de estar sola en casa sin que nadie te moleste...
Seguro que hay mucha gente que va a las bibliotecas por obligación, porque no puede estudiar en casa o quizás porque allí tiene libros de consulta a mano... Pero para mí es un lugar de encuentro y ligue más.
Aquí hay una biblioteca que abre por las noches. Se llama Libreros pero por la profusión de minifaldas y maquillaje y parejitas que salen de la misma se le ha terminado llamando "Ligueros". Algunas veces en el pasado fui a ella. No iba durante el día, sino por la noche porque era un lugar muy tranquilo para ejercitar la mente. Hay menos gente que por el día y por la noche no van a pasar el tiempo sino a estudiar de verdad. No te estás cientos de noches sin dormir para ir a una biblioteca en las horas nocturnas y perder el tiempo...
También iba a otra biblioteca, aparte de las salas de estudio en mi facultad, alguna tarde. Más bien, cuando tenía alguna hora libre entre clase y clase. Iba a la biblioteca de Ciencias que me pillaba a cinco minutos pero porque allí pasaba horas interminables mi último ex-novio, futuro informático que no aprobaba ninguna. Iba para estar con él, aunque terminaba estudiando mis primeros vocablos en alemán. Y cuando me concentraba ni siquiera me enteraba que era hora de marcharse hasta que miraba enfrente y veía al otro poniéndose el abrigo y haciéndome señas de que estaban a punto de cerrar.
Las mesas inmensas de la Abraham Zacut me gustaban más que los pupitres individuales de Libreros, donde no podría extender mi variopinto abanico de hojas, libros y diccionarios.
Un día dejé de ir a bibliotecas. Ahora mi casa pilla a cinco minutos de la facultad.
Dejando de lado estas catedrales del estudio, también me gustaría hablar de los cumpleaños que se acumulan. Me darían ganas de coger a los padres de toda esta gente que ha nacido a finales de mayo (incluidos los míos, pues mi hermano cumple el domingo) y decirles que podrían haber pensado en poner la semillita en invierno en vez de verano. O al menos haber dejado unos intervalos más amplios.
Resulta que esta mañana he ido, por segunda vez en cuatro días, a comprar regalos. Me he recorrido unas cuantas tiendas y después de mucho mirar y mirar he llegado a Sipecusa. Allí había bastantes cosas que han llamado mi atención: los peluches gigantes, los bolsos de colores, las chancletas veraniegas y toda una parafernalia multicolor ante mis ojos. Entre ese grandísimo arco iris me han llamado la atención las cajas que tenían preparadas para tirar al contenedor. Y me hace gracia, que yo iba a comprar regalos, pero quiero cajas en vistas de mi próxima mudanza a mitad de junio. Así que he decidido coger el primer regalo: un perro de peluche gigante que abultaba más que yo. A medida que me acercaba al mostrador he visto objetos que podrían servir para mis otras expectativas cumpleañeras. Y cargadísima como iba he empezado a decir que me lo envolvieran todo por separado. Les he dicho si me podía llevar cajas y así, con una caja abierta, varias más en su interior plegadas y bolsas de regalos dentro, me he recorrido media ciudad, con un sol inmenso que me deshidrataba a cada paso. Mis brazos empezaban a crucificarme porque deseaban cambiar de posición. Llegar a casa ha sido toda una odisea, y más cuando mi objeto de visión estaba parcialmente tapado por el inmenso bulto que llevaba en los brazos. He tenido que hacer paradas, sobre todo al final de una cuesta. Pero ha merecido la pena.
Cuando he llegado a mi casa, los brazos me temblaban tanto que no podía coger nada. Después de sacar la botella de agua del frigo y servirme un vaso de agua, me ha costado horrores llevármelo a la boca, pues mis brazos destilaban un inusual movimiento parkinsoniano que me ha hecho luchar, y temblando por eso y por el hecho de que no consiguiera tener la suficiente fuerza como para agarrar el vaso sin que se me cayera... por fin he saciado mi sed.
Después de varias horas, los brazos me siguen temblando, algo menos, pero parece que todavía no tendré tics pre-parkinson en los brazos...
Mañana, una de esas cajas irá destinada a Correos para mandar mi regalo a mi hermano. Me pregunto si aguantarán mis miembros superiores, o por el contrario debo atar una cuerda y llevarlo como si fuera la bolsa de la compra, intercambiándola de vez en cuando de mano... Menos mal que Correos está cerca.
Después de todo esto mejor será que me vaya marchando. Ahora que es buena hora para comenzar a estudiar.

Te veo en cada estrella


Y por la noche, cuando miro al firmamento, sólo te veo a ti.
Te veo en cada estrella. Desde ahí arriba me miras y me sonríes. Y te siento más cerca. Me acaricias con tu brillo y cierro los ojos deteniendo ese instante, deseando que no acabe nunca. Me gusta esta sensación, el saber que estás ahí, que me proteges y que cuidas de mí...
Y me encanta que seas mi ángel de la guarda. Espero que siempre brilles con esa luz propia que te caracteriza, espero que nunca se apague, porque entonces se apagará para mí también.
Y deseo de todo corazón que seas siempre mi estrella preferida, que brilles más que ninguna otra.
Seguiré mirando al cielo y seguiré buscándote en la inmensidad. Y siempre te encontraré.

martes, mayo 23, 2006

Dionisos o Baco

CARAVAGGIO, Baco (1597)

La leyenda del nacimiento de Dionisos es muy interesante. Su madre era Sémele y amada por Zeus, se quedó encinta. La celosa Hera, sugirió a la infeliz Sémele que se empeñase en ver a su amado Zeus en toda su grandeza y esplendor, en la plenitud de su gloria, tal como se mostraba en presencia de su esposa cuando le manifestaba su amor. Y como Zeus le había prometido a Sémele que le concedería todo cuanto pidiese, no tuvo más remedio que mostrarse a la ninfa amante rodeado de su atmósfera de rayos y truenos. La pobre Sémele ardió viva y murió abrasada, pero el hijo que llevaba en su seno fue salvado por Zeus, quien lo encerró en su propio seno.

Transcurrido el tiempo, Dionisos vino al mundo del muslo de su padre, perfectamente vivo y formado. Zeus se lo confió a Hermes, y éste lo dejó en manos de Atamas, rey de Orchómenos, y de su mujer Ino, para que lo criasen. Les aconsejó que le vistieran como si fuera una niña, para despistar a Hera y librarle de su celosa cólera. La diosa descubrió el ardid y volvió locos a Atamas e Ino.
Entonces Zeus llevó a su hijo Dionisos fuera de Grecia, al país llamado Nisa, y se lo confió a las ninfas. Para impedir que su mujer Hera lo reconociese, lo transformó en un cabritillo. Las ninfas que le criaron se convirtieron después, como recompensa, en las siete estrellas de la constelación Hiades.
VELÁZQUEZ, Los Borrachos o el Triunfo de Baco
Dionisos era el dios de la viña, del vino y del delirio báquico, delicado eufemismo para expresar discretamente los efectos de la embriaguez en la que incurrían sus adoradoras o sacerdotisas (menades o bacantes y tiiades) a fuerza de empinar el codo.
Se cuenta que Dionisos un día encontró una delicada planta que le gustó. Apenas tenía unos pujantes brotes verdes. No había ni pámpanos ni racimos. Como vio que era una planta pequeña y frágil no se le ocurrió para protegerla más que meterla en un hueso de pájaro. Y el débil tallo no tardó en crecer y el dios le tuvo que cambiar y meterlo en un hueso de león. Como la planta seguía creciendo la acomodó en un fémur de asno y allí fue donde la planta, ya madura, dio fruto: la uva. Dionisos no tardó en descubrir la forma de transformarla en vino. Aquel maravilloso licor da a los seres que lo beben las cualidades especiales de los sitios donde la planta se había criado: alegría fuerza y estupidez. A partir de entonces todo el que bebe en exceso adquiere las dos primeras: momentáneamente disfruta de una alegría de pájaro y de la audacia y fuerza del león. Y al que abusa le aguardan la debilidad y el embrutecimiento, convirtiéndose en un asno.
PRAXÍTELES, Hermes sosteniento a Dionisos niño (350 d. C.)
CARAVAGGIO, Baco enfermo
Otra leyenda narra que un día Dionisos fue raptado por unos piratas que navegaban cerca de la costa. El piloto reconoció al dios y aconsejó a sus compañeros que lo soltaran si querían evitar grandes males. Pero los piratas se rieron. Entonces Dionisos hizo correr por la cubierta de la nave olas de un vino exquisito que exhalaba un olor embriagador. Después una viña trepó y se enroscó en el mástil y empezó a invadirlo todo con sus ramas. Los piratas se dieron cuenta de que el piloto tenía razón y le instaron a devolver al dios a la costa. Pero Dionisos se transformó en un león y creó una osa con la que sembró el espanto. El león saltó sobre el capitán y los demás, para huir, se tiraron al mar, donde el dios les transformó en delfines. Dionisos salvó al piloto por haber reconocido su naturaleza divina.
TIZIANO, Baco y Ariadna
En otra ocasión, Dionisos encontró en la isla de Naxos a la hermosa Ariadna, abandonada allí por Teseo. La joven se encontraba durmiendo en la playa, ignorando aún su desgracia, cuando la vio Dionisos, que se enamoró de ella y la convertiría en su esposa. Dionisos obtuvo de Zeus el don de la inmortalidad para Ariadna. Tuvieron un hijo que se llamó Estófilo. Fue pastor y, habiendo notado que una de sus cabras llegaba al redil más tarde que las demás y siempre alegre y saltando, la siguió un día y la encontró comiendo uvas, lo que le inspiró la idea de escanciar vino con esa fruta.
HANS VON AACHEN, Baco, Ceres y Cupido
Estófilo tuvo un hijo llamado Anio, que fue rey de Delos y gran sacerdote de Apolo. Éste tuvo tres hijas, a las que Dionisos les dio varios dones. Ocno (“oinos”: vino) transformaba en vino todo cuanto tocaba, Esper (“sperma”: simiente, grano) lo trocaba todo en trigo, y Elaía (“elaía”: olivo) lo convertía en aceite.
Cuando Agamenón acudió a Troya, quiso obligar a las tres hermanas a que fuesen con él, pues llevándolas consigo no necesitaba provisiones para el ejército. Ellas acudieron a Dionisos, que las transformó en palomas para que escaparan.
ADRIAEN VAN NIEULAND, Triunfo de Baco y Selene (1658)
Los romanos, al adoptar al Dionisos griego, modificaron su segundo nombre Bakchos (Bachus, en latín) y lo transformaron en “Bacchus” o Baco. Después se introdujeron en Roma las bacanales, que eran tan escandalosas que el Senado tuvo que prohibirlas en el año 186 a. C.

MIGUEL ÁNGEL, Triunfo de Baco y Selene, Capilla Sixtina

Contra la seducción


No os dejéis seducir:
no hay retorno alguno.
El día está a las puertas,
hay ya viento nocturno:
no vendrá otra mañana.

No os dejéis engañar
con que la vida es poco.
Bebedla a grandes tragos
porque no os bastará
cuando hayáis de perderla.

No os dejéis consolar.
Vuestro tiempo no es mucho.
El lodo, a los podridos.
La vida es lo más grande:
perderla es perder todo.

BERTOLT BRECHT

Una palabra tuya


Una palabra tuya es capaz de sacarme una sonrisa para todo el día. Es como si me dieran un aliento y un ánimo especial.
Aunque estés muy lejos, aunque apenas podamos hablar... te siento aquí al lado. Y si realmente estuvieras aquí sé que te abrazaría y no te soltaría. Porque a veces estoy sedienta de tu abrazo. Quizás es lo que más necesito en estos momentos: un abrazo tuyo.
Me gusta que me sorprendas, que me digas algo cuando menos me lo espero. Y bueno, te echo de menos.

Hefaistos o Vulcano

RUBENS, Hefaistos forjando los rayos de Júpiter
Desde su nacimiento a Hefaistos se le asocia con el fuego. Su primera fragua la tenía debajo del mar. Tenía una particularidad: era cojo de los dos pies, que tenía torcidos y disminuidos de tamaño. Esta cojera hacía que su forma de andar fuera cómica y los dioses se burlaban de ello.
FRANCOIS BOUCHER, La visita de Venus a Vulcano (siglo XVIII)
La Ilíada dice que Hefaistos era hijo de Zeus y de Hera. Pero Hesíodo afirma que Hera le engendró por sí sola, por despecho, a causa de nacer Afrodita de Zeus sin su intervención.
Respecto a la cojera de Hefaistos existen varias versiones. Una dice que un día en que Hefaistos defendió a su madre en un altercado entre Zeus y Hera, y el padre de los dioses cogió a su hijo por un pie, lo lanzó al espacio y fue a parar a Lemos, donde lo recogieron casi exánime. Otra versión dice que fue Hera, nada más haberle parido, quien al verle tan feo y deforme, lo lanzó al espacio con intención de deshacerse de él. Pero el dios cayó en el mar, donde Tetis y Eurinome le recogieron. Le condujeron a una cueva submarina, donde durante nueve años se dedicó a fabricar joyas admirables para sus protectoras, a las que siempre estuvo muy agradecido.
FRANCOIS BOUCHER, Venus y Marte sorprendidos por Vulcano
Un día fabricó en su gruta del fondo del mar un maravilloso trono de oro, que envió como regalo a Hera, su vanidosa madre. Ella, encantada con el obsequio, se sentó en él. Y nada más que lo hubo hecho quedó prisionera, de tal manera que no podía moverse. Todos los dioses acudieron en su auxilio, pero no consiguieron liberarla. Entonces Zeus llamó a su hijo. Pero Hefaistos no respondió a las llamadas. Dionisos rondaba por allí. Bajó a la fragua, emborrachó a Hefaistos y le condujo al Olimpo para que sacara a su madre del trono de oro. A partir de entonces, Hefaistos se reconcilió con su madre y se quedó con los dioses.
VELÁZQUEZ, La fragua de Vulcano
A pesar de su deformidad, a Hefaistos no le faltaron las mujeres hermosas. Ya es sabido que fue esposo de Afrodita. Fue esposa suya también Charis, la Gracia por excelencia. Tuvo como amante a Aglaia, la mayor de las Charites, que era la “brillante” personificación de los rayos de la Aurora. Se habla de una aventura amorosa con Atenea. Se le atribuye además otra esposa, Kabeiro, con la que tuvo a los Kabires y Kabirides, divinidades misteriosas, tres de cada clase.
Hefaistos también tuvo mucha descendencia. Son hijos suyos los Erichtonios; Palaimón, nacido de su esperma lanzada a tierra por Atenea y que también fue uno de los Argonautas; Ardalos, el escultor legendario que heredó de su padre la habilidad manual. Además intervino en el nacimiento de Atenea, al abrir la frente de Zeus de un hachazo. Y modeló con agua y arcilla a Pandora, la primera mujer, y tras darle forma, le infundió vida y voz, por orden de Zeus.
PIERO DI COSIMO, El hallazgo de Vulcano en Lemnos
El taller de Hefaistos estaba al principio en el fondo del mar. Luego se instaló en el enorme volcán Etna, en Sicilia, donde trabajaba con los Cíclopes hasta que Apolo los mató. De la fragua de Hefaistos no sólo salían obras maravillosas y raras, sino también otras dotadas de movimiento y vida.
Vulcano era el dios del fuego que se asimiló con el Hefaistos griego.

PIERO DI COSIMO, Vulcano y Eolo

Ares o Marte

El dios bélico por excelencia era hijo de Zeus y de Hera. Era un joven tan revoltoso, bárbaro y cruel que todos los dioses le odiaban. Se cuenta que anteriormente había sido el dios de la tempestad, pero es conocido como el dios de la guerra, por lo que ésta tiene de bestial, implacable, feroz e inhumana. Guerrero ante todo y sobre todo, Ares gozaba al impulsar a los hombres a la lucha, ayudado por la terrible Belona o Enio, que unos dicen que fue su hermana y otros su esposa. Además de esta mujer, el dios de la guerra iba siempre acompañado de sus hijos Deimos (el Espanto) y Fobos (el Terror), de Eris (la Discordia) y de una multitud de demonios, que le servían de escuderos, caballerizos y servidores.
BOTTICELLI, Venus y Marte (1483)
Resulta curioso observar que, pese a ser el dios de la guerra y las batallas, en sus leyendas guerreras casi siempre era vencido. Le venció Atenea, le venció Hércules, le vencieron los Alodai y hasta hombres, como Diomedes. Oto y el fornido Efialtes, hijos de Alodai, se apoderaron de Ares en una tremenda lucha. Le tuvieron trece meses atado con fuertes cadenas en una tinaja de bronce, y allí hubiera perecido si su madrastra, la bella Eribea, no hubiera tomado partido hablando con Hermes, quien furtivamente salvó de su prisión al dios de la guerra.
JACQUES-LOUIS DAVID, Marte desarmado por Venus y las Tres Gracias
Otro episodio famoso es el que aconteció a Ares con el herrero divino. Zeus le había dado por esposa al feo Hefaistos a Afrodita, cuando todos los dioses estaban enamorados de ella. El matrimonio no era feliz, y Afrodita se entregaba a Ares siempre que quería, burlándose del sucio y feo marido. Hefaistos, hábil forjador, ocupado constantemente en mantener el fuego de su fragua, le resultaba aburrido a Afrodita. Ares iba a visitar a su amada por las noches. Temeroso de que el Sol, que todo lo ve, les sorprendiera juntos, tenía a un amigo, Alectrión, que vigilaba y les avisaba cuando llegaba el alba. Pero una noche el vigilante se quedó dormido y el Sol se enteró de lo que Ares le estaba ocultando, así que se lo contó a Hefaistos.
LUCA GIORDANO, Venus, Cupido y Marte
En castigo de su olvido, Alectrión fue transformado en gallo. Desde entonces no deja de anunciar con anticipación la salida del rey de los astros. La cresta que orgullosamente ostenta no es más que el recuerdo de su perdido almete de guerrero. En cuanto a Hefaistos, llevando a cabo su habilidad, fabricó una finísima red de hierro, de hilos irrompibles, la colocó sobre el lecho de los adúlteros y en el momento oportuno la dejó caer, aprisionándolos. Inmediatamente convocó a todos los dioses, que se burlaron de los amantes. Hefaistos no sólo pidió justicia, sino que exigió una indemnización. Desconfiando de la palabra de Ares, Poseidón se puso como fiador. Hasta que Hefaistos no tuvo la seguridad de que se le diera la indemnización, no liberó a la pareja. A Poseidón no le interesaba Ares, sino la hermosa Afrodita, que había nacido de la espuma del mar.
PABLO VERONESE, Venus y Marte atados por el Amor (1570)
Afrodita huyó avergonzada y se refugió en la isla de Chipre, donde su culto se hizo muy célebre. Ares, por su parte, se marchó enfadado a la salvaje Tracia. Ares también tuvo numerosos amores con mujeres mortales. Los hijos que nacieron de esas relaciones fueron todos violentos, inhospitalarios, bandidos y crueles.
El dios romano que se identificaba con Ares era Marte.


VELÁZQUEZ, Marte

Jasón y Medea


En la Cólquida, situada junto al Cáucaso, vivía el rey Etes, que era hijo del Sol y hermano de Circe, la maga. Cuando los Argonautas desembarcaron en esa región, Jasón comprendió que sería imposible atacar directamente al dragón que custodiaba el Vellocino de Oro.
Como sabía que el monstruo dependía del rey Etes, se presentó en la corte y le dijo:
-"Señor, he venido desde Tesalia con mis compañeros para conquistar el Vellocino de Oro que se guarda en el Monte Sagrado. Permitidme intentar la gloriosa aventura".
Al oír esta petición, el rey Etes se encolerizó, pues no quería que le arrebataran el Vellocino de Oro, ya que de él dependía la opulencia de su reino y la felicidad de su pueblo. A la vista de que el Hado era quien lo ordenaba, no se opuso violentamente a la conquista, pero haría cuanto estuviese en su mano para que el héroe fracasara en el intento, así que le respondió:
-"Podrás intentarlo, yo te lo permito. Pero antes debes superar una prueba, que consiste en domesticar dos bueyes gigantes que tienen las patas de plata y llamas en la boca. Después de domarlos, les colocarás un carro y trabajarás con ellos cuatro jornales de terreno salvaje e inculto. Más tarde, sembrarás en el campo labrado los dientes del dragón que yo te daré. De ellos nacerán miles de gigantes que, apenas salidos de la tierra, te atacarán, y tendrás que vencerlos a todos. Domar a los bueyes, arar el terreno y vencer a los bueyes con pruebas que deberás alcanzar en un solo día. Cuando hayas cumplido esta condición, permitiré que vayas a la conquista del Vellocino de Oro".
El valeroso Jasón quedó preocupado al oír esto. Lo que le había pedido el rey Etes era prácticamente imposible y nadie podría haber salido airoso de la prueba. Aun así Jasón aceptó.
Al día siguiente estaba meditando cómo llevar a cabo la prueba cuando vio que se le acercaba una hermosa joven. Era Medea, hija del rey Etes, que se había enamorado de Jasón nada más verle. Además era una hábil hechicera. Y le dijo:
-"Valeroso extranjero. Ayer oí lo que mi padre te ha exigido. Vas a una muerte segura, pero eres joven y quiero ayudarte. Toma este ungüento maravilloso y unge tu cuerpo con él. Así lo harás invulnerable y le darás una fuerza sobrehumana, pero recuerda que su poder sólo dura un día. En ese tiempo deberás salir victorioso de todas las pruebas".
Gracias a la ayuda de Medea, Jasón se hizo con el Vellocino de Oro, y decidió huir antes de que el rey Etes se enterara de su victoria. Durante la noche, la nave Argos puso rumbo hacia Yolcos, llevando a bordo el Vellocino de Oro y a Medea.
Tras varios meses de viaje, la nave de los Argonautas llegó a su patria, donde el rey Pelias seguía gobernando. Nada más poner los pies en Tesalia, Jasón se apresuró a agradecer a los dioses la ayuda recibida, ofreciéndoles la nave “Argos”. Los dioses no quisieron abandonar sobre la tierra aquella magnífica nave y la transportaron al Cielo, donde la convirtieron en una constelación.
Cuando Jasón fue a ver al rey Pelias, le mostró el Vellocino de Oro y reclamó el trono, pero el monarca se negó a cumplir su palabra, diciendo:
-"Nadie me arrebatará el trono mientras viva. Jamás he prometido devolverlo a nadie".
Medea, valiéndose de sus artes mágicas, les dijo a las hijas de Pelias que, para rejuvenecer a su anciano padre, le cortasen en pedazos y le hiciesen hervir en un caldero, lo que las jóvenes hicieron sin desconfiar. Sin embargo, este crimen no sirvió de nada, pues Acaste, hijo de Pelias, se hizo proclamar rey de Tesalia, y desterró a Jasón y Medea, que llegaron a Corinto.
En esta ciudad, Jasón se olvidó de lo mucho que Medea había hecho por él, y la repudió para casarse con Glausea, hija del rey de Corinto.
Medea fingió indiferencia, pero en su alma se abrió un gran apetito vengativo. Una de las versiones dice que Medea envenenó al rey y a la princesa de Corinto, degolló en presencia de Jasón a sus propios hijos y huyó por los aires en un carro tirado por dragones alados. Llegó a Asia y se casó con un poderoso rey, con el que tuvo un hijo llamado Medas, que sucedió a su padre, y sus súbditos tomaron el nombre de “medos”.
Jasón, por su parte, después de la trágica muerte de su esposa y de la fuga de Medea, llevó una vida triste y errante, hasta que un día se quitó la vida con su propia espada.

Los Argonautas




Se cuenta que en Tesalia, en la ciudad de Yolcos, reinaba el tirano Pelias, que había usurpado el trono a su hermano mayor Esón, a quien odiaba y temía. Este odio y temor aumentaron cuando Pelias supo que si hermano había tenido un hijo. Además un oráculo había predicho que un hijo de Esón derribaría del trono a Pelias. El rey Pelias sólo pensó en matar a su sobrino. Pero Esón, viendo el peligro que corría su hijo, hizo que se extendiera el rumor de que su hijo había nacido muy enfermo y había muerto. Se celebraron las ceremonias fúnebres y todo fueron llantos y lamentaciones. Mientras, la madre se llevó en secreto al niño al monte Pelión y se lo entregó al centauro Quirón, considerado el más sabio, hábil y recto del país, para que le criara y educara. Se le puso al niño el nombre de Diomedes y luego se le cambió por el de Jasón.
Jasón a los veinte años era gallardo y valeroso, favorecido por Hera, a quien había hecho un favor sin conocerla. Después de consultar con el oráculo, se presentó en la corte de Pelias y se le enfrentó:
-"Soy hijo de tu hermano mayor Esón y vengo a exigirte que me entregues el trono, que por derecho me pertenece".
Al ver el astuto Pelias que se cumpliría el destino que se le había predicho y que el pueblo apoyaba a Jasón, no le negó lo que pedía, pero Jasón debía demostrar su valor, así que le dijo:
-"Prometo abandonar el trono después de que hayas mostrado tu valor y suficiencia realizando la conquista del Vellocino de Oro".
El vellocino era la piel dorada de un cordero con el que la diosa Nefele había querido salvar a sus hijos Fryxo y Heles, llevándolos por los aires, cuando la segunda mujer de su esposo el rey Atamante quiso matarlos. Heles cayó al mar, que por eso se le dio el nombre de Helesponto. Fryxo alcanzó la tierra de Ea, en la Cólquida, donde sacrificó a Zeus el cordero sagrado. El vellón de oro quedó en una selva consagrada a Ares, el dios de la guerra, colgado de un árbol y custodiado por un dragón que devoraba a quienes se acercaban. La conquista del Vellocino de Oro, que Ares permitía a los valientes que se acercaran, aseguraba toda clase de riquezas y prosperidades, aparte de la gloria. Nadie lo había conseguido y Pelias creía que su sobrino perecería en el intento.
El ambicioso Jasón, seducido por tan gloriosa expedición, se embarcó con 50 príncipes griegos en la nave “Argos” y llegó a Cólquida. Entre los Argonautas iban los mejores héroes y guerreros de la Hélade: Orfeo, Cástor y Pólux, Polideuces... La travesía tuvo muchos acontecimientos extraordinarios y peligros sin fin, pero todo fue vencido con audacia y valor, logrando llegar al fin a la tierra que guardaba el vellocino de oro.

RUBENS, La búsqueda del Vellocino de Oro

Los hermanos Cástor y Pólux

Tíndaro, rey de Esparta, estaba casado con la hermosa Leda, con la que tuvo dos hijos, Cástor y Clitemnestra.
Un día, Leda vio un pobre cisne perseguido, acosado por un águila. Lo que no sabía era que el cisne era Zeus, que con cada mujer de su gusto empleaba el ardid más conveniente para no perder tiempo. El águila era Afrodita, que siempre estaba implicada en cuestiones del corazón. Leda se apiadó del cisne y le abrió los brazos para espantar al águila. Fecundada Leda, puso un huevo del que salieron Pólux y la bella Helena.


TINTORETTO, Leda y el cisne (1555)

SALVADOR DALÍ, Leda atómica (1949)

Por tanto, Helena y Pólux eran hijos de Zeus mientras que Cástor y Clitemnestra lo eran del rey Tíndaro. A pesar de su origen diferente, Cástor y Pólux son clasificados igualmente como Dióscuros, que quiere decir “hijos, muchachos jóvenes, de Zeus”.

Los dos hermanos mantuvieron siempre una estrecha amistad. Tanto se querían que jamás se separaron, ni después de muertos, porque así se lo pidió Pólux a su padre Zeus, que colocó a los dos en el cielo como constelaciones, y se hallan entre los signos del Zodíaco, llamándose Gemelos.
RUBENS, Cástor y Pólux raptando a las hijas de Leucipo (1618)
Los Dióscuros fueron a Atenas a recuperar a su hermana Helena, que había sido arrebatada por Teseo; participaron con Jasón en la expedición de los Argonautas. En esta ocasión, Zeus mostró su benevolencia con ellos salvándolos de una tempestad en el mar cuando iban en el navío Argos. Cuando Orfeo se puso a implorar a los dioses, sobre las cabezas de los Dióscuros se colocaron dos llamas, origen del fuego de San Telmo, que anuncia a los marinos el fin de una tormenta. En cierta ocasión, los Dióscuros lucharon contra sus primos Idas y Ligkeus. Pólux mató a Ligkeus, pero Cástor cayó mortalmente herido por Idas.
Cástor y Pólux en la colina del Quirinal, Roma
Pólux se lamentó por la muerte de su hermano, ya que él era inmortal y no podría seguir a su hermano al reino de los muertos. Al ver esta muestra de amor fraternal, Zeus autorizó a Pólux a compartir con su hermano el don de la inmortalidad. De esta forma, los Dióscuros vivían alternativamente un día cada uno.


El rapto de Helena

Hércules dio muerte a Laomedonte, padre de Príamo y de Hesione, y se llevó a esta joven como botín de guerra. Se la entregó a su amigo Telamón, que la convirtió en su esposa.
El rey Príamo nunca se perdonó el rapto de su hermana. Un día, al hablarse en la corte de Troya de aquel acto de violencia, el joven Paris declaró:
"Padre mío, envíame con una flota a Grecia, con la ayuda de los dioses, arrebataré vuestra hermana a los enemigos y volveré a Troya victorioso y cubierto de gloria".
Sus hermanos le preguntaron, sorprendidos, si esperaba vencer con ayuda de los dioses, a lo que Paris respondió que con la ayuda de Afrodita. Y les relató lo que le había ocurrido cuando se le aparecieron las tres diosas para que juzgara a la más bella.
El rey Príamo no dudó de que su hijo Paris obtendría la protección de los inmortales.
Heleno, hermano de Paris y dotado con el don de la profecía, auguró que si el joven Paris conseguía traer a Hesione, los griegos caerían sobre Troya, la arrasarían y matarían a todos sus habitantes. Como viera el rey Príamo que la mayoría estaban a favor de que Paris fuera a Grecia, autorizó a su hijo a marchar.
Cuando la nave troyana estaba en alta mar, se encontró con el barco del rey de Esparta, Menelao, que viajaba a Pilos, con el objetivo de visitar al príncipe Néstor. No se reconocieron.
La flota troyana llegó a Esparta para reclamar a Hesione. En ausencia del rey Menelao, las funciones reales las desempeñaba su esposa, la bella Helena. En el pasado, la joven había sido raptada por Teseo y rescatada por sus hermanos Cástor y Polux, y, junto a su padrastro Tíndaro, se había convertido en una hermosa doncella. Tal era su belleza que atrajo a una horda de pretendientes. Tíndaro temía que si elegía a uno de ellos por yerno se enemistaría con todos los demás, así que consultó con Ulises, que le aconsejó:
GUSTAVE MOREAU, Helena en las murallas de Troya (1895)
-"Obliga a todos los pretendientes a comprometerse bajo juramento a apoyar con las armas al novio elegido contra aquel que se oponga al matrimonio que tú dispongas".
Tíndaro siguió el consejo e hizo prestar juramento a todos los pretendientes. Después escogió al príncipe Menelao, le dio la mano de su hija Helena y le cedió el reino de Esparta. La hermosa Helena dio a su esposo Menelao una hija que estaba todavía en la cuna cuando Paris llegó a Esparta.
GUSTAVE MOREAU, Helena de Troya (1880)
Para la princesa, la ausencia del marido traía monotonía a su vida, así que al enterarse de la llegada a Esparta de un príncipe extranjero le entró curiosidad y el deseo de conocer al joven. Poco después Paris se presentó en el palacio real, aunque sabía que Melenao no estaba allí y Helena le recibió como buena anfitriona. Cuando Paris vio a la hermosa Helena, quedó prendado de su belleza, y creyó ver de nuevo a Afrodita cuando le dio la manzana de oro. La fama de la hermosura de Helena había llegado a sus oídos, sin embargo creía que la mujer que Afrodita le ofreciera debía ser más bella de lo que se rumoreaba sobre Helena. Además pensaba que aquella mujer que la diosa del amor le ofreciera en su día debía ser doncella y no la esposa de otro hombre. Sin embargo, cuando estuvo delante de la princesa, cuya blleza sólo se podía equiparar con la de Afrodita, se dijo convencido:
EVELYN DE MORGAN, Helena de Troya
-"¡Sólo esta mujer puede ser la recompensa que me ofreció Afrodita, la diosa del amor, por entregarle la manzana de oro!"
Paris se olvidó del encargo de su padre y pensó en apoderarse de Helena. Por su parte, la princesa se quedó admirada de la juventud y belleza de Paris y la imagen de su esposo Menelao empalideció en su espíritu, así que pidió a los dioses que regresara pronto su marido. Como viera Paris vacilar la fidelidad de Helena, se entregó por completo al pensamiento de lo que le había ofrecido Afrodita. Helena, impotente ante el cortejo de Paris, le pedía que se marchara de Esparta, pero el príncipe no le hacía caso mientras ideaba su plan.
Así que un día asaltó el palacio real, se apoderó de los tesoros de Menelao y raptó a Helena.
DANTE GABRIEL ROSSETTI, Helena de Troya (siglo XIX)
Cuando Paris estaba en alta mar, se produjo una repentina calma. Frente a la nave principal se partió una ola y el viejo dios marino Nereo alzó la cabeza prediciendo a los troyanos:
-"¡Aves de mal agüero preceden tu viaje, Paris! Los griegos vendrán con un fuerte ejército, decididos a destruir tu adúltero enlace y el viejo reino de Príamo... ¡Ay, Paris, cuántos cadáveres causarás al pueblo troyano! La sangrienta lucha durará años y el fuego griego devorará las casas de Troya, arruinando la ciudad".
Después de lanzar tan fatídica profecía, Nereo se sumergió en las olas. Paris había escuchado aterrorizado, pero cuando la brisa comenzó a soplar de nuevo, olvidó la predicción en los brazos de la raptada Helena.
La flota ancló en la isla de Crane, donde la infiel Helena ofreció su mano a Paris y se unió a él en una boda solemne. Los amantes gozaron durante un tiempo de su amor hasta que decidieron regresar a Troya. Poco tiempo después, los griegos, capitaneados por Agamenón, declaraban la guerra a Príamo.


JACQUES-LOUIS DAVID, Paris y Helena (1788)

El fin de Teseo

A partir de la muerte del rey Egeo, su padre, la vida de Teseo está llena de expediciones lejanas, junto a su fiel amigo y compañero, Peritoo.
Peritoo, rey de Tesalia, envidioso de los triunfos de Teseo, quiso combatirle, pero cuando le vio, se quedó tan prendado de él, que se convirtió en su más íntimo amigo. Juntos lucharon contra las Amazonas y contra los Centauros.
Cuenta la leyenda que Teseo acompañó a Hércules cuando éste visitó a las Amazonas y Teseo fue recompensado recibiendo a una de ellas, Antíope, con la que tuvo un hijo llamado Hipólito. Un día, Peritoo y Teseo decidieron casarse con hijas de Zeus, y así pusieron sus ojos en Perséfone y Helena. Las echaron a suertes y Helena le correspondió a Teseo y Perséfone a Peritoo. Helena no era todavía la esposa de Melenao. Después de raptarla en Esparta, Teseo se la confió a Etra, su madre. Y después partió con su amigo para hacer lo mismo con Perséfone, mujer de Haides. Teseo y Peritoo bajaron al Infierno, donde les acompañó la mala suerte, pues Peritoo fue despedazado por el can Cerberos. Teseo logró salir del reino de los muertos gracias a Hércules.
A la muerte de la amazona Antíope, Teseo se casó en segundas nupcias con Fedra, hermana de Ariadna. Esta joven de mal corazón odiaba a su hijastro Hipólito, al que calumniaba sin parar. Teseo al principio no escuchaba a su mujer, pero después terminó maldiciendo también él a su hijo. Como no quería castigar él mismo a su hijo, pidió a los dioses:
-"Os ruego que enviéis un gran castigo a mi perverso hijo".
Un día en que el inocente joven cabalgaba por la orilla del mar, Poseidón creó un monstruo horrendo que aterrorizó al caballo de Hipólito. El corcel se lanzó a la carrera y estrelló al joven contra un olivo. Cuando la malvada madrastra vio los restos ensangrentados de Hipólito, arrepentida y desesperada, tras confesar a Teseo su maldad, se suicidó.
El final de la vida de Teseo fue muy triste. Como no encontró la paz en su reino, lleno de discordias, el héroe decidió retirarse a vivir sus últimos años a la isla de Sciros, donde esperaba encontrar tranquilidad. Pero el destino era diferente. Primero, Mnesteo le usurpó sus estados y luego Likomedes, rey de Sciros, temiendo que Teseo pudiera quitarle el mando, le mató precipitándole desde lo alto de una montaña.
El cuerpo de Teseo saltó de roca en roca por las laderas abruptas hasta llegar al fondo del barranco, donde quedó durante muchos años sepultado y olvidado. Finalmente, por consejo del oráculo de Delfos, los restos del héroe fueron enterrados en Atenas.

El hilo de Ariadna


El rey cretense Minos llevaba mucho tiempo asediando la ciudad de Atenas, donde el rey Egeo veía, consternado, cómo la peste y el hambre diezmaban a la población. Para levantar el asedio, Minos propuso estas condiciones:
-"Cada año, durante 9 años consecutivos, 7 jóvenes y 7 doncellas deben ir de Atenas a Creta para ser entregados como pasto al Minotauro".
El Minotauro era un monstruo cruel, con un robusto cuerpo de hombre rematado por una cabeza de toro, en la que flameaban unos ojos feroces. Este monstruo era hijo de Minos y Pasífae y se alimentaba de carne humana. Minos había encerrado al monstruo en un laberinto, construido por Dédalo. De este laberinto era imposible salir una vez que se había entrado en él. Se hallaba atravesado por oscuras y tortuosas cavernas, una red de corredores sin fin, miles de galerías terribles que conducían al centro del palacio laberíntico. Allí, sobre un trono rodeado de antorchas, estaba el feroz Minotauro a la espera de su ración de carne humana.
Al principio, Minos enviaba al monstruo, para que se alimentara, los condenados a muerte y niños pequeños arrebatados a sus madres, pues al monstruo le gustaban mucho. Al imponer a los atenienses el tributo, a cambio de la paz, cada año 7 jóvenes y 7 doncellas de Grecia se dirigían en lúgubre cortejo hacia Creta, donde les esperaba hambriento el Minotauro.
Teseo se encontraba en la corte con su padre Egeo cuando llegaron los mensajeros de Minos en busca de las 14 víctimas que serían pasto del Minotauro. El joven príncipe que no sabía nada de este pacto le preguntó a su padre, el rey:
-"¿Y por qué ese tributo ignominioso?"
Al explicarle su padre lo ocurrido, Teseo partió con las víctimas, con el propósito de liberar a su patria de ese tributo. No hubo manera de convencerle de lo contrario.
Antes de partir, Egeo le dio a su hijo dos velas para su navío, y le dijo:
-"Si sales bien de esta, pondrás a tu regreso velas blancas en la nave; en caso contrario, las negras. ¡Que los dioses te protejan, hijo mío!"
Teseo llegó a Creta, pero antes de aventurarse en el laberinto, conoció a Ariadna, la hermosa hija del rey Minos, y ella nada más ver al héroe se enamoró de él. La joven, decidida a salvar a Teseo, le entregó, para que pudiera salir del laberinto, un ovillo de hilo que el joven debía ir devanando según avanzaban, y siguiendo a la vuelta el camino marcado por el hilo encontrarían la salida. Conmovido ante la gentileza, bondad y afecto de Ariadna, Teseo le dijo:
-"Princesa, trataré ser digno de tu confianza y de tu amor, y si salgo victorioso de esta empresa, te pediré que seas mi esposa".
Ariadna no ponía en duda que el héroe saliera con vida del laberinto y después se casara con ella.
Y así fue, Teseo mató al Minotauro a puñetazos, salvó a sus compatriotas y, guiado por el hilo de Ariadna, no tardó en salir del laberinto. Allí le esperaba Ariadna. Teseo la abrazó y le propuso huir de Creta antes de que se enterara el padre de la princesa.
Después de haber barrenado todas las naves cretenses que había en el puerto para que no les alcanzaran, montaron en la nave de Teseo y escaparon a la isla de Naxos, donde decidieron descansar.
Cuando Ariadna despertó, después de muchas horas de sueño, descubrió que en la isla donde habían desembarcado no había nadie. El ingrato Teseo la había abandonado y navegaba hacia su ciudad.
Con la gloria después de haber matado al Minotauro, a Teseo se le olvidó poner la vela blanca. Así que cuando el pobre rey Egeo, desde la torre más alta de la ciudad, vio entrar la nave con la vela negra, pensó que el Minotauro había devorado a su hijo. Desesperado, se arrojó desde la torre al mar, que desde entonces lleva su nombre, Egeo. Así castigaron los dioses la ingratitud de Teseo, que al llegar victorioso a Atenas se encontró con una ciudad que lloraba la pérdida del rey.