
Esta noche podría decir muchas cosas, aunque ninguna podría describir lo que siento. Es una especie de ansia por verle, abrazarle, mirarle a los ojos, escuchar su voz... En estos días de nieve le he sentido tan lejano que me resulta hasta extraño no dar señales, no saber de él. A veces me cuesta contenerme para no decirle nada, y curiosamente lo consigo.
Siento que estoy un poco a la deriva, esperando un momento quizás, esperando algo, esperándole a él. Y siento ese terrible pánico ante lo que desconoces, un pánico que se atenúa al pensar en él, al dormir de nuevo abrazada a la almohada para abrir los ojos cada mañana y ver su mirada cálida, sonriente.
Siento algo que ni siquiera yo misma logro comprender, algo que se me escapa entre los dedos.
Ayer soñé que estábamos aislados por la nieve en un pueblo de montaña. El pueblo sólo tenía una calle. Las fachadas de las casas eran de piedra, coronadas por tejados de negra terraza. Una noche decidimos pasear por esa única calle, para seguir por un sendero que nos llevaba al comienzo de un espeso y oscuro bosque. Y allí una laguna de aguas cristalinas, mojadas por los rayos de una luna llena, irreal. Un paisaje mágico.
El sueño seguía su curso por un mundo que no tenía nada que ver con el descrito. Si lo contara me ruborizaría.